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Cuento divertido sobre los amigos 11/12 años Lectura 19 min.

El silencio que se escapó en la estación Brillobordo

En la estación Brillobordo, Nilo y sus amigos ayudan a Susurro, un aprendiz de silencio que se ha escapado y convierte todo en un caos sonoro, y deben llevarlo a la Sala de Equilibrio sin provocar más ruido.

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Nilo, protagonista: pequeño animal de orejas largas en forma de coma, pelaje azul cambiante, expresión concentrada y suave, avanza a pasos medidos con una oreja alzada y la mano hacia un paraguas vuelto; Susurro: bolita gris diminuta con finos bigotes y ojos preocupados pero calmados, acurrucado dentro del paraguas; Zasca: pequeño mapache con mochila llena de objetos coloridos, mirada seria, sostiene el paraguas-«barco» caminando a la izquierda de Nilo; Lira: nutria con gafas redondas y un lápiz tras la oreja, sonriente y concentrada, traza un plan en el suelo con tiza; Pompón: cuervo negro de plumas brillantes, coleccionista de sonidos, vuela bajo a la derecha imitando una pequeña melodía; lugar: estación de tranvía Brillobordo bajo una cúpula de cristal sucia con manchas de sol, línea amarilla en el suelo, bancos metálicos, máquina de billetes parpadeante y una puerta diminuta oculta tras ella; situación: los amigos avanzan en fila hacia la pequeña puerta «Sala del Equilibrio», caminando con equilibrio entre prudencia y ternura, el paraguas contiene a Susurro que respira tranquilo, ambiente de movimientos lentos, gestos medidos y pequeños sonidos ("ding", "cloc"). reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La estación que hace “ding”

En la estación de tranvía Brillobordo siempre olía a metal tibio, a lluvia reciente y a galletas… aunque nadie sabía de dónde salían las galletas. El techo era una cúpula de cristal con manchas de sol, y el suelo tenía una línea amarilla tan recta que daba ganas de caminar encima solo para comprobar si el universo se torcía.

Allí vivía Nilo, que parecía un animalito pequeño con orejas largas como comas y pelaje azul que cambiaba de tono según su humor: celeste cuando se reía, turquesa cuando pensaba, azul noche cuando se preocupaba. Tenía una costumbre: escuchar antes de actuar. Mucho. A veces tanto que, si una mosca estornudaba, Nilo se quedaba quieto para oír el “achís” completo.

—Hoy va a pasar algo —susurró Nilo pegando una oreja a un banco de la estación.

El banco no dijo nada, pero el aire sí: un “fuuuu” de viento y un “clac” de una señal que giraba sola.

Llegaron sus amigos: Zasca, un mapache con mochila llena de cosas inútiles y maravillosas; Lira, una nutria con gafas redondas y lápiz detrás de la oreja (porque, según ella, las ideas resbalan si no las sujetas); y Pompón, un cuervo que coleccionaba sonidos y los imitaba con orgullo.

—¿Qué escuchas, orejotas? —preguntó Zasca.

—Shhh —dijo Nilo—. La estación está hablando.

—¿En serio? —Lira ajustó sus gafas—. Yo solo oigo el tranvía que viene y… tu estómago.

—Mi estómago no habla, canta —protestó Nilo, y su pelaje se volvió celeste.

Entonces, la pantalla de horarios parpadeó. En vez de “Próximo tranvía: 3 minutos”, apareció:

“AVISO: SE HA ESCAPADO EL SILENCIO”.

Pompón lo leyó en voz alta con voz de presentador dramático:

—¡Aaaaviso! ¡Se ha escapado el siiiilencio!

Y justo en ese instante, ocurrió lo más raro: todo sonó demasiado. El “ding” del tranvía fue “DIIIIIING”, el paso de una hormiga fue “TAC TAC TAC”, y hasta el parpadeo de Lira hizo “PLIP”.

—Ay —dijo Lira, llevándose las patas a las orejas—. ¡El mundo está con el volumen al máximo!

—¿Se puede bajar? —preguntó Zasca.

—Se puede —contestó Nilo, muy serio—. Pero primero hay que escuchar qué está pasando.

Capítulo 2: El problema del ruido con bigote

El tranvía llegó resoplando como una tetera nerviosa. Las puertas se abrieron con un “psssss” tan largo que parecía una serpiente contando un secreto.

