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Cuento divertido sobre los amigos 11/12 años Lectura 20 min. (1)

Brillusticia en el planetario

Nico y sus amigos crean un juego llamado Astro-Pilla, donde establecen reglas justas para que todos puedan jugar sin miedo, mientras descubren la importancia de escuchar y reír juntos. En su aventura, se encuentran con Doña Paca y una burbuja mensajera que lleva su primera regla.

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Un chico de 12 años, Nico, con cabello castaño desordenado y gafas redondas, sonríe ampliamente, con los ojos brillantes de emoción. Lleva una camiseta azul brillante y un pantalón corto rojo, sosteniendo un chaleco de seguridad fluorescente decorado con pegatinas de planetas. A su lado, Sara, una niña de 11 años con cabello largo y rubio, dibuja estrellas en una gran hoja con lápices de colores, su rostro concentrado y alegre. Youssef, un chico de 12 años con cabello negro y una sonrisa traviesa, observa el dibujo de Sara, con los brazos cruzados, listo para proponer una idea. La escena tiene lugar en un aula luminosa, llena de carteles de planetas y modelos de cohetes colgados del techo. Mesas de madera están cubiertas de hojas de papel, lápices y bocadillos coloridos. Nico y sus amigos están creando reglas para su nuevo juego, rodeados de un ambiente alegre y creativo, donde todos comparten sus ideas con entusiasmo, riendo y animándose mutuamente. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El club de las ideas

Nico tenía once años y una colección infinita de “tengo una idea”. Las decía así, de golpe, como si se le encendiera una bombilla en la punta de la nariz. Sus amigos ya estaban acostumbrados.

—Tengo una idea —anunció en el recreo, con el bocadillo en la mano—. Inventemos un juego nuevo.

—Si tiene pelotas volando, yo me apunto —dijo Leo, que se reía con todas las vocales.

—Si tiene reglas claras, yo también —agregó Youssef, serio pero con ojos alegres.

—Y si podemos probarlo en el planetario, mejor —sugirió Mei, que sabía nombres de constelaciones y hacía pompas de jabón perfectas, redondas como lunas.

—Yo puedo dibujar el campo de juego —dijo Sara, sacando rotuladores de todos los colores del bolsillo como si fuese una maga del trazo.

—Perfecto —dijo Nico—. Se llamará... ¡Caza-Cometas! No, espera, Astro-Pilla. O Cometa-libre. O...

—Una cosa cada vez —rió Mei—. Primero el nombre. Luego, las reglas. Y tienen que ser justas para todos.

—Justísimas —confirmó Youssef—. Regla número uno: que no haya trampas.

—Regla número dos: que no haya pelotazos en la cara —añadió Leo, frotándose la nariz por si acaso.

—Regla número tres: que nos riamos mucho —propuso Sara, dibujando en su cuaderno una pelota con sonrisa.

—Y ahora —dijo Nico, con esa energía que hacía rodar las cosas—, probamos el juego en el planetario. Hay una sala de experimentos. El cielo falso da ideas verdaderas. Y allí, entre estrellas de mentira, escribimos reglas de verdad.

—¿Hoy? —preguntó Leo, mirando el reloj como si fuera una nave.

—Hoy. Tengo otra idea: hacemos una comisión. La Comisión de Reglas Justas. Yo presido, tú decides los tiempos, Youssef vigila la justicia, Sara ilustra, Mei mide, y Leo… Leo prueba si todo es divertido.

—Puedo con eso —dijo Leo, con sonrisa que hacía eco.

Y así, con la mochila cargada de rotuladores, una cuerda que encontraron en el gimnasio, y la libreta de Sara, se fueron rumbo al planetario. Tenían una misión: escribir reglas del juego justas. Y, de paso, tener la tarde más cómica del mes, que tampoco estaba mal.

Capítulo 2: La panadera de las estrellas

Camino del planetario, el sol hacía sombras largas que parecían flechas. Nico las seguía como si fueran indicaciones secretas. Pasaron frente a “La Vía Dulce”, una panadería con panes en forma de luna en la vitrina.

—Una parada técnica —dijo Leo—. El hambre no espera mientras se escriben reglas.

Dentro olía a mantequilla feliz. Detrás del mostrador estaba Doña Paca, la panadera, con un delantal salpicado de harina y un moño que parecía una nube dulce.

