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Cuento divertido sobre los amigos 11/12 años Lectura 13 min.

Los martes locos en la cocina de Nico

Un grupo de amigos, liderados por Nico, se embarca en una divertida aventura en la cocina, donde descubren que la nevera puede hablar y se enfrentan a una invasión de guisantes saltarines, todo mientras preparan la mejor merienda del mundo. Entre risas, rescates y chistes, deciden que cada martes será un “Martes Loco” lleno de locuras e imaginación.

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Un niño de 12 años, con cabello castaño rebelde y gafas redondas, muestra una amplia sonrisa traviesa. Está agachado frente a un gran y antiguo refrigerador blanco, con los ojos brillantes de curiosidad. A su lado, una niña de 12 años, con trenzas rubias y una camiseta colorida, se ríe mientras sostiene una papa frita en la mano. Otro niño de 12 años, con una gorra con hélice y una mirada decidida, empuña un pequeño destornillador, listo para "reparar" el refrigerador. La última es una niña de 12 años, con gafas de sol y una sonrisa pícara, que se esconde detrás de un mueble, lista para hacer una broma. La escena ocurre en una cocina luminosa y animada, con paredes pintadas de amarillo y estanterías llenas de tarros de mermelada coloridos. Guisantes congelados se esparcen por el suelo, mientras que una caja de cereales está volcada, añadiendo un toque de caos divertido. La situación principal muestra a los amigos en plena aventura, tratando de descubrir si el refrigerador realmente puede hablar, mientras ríen y se divierten juntos en un desorden alegre. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El misterio de la nevera parlante

A las siete y media de la tarde, después de un día de cole lleno de ecuaciones y dictados interminables, Nico llegó a casa con los calcetines desparejados y una sonrisa traviesa. Era martes, el día perfecto para una aventura, pensaba él, porque los martes siempre pasaba algo raro en su barrio, aunque solo fuera que el camión de la basura hacía su ruta con la música de “La cucaracha” a todo volumen.

Nico tenía doce años, un pelo tan indomable que parecía que acababa de meter el dedo en un enchufe y una energía que desesperaba a su madre, aunque ella decía que le recordaba a cuando era joven y corría como un gamo. Ese martes, Nico había planeado una reunión secreta en su casa con sus tres mejores amigos: Cami, la reina de los chistes malos y las ideas locas; Hugo, el que siempre llevaba una gorra con hélice y se creía inventor; y Lía, experta en meterse en líos y salir de ellos con una sonrisa.

El plan era simple: preparar la mejor merienda del mundo (o lo que la despensa de Nico permitiera), contarse las anécdotas más ridículas de la semana y, sobre todo, descubrir si era cierto el rumor de que la nevera de Nico podía hablar.

—¡Chicos! —susurró Nico cuando todos llegaron al salón—. Hoy descubriremos el secreto de la nevera. Pero shhh, que mi hermana pequeña está intentando hacer los deberes y si nos oye, se une seguro.

Cami levantó una ceja y sonrió.

—¿Tu nevera habla o es que estás comiendo demasiados yogures caducados?

—¡En serio! —protestó Nico, muy serio—. El otro día la abrí y escuché un “¡Ay!” muy bajito. Y no era mi barriga.

Hugo se sacó del bolsillo un destornillador diminuto.

—¡Tranquilo! Si la nevera habla, le instalo un botón de apagado.

Lía, con las manos llenas de pegatinas, se puso las gafas de sol (aunque era de noche) y exclamó:

—¡Esto va a ser legendario!

Así, todos gatearon hasta la cocina, deslizándose como espías profesionales, y rodearon la nevera blanca, que parecía muy normal... hasta que Cami apoyó la oreja y escuchó un susurro que decía: “Brrrr... hace frío aquí”.

Todos se miraron con los ojos como platos. ¿Sería verdad que la nevera tenía algo que contar?

Capítulo 2: Un plan de merienda (y espionaje)

—Vale, primera fase del plan: merienda —dictaminó Nico, porque investigar con el estómago vacío era peligroso (y además se le notaba mucho cuando tenía hambre: su barriga gruñía como un ogro).

Abrieron la nevera con precaución, como si fuera una nave extraterrestre. Dentro, había cosas misteriosas y nada apetecibles: una tarta medio seca, un queso azul con pinta de tener vida propia y un tupper con una nota que decía “¡No tocar! Experimento de Clara”.

—¿Qué clase de experimento es ese? —preguntó Lía.

—Si lo abres, igual te sale una babosa mutante —bromeó Cami.

Mientras Hugo inspeccionaba el queso azul con su destornillador, Cami encontró una bolsa de patatas fritas detrás de un cartón de leche.

