Parte 1: La luz naranja
Luna tiene cuatro años. Hoy es Halloween. En su casa hay murciélagos de papel. También hay una calabaza con una sonrisa. Dentro tiene una luz naranja. La luz es suave. No hace daño. Parece una velita que canta bajito.
Luna lleva un sombrero pequeño. Es un sombrero de bruja, pero es de fieltro suave. No pincha. Su capa es morada y hace “shhh” cuando camina. Mamá está cerca y sonríe. El gatito, Bigotes, dice “miau” y se enrosca en el sofá.
Luna quiere llamar a su amigo Nico. Quiere invitarlo a jugar. Quiere invitarlo a merendar. Toma el teléfono de juguete. Hace “bip, bip”. Se ríe. “Este no llama de verdad”, dice Luna. Mamá le presta su teléfono. “Yo te ayudo”, dice mamá. “Marcamos juntos.”
En la ventana hay una telaraña de hilo. Es blanca y blanda. No asusta. El viento entra despacito. Sopla como una canción: “uuuuu”. Bigotes escucha y ronronea. La luz naranja baila en la calabaza. Parece una linterna con cosquillas.
Luna respira hondo. Siente cosquillas en la panza. No es miedo. Es emoción. Es como cuando va al columpio. Arriba y abajo. “Quiero hablar con Nico”, dice Luna. “Quiero decirle que estoy aquí. Quiero decirle que jugamos juntos.”
Mamá marca el número. Suena “trin, trin, trin”. Luna aprieta el sombrero con sus dos manos. Sonríe. La casa huele a canela y a galletas. Mamá horneó galletas de calabaza. Están en la mesa. Se ven redondas y doradas. Parecen lunas.
Parte 2: ¿Vienes a jugar?
“Hola, Nico”, dice Luna. Su voz es pequeña y clara. “Soy Luna. Estoy en casa. Hay luz naranja. Hay galletas. ¿Vienes a jugar?”
Del otro lado, Nico habla despacio. “Hola, Luna”, dice. “Me da un poquito de miedo la noche. Hay sombras. Hacen ‘buuu'.”
Luna escucha con atención. Mueve la cabeza. “Te entiendo”, dice Luna. “A veces a mí también me da cosquillas en la panza. Cuando apago la luz, escucho el viento. Pero el viento canta. Es una canción suave. Mira, yo le digo: ‘Hola, viento'. Y el viento dice: ‘uuuu', y me hace reír.”
Mamá acerca la calabaza. La luz naranja brilla más. Luna la pone cerca del teléfono. “La luz es amiga”, dice Luna. “Las sombras son amigas también. Juegan a esconderse. Si algo asusta, lo miramos juntos. Lo saludamos. Decimos: ‘Hola, señor Sombra'. Y ya no asusta.”
Nico hace silencio. Bigotes maúlla, como si dijera “hola”. “¿Eso fue un gatito?”, pregunta Nico.
“Sí”, dice Luna y se ríe. “Se llama Bigotes. Es suave. Tiene patas de nube. Si quieres, le puedes hacer mimos.”
“Quizás voy”, dice Nico. “Pero me da un poquito de miedo la puerta. Está oscuro afuera.”
“Yo te espero en la puerta con la luz naranja”, responde Luna. “Y canto contigo. Cantamos ‘uuuu' pero bajito. Y si quieres, te doy la mano. Estamos juntos.”
“Está bien”, dice Nico. “Voy con mi mamá. Llevo mi linterna azul.”
“Qué bien”, dice Luna. “La linterna azul y la luz naranja son amigas. Hacen un baile. Azul y naranja, como dos peces.”
Cuelgan. Luna respira. Se siente contenta. Se siente valiente. No porque no haya sombras. Se siente valiente porque no está sola. Porque puede compartir. Porque puede escuchar.
Parte 3: Merienda de calabaza
Tocan la puerta. “Toc, toc.” Luna corre. Su capa dice “shhh, shhh”. Abre despacio. Ahí está Nico con su mamá. Nico tiene una linterna azul. Su linterna dice “clic” y hace un círculo de luz.
“Hola”, dice Luna. “Hola”, dice Nico. Los dos sonríen. Se miran las linternas. Azul y naranja se juntan en el suelo. Parecen dos soles jugando.
“Vamos a mirar las sombras”, propone Luna. Caminan por el pasillo. El viento canta bajito. Las sombras hacen figuras. Una parece un perro. Otra parece una estrella. Luna saluda. “Hola, perrito sombra.” Nico saluda también. “Hola, estrella sombra.” Los dos se ríen.
Una guirnalda se mueve y hace “cric, cric”. Nico se pega a Luna. “¿Qué fue eso?”, pregunta. “Es la guirnalda de papel”, dice Luna. “Baila con el viento. Dice ‘cric, cric' para decir ‘hola'.” Luna toca la guirnalda. Es suave, como una flor de papel. Nico la toca también. “No da miedo”, dice. “No da miedo”, repite Luna.
Juegan a decir “buuu” pero muy pequeño. “Buuu, buuu,” susurran, y luego ríen. Bigotes pasa entre sus piernas. Hace “mrrr”. Nico le hace mimos. Bigotes cierra los ojos. Todo está bien.
Mamá trae la merienda. La mesa está lista. Hay galletas de calabaza. Hay rodajas de manzana. Hay pan con miel. Hay leche tibia. La cocina huele a canela y a vainilla. La luz naranja hace la mesa más cálida.
“Gracias”, dice Nico. “Gracias”, dice Luna. Se sientan. Comen despacio. Crac, crac, suenan las galletas. La leche está tibia. Es como un abrazo en la barriga.
“Al principio tuve miedo”, dice Nico. “Pero tú me escuchaste. Me esperaste en la puerta. Y me diste la mano.” Luna asiente. “Yo también sentí cosquillas en la panza. Pero juntos es más fácil. Tú me ayudas. Yo te ayudo.”
Mamá sonríe. Bigotes bosteza. La luz naranja parpadea, como un ojo que guiña. Afuera el viento canta, pero ahora suena a risa. Luna y Nico comparten la última galleta. Mitad y mitad.
La noche sigue, pero es suave. La casa está tranquila. Los amigos están contentos. Terminan la merienda. Se abrazan. “Mañana te llamo otra vez”, dice Luna. “Me gusta jugar contigo.” Nico asiente. “A mí también.”
Y la luz naranja, redonda y amable, guarda silencio. Es un silencio dulce, como miel. Es un silencio de Halloween feliz. Todo está bien.