En el borde del andén, una figura diminuta temblaba: era una bolita gris con bigotes finísimos, como pinceles, y ojos redondos de susto. Tenía un cartelito colgando: “Silencio (en prácticas)”.

—¡Ajá! —exclamó Lira—. No se escapó el silencio… ¡se escapó el aprendiz de silencio!

—¿Y por qué hace tanto ruido entonces? —preguntó Zasca.

La bolita levantó una patita.

—Porque… —dijo con voz minúscula— …me asusté. Cuando me asusto, se me cae el silencio por los agujeros.

Pompón hizo “PLOP” con el pico, imitando una gota cayendo, y luego se rió de su propio “PLOP”.

Nilo se agachó despacio, sin invadir el espacio de la bolita. Primero escuchó. El tranvía se quejaba, el viento silbaba, los carteles vibraban. Debajo de todo eso, se oía un “tic-tic” nervioso.

—Tu corazón va demasiado rápido —observó Nilo, con ternura—. Si lo calmamos, quizás el silencio vuelva a pegarse.

—¿Pegar…? —repitió la bolita.

—Como una pegatina —explicó Zasca—. Tengo cinta adhesiva. ¿Quieres cinta adhesiva?

—¡No! —gritó Lira—. ¡Nada de pegar seres con cinta!

Zasca se encogió de hombros, ofendido con dignidad.

—Es cinta amable.

La bolita, que se llamaba Susurro (porque así lo decía su etiqueta), señaló un rincón de la estación. Había una puerta pequeñísima, casi escondida detrás de una máquina de billetes.

—Ahí… está la Sala de Equilibrio —dijo Susurro—. Si llego hasta allí, me arreglo. Pero cada vez que intento correr… ¡hago más ruido!

Para demostrarlo, dio dos pasitos y su pasito sonó como un tambor: “BUM BUM”. Se asustó del “BUM BUM”, y entonces el techo hizo “CRAC” de lo fuerte que vibró un cristal. Nadie se cayó, pero a todos les dio un micro-susto.

—Plan —dijo Lira, con su lápiz en la oreja temblando—. Tenemos que llevarlo a la Sala de Equilibrio sin que el ruido se dispare.

—¿Cómo se transporta un silencio asustado? —preguntó Pompón.

Zasca levantó un objeto de su mochila: un paraguas al revés.

—En mi “Barco Paraguas”. También sirve para atrapar hojas y, una vez, una albóndiga voladora. No preguntéis.

Nilo se quedó quieto, escuchando. El “tic-tic” de Susurro, el “fuu” del viento, el “ding” lejano del tranvía que se iba.

—Tenemos que ir despacio —dijo—. Ni rápido ni lento. Justo… equilibrado.

Susurro tragó saliva, que sonó como “GLUP” en tamaño gigante.

—Lo intento —prometió—. Pero si oigo un “ding” fuerte… me desarmo.

—Entonces haremos que el “ding” sea pequeño —dijo Pompón, guiñando un ojo—. “ding”.

Y lo dijo tan suave que hasta el aire pareció asentir.

Capítulo 3: Operación “Ding chiquitín”

El grupo se organizó como si estuvieran preparando el robo más importante del siglo… pero en realidad era el rescate más tranquilo del siglo.

Lira dibujó un mapa rápido en el suelo con tiza: la ruta desde el banco hasta la puertecita. Había obstáculos: una papelera que hacía “CLONG” si la rozabas, una máquina de billetes con un botón que pitaba “PIII”, y el peor de todos: el altavoz de anuncios, que de vez en cuando soltaba un “ATENCIÓN” con voz de trueno.

—Ese altavoz me cae mal —susurró Zasca.

—No le caes mal —dijo Nilo—. Solo está… muy entusiasmado.

Susurro se subió al paraguas al revés. Se acurrucó, y de inmediato el paraguas empezó a temblar.

—Shhh —le canturreó Nilo—. Escucha mi respiración.

Nilo respiró despacio: “in… out”. Su pelaje se volvió turquesa, concentrado. Susurro lo imitó: “in… out”. El paraguas dejó de temblar un poco.

—Equipo —ordenó Lira—: Zasca, tú llevas el paraguas con cuidado. Nilo, tú vas delante escuchando si viene un “ATENCIÓN”. Pompón, tú… haces magia con sonidos.

—No es magia —dijo Pompón, inflando el pecho—. Es talento.