—¡Supervivencia pura! —gritó, lanzando una patata al aire y atrapándola con la boca.

Nico, con el oído pegado al estante de los huevos, escuchó el mismo susurro: “Brrrr...”.

—¿Lo habéis oído? —dijo en voz baja.

—¿El qué? —preguntaron los demás.

—¡Eso! —repitió la nevera, o al menos eso pensó Nico. Pero en realidad, era el móvil de su hermana vibrando encima del congelador.

Los cuatro soltaron una carcajada. El suspense desapareció y la cocina se llenó de risas y migas de patatas.

—Bueno, aunque la nevera no hable, nosotros sí —dijo Hugo—. ¿Qué tal si montamos la Merienda de los Campeones?

—Solo si me dejan evitar el experimento mutante —añadió Lía.

Así, entre bocadillos improvisados, risas y anécdotas de la semana, el grupo compartió historias de profes despistados, caídas en educación física y la vez que Hugo intentó volar su gorra desde el árbol más alto del parque (spoiler: acabó en el arbusto de la vecina, al lado de su gato dormido).

Capítulo 3: La invasión de los Guisantes Saltarines

Justo cuando estaban terminando de comer, algo increíble sucedió. Nico abrió el congelador para buscar polos y... ¡los guisantes congelados cobraron vida! Bueno, no exactamente. Pero al abrir la bolsa de guisantes, estos salieron disparados como si fueran canicas verdes, rebotando por toda la cocina.

—¡Alerta verde! —gritó Cami, lanzándose al suelo para atrapar los guisantes como si estuviera cazando pokémons.

Lía empezó a recogerlos con una cuchara, pero cada vez que atrapaba uno, rodaba por la encimera y caía al suelo.

—¡Eso parece un ejército! —se carcajeó Hugo—. ¿Y si son soldados guisantes dispuestos a dominar el mundo?

Nico, tratando de no pisar ningún guisante, sacó su móvil para grabar la escena.

—¡Esto hay que subirlo al grupo! ¡Invasión en la cocina!

En cuestión de segundos, los guisantes estaban por todas partes: detrás del microondas, bajo la mesa, en el zapato de Cami y uno, misteriosamente, en el bolsillo de Lía.

Después de cinco minutos de persecución, los amigos lograron encerrar a la mayoría de los rebeldes en un vaso de plástico.

—¿Y si los liberamos en el patio y vemos si sobreviven? —bromeó Hugo.

—O los mandamos a Marte en la gorra-hélice —propuso Cami, lanzando una mirada traviesa a Hugo.

—¡Eh! Que yo he mejorado mi gorra desde la última vez. Ahora lleva pegatinas reflectantes —se defendió él, enseñando su invento.

La risa llenó la cocina. Nico pensó que no había nada mejor que atrapar guisantes voladores con tus amigos.

Capítulo 4: El rescate del peluche congelado

Cuando por fin se tranquilizaron (más o menos), Nico notó algo extraño en la puerta del congelador. Asomaba un trocito de tela rosa con una oreja: era Chispitas, el peluche favorito de su hermana, ¡y estaba atrapado entre los polos y los guisantes!

—¡Socorro! ¡Si Clara ve esto, me mata! —susurró Nico.

—Operación Rescate Peluche iniciada —anunció Lía, poniéndose una pinza de la ropa en la nariz, porque el congelador olía un poco sospechoso.

Cami, como buena directora de cine, empezó a narrar toda la misión con voz épica:

—Un grupo de valientes exploradores, armados solo con cucharas y gorros absurdos, se dispone a rescatar un peluche en peligro...

Entre todos, formaron una cadena humana: Hugo sujetaba la puerta, Cami alumbraba con la linterna del móvil, Lía estiraba el brazo y Nico se colgaba de una pierna de Lía para alcanzar el peluche sin tirar los polos al suelo.

—¡Lo tengo! —exclamó Lía triunfante, sacando a Chispitas cubierto de pequeños cristales de hielo.

—Parece un mamut prehistórico —bromeó Hugo.

El grupo estalló en carcajadas. Lía le limpió el hielo a Chispitas con cariño y Nico prometió devolverlo stealth-mode a la habitación de su hermana, sin que se enterara nadie.

—¡Misión cumplida! —gritaron todos al unísono.

Capítulo 5: El concurso de chistes imposibles

Ya con la cocina medio recogida (bueno, casi medio recogida), los amigos se sentaron en círculo con la bolsa de patatas, listos para el último reto: el concurso de chistes imposibles. La regla era sencilla: el que hiciera reír a los demás con el chiste más tonto, ganaba la última patata.

Cami empezó, cómo no:

—¿Por qué el tomate se puso rojo? ¡Porque vio al pepino desnudo!

