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Cuento divertido sobre los amigos 11/12 años Lectura 20 min. (1)

Los premios del lago tranquilo y el gran desafío del equilibrio

Un grupo de amigos organiza una ceremonia de premios en un lago para celebrar el equilibrio entre aventura y amistad, con trofeos improvisados, un pato llamado Bernardo y divertidos ensayos que sacuden la calma del lugar.

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Un niño de 12 años, sonrisa traviesa y ojos brillantes, cabello castaño despeinado, con chaqueta azul marino algo húmeda, está de pie en un viejo muelle de madera sosteniendo una ramita como micrófono; una niña de 11 años, Maia, cabello negro trenzado y vestido verde simple, agachada colocando una pluma decorativa en un trofeo de piedra junto a él; un niño de 12 años, Bruno, con gafas redondas y camisa a cuadros, serio pero sonriente, sostiene un cuaderno revisando la lista de premios; un niño de 11 años, Tavi, pelo rizado manchado de barro y camiseta roja, dirige con gestos teatrales desde un tronco flotante; un pato regordete llamado Bernardo, amarillo y blanco, está posado en el tronco mirando con aire digno; lugar: un lago tranquilo al atardecer con sauce cuyas ramas rozan el agua, nenúfares, reflejos anaranjados y suaves círculos alrededor del tronco; situación: ceremonia improvisada de entrega de premios en el muelle con trofeos naturales (piedras, plumas, una piña mojada en el podio), ambiente alegre y pequeñas salpicaduras controladas; estilo: acuarela suave, colores cálidos del crepúsculo, texturas de madera y agua visibles, salpicaduras sutiles para sugerir movimiento. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El lago se aburre… y Nico no

El lago estaba tan tranquilo que parecía que alguien le había puesto el modo “silencio”. El agua brillaba como una moneda recién lavada, los juncos se balanceaban despacito y una libélula daba vueltas como si estuviera buscando la salida del parque.

Nico, 11 años, no podía con eso.

—Esto está demasiado… calmado —dijo, con los pies colgando del muelle y una ramita haciendo de micrófono—. Necesitamos un evento. Algo oficial. Algo… ¡con premios!

A su lado, Maia se estaba trenzando el pelo con una hoja de menta como si fuera una cinta de campeona.

—¿Premios de qué? ¿Del lago? ¿A la mejor ola? —preguntó, sonriendo.

Bruno, que siempre llevaba un cuaderno como si la vida fuera un examen sorpresa, levantó la mano.

—Propongo categorías claras y verificables.

—Y yo propongo categorías absurdas y divertidas —interrumpió Nico, señalando a Tavi.

Tavi se asomó desde una roca. Tenía las rodillas llenas de barro, una sonrisa de “yo no he sido” y una red de mariposas… aunque la usaba para pescar hojas.

—Yo solo digo que si hay premio a “mejor chapuzón”, lo gano.

—Eso no es una categoría. Eso es una amenaza —dijo Maia.

Nico se puso de pie como si fuera el director del lago.

—¡Atención, jurado acuático! Vamos a organizar la primera Entrega de Premios del Lago Tranquilo. Premios para todos. Premios que celebren… el equilibrio.

Bruno parpadeó.

—¿Equilibrio?

Nico abrió los brazos, serio por un segundo.

—Sí. Ni demasiado serio ni demasiado loco. Ni demasiado rápido ni demasiado lento. Un equilibrio perfecto… como cuando intentas caminar por un tronco sin caer y sin parecer un robot.

Tavi ya estaba subido a un tronco.

—Estoy practicando. Si me caigo, es parte del ensayo.

Y se cayó. Con estilo. Con mucha agua. Con un “¡plof!” que asustó a una rana que salió disparada como un corcho.

Maia aplaudió, pero bajito.

—Vale. Me convenciste. ¿Cuándo es la entrega?

Nico miró el lago, como si el lago le hubiera dado el permiso.

—Hoy. Antes de que el sol se canse.

Capítulo 2: El plan, los premios y el pato confundido

Se juntaron en la sombra de un sauce, que parecía una tienda secreta hecha de ramas. Nico dibujó en la arena un escenario con un palo.

—Aquí el muelle es la alfombra roja. Aquí el tronco flotante será el… —buscó una palabra— …podio.

Bruno ya estaba escribiendo.

—Necesitamos categorías. Y reglas.

—Regla número uno: nadie se toma esto demasiado en serio —dijo Nico.

—Regla número dos: nadie se cae al agua… a propósito —añadió Maia mirando a Tavi, que se estaba escurriendo la camiseta.

—Regla número tres: si te caes sin querer, es una coreografía —concluyó Tavi.

