El sol abre los ojos y calienta la calle. Mateo, de tres años, se pone sus botas azules. Mete las manos en los bolsillos y sale al jardín. El aire es suave. Huele a tierra mojada y a flores nuevas.
Mateo oye un gorgoteo lejano. Es el arroyo. Corre con cuidado para no resbalar. Siente la hierba fría en las plantas de los pies. La hierba hace cosquillas. Mateo ríe: "¡Cosquillas, cosquillas!"
En el camino hay un árbol con hojas brillantes. Un pájaro canta en la rama. El canto es corto y claro. Mateo escucha. Se queda quieto. Respira hondo. Huele el perfume del árbol. Es dulce. Se siente contento.
En la verja está Ana, su amiga. Ana lleva un sombrero amarillo. Sus manos tiemblan un poquito. Ana es tímida con las nuevas flores. Mateo se acerca despacio. "Hola, Ana", dice con voz baja. Ana mira al suelo. "Hola", responde. Su voz es pequeña.
Mateo recuerda que a veces las cosas nuevas asustan. Entonces toma una flor blanca con mucho cuidado. La pone a la altura de Ana. "Mira, huele", susurra. Ana acerca la nariz. Una sonrisa asoma. "Huele a miel", dice. Sus manos se relajan.
Siguen andando. Ven una mariposa naranja que baila en el aire. La mariposa se posa en una hoja. Mateo quiere tocarla, pero recuerda ser suave. "Mira, no la toques fuerte", dice a Ana. "Sí", dice Ana. Juntos miran la mariposa. Sus corazones laten despacio. El sol brilla en las alas. Brilla como papel dorado.
Encuentran un perro que mueve la cola. El perro es grande y amigo. Se llama Luno. Luno da un pequeño salto. Mateo quiere abrazarlo, pero Luno está mojado y sacude el agua. Ana se asusta un poco. "No me acerco", dice con voz temblorosa. Mateo coloca su mano en el hombro de Ana. "Está bien", dice. "Vamos a mirar desde aquí." Se quedan a distancia y ríen con el perro cuando juega con una hoja.
Pasan por el huerto. Las hendijas de la tierra muestran pequeños brotes verdes. Mateo toca la tierra con sus dedos. Está fría y suave. Huele a lluvia. Ana sopla una semilla en su mano. La semilla vuela como una nube pequeña. "Adiós, semilla", dice Ana. Mateo la sigue con la mirada. Tiene ojos grandes y curiosos.
En el camino vuelven a ver al pájaro. Ahora hay más cantos. Una abeja zumba entre las flores. No pica. Solo busca polen. Mateo y Ana observan. "Es tan pequeña", dice Mateo. "Tan trabajadora", añade Ana. Sus voces son un murmullo de sol.
La tarde se pone dorada. Las sombras se alargan. La mamá de Mateo las llama a la merienda. Se sientan en una manta a comer pan y manzana. La manzana es jugosa. Hace un sonido cuando la muerden. Mateo comparte un trozo. Ana acepta con una sonrisa. Compartir es un gesto suave, como pasar una flor.
Antes de volver a casa, Mateo propone un pequeño ritual. "Cerramos los ojos, respiramos, tocamos el corazón y damos las gracias", dice. Ana pone la mano sobre su pecho. Mateo también. Cierran los ojos. Respiran tres veces lento: uno, dos, tres. Sienten el latido. Sienten el sol en la cara. "Gracias por la flor", susurra Ana. "Gracias por la mariposa", dice Mateo. "Gracias por ti", dice Mateo y le aprieta la mano.
Se van caminando despacio. El cielo está tibio. La primavera canta en las hojas. Mateo mira a Ana y piensa que las personas son como las flores: cada una tiene su color y su ritmo. Algunas se abren rápido, otras despacio. Todas necesitan cuidado y cariño.
Al llegar a casa se despiden con un abrazo corto. El corazón de Mateo está tranquilo y contento. La noche llega suave. Mateo se acuesta y recuerda el perfume del día. Cierra los ojos y sueña con jardines, pájaros y manos que se cuidan.