—¡Buenas, planeterianos! —saludó—. ¿O se dice panetarianos? No importa. ¿Qué buscáis, estrellas o croissants?

—Buscamos galletas y justicia —dijo Youssef, muy formal.

—Y una merienda —añadió Sara.

—Y un baño —susurró Leo, siempre práctico.

Doña Paca se rió, de esas risas que suben como levadura.

—Hoy tengo bollitos cometa —anunció—. Con azúcar que brilla. Y para los valientes, rosquillas anilladas, como Saturno. Os invito, que se os ve en misión. La justicia da hambre.

—Tenemos que escribir reglas del juego —le explicó Mei—. Para que nadie tenga miedo de jugar, ni de perder.

—Miedos pequeños como migas, ¿eh? —dijo Doña Paca—. Esos se soplan. Si se pegan, se mojan con leche. Y si no se sueltan, se comparten. Tomaos estos bollo-cometas. Y… espera.

Se fue a la trastienda y volvió con un chaleco de visibilidad fosforito, de esos que usan los repartidores madrugadores, pero adornado con pegatinas de planetas sonriendo y una estrella bailarina.

—Para ti, capitán de las ideas —se lo puso a Nico—. Chaleco de visibilidad riguroso y ridículamente gracioso. Si te pierdes en la oscuridad del planetario, ¡pum!, brillas. Si alguien duda de quién manda, ¡pum!, brillas más. Pero recuerda: mandar no es lo mismo que escuchar.

Nico se miró en el reflejo de la vitrina. Parecía una señal de tráfico cómica. Sus amigos aplaudieron.

—Tengo una idea —dijo, cómo no—. Este será el chaleco del árbitro-cometa. El que lo lleve tiene que ser el más justo del mundo mundial. Hoy me lo pongo yo, pero luego rotaremos. Justicia con brillo. Brillusticia.

—Brillusticia aprobada —dijo Mei, y todos rieron.

Salieron con la bolsa de bollitos. Doña Paca los despidió con las manos en alto, como echando harina al aire.

—¡Que el pan y los planetas os sean favorables!

—¡Gracias, Doña Paca! —gritaron a coro.

Capítulo 3: El domo y los miedos chiquitos

El planetario era un edificio redondo, como un enorme bizcocho de cemento. Por dentro, los pasillos estaban en penumbra. Había posters de nebulosas y modelos de cohetes que parecían colgantes de gigante.

Leo se quedó un poco atrás.

—Está oscuro —admitió—. Oscurísimo.

—Miedo pequeño, pegajoso —dijo Mei—. Truco: respira como si inflaras una burbuja. Uno, dos, tres.

—Además, llevo el chaleco —dijo Nico—. Si aplaudo, ilumino. Mira.

Aplaudió dos veces. El chaleco no hacía nada especial, pero todos fingieron que sí.

—¡Funciona! —dijo Sara, guiñando un ojo—. Ya no tengo miedo de tropezar con una galaxia.

En la sala de experimentos contactaron con Don Saturno, el guía del planetario, un señor con bigote en forma de anillo.

—Bienvenidos, cosmos-peques —dijo—. Hoy hay un espectáculo de burbujas en el domo a las cinco. Si queréis, podéis usar esta mesa para vuestras cosas. Pero sin tirar meteoritos, por favor.

—No tiramos nada —aseguró Youssef—. Solo reglas.

—Eso pesa más —bromeó Don Saturno—. Suerte.

Se sentaron alrededor de la mesa. Sara abrió su libreta. Youssef sacó un bolígrafo muy serio. Nico se subió el chaleco como si fuera capa.

—Regla uno —anunció—: en Astro-Pilla, nadie empieza sin saber quién la lleva.

—Y si alguien no sabe, se cuenta hasta tres —dijo Mei.

—Hasta tres. No hasta veinte. Hasta tres —repitió Leo, con gesto que decía “no me líes”.

—Regla dos —dijo Youssef—: si alguien se asusta, se para el juego. Se respira. Se explica. Se sigue.

—Regla tres —dijo Sara, dibujando un cometa con pies—: se rota el que “la lleva” cada cinco turnos. Cinco. Ni cuatro ni seis. Cinco porque me gusta cómo suena.