Empezaron a avanzar. Un paso. Otro. Zasca caminaba como si llevara una bandeja con sopa. Muy serio. Demasiado serio.

—Vas a explotar de seriedad —susurró Lira.

—Estoy concentrado —murmuró Zasca—. Mi cara concentrada es así.

Pompón, para ayudar, imitó una musiquita suave de ascensor: “turi-turi-tú”. Se le escapó un “tú” más fuerte, “TÚ”, y Susurro pegó un respingo.

—¡Perdón! —dijo Pompón rápido—. “tú” pequeñito. “tú”.

Nilo levantó una oreja.

—Viene el altavoz —avisó—. Está respirando antes de hablar.

Como si fuera verdad, el altavoz hizo “Ejem”.

—¡CUBRIR! —susurró Lira.

Zasca metió el paraguas debajo del banco. Susurro quedó a oscuras.

El altavoz tronó:

—ATENCIÓN: el tranvía… —hizo una pausa dramática— …llega cuando llega.

—¡Eso no es un anuncio! —murmuró Lira.

—Es filosofía —opinó Zasca desde el suelo.

Susurro empezó a reír, pero su risa sonó como cien cascabeles. “Jijijijí” a volumen estadio. Se asustó de su propia risa.

—¡Ay no! —chilló, y el “chilló” sonó como trompeta.

Nilo se acercó, sin prisas.

—No pasa nada —dijo—. Reír no es el problema. Es reír sin respirar.

—¿Cómo se respira y se ríe? —preguntó Susurro, temblando.

—Así —Nilo soltó una risita suave—: “ja… ja… ja…”. Con espacios. Como si la risa tuviera escalones.

Susurro lo imitó: “ja… ja… ja…”. Y, sorprendentemente, sonó normal. Pequeño. Casi dulce.

Pompón aplaudió con las alas, pero se acordó de que eso haría “PAPAPÁ”, así que aplaudió solo por dentro. Se le notaba en la cara.

Volvieron a salir de debajo del banco. Un paso. Otro. La máquina de billetes quedó cerca. Muy cerca. Un papelito en el suelo se pegó a la pata de Zasca.

—No lo pises —susurró Lira—. Si lo pisas, cruje.

Zasca lo evitó con una pirueta lenta. Fue tan lenta que parecía un planeta girando. El paraguas se inclinó. Susurro hizo “¡oh!” y ese “oh” fue como sirena.

La máquina reaccionó, como si el “oh” fuera un botón.

—PIIIII —gritó la máquina.

—¡Noooo! —Susurro se hizo bolita. “BOLITA” sonó como “BOOOOLITAAA”.

La estación entera vibró. Unos carteles se balancearon. La línea amarilla pareció temblar de nervios.

—Equilibrio —recordó Nilo, con voz firme pero suave—. Ni pánico ni calma de estatua. En medio.

Lira respiró hondo.

—Cambio de plan —dijo—. Si el ruido sube con sustos, necesitamos una distracción… pero equilibrada.

Zasca levantó la mano.

—Yo sé hacer una distracción equilibrada. Tengo… —rebuscó en la mochila— …una pelota de goma y una pluma.

—¿Y eso? —preguntó Pompón.

—La pelota rebota y la pluma cae. Juntas son… equilibrio —dijo Zasca, como si hubiera inventado la ciencia.

—No entiendo, pero me gusta —admitió Lira.

Capítulo 4: La pelota, la pluma y el caos educado

Zasca colocó la pelota y la pluma sobre el suelo, justo frente a Susurro.

—Mira —dijo—. Pelota: “boing”. Pluma: “ffff”.

Tiró la pelota. Rebotó una vez: “boing”. Tiró la pluma. Cayó suave: “ffff”.

—Ahora tú —animó Nilo—. Escucha los dos y elige el medio.

Susurro miró la pelota con fascinación. Luego la pluma. Luego su etiqueta, como buscando instrucciones.

—¿El medio? —repitió.

—Ni “BOING” gigante ni “ffff” invisible —explicó Lira—. Un sonido… normalito. Como una puerta bien aceitada.

Pompón imitó una puerta bien aceitada: “ñii… no, no, eso es vieja”. Se aclaró la garganta y lo intentó otra vez: “cloc”. Perfecto.

Susurro soltó un “cloc” pequeño, como si su voz aprendiera a caminar.

—¡Eso! —celebró Nilo, y su pelaje se volvió celeste de alegría.

