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Cuento divertido sobre los amigos 11/12 años Lectura 18 min.

Misión: no entrar en pánico en el jardín pedagógico

Un grupo de amigos del jardín crea un juego sin balón llamado “Misión: No Entrar en Pánico” que los lleva a seguir pistas, enfrentar sustos (como la compostera) y aprender a apoyarse mutuamente. Con humor y valentía descubren que decir sus miedos y cooperar es parte de la aventura.

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Rizo, un zorro rojizo de pelaje brillante y cola esponjosa, está de rodillas con la oreja pegada a una compostera de madera, rostro tenso pero valiente; Luna, una pequeña eriza de púas suaves y capucha, a su lado sujetando una pinza, expresión entre asustada y divertida; Bruno, un gran conejo de orejas largas y camisa a cuadros, detrás con pinzas metálicas largas, mirada concentrada y protectora; Mara, una urraca de plumas blancas y negras con una cucharita brillante en la pata, ilumina la rendija con una minilámpara, aire dramático pero cómplice. La compostera vieja deja salir hojas marrones, una piel de banana y un gran escarabajo de ojos redondos que se debate; el jardín educativo tiene parterres coloridos, un banco chirriante, una espiral de piedras y plantas aromáticas bajo una luz dorada de tarde. Escena: los amigos cooperan para liberar con cuidado al escarabajo, mezcla de tensión cómica y calidez amistosa, planos cercanos y texturas detalladas de madera, pelaje y plumas. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La gran misión (sin balón, por favor)

El jardín pedagógico olía a menta aplastada y a tierra recién regada. Había carteles con dibujos de lombrices sonrientes, macetas hechas con botellas y una espiral de piedras que decía: “Camina despacio”. Nadie caminaba despacio cuando sonaba el timbre del recreo, claro.

Rizo, un zorro audaz con el hocico siempre metido en planes, apareció entre los girasoles como si saliera de una película de espías… pero con polen en la oreja.

—¡Alerta importante! —anunció, levantando una pala pequeña como si fuera un micrófono—. Necesitamos un juego. Uno épico. Uno… sin balón.

Su pandilla lo miró con esa mezcla de “¿qué se te ha ocurrido ahora?” y “vale, pero me apunto”.

Luna, una eriza con mochila llena de rotuladores, pestañeó rápido.

—¿Sin balón? ¿Y sin correr como si nos persiguiera un tractor?

—Podemos correr —dijo Rizo—, pero sin el “¡me la has robado!” y sin pelotazos en la nariz. Mi nariz es un patrimonio nacional.

Bruno, un conejo alto que siempre traía una lista en papel doblada ocho veces, sacó su bolígrafo.

—Punto uno: no balón. Punto dos: no pelotazos. Punto tres: diversión. —Miró a Rizo—. ¿Cómo se llama el juego?

—Todavía no tiene nombre —admitió Rizo, bajando un poco la pala—. Por eso vengo al jardín pedagógico: aquí nacen las ideas. Y también los calabacines.

Mara, una urraca que coleccionaba cosas brillantes y frases dramáticas, dio un saltito y dejó caer, sin querer, una cucharilla que había estado guardando “por si acaso”.

—Propongo “Operación Brillo Total”. O “El Gran Misterio del Compost”.

—¡Compost! —repitió Luna—. Eso suena a monstruo.

—No existe el monstruo del compost —dijo Bruno, aunque su voz sonó como si él mismo no estuviera cien por cien seguro.

Rizo agitó la cola, valiente, pero su ojo se fue, traicionero, hacia la compostera de madera al fondo. La tapa estaba cerrada, sí, pero la palabra COMPOSTERA parecía escrita con letras gigantes invisibles. Letras que decían: “Aquí dentro hay… cosas”.

—Pues ya está —decidió Rizo, tragando saliva con estilo—. Jugaremos a algo de misterio. Algo de cooperación. Algo con risas. Y sin abrir la compostera… de momento.

Capítulo 2: El mapa que se comió el viento

Bruno desplegó una hoja enorme con un dibujo del jardín. Había caminos, bancales, un hotel de insectos con ventanas diminutas y, en una esquina, un dibujo mal hecho de un zorro con capa.