—Regla cuatro —añadió Nico—: el chaleco de visibilidad se usa de árbitro. El árbitro sonríe. El que arbitra escucha más que habla. Aunque tenga muchas ideas. Aunque tenga todas. Aunque tenga... —Se frenó—. Vale, escucho.

—Regla cinco —propuso Leo—: si la pelota cometa golpea un poste, se repite. Sin enfados. Ni ¡ay! ni ¡eh! Solo “se repite”.

—Y— dijo Mei, levantando un dedo—: la palabra “repetimos” se dice cantando. Para que dé risa.

—Re-pe-ti-mos —canturreó Nico. Y todos lo imitaron. Re-pe-ti-mooos.

Entonces se escuchó, a lo lejos, un anuncio: “En cinco minutos, ¡Cosmos de Burbujas! Pasen al domo”.

—Tengo otra idea —dijo Nico—. Probemos a contar hasta tres bajo el domo. A ver si suena más grande.

—Pero primero terminemos de escribir —insistió Youssef.

—Voy pegando las reglas en estas notas —dijo Sara, escribiendo en post-its de colores—. Las pegamos al tablero y…

Una corriente suave cruzó la sala más rápido que su prudencia. Una nota se despegó. Era la que decía: “Regla 1: Todo el mundo cuenta hasta tres”.

La nota subió, flotó y, sin que nadie entendiera cómo, se pegó a una burbuja que acababa de colarse desde el pasillo. Una burbuja enorme, redonda, brillante. Una burbuja mensajera.

—¡Esa es mi nota! —gritó Sara.

—¡Y esa es nuestra regla! —gritó Youssef.

—¡Y esa burbuja no sabe leer! —gritó Leo.

—Tengo una idea: la seguimos —dijo Nico—. Con cuidado. Con prisa. Con cuidado y con prisa. Ya me entendéis.

Capítulo 4: La burbuja mensajera

La burbuja, orgullosa con su post-it amarillo pegado al costado, flotó por el pasillo como una medusa curiosa. Nico corrió delante con el chaleco brillante. Los demás lo seguían. Dos niños desconocidos, al ver el chaleco, pensaron que era un monitor.

—Señor del chaleco —preguntó uno—, ¿dónde está el baño?

—A la derecha, luego izquierda, luego recto, y a la estrella —improvisó Nico. El niño se fue muy contento. Quiproquos del destino.

La burbuja entró al domo. Dentro, un artista con bata azul hacía burbujas gigantes que parecían planetas transparentes. Había música suave y risas de niños. La burbuja mensajera, la de la nota, empezó a subir hacia el escenario.

—Perdonen —susurró Youssef, intentando no armar lío.

—Una burbuja tiene mi letra —susurró Sara, con risa nerviosa.

—Yo… —Leo tragó saliva—. Yo no quiero salir al escenario.

—Miedo chiquito —le dijo Mei—. Se sopla. Yo te soplo. ¿Listo? Uno, dos, tres.

Mei le sopló en la mano, como quien enfría una sopa. Leo sonrió sin querer.

—Funciona —admitió—. Un poco.

La burbuja flotarona hasta el centro del domo. El artista la vio, alzó las cejas y dejó que se acercaran. Don Saturno asomó por un lado, reconociendo el chaleco.

—Ah, los de las reglas —murmuró—. Pasen, cosmos-peques.

Nico subió al escenario con cautela, sintiendo mil ojos cosquilleando en su nuca. El chaleco parecía más brillante que nunca. La burbuja, enorme, vibraba apenas, como si respirara.

—Tengo… tengo una idea —dijo muy bajito—. Pero también tengo un susto.

Miró a sus amigos. Todos levantaron los pulgares. Mei, además, hizo un gesto de soplar. Nico respiró hondo.

—Hola —dijo al micrófono, y su voz sonó cavernosa—. Somos la Comisión de Reglas Justas. Esta burbuja se ha llevado nuestra primera regla. Es mensajera. Es lista. Y dice —se acercó y leyó la nota pegada a través del brillo—: “Todo el mundo cuenta hasta tres”.

El domo guardó silencio un segundo. Luego un murmullo. Luego aplausos. El artista de burbujas sonrió.

—Hermoso mensaje —dijo—. Creo que el cosmos está de acuerdo.

La burbuja tembló como esperando su final. Y, plop, reventó, dejando la nota caer en las manos de Nico. No se mojó casi nada. Fue como recibir un papel de nube.