Bruno suspiró, pero se le escapó una risa.

—Bien. Categorías. Propongo: “Mejor idea brillante”.

—Yo propongo: “Mejor cara de ‘yo no fui'” —dijo Maia.

—Y yo: “Mejor salto que casi fue elegante” —dijo Tavi, orgulloso.

Nico hizo un gesto dramático, como si tuviera capa.

—Y la categoría estrella: “Premio al Equilibrio del Día”. Para quien mantenga la calma cuando todo se vuelva un lío.

Justo en ese momento, un pato gordito pasó nadando cerca. Se detuvo frente al muelle, miró a Nico y soltó un “cuac” que sonó a pregunta.

—¿Ese pato nos está juzgando? —susurró Maia.

—Está interesado. Seguro quiere participar —dijo Tavi, que ya le estaba ofreciendo una galleta que no existía.

El pato estiró el cuello, vio que no había galleta y volvió a decir “cuac”, esta vez como si estuviera decepcionado.

—Se llama Bernardo —decidió Nico sin consultar a nadie—. Y será el invitado especial.

Bruno levantó una ceja.

—¿Por qué Bernardo?

—Porque tiene cara de Bernardo. Mira esa mirada de “yo he visto cosas”.

El pato “Bernardo” se sacudió el agua y se alejó, ofendido o importante. Difícil saberlo.

Entonces llegó el primer malentendido. Bruno señaló el dibujo en la arena.

—¿Y la “remise de prix”…? —leyó de su cuaderno, pronunciándolo raro—. ¿Eso es lo que dijiste, Nico?

Nico se quedó congelado.

—¿Yo dije eso?

—Sí. Dijiste “remise”. Lo apunté.

Maia se tapó la boca para no reírse.

—Nico, ¿te has convertido en un presentador francés del lago?

Tavi hizo una reverencia exagerada.

—Mes amis, bienvenidos a la “remis” de los premios. ¡Que empiece el… remolino!

Nico se rascó la nuca, rojo.

—Vale, vale. Se me salió una palabra rara. Pero queda elegante, ¿no? “Remise”. Suena a que el lago tiene etiqueta.

Bruno, con su seriedad habitual, asintió.

—Anotado: el evento será elegante… pero no demasiado. Equilibrio.

Capítulo 3: La búsqueda de trofeos (y la tragedia de la piña)

Necesitaban trofeos. Pero no tenían copas, ni medallas, ni nada que brillara… salvo una vieja lata oxidada que encontraron cerca del camino.

—Eso no es un trofeo. Eso es… un recuerdo triste —dijo Maia.

—Podemos hacer trofeos del lago —propuso Nico—. Naturales. Sostenibles. Con personalidad.

Bruno ya enumeraba materiales.

—Piedras planas. Plumas. Conchas. Ramitas.

Tavi levantó un objeto como si fuera un tesoro. Era una piña.

—¡Trofeo perfecto! “Premio Piñazo de Oro”.

Maia lo miró.

—Eso suena a que te lo tiran a la cabeza.

—O a que te lo comes —añadió Nico.

Tavi defendió su piña como si fuera un trofeo de verdad.

—Es versátil.

La tragedia de la piña ocurrió cuando intentaron colocarla sobre una piedra para que pareciera una estatuilla. La piña, que tenía ideas propias, rodó lentamente… lentamente… con una calma ofensiva… y cayó al agua.

Todos se quedaron mirando el círculo de ondas.

—La piña ha elegido su destino —dijo Bruno, solemne.

—Se fue con Bernardo —susurró Maia—. Seguro el pato la está adoptando.

Nico se agachó, metió la mano y sacó la piña empapada.

—Está bien. Trofeo acuático. Ahora tiene más… experiencia.

Decidieron que cada premio tendría un “soporte” distinto: una piedra como base, una pluma como detalle, un hilo de hierba como cinta. Maia era la artista: ataba nudos imposibles con dedos rápidos. Bruno era el planificador: verificaba que nada se desarmara al primer soplido. Tavi era el probador oficial: sacudía todo para ver si aguantaba.

—Tavi, no hace falta que lo lances —dijo Nico.

—Es una prueba de estrés. En mi laboratorio imaginario —respondió Tavi, y casi se le cae uno.

Nico, por su parte, estaba practicando discursos con la ramita-micrófono.

“Señoras y señores del lago… y Bernardos presentes…” —ensayó—. “Hoy celebramos lo que nos mantiene en pie cuando el muelle tiembla: el equilibrio”.

—¿El muelle tiembla? —preguntó Bruno, mirando el muelle con sospecha.

