María se despertó con la luz suave del sol en la cara. Abrió la ventana y olió el aire templado. Hacía tiempo que no olía así. El invierno se había ido y el jardín sonreía.
Se puso su abrigo ligero y sus botas pequeñas. "Voy a ver las flores", dijo en voz baja. Tenía cuatro años y sus pasos eran alegres. Bajó las escaleras despacio, como quien sigue un secreto.
En la puerta, Mamá le dio una pequeña cesta. "Para las flores", dijo Mamá. "Coge con cuidado." María asintió con una sonrisa. La cesta olía a mimbre y a casa.
El jardín estaba brillante. La hierba estaba verde y mojada de rocío. Se sentía fresca en las manos. El viento movía las hojas y hacía un sonido suave, como un susurro. Los pajaritos cantaban en el árbol viejo. María los escuchó. "Hola, pajaritos", dijo. Los pajaritos contestaron con trinos felices.
María miró alrededor y vio una flor pequeña y amarilla junto al camino. Era una margarita tierna que se abría al sol. Se agachó con cuidado. "Uno", susurró. La tocó con la punta del dedo. Estaba tibia y suave.
Siguió caminando. Cerca de la valla, había un grupo de flores azules. Eran campanillas. María las contó despacio. "Dos, tres, cuatro." Las campanillas bailaban con el viento. María rió. El sonido era como campanitas.
Junto a la maceta roja estaba una flor morada. Olía dulce. Era pequeña, con pétalos como papel. María la miró con atención. "Cinco", dijo. La olió con cuidado. El olor le llenó la nariz y la hizo sonreír.
Mamá la observaba desde la cocina. Sonreía también. María sabía que debía cuidar las plantas. Recordó lo que Mamá le decía: "No arranques flores. Mira y cuenta." Ella quería ayudar. Miró la tierra y vio un regador. Estaba lleno de agua tibia. "¿Puedo regar?" preguntó María.
"Sí", dijo Mamá. "Con cuidado, poco a poco." María cogió el regador. El agua hizo un sonido como un río pequeño. Regó las plantas cerca, despacio. La tierra bebió el agua. La lluvia hecha por María brilló en la luz. Se sintió orgullosa.
En un rincón, apareció una flor blanca con puntitos rosas. Era delicada. Le llamó la atención. "Seis", dijo. Se inclinó y vio debajo de la flor una pequeña lombriz. No se asustó. La lombriz se movió en la tierra. María la observó con curiosidad. "Hola, lombriz", susurró. Mamá le explicó que la lombriz ayuda a las plantas a crecer. María acarició con la mirada la lombriz y pensó en ser amable con los seres pequeños.
Cerca de la verja, junto a la sombra, crecían flores rojas en grupo. Brillaban como pequeñas velas. María contó despacio. "Siete, ocho, nueve." Las flores rojas parecían saludarla. El aroma era tibio y dulce. María cerró los ojos un momento y respiró hondo. El aire supo a tierra y sol.
Al lado de la fuente, una flor naranja abrió sus pétalos como un sol pequeño. "Diez", dijo María. Quiso tocarlas todas, pero recordó que Mamá dijo que mejor mirar. Con la cesta, guardó alguna hoja seca que encontró para limpiar el sendero. Fue un gesto pequeño y responsable. Cada cosa en su lugar.
Mientras caminaba, vio unas flores pequeñas que se asomaban entre las piedras. Eran tímidas y blancas como la leche. María las contó otra vez, por si acaso. "Once, doce." Les dio una mirada cariñosa. A veces contaba dos veces para asegurarse. Le gustaba repetir.
La abuela llegó al jardín con una taza de té. "¿Qué haces, cielo?" preguntó con voz suave. "Cuento flores", respondió María. La abuela se sentó en el banco y miró el jardín con ella. "Que bonitas", dijo. María le mostró la cesta y la abuela dijo palabras de cariño. "Qué buena cuidadora eres", dijo. María se sintió grande por ayudar.
Siguió su paseo. Encontró una flor azul clara que brillaba como el cielo. "Trece", dijo. Y después una hoja con gotas de rocío que parecía una joya. Se la mostró a la abuela. Tocó las gotas con la lengua y rió. Estaba fría y dulce por un segundo.
María encontró un rincón con muchas florecillas juntas. Eran pequeñas y de muchos colores: rosa, amarillo, blanco. "Catorce, quince, dieciséis", contó. Las flores formaban una alfombra de colores. Se tumbó sobre el césped y miró las nubes. Las nubes pasaban despacio. El sol era una mano cálida en su frente.
En su recorrido, vio también que algunas hojas tenían manchas. No se asustó. Mamá le explicó que a veces las plantas necesitan tiempo para recuperarse. "Les damos agua y cariño", dijo Mamá. María asintió. Se sentía responsable y tranquila. Regó otra vez un poquito, y puso una pequeña señal hecha con una rama para recordar dónde regar mañana.
Cerca del seto, apareció una flor que nunca antes había visto. Tenía rayas suaves y olor fresco. "Diecisiete", dijo. La tocó con ternura. Pensó en lo grande que era el mundo y en todas las flores que no conocía todavía. Su curiosidad despertó, como las plantas después del invierno.
El sol empezó a bajar. La luz se volvió dorada. Mamá llamó a María para la merienda. "¿Cuántas flores has contado?" preguntó con una sonrisa. María miró su cesta y el jardín lleno. Contó otra vez en voz baja. "Diecisiete flores", dijo. Mamá la abrazó y le mostró cómo guardar las herramientas. Era importante dejar el jardín limpio.
Antes de entrar, María se agachó y sopló sobre una flor de diente de león. Las semillas volaron en el aire como pequeñas naves. María las siguió con la mirada. "Adiós, semillas", dijo. Pensó que quizás viajarían lejos y harían crecer nuevas flores.
En la noche, al acostarse, María miró por la ventana. El jardín estaba tranquilo. Las flores cerraban sus pétalos. Ella pensó en todas las cosas que había sentido ese día: la suavidad de los pétalos, el canto de los pájaros, la frescura del agua, el gusto del aire. Se quedó con la sensación de haber ayudado.
"Quiero ver qué traerá el verano", murmuró María antes de dormir. Sintió curiosidad y calma. Supo que cuidando el jardín, cuidaba el mundo un poquito. Cerró los ojos con una sonrisa y soñó con flores nuevas, con abejas amigas y con el sol que volvería mañana.