—Tengo otra idea —se animó—. Ya que estamos aquí… ¿podemos terminar nuestras reglas con vuestra ayuda? Así seguro que son justas del todo.

Don Saturno se acomodó el bigote anillado.

—Si el público quiere… —dijo.

—¡Sí! —gritaron varios niños. Una niña levantó una pelota de espuma: el domo se transformó en campo de pruebas.

Capítulo 5: Reglas en órbita

Nico se colocó bien el chaleco. Sara pegó la primera nota en una pizarra móvil que apareció de no se sabe dónde. Youssef preparó su bolígrafo de juez. Mei sacó su frasquito de jabón, por si necesitaban mensajeras de repuesto. Leo apretó la pelota de espuma para quitar nervios.

—Regla uno, confirmada —anunció Nico—: aquí siempre contamos hasta tres juntos. Uno, dos…

—¡Tres! —respondió el público, con entusiasmo.

—Regla dos —dijo Youssef—: si alguien se asusta o no entiende, se para y se explica sin broncas. Sin “ehh”, sin “buah”. Se respira y se explica. Probadlo.

Una niña fingió tropezar, todos hicieron “se repite” cantando. El eco sonó divertido: Re-pe-ti-mooos.

—Regla tres —siguió Sara, dibujando rápido—: el que la lleva rota cada cinco jugadas. Para eso usamos este contador de estrellas.

Sacó cinco pegatinas de estrellas y se las fue pegando al borde de la pizarra. Cada jugada, una estrella se “apagaba”, hasta que tocaba rotar. Visual, bonito, comprensible.

—Regla cuatro —propuso Mei—: el árbitro-cometa escucha el doble de lo que habla. Demostración.

Nico abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir, la volvió a cerrar, con cara de pez. Risas. Hizo un gesto de “me esfuerzo”.

—Regla cinco —dijo Leo, ya suelto—: si la pelota cometa rebota en un poste, se repite sin protestas, y si toca techo, cuenta como nube y también se repite. Porque las nubes no son puntos.

—¡Nubes no son puntos! —repitió el domo.

—Regla seis —añadió una señora del público—: el que pierde elige la música de la próxima ronda.

—Eso equilibra —aprobó Youssef—. Le da poder al que pierde. Me gusta.

—Regla siete —propuso un pequeñín—: si alguien gana dos veces, tiene que jugar de portero cometa una, para descansar.

—Descansar también es justo —dijo Mei—. Los miedos se cansan si tú descansas.

Nico miró a sus amigos. Sentía el corazón latir como tambor alegre. Él también tenía miedos chiquitos que a veces se ponían grandes, como cuando todos lo miraban. Pero en ese momento notó algo: cada risa del público le hacía cosquillas a los miedos. Y los miedos, cosquillosos, se hacían más chiquitos.

—Tengo otra idea final —dijo, con voz firme—. Regla ocho: al terminar, se hace una ola de gracias. Una ola de adiós. Para recordar que lo importante no es ganar, sino jugar juntos sin asustarnos.

—Aprobada —dijo Don Saturno—. Y ahora, probemos el juego diez minutos. Yo arbitro. Tú, del chaleco, juegas. A brillar sin mandar.

El domo se transformó en un pequeño universo deportivo. Jugadas simples, risas grandes, “repetimos” cantado sin parar. Dos veces Nico se confundió y habló más de lo que escuchó. Sara le señaló su oreja. Nico la tocó, se rió, escuchó. Leo se atrevió a hacer un pase largo. No llegó. Se repitió. Y no pasó nada malo. Youssef levantó el pulgar cada vez que una regla funcionaba. Mei, feliz, atrapó una burbuja con la palma y la soltó, como si soltara un miedo que ya no pinchaba.

Al terminar, estaban sudados y contentos. El público aplaudió como lluvia cálida. Sara pegó la última nota: “Ola de gracias”.

—Re-pe-ti-mooos —cantaron, por costumbre. Y se rieron de repetirse la ola.

Capítulo 6: Ola de adiós

Salieron del domo con la pizarra llena de notas, el chaleco brillando y la bolsa de bollitos cometa medio vacía. El planetario parecía menos oscuro. Los miedos chiquitos iban detrás, como perritos tranquilos que ya no tiran de la correa.