Todos soltaron una risita floja, pero Lía fue más allá:

—¿Qué le dice un gusano a otro gusano? ¡Voy a dar una vuelta a la manzana!

Esta vez, Hugo se atragantó de la risa y le salieron lágrimas de los ojos.

Nico se puso serio, cogió carrerilla y dijo:

—¿Por qué los peces no hacen deberes? ¡Porque ya viven en el mar!

El grupo se quedó en silencio... y luego explotó en carcajadas. Era tan malo que resultaba gracioso. Incluso la madre de Nico, al escuchar el escándalo desde el salón, asomó la cabeza y preguntó si había una fiesta o era una convención de bufones.

—¡Ambas cosas! —respondió Cami, lanzando la última patata al aire como si fuera el trofeo de la Champions.

Capítulo 6: El gran malentendido y la huida final

En pleno jolgorio, se escuchó un grito agudo desde el pasillo: “¡¿Dónde está mi Chispitas?!”. Era Clara, la hermana pequeña de Nico, que venía corriendo como una flecha hacia la cocina.

—¡Plan de emergencia! —susurró Nico, metiendo a Chispitas detrás de una caja de cereales—. ¡Que no nos vea!

Hugo se escondió detrás de la puerta, Lía se cubrió con un delantal, Cami se agachó bajo la mesa y Nico se quedó petrificado con una patata a medio masticar.

Clara entró con los ojos entornados, olfateando como un sabueso.

—Huele a aventura... y a patatas quemadas —dijo, cruzándose de brazos—. ¿Habéis visto mi Chispitas?

—¿Chispitas? —repitió Lía, haciéndose la despistada—. Yo solo he visto guisantes saltarines.

—Y yo he inventado la gorra "buscadora de peluches" —añadió Hugo, poniéndose la gorra con hélice mirando hacia atrás.

Cami empezó su mejor actuación dramática:

—Oh, noble dama, ¿has mirado en el reino de los cereales?

Clara, desconcertada, fue directa a la caja de cereales y, para sorpresa de todos, sacó a Chispitas de la caja. Se quedó tan contenta que olvidó preguntar más y salió corriendo con su peluche.

Los amigos respiraron aliviados y, al ver que Clara no sospechó nada, se miraron y estallaron en carcajadas.

Capítulo 7: Reflexiones bajo las estrellas

Cuando la noche cayó y la luz de la cocina se tiñó de azul, el grupo salió al patio trasero a mirar las estrellas. Habían dejado la cocina más o menos ordenada (según sus propios estándares) y se sentaron en círculo sobre una manta.

—Hoy casi destruimos la cocina, rescatamos a un peluche y sobrevivimos a una invasión de guisantes —resumió Hugo.

Lía asintió, pensativa:

—Lo mejor fue que lo hicimos juntos. Siempre es más divertido meterse en líos en grupo.

—Y reírse de los chistes malos —añadió Cami, abrazando una almohada.

Nico miró a sus amigos, sintió el aire fresco y pensó en lo afortunado que era por tenerlos a su lado.

—Las mejores aventuras son las que compartimos —dijo, quizá un poco cursi, pero muy cierto.

Todos estuvieron de acuerdo. Era imposible aburrirse cuando estaban juntos, porque cualquier cosa podía convertirse en una historia inolvidable: una nevera misteriosa, un ejército de guisantes o una operación de rescate peluchil. Y aunque a veces les salieran las cosas al revés, sabían que, pase lo que pase, siempre acabarían riendo.

Capítulo 8: El pacto secreto de los Martes Locos

Antes de que cada uno se marchara a casa, Hugo propuso un pacto solemne:

—A partir de hoy, cada martes será nuestro “Martes Loco”.

—¿Y si un martes no pasa nada divertido? —preguntó Lía.

—Entonces nos lo inventamos —respondió Nico—. Basta con estar juntos para que pase algo increíble.

—¡Prometido! —gritaron todos, juntando las manos al centro como si fueran un equipo campeón.

Se despidieron con abrazos, risas y promesas de nuevas historias. Al fin y al cabo, sabían que, aunque crecieran, cambiaran de colegio o de peinado, siempre les quedarían los recuerdos de los Martes Locos y la certeza de que la amistad, como las mejores aventuras, nunca caduca.

Y así, bajo el cielo estrellado y con el eco de las carcajadas retumbando aún en la cocina, terminó una tarde más de locuras compartidas. Pero solo hasta el próximo martes, porque todos sabían que, con amigos así, lo increíble está a la vuelta de la esquina… o dentro de una nevera un poco chillona.

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Mamífero prehistórico parecido a un elefante, que tenía pelo largo y colmillos grandes.
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