—Ese zorro se parece sospechosamente a mí —dijo Rizo.

—Es para motivar al equipo —respondió Bruno con seriedad total—. He diseñado una búsqueda del tesoro sin balón. Se llama “Ruta de las Pistas Vegetales”.

Mara abrió mucho los ojos.

—¿Vegetales? Eso suena a… saludable.

—Y divertido —añadió Luna, ya coloreando una pista con rotulador verde—. Mira: “Encuentra la hoja más grande. No la arranques. Solo mírala como si fuera famosa”.

Rizo se puso en pose.

—Lo haremos. Seremos detectives del jardín. Y el tesoro será… —Se quedó en blanco un segundo—. ¿Qué tesoro puede haber aquí?

Mara levantó la cucharilla brillante.

—¡Mi cucharilla!

—No —dijeron los tres a la vez.

Bruno tosió.

—El tesoro puede ser una caja con mensajes graciosos. O un permiso oficial para elegir la música del próximo recreo.

Eso sí sonaba a poder.

Empezaron la ruta. Primera pista: “Busca el banco que cruje como un pato”. Lo encontraron enseguida porque el banco, efectivamente, hacía “CUAC” cada vez que alguien se sentaba. Luna se rió tanto que se le escaparon dos púas de la capucha (no eran suyas, eran de su sudadera con pinchos decorativos).

—No es un banco —dijo Luna, llorando de risa—. Es un pato de madera intentando pasar desapercibido.

Segunda pista: “El lugar donde las mariquitas parecen puntos en un vestido”. Se acercaron a las caléndulas y vieron un montón de mariquitas quietas, como si estuvieran en una reunión súper seria.

Rizo susurró:

—Shhh. Están negociando.

Mara se inclinó, muy teatral.

—Señoras mariquitas, venimos en son de paz. Y traemos… —Buscó en su bolsillo— …una cucharilla.

Las mariquitas no aplaudieron. Pero una levantó un ala, como diciendo “vale, pasa”.

Tercera pista: “Sigue la cuerda azul hasta que te confunda”. Había una cuerda azul que marcaba un recorrido entre macetas. La siguieron con confianza… hasta que la cuerda se dobló, se enredó y, de alguna manera, terminó atada al propio mapa de Bruno.

Y entonces el viento decidió participar.

El mapa se infló como una vela y salió volando, con el zorro con capa saludando desde el papel.

—¡MI MOTIVACIÓN! —gritó Bruno, corriendo detrás.

Rizo salió disparado también, audaz… y un poco asustado de que el mapa aterrizara en la compostera y la compostera, ofendida, se abriera sola y—

—¡Atrápalo! —chilló Luna.

Mara extendió las alas y se lanzó como si fuera a salvar el mundo, pero lo único que salvó fue… una etiqueta de plástico.

El mapa, traidor, cayó justo encima del espantapájaros del jardín. El espantapájaros llevaba un sombrero ridículo y una bufanda de colores.

—Genial —murmuró Rizo—. Ahora el espantapájaros tiene nuestro plan maestro.

Bruno lo recuperó estirándose de puntillas.

—Punto cuatro: sujetar el mapa con una pinza.

Luna sacó una pinza de tender que nadie supo de dónde venía.

—La vida me la da —dijo, guiñando un ojo.

Capítulo 3: El monstruo del compost (que no era monstruo… casi)

Con el mapa por fin sujetado, llegaron a una nueva pista escrita en rotulador marrón:

“Ve donde huele a bosque después de la lluvia. Escucha. No grites.”

Rizo fingió seguridad.

—Eso debe ser el rincón de las hojas secas.

Pero el rincón de las hojas secas estaba al lado de la compostera. La compostera parecía tranquila. Demasiado tranquila. Como una caja pensando cosas.

—No vamos a abrirla —dijo Bruno, firmísimo.

—Nadie ha dicho abrir —contestó Rizo, aunque su cola hacía un movimiento nervioso, como si escribiera “AAAA” en el aire.

Se acercaron. De la compostera salió un sonido: “crrrr… crrrr…”.