En ese instante, el muelle crujió un poco, como si hubiera escuchado la frase y se hubiera ofendido.

Maia se rió.

—Es un muelle sensible. No le hables de temblores.

Capítulo 4: Ensayo general con caos incluido

Montaron el “escenario” en el muelle: una cuerda de juncos como guirnalda, tres piedras alineadas como asientos VIP y el tronco flotante como podio. El lago seguía tranquilo, pero ahora parecía estar mirando, curioso.

—Ensayo —anunció Bruno—. Necesitamos orden.

—Orden con un poquito de desorden —corrigió Nico.

Tavi se colocó detrás del tronco, como si fuera un cantante famoso.

—Yo presento.

—Tú no presentas —dijeron los tres a la vez.

Tavi levantó las manos.

—Vale. No presento. Solo… hago efectos especiales.

Y empezó a hacer ruidos con la boca: “pum”, “tará”, “fiuuuu”. Sonaba como un videojuego antiguo.

Maia intentó caminar por el muelle como si fuera una alfombra roja. Dio dos pasos elegantes y luego resbaló con una hoja mojada. No cayó, pero hizo una pirueta extraña para recuperar el equilibrio, como una bailarina sorprendida por una cáscara de plátano invisible.

—¡Premio al Equilibrio! —gritó Nico, señalándola como si ya estuviera en la ceremonia.

Maia lo miró, entre divertida y indignada.

—Ni se te ocurra darme un premio por casi morir.

Bruno sacó su cuaderno.

—Anotación: la hoja mojada es un peligro. Debemos retirarlas.

Tavi se ofreció a “retirarlas” y, en vez de recogerlas, empezó a lanzarlas como si fueran confeti.

—¡Bienvenidos a la remiiiise! —cantó.

Nico lo detuvo con una mano en el hombro.

—Confeti sí, pero que no parezca una tormenta.

—¿Y si parece una tormentita? —probó Tavi, con cara inocente.

Entonces apareció Bernardo el pato, otra vez, nadando cerca del tronco-podio. Se subió al tronco con una facilidad que era casi insultante y se quedó allí, erguido, como un presentador real.

—Mira —susurró Maia—. Bernardo sí que tiene equilibrio.

Bruno, que quería mantener todo bajo control, acercó una piedra para que el pato no se resbalara.

—Es por seguridad.

Bernardo miró la piedra, luego miró a Bruno, y la empujó al agua con el pico.

“Ploc”.

Bruno abrió la boca.

—Acaba de… rechazar mi medida de seguridad.

Nico se mordió el labio para no reírse.

—Bernardo prefiere el riesgo.

Tavi le habló al pato con voz seria.

—Señor Bernardo, le recuerdo que aquí hay reglas.

Bernardo respondió con un “cuac” largo, como si estuviera leyendo un contrato.

Maia se inclinó hacia Nico.

—Traducción: “yo hago lo que quiero”.

Y ahí llegó el gran malentendido. Bruno, intentando recuperar la piedra, se inclinó demasiado. Nico, queriendo sujetarlo, lo agarró de la camiseta. Tavi, queriendo ayudar, los empujó “un poquito” para equilibrarlos. Resultado: los tres hicieron un movimiento sincronizado que hubiera sido hermoso… si no hubiera terminado con un “¡chapuzón!” triple.

El lago, por fin, dejó de estar aburrido.

Maia se quedó en el muelle, empapada solo de salpicaduras, mirando la escena como una directora de cine.

—Lo han ensayado sin mí, ¿eh?

Los tres salieron del agua tosiendo risas.

—Coreografía —dijo Bruno, resignado.

—Efectos especiales —añadió Tavi.

—Equilibrio emocional —concluyó Nico—. Porque no me enfado. Me río.

Y todos se rieron más, hasta que el lago volvió a parecer tranquilo… pero ahora con un secreto alegre.

Capítulo 5: La ceremonia empieza… y nadie entiende la primera categoría

Cuando el sol empezó a bajar, la “remise” (Nico insistía en llamarla así) iba a comenzar. Maia repartió los trofeos: piedras con plumas, ramitas con cintas verdes, y la piña acuática, que goteaba con dignidad.

Bruno organizó a los “invitados”: ellos cuatro, más Bernardo, que se colocó en el tronco como si fuera el alcalde del agua.

Nico respiró hondo y habló con su ramita-micrófono.

—Bienvenidos a los Premios del Lago Tranquilo, donde celebramos lo mejor de nosotros… sin perder la cabeza ni el equilibrio.

Tavi hizo un “tará” con la boca.

Maia le dio un codazo suave.

—Baja el volumen, orquesta humana.