El grupo avanzó otra vez. Esta vez, Susurro iba practicando sonidos medianos:

—cloc… cloc… cloc…

El problema fue que Pompón, emocionado, decidió acompañar con percusión discreta. Discreta para él significaba “discreta pero con estilo”.

—tum… tum… —susurró con el pico.

Zasca, sin mirar, siguió.

—No hagas “tum” —le dijo Lira—. Haz “pum” pequeño.

—¿“pum” pequeño? —Pompón lo intentó—. “pum”.

Sonó bien. Pero luego se le escapó un “¡PUM!” como si estornudara.

Susurro dio un salto. La pelota de goma, que Zasca había guardado mal, rodó fuera de la mochila y empezó a rebotar sola por la estación: “boing, boing, BOING, boing”.

—¡La pelota se ha independizado! —gritó Zasca.

—¡Atrápala antes de que el altavoz la contrate! —bromeó Lira.

Nilo, como siempre, escuchó primero. La pelota rebotaba hacia la línea amarilla, justo donde el tranvía podía entrar.

—No corráis a lo loco —advirtió—. Si corremos, hacemos “TAC TAC” y Susurro se deshace.

Zasca apretó los dientes.

—Pero si no corro, la pelota se va.

—Corre con orejas —dijo Nilo.

—¿Eso qué significa? —preguntó Zasca.

—Escucha tus pasos. Que no sean gritos. Que sean… conversación.

Zasca probó. Corrió, pero suave. Sus patas hicieron “tap-tap” en vez de “TAC TAC”. Lira lo siguió, deslizándose como nutria en tierra: “shh-shh”. Pompón voló bajito: “fuf-fuf”.

La pelota dio un último “BOING” cerca de la papelera.

Zasca se lanzó… y la atrapó justo a tiempo. Pero su impulso chocó con la papelera: “CLONG”.

Susurro, en el paraguas, se puso rígido.

—No… —susurró, y ese “no” casi se convirtió en trombón.

Nilo se acercó rápidamente, sin correr. Le habló bajito, como si contara un secreto al suelo.

—Ese “CLONG” ya pasó. No lo persigas con más ruido. Déjalo ir, como una hoja en el agua.

Susurro respiró. “in… out”. El paraguas dejó de temblar.

Lira recogió la pluma del suelo y se la puso a Susurro en la cabeza, como un sombrerito.

—Para recordar lo suave —dijo.

Zasca, con la pelota bajo el brazo, añadió:

—Y esto para recordar lo divertido.

Pompón se aclaró el pico, solemne.

—Y yo para recordar lo… —buscó la palabra— …lo ruidoso que puedo ser.

—Eso lo recordamos todos —dijo Lira, y se rieron. Con escalones: “ja… ja… ja…”.

La puertecita de la Sala de Equilibrio ya estaba cerca. Pero justo entonces, el tranvía volvió, y su “ding” sonó como una campana con ganas de protagonismo.

—DIIIIING —cantó.

Susurro se encogió.

—¡Ahora! —dijo Nilo—. Todos juntos. Un “ding” chiquitín.

Pompón imitó: “ding”. Lira: “ding”. Zasca: “ding”. Nilo: “ding”.

Susurro los escuchó, y su corazón hizo “tic” más lento.

—ding —susurró él.

El tranvía, como si se sintiera avergonzado, respondió un poco menos fuerte: “di…ng”.

Capítulo 5: La Sala de Equilibrio y la receta del punto medio

La puertecita se abrió con un “clic” que sonó como una sonrisa. Dentro había una sala redonda, con paredes acolchadas de color crema y un móvil colgante del techo: una piedra, una hoja, una campanita y una nube de algodón. Se movían despacio, como si el aire estuviera aprendiendo a bailar.

En el centro, un círculo pintado en el suelo decía: “AQUÍ SE AJUSTA LO JUSTO”.

—Me gusta —murmuró Lira—. Es como una instrucción para la vida.

Susurro bajó del paraguas. Dio un paso hacia el círculo, y esta vez su paso sonó normal. Ni tambor ni suspiro. Paso.

Zasca soltó el paraguas y se estiró como si hubiera cargado un elefante invisible.

—Uf. Transportar silencio pesa más de lo que parece.

—Porque no es peso —dijo Nilo—. Es cuidado.

Susurro se colocó en el círculo. La campanita del móvil sonó una sola vez: “tin”. No “TINNNN”. Solo “tin”.