Luna se pegó a Bruno.

—Eso no es una hoja. Eso es… una mandíbula de madera.

—¡No tiene mandíbula! —susurró Bruno, pero se le quebró un poquito el final.

Mara tragó saliva y, para disimular, habló muy alto:

—Yo no tengo miedo. Lo que tengo es… respeto dramático.

Rizo, que era audaz, sintió una cosa pequeñita dentro del pecho. Una cosquillita que no era risa. Era miedo. El típico miedo que llega con botas de barro y te dice: “¿Y si…?”

Se agachó y apoyó la oreja contra la madera.

—Escucho… —dijo, intentando sonar como un detective profesional— …algo.

El sonido volvió: “crrrr… crrrr…”.

—¡Son dientes! —susurró Luna, casi riéndose por nervios.

Bruno respiró hondo.

—Puede ser un insecto. O una rama. O… —Miró el cartel educativo de al lado— …un proceso natural de descomposición.

—Eso no quita que suene a “me voy a comer tu cola” —murmuró Rizo.

Mara, que era valiente a su manera, sacó una linterna diminuta de su colección.

—Tengo una idea. No abrimos. Solo… iluminamos por la rendija. Si hay monstruo, le hacemos una entrevista.

Rizo miró a sus amigos. Se notaba la tensión, pero también algo bonito: estaban juntos. Nadie decía “hazlo tú”. Nadie salía corriendo solo. Eso ayudaba.

—Vale —dijo Rizo—. Vamos por turnos. Uno ilumina, otro mira, otro cuenta chistes, otro… respira.

—Yo cuento chistes —se ofreció Luna al instante—. Es mi superpoder.

Mara colocó la linterna en una rendija pequeñísima. Un hilo de luz entró. Todos se inclinaron.

Dentro se veía… oscuridad, hojas, cáscaras, una piel de plátano con cara de “no me juzgues”, y…

“Crrr… crrr…”

Algo se movió. Algo pequeño. Algo con patas. Algo que parecía una miniatura de dinosaurio.

Luna soltó un gritito y luego se tapó la boca.

—No he gritado —dijo, con la mano todavía en la boca—. He… estornudado por dentro.

Rizo sintió el miedo treparle por las orejas. Pero Bruno habló, suave:

—No te pasa nada, Rizo. Mírame. Respira conmigo: uno… dos… tres…

Rizo respiró. El miedo se quedó, pero ya no mandaba tanto.

Mara enfocó mejor. La criatura era… un escarabajo grande. Un escarabajo con una pata enganchada en una fibra seca, haciendo “crrrr” al intentar soltarse.

—No es un monstruo —dijo Rizo, y se le escapó una risa floja—. Es un señor escarabajo con un problema de calcetín.

Luna soltó el aire como si hubiera estado guardándolo desde el martes.

—¡Señor Escarabajo! —susurró—. Le ofrecería mi ayuda, pero no quiero meter mi mano en la boca… de la compostera.

Bruno señaló una herramienta cerca: unas pinzas largas para recoger hojas.

—Podemos ayudar sin meter la mano.

Cooperando, con cuidado y muchas caras raras, usaron las pinzas por la rendija. Mara iluminaba, Bruno guiaba, Luna contaba chistes malos en voz baja (“¿Qué hace una lombriz en un ascensor? ¡Sube y baja!”) y Rizo, que temblaba un poquito, fue el que acercó la pinza al escarabajo.

—Hola —susurró Rizo—. No te voy a comer. Tú tampoco me comes. Trato.

El escarabajo se soltó, cayó sobre hojas blandas y se quedó quieto un segundo, como si estuviera sorprendido de que el mundo fuera amable. Luego se escondió.

Rizo cerró los ojos y se rió, ya de verdad.

—He sobrevivido a la compostera —dijo—. Mi nariz sigue siendo patrimonio nacional.

Capítulo 4: El juego nace… y casi se desmaya

Se alejaron de la compostera con pasos rápidos y risas nerviosas que se volvieron risas normales.

—Bueno —dijo Luna—, el juego sin balón va genial. Tiene suspense, sonidos raros y un escarabajo actor.

Bruno revisó el mapa.