Nico continuó.

—Primera categoría: “Mejor idea brillante”.

Bruno levantó la mano, preparado para una respuesta seria.

—Propongo que el premio sea para… Maia, por inventar esos nudos que no se desatan ni con una tormenta.

Maia se quedó sorprendida.

—¿Yo? Pero si solo… bueno, gracias.

Nico le entregó un trofeo con una pluma que parecía una antena.

—Por mantener todo unido. Equilibrio entre arte y utilidad.

Maia hizo una reverencia exagerada.

—Prometo usar mis poderes para el bien… y para atarle los cordones a Tavi cuando no mire.

—¡Eso es una amenaza otra vez! —protestó Tavi, pero se reía.

Nico carraspeó.

—Segunda categoría: “Mejor cara de ‘yo no fui'”.

Tavi abrió los ojos al máximo, puso la boca en forma de “o” y señaló al cielo como si una nube lo hubiera acusado.

—¿Yo? ¿Hacer qué? ¿Existir?

Bruno no pudo evitar reír.

—Ese. Ese es el ganador.

Nico le dio a Tavi un trofeo hecho con una piedra y una cinta de hierba.

—Por tu talento para meterte en líos y salir con cara de misterio.

Tavi lo levantó como si fuera un trofeo mundial.

—Se lo dedico a mi imaginación… y a Bernardo, que me inspiró con su mirada de “yo he visto cosas”.

Bernardo dijo “cuac” y giró la cabeza, como si confirmara su fama.

Entonces llegó la categoría que nadie entendió. Nico anunció:

—Tercera categoría: “Premio Piñazo de Oro”.

Bruno frunció el ceño.

—Eso no estaba en la lista oficial.

Maia miró a Nico.

—Nico… ¿lo has inventado ahora?

Nico miró a la piña empapada, luego a Tavi, luego al pato.

—Sí. Porque la piña se cayó, volvió, sobrevivió… y eso merece algo.

Tavi levantó la mano.

—¿Y si la piña se lo gana a sí misma?

Hubo un silencio raro… y luego todos se rieron, incluso Bruno, que intentó no hacerlo y falló.

Nico colocó la piña sobre el tronco, al lado de Bernardo.

—El Piñazo de Oro se lo lleva… la piña. Por su equilibrio entre tierra y agua.

Bernardo la olisqueó y la empujó un poquito, como si le estuviera haciendo sitio.

—Cuac.

—Creo que está aplaudiendo —dijo Maia.

—Creo que está diciendo “por fin alguien me entiende” —añadió Tavi.

Capítulo 6: El desafío final y el premio al equilibrio

Quedaba el premio más importante. Nico se puso serio, pero solo lo justo, como si estuviera a punto de contar un chiste muy importante.

—Última categoría: “Premio al Equilibrio del Día”.

Bruno miró el muelle, todavía húmedo.

—¿Cómo decidimos eso?

Nico señaló el tronco flotante.

—Con un desafío simple. Cada uno cruzará el tronco hasta el final. Sin prisa. Sin actuar. Solo… encontrando el punto medio.

Maia se cruzó de brazos.

—¿Y si alguien se cae?

—Entonces el lago le da un abrazo —dijo Tavi, señalando el agua—. Un abrazo frío.

Bruno ajustó sus gafas.

—Acepto. Pero con orden.

Nico asintió.

—Primero Bruno, porque necesita comprobar que es posible.

Bruno se subió al tronco con cuidado. Puso los brazos abiertos, como un pájaro que duda. Dio un paso. Luego otro. Su cara era un poema de concentración.

—Estoy bien —murmuró—. Estoy bien. Estoy… bastante bien.

Una brisa movió los juncos y el tronco se balanceó un poco. Bruno hizo una pausa, respiró, bajó los hombros.

—No puedo controlar el tronco —dijo—. Pero puedo controlarme yo.

Y siguió, lento, hasta llegar al final. Bajó al muelle como si acabara de negociar la paz mundial.

Maia aplaudió sin ruido.

—Bien, señor “reglas”. Bien.

Luego fue Maia. Caminó con más gracia, pero no como para presumir; parecía que escuchaba el movimiento del agua con los pies. En la mitad, miró a Nico.

—¿Así? ¿Equilibrada?

—Sí, pero no pongas cara de estatua —susurró Nico—. El equilibrio también es divertirse.

Maia sacó la lengua un segundo, volvió a concentrarse y terminó con una mini reverencia.

—Equilibrio entre “soy elegante” y “sigo siendo yo”.

Tavi subió después. Dio un paso… y enseguida intentó hacer un giro.

—¡No! —dijeron los tres.