—Hemos hecho algo grande —dijo Mei, lavándose las manos con jabón invisible—. Y burbujeante.

—Hemos hecho justicia con brillo —dijo Nico—. Brillusticia.

—Y ha funcionado —añadió Youssef—. Porque la escuchamos.

—Porque reímos —dijo Leo—. Y porque repetimos cuando hace falta.

Volvieron por la calle, que ya tenía farolas encendidas como estrellas urbanas. Pasaron por “La Vía Dulce”. Doña Paca estaba cerrando, con la nube de su moño un poco más baja.

—¿Qué tal la misión? —preguntó desde la puerta, olfateando noticias como quien olfatea canela.

—Conseguida —dijo Nico—. Reglas justas, juego divertido, miedos pequeñitos.

—Y burbujas mensajeras —añadió Sara, levantando la nota de “Cuenta hasta tres”.

—Eso es lo mejor —sonrió Doña Paca—. Los mensajes que llegan sin empujar. Esperad.

Entró y salió con una caja pequeña.

—Son lunas de azúcar que no vendí —explicó—. Para que la Comisión de Reglas Justas tenga combustible. Y para que os acordéis de que el dulce y las reglas van bien si no se exagera.

—Gracias —dijeron todos, casi a la vez.

—Gracias —repitió Nico, sintiendo que el chaleco pesaba menos y los hombros más—. Hicimos una ola de adiós en el domo. ¿La hacemos aquí también?

—¡Ola! —dijo Leo, ya lanzado.

Se pusieron en fila frente a la panadería. Levantaron los brazos por turnos, como en un estadio, una ola lenta, cariñosa, que se movió hacia la puerta de Doña Paca y volvió hacia la calle, y una vez más hacia el cielo, por si las estrellas querían imitar.

Doña Paca respondió con una miniola de harina, un gesto de panadera profesional.

—Que tengáis noches tranquilas —dijo—. Y que los miedos, si vienen, sepan que se cuenta hasta tres y se les sopla. Uno, dos…

—¡Tres! —remataron los cinco, riéndose.

Siguieron caminando. Nico se quedó un paso atrás, mirando el planetario redondo como una enorme galleta de cemento, y el reflejo de su chaleco en un escaparate. Pensó en todas las veces que había dicho “tengo una idea” y en todas las veces que, a partir de ahora, iba a decir “te escucho”. Pensó en las burbujas que llevan mensajes y en los papeles que caen como nubes y en las risas que se repiten sin gastar.

—Chicos —dijo, alcanzándolos—. Tengo una idea.

—¿Otra? —rió Sara.

—Sí. La idea de hoy es… que mañana no mando. Mañana escucho. Y que hagamos un cartel para el juego con dibujos y con esas estrellas pegadas. Y que el chaleco rote. Y que Doña Paca venga a vernos. Y que…

—Y que respiramos —le recordó Mei—. Uno, dos, tres.

Respiraron todos juntos. La calle sonó menos ruidosa, el cielo menos lejos. Los pasos se sincronizaron. El semáforo cambió de rojo a verde como una señal de universo amigable.

En la esquina, se dieron una ola de adiós más, chiquita, íntima, casi secreta. Luego cada uno tiró hacia su casa con un trocito de luna de azúcar en el bolsillo y una regla nueva en la cabeza. El mundo parecía un poco más justo. Y un poco más brillante. Y, aunque el día había sido rápido, el final fue lento, como el mar cuando se recoge. Una ola de adiós que no mojaba, pero abrigaba. Una ola que decía, sin decir, que mañana habría más juegos, más ideas, más risas. Y que, si algún miedo asomaba, ya sabían qué hacer. Contar. Soplar. Repetir si hace falta. Y saludar al final, muy despacio, con una ola de adiós.

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Cosmos
El universo considerado en su totalidad, incluyendo todas las estrellas, planetas y cualquier otro cuerpo celeste.
Comisión
Un grupo de personas que se reúnen para llevar a cabo una tarea específica o para tomar decisiones sobre un tema determinado.
Justicia
Principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o merece.
Nebulosa
Una nube de gas y polvo en el espacio, donde pueden formarse estrellas y planetas.
Burbuja
Una esfera de aire encerrada en un líquido, que puede flotar y es muy ligera.
Anillada
Que tiene forma de anillo o que posee anillos, como el planeta Saturno.

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