—La siguiente pista dice: “Encuentra el lugar donde la calma tiene aroma de romero”.

Eso era fácil. El bancal de aromáticas era como un perfume gigante. Al acercarse, el aire cambiaba: romero, tomillo, lavanda. Hasta el viento parecía hablar más bajito.

Mara se sentó en el borde de una jardinera.

—Necesitamos un nombre para el juego. Y reglas. Y un juramento secreto.

—Reglas simples —dijo Bruno, apuntando—. Uno: nadie se queda solo cuando algo da susto. Dos: si alguien dice “pausa”, paramos. Tres: el tesoro final es… —Miró a Rizo—. Decide tú.

Rizo se rascó detrás de la oreja, pensando.

—El tesoro será una cosa pequeña pero importante —dijo—. Como… una tarjeta que diga “Hoy fui valiente aunque tuviera miedo”.

Luna lo miró, sorprendida. Y sonrió.

—Eso suena… bien. Y un poco cursi. Pero del tipo que no molesta.

Mara levantó la cucharilla como si fuera un cetro.

—Propongo que el juego se llame “La Liga de las Pistas Sin Pelotazo”.

Bruno negó con la cabeza.

—Demasiado largo.

“Detectives del Jardín” —dijo Luna.

Rizo levantó un dedo.

“Misión: No Entrar en Pánico”.

Se quedaron en silencio un segundo… y luego se rieron los cuatro, porque era exactamente lo que les pasaba siempre.

—Vale, ese —decidió Bruno, escribiéndolo—. “Misión: No Entrar en Pánico”. Y el juramento será… —Pensó—. “Si me asusto, lo digo. Si te asustas, te acompaño”.

Lo repitieron en voz baja, medio serios, medio riéndose porque Mara lo decía con voz de película:

“Si me asusto, lo digo. Si te asustas, te acompaño” —declamó, y luego susurró—. Y si veo algo brillante… lo admiro, pero lo dejo.

—Eso último no entra —dijo Luna.

—¡Qué estricta! —protestó Mara, pero se rió.

Siguieron con el juego. Ahora las pistas las inventaban entre todos, sobre la marcha, como si el jardín les estuviera pasando ideas en secreto.

—Nueva pista —dijo Luna—: “Busca la sombra con forma de dragón”.

Corrieron entre los frutales hasta que una sombra del manzano parecía, de verdad, un dragón bostezando.

—Yo no veo un dragón —dijo Bruno.

—Es porque tu imaginación está en modo ahorro de energía —respondió Rizo.

—Y tú la tienes en modo tormenta —añadió Mara.

La “sombra dragón” resultó ser solo un montón de ramas y una manguera. Cuando la manguera se movió por el viento, Luna dio un salto.

—¡Serpiente! —gritó, y luego se quedó congelada—. Vale, vale, no es serpiente. Pero por un segundo mi cerebro hizo… ¡pum!

Rizo se acercó.

—¿Pausa? —preguntó, recordando la regla.

Luna asintió. Se sentaron en el suelo, entre hojas caídas. Rizo respiró con ella, como Bruno había hecho antes.

—El miedo es como un gato —dijo Mara, sorprendentemente suave—. Aparece, se te sube encima, y si le gritas, se queda. Si le haces un hueco, se acomoda y luego se va.

—¿Y si el gato se llama “manguera”? —preguntó Luna.

—Entonces le dices “hola, manguera” —dijo Bruno—. Y sigues.

Luna se rió, ya tranquila.

—Hola, manguera. No me muerdas.

La manguera, ofendida, siguió sin hacer nada.

Capítulo 5: El tesoro más pequeño del mundo

Cuando el sol empezó a bajar, el jardín pedagógico se puso dorado. Las sombras se estiraron como si también quisieran jugar, pero sin cansarse.

Bruno consultó el mapa otra vez, aunque ya estaba lleno de anotaciones y dibujos de Luna: caritas, flechas, un escarabajo con bigote.

—Última pista —anunció—: “El tesoro está donde todos aprenden algo, incluso sin darse cuenta”.