Tavi se congeló, con un pie adelante y otro atrás, como si el tiempo lo hubiera atrapado. Sus brazos temblaron.

—Vale, vale, vale… —susurró—. No giro. No me hago el héroe. Solo camino.

Respiró hondo. Avanzó despacio. Cuando el tronco se movía, él no luchaba contra él; se ajustaba, como si bailara una canción silenciosa. En el último paso, casi se resbala. Se le escapó un “¡uy!” muy fino. Pero se recuperó.

Llegó. Abrió los brazos.

—¡He sido una persona sensata durante diez segundos! ¿Alguien lo ha visto?

—Lo hemos visto —dijo Bruno—. Y da miedo.

—Da orgullo —corrigió Maia.

Nico fue el último. Se subió al tronco y, a mitad de camino, Bernardo se le acercó nadando, como escolta. El pato parecía decir: “No te caigas delante de mi piña”.

Nico miró el agua. Vio su reflejo, el cielo naranja, las ondas pequeñas. Pensó en el día: las risas, los chapuzones, los trofeos raros.

—Equilibrio —se dijo—. Entre hacer locuras y cuidar a los demás.

Dio un paso. Luego otro. Cuando el tronco se movió, Nico no se puso tenso; aflojó las rodillas. Sonrió.

Llegó al final sin caer. Bajó al muelle y miró a sus amigos.

—Entonces… ¿quién gana?

Bruno se quedó pensando.

—Podríamos votar.

Maia negó con la cabeza.

—No. Hoy el equilibrio lo tuvimos cuando nos organizamos sin pelearnos, cuando nos reímos sin burlarnos, cuando ninguno se quedó fuera.

Tavi apuntó a todos con su trofeo.

—¡Entonces ganamos todos! ¡Premio compartido!

Nico miró el montón de trofeos. Luego miró a Bernardo, que seguía en su tronco, serio como un juez.

—Sí —dijo Nico—. El Premio al Equilibrio del Día es para… nosotros. Por hacerlo juntos.

Bruno sonrió, pequeño pero sincero.

—Eso tiene sentido.

Maia se acercó y puso su trofeo junto a los de los demás.

—Que se quede aquí, como recuerdo.

Tavi añadió el suyo.

—Y que la piña sea la guardiana.

Bernardo puso el pico sobre la piña, como firmando el acuerdo.

Capítulo 7: Despedida suave y un aplauso discreto

El sol terminó de bajar, y el lago se quedó con un brillo suave, como si estuviera guardando la risa en un bolsillo. Se sentaron en el muelle, con los pies cerca del agua. Nadie tenía prisa.

Bruno cerró su cuaderno.

—Al final, salió bien. Con caos, pero bien.

Maia apoyó la cabeza en el hombro de Nico un segundo.

—Porque el caos vino con instrucciones… más o menos.

Tavi bostezó, feliz.

—Y porque el lago por fin tuvo espectáculo. ¿Verdad, Bernardo?

Bernardo nadó en círculo, lento, y luego se quedó quieto, como satisfecho.

Nico miró a sus amigos, y la voz le salió más tranquila, como si también se hubiera sentado.

—Me gusta cuando encontramos el punto medio. Cuando hacemos cosas locas, pero sin romper nada… ni a nadie.

Bruno asintió.

—Equilibrio.

Maia susurró:

—Y amistad.

Tavi, que no podía estar callado mucho tiempo, añadió:

—Y premios raros. Importantísimo.

Se rieron bajito, como para no despertar al agua. Y, sin ponerse de acuerdo, hicieron un aplauso discreto, suave, de esos que suenan más a “gracias” que a “bravo”.

El lago siguió tranquilo. Pero ya no parecía aburrido. Parecía contento, como si también hubiera ganado un premio invisible.

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Silencio
Ausencia de ruido; cuando todo está muy tranquilo y no se oye nada.
Libélula
Insecto con cuerpo alargado y alas transparentes que vuela sobre el agua.
Micrófono
Aparato que recoge la voz para que suene más fuerte o para grabarla.
Equilibrio
Estado de no caerse; mantener estabilidad al estar en movimiento o parado.
Podio
Lugar elevado donde se pone alguien para recibir un premio o hablar.
Sostenibles
Que se puede usar sin dañar la naturaleza y que dura en el tiempo.
Tragedia
Hecho muy triste o serio que causa dolor o pérdida.
Coreografía
Serie de movimientos planeados para un baile o una actuación.
Ensayo
Práctica que se hace antes de un evento para prepararse bien.
Sensible
Que reacciona con facilidad a lo que pasa, como un objeto o una persona.

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