El aprendiz de silencio cerró los ojos. Su etiqueta tembló, y luego se acomodó, como si por fin estuviera bien abrochada.

—Estoy… pegándome —dijo, feliz—. El silencio está volviendo a su sitio.

La estación, afuera, pareció bajar el volumen. El viento dejó de silbar como flauta desafinada. Los carteles dejaron de vibrar. La máquina de billetes dejó de gritar por todo.

Incluso el altavoz habló con voz más amable:

—Atención: hoy… todo va bastante bien.

—¡Milagro! —susurró Zasca.

Pompón se acercó a Susurro.

—Oye, ¿y si te vuelves a asustar?

Susurro abrió un ojo.

—Me acordaré de lo que hicimos. De la pelota y la pluma. De reír con escalones. De no correr como estampida. Del punto medio.

Nilo asintió, contento.

—Equilibrio —dijo—. Ni callarse para siempre ni hacer ruido para siempre. Saber cuándo y cuánto.

Lira guardó su lápiz detrás de la oreja, como si lo aparcara.

—Hemos aprendido algo —dijo—. Y nadie usó cinta adhesiva.

Zasca levantó su rollo de cinta, ofendido otra vez.

—¡La cinta se siente ignorada!

—La cinta puede descansar —le dijo Nilo—. También es equilibrio.

Pompón soltó una risita y la convirtió en un “ding” pequeñito, por pura costumbre. El tranvía, afuera, contestó con un “ding” igual de pequeño, como si estuvieran jugando a hablar bajito.

Capítulo 6: Un atardecer que sabe a risa

Volvieron al andén. La estación de Brillobordo parecía más tranquila, como si hubiera bebido una taza de té caliente. La línea amarilla seguía recta, pero ya no daba tanta gana de comprobar el universo; daba ganas de sentarse y dejar que el tiempo pasara.

Susurro los acompañó hasta el banco.

—Gracias —dijo—. Sois un equipo raro.

—Raro pero funcional —corrigió Lira.

—Raro pero con mochila —añadió Zasca.

—Raro pero “ding” —canturreó Pompón.

Nilo los escuchó a todos, con una oreja en cada amigo, como si tuviera antenas de cariño.

—Y vosotros… sois mi equilibrio —dijo.

Se quedaron allí, compartiendo las galletas misteriosas que, como siempre, aparecieron sin explicación en una esquina del banco. Zasca olfateó una.

—Estas galletas son sospechosas.

—Son deliciosamente sospechosas —dijo Lira, mordiendo una.

Pompón intentó morder y se acordó de que tenía pico. La golpeó con cuidado. “toc”. Perfecto.

El cielo empezó a ponerse naranja, luego rosa, luego un violeta suave. El sol, redondo y paciente, bajaba detrás de los cables del tranvía como si se deslizara por una cuerda invisible.

Y, por un instante, pareció que el sol tenía cara. Una cara tranquila. Una cara satisfecha.

Como si dijera sin palabras: “Buen trabajo. Buen equilibrio”.

Nilo apoyó la espalda en el banco. Su pelaje se volvió de un azul calmado, casi de noche, pero sin preocupaciones.

—¿Mañana volvemos? —preguntó Zasca, con migas en el hocico.

—Claro —dijo Lira—. Pero con un plan: reír, ayudar y no gritarle a las máquinas.

—Yo puedo no gritar… —prometió Pompón— …la mayor parte del tiempo.

Se miraron y se rieron otra vez, con escalones, con aire, con ese tipo de risa que no empuja, sino que acompaña.

El tranvía llegó y se fue con un “ding” respetuoso.

El sol terminó de ponerse, contento, como si guardara la estación en un bolsillo de luz.

Y ellos, los cuatro amigos y el pequeño Susurro, se quedaron un rato más, disfrutando del silencio que no daba miedo, del ruido que no molestaba, y de la amistad que, por suerte, siempre encontraba el punto medio.

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Cuando una luz o pantalla se apaga y enciende muy rápido.
Acurrucó
Encogerse o meterse en un lugar pequeño para sentirse seguro.
Altavoz
Aparato que hace más fuerte la voz o los anuncios para muchos oyentes.
Equilibrio
Estado de punto medio donde las cosas están estables y sin excesos.
Tiza
Barrita blanca o de colores que sirve para dibujar o escribir en el suelo.
Pegatina
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Móvil
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