Eso podía ser cualquier parte del jardín. Pero Rizo miró hacia la espiral de piedras que decía “Camina despacio”. Habían pasado mil veces por ahí sin hacerle caso.

—Allí —dijo Rizo—. Apostaría mi… patrimonio nacional.

Caminaron por la espiral. Esta vez, despacio. Cada vuelta les bajaba un poco la energía, como si el jardín les dijera: “Bien. Ahora respirad”. Se oía un abejorro zumbando, lejos. Se oía el crujir de las piedrecitas bajo las patas.

En el centro, bajo una piedra plana, encontraron una cajita de metal pequeña. No era brillante como quería Mara. Era sencilla. Pero parecía importante.

Bruno la abrió.

Dentro había cuatro tarjetas hechas a mano, con letras torcidas y dibujos rápidos. Rizo las reconoció: las habían empezado a hacer al principio, pero el viento, la compostera y la manguera los habían distraído. Y aun así, ahí estaban, terminadas, como si el jardín hubiera dicho: “No pasa nada. Ya llegáis”.

Cada tarjeta tenía una frase:

“Hoy dije ‘tengo miedo' y no pasó nada malo.”

“Hoy respiré antes de correr.”

“Hoy ayudé a un amigo sin reírme de su susto.”

“Hoy me reí tan fuerte que el banco-pato casi aplaude.”

Se miraron. Luego se rieron otra vez, pero más bajito, con esa risa que no empuja, que se queda calentita.

Rizo tomó la tarjeta de “tengo miedo”.

—Yo pensé que la compostera me iba a… no sé. A tragar como un monstruo.

Luna asintió.

—Yo pensé que la manguera era una serpiente con ambiciones.

Mara levantó su tarjeta y, por una vez, no hizo teatro.

—Yo pensé que si me asustaba, quedaba mal. Pero… —Miró a los otros— …me sentí mejor cuando lo dije.

Bruno dobló el mapa con cuidado, como si ya fuera un objeto histórico.

—Un pequeño paso —dijo—: la próxima vez que alguien tenga un susto, en vez de decir “no es nada”, diremos “estoy contigo”.

Rizo notó el pecho ligero. El miedo, ese gato pesado, se había bajado sin que nadie lo echara a patadas. Y lo mejor: se habían reído mucho en el proceso.

—Entonces… —dijo Rizo—, ¿repetimos mañana?

Luna se levantó, estirándose.

—Sí, pero con una regla nueva: si el banco hace “cuac”, hay que responderle.

Mara alzó la cucharilla.

—Y si vemos al señor escarabajo, le hacemos un saludo oficial.

Bruno suspiró, pero sonrió.

—Acepto… bajo protesta escrita.

Salieron de la espiral despacio, todavía riéndose un poco, como si llevaran la tarde guardada en los bolsillos. Y el jardín pedagógico, tranquilo, olía a romero y a amistad, como si eso también se pudiera plantar y cuidar.

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Jardín pedagógico
Un lugar donde se plantan y cuidan plantas mientras se aprende sobre ellas y la naturaleza.
Lombrices
Animales delgados que viven en la tierra y ayudan a que el suelo sea más fértil.
Espiral
Una forma que gira alrededor de un centro, como un caracol o una curva en círculos.
Compostera
Caja o recipiente donde se guardan restos de comida y plantas para convertirlos en abono.
Compost
Material oscuro y nutritivo que resulta de descomponer restos de plantas y comida.
Descomposición
Proceso natural donde la materia se rompe y se convierte en tierra y nutrientes.
Mariquitas
Pequeños insectos redondos y con puntos, que a veces comen plagas en las plantas.
Caléndulas
Plantas con flores anaranjadas que suelen usarse en jardines y huertos.
Espantapájaros
Figura que se pone en el campo para asustar a los pájaros y proteger las plantas.
Escarabajo
Insecto con cuerpo duro y a veces brillante, con seis patas y alas cubiertas.
Rendija
Abertura estrecha y alargada por donde entra un poco de luz o aire.
Hojas secas
Hojas que han perdido humedad y se han vuelto quebradizas y marrones.
Patrimonio nacional
Algo considerado muy valioso para un país, que merece ser cuidado.

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