En la tarde de Halloween, el cielo estaba morado suave, como una manta de uvas. En la calle olía a galletas y a hojas secas. Tomás, Bruno y Leo, tres niños casi de tres años, se miraron con ojos brillantes.
Tomás llevaba un sombrero de bruja que le quedaba un poco grande y le tapaba una ceja. Bruno iba disfrazado de calabaza redonda y, cuando caminaba, hacía “pum, pum” con su barriga de tela. Leo era un gatito negro con bigotes de papel que se movían cuando sonreía.
—Hoy es noche de “truco o trato”—dijo Tomás, muy serio, aunque se le escapó una risita.
—Y también es noche de… misterio—susurró Leo, como si contara un secreto a la luna.
Bruno levantó las manos como si fueran patitas de gato y dijo:
—¡Miau-stério!
Los tres se rieron. Daba un poquito de cosquillas en la barriga, como cuando sabes que va a pasar algo divertido.
La mamá de Tomás abrió la puerta.
—Antes de salir, tengo una idea—dijo con voz dulce—. ¿Y si aprendemos una pequeña danza de brujas gentiles? Es para decir “hola” sin asustar a nadie.
—¡Sí!—dijeron los tres a la vez.
La mamá puso música bajita, como campanitas. Les mostró tres pasos fáciles:
Uno: tocarse la punta del sombrero (o la cabeza, si no hay sombrero) y decir “buenas noches”.
Dos: girar despacito, como una hoja que cae.
Tres: mover los dedos como estrellitas y decir “brilli-brilli”.
Tomás lo intentó. Su sombrero se le cayó.
—Mi sombrero se durmió—dijo Bruno.
—Shhh, sombrero, despierta—le susurró Leo al sombrero, muy amable.
Todos se rieron otra vez. La mamá se lo puso bien a Tomás.
—No pasa nada—dijo—. Las brujas gentiles también se equivocan. Y vuelven a intentar.
Repitieron: “buenas noches”, giro de hoja, “brilli-brilli”. Una vez más. Y otra. Cada repetición era como un abrazo.
Cuando ya les salió bastante bien, salieron a la calle con sus bolsitas. Había farolitos de calabaza en las ventanas, telarañas de algodón y dibujos de fantasmas que sonreían. No daba miedo. Era como un juego de luces.
En la primera casa, una vecina abrió la puerta con un gorro de estrellas.
—¡Oh! ¡Qué disfraces tan bonitos!—dijo.
Tomás respiró hondo, se tocó el sombrero y dijo:
—Buenas noches.
Bruno giró despacito. Leo movió sus dedos.
—Brilli-brilli—dijeron los tres.
La vecina aplaudió suave.
—¡Danza de brujas gentiles! Me encanta. Aquí tienen—y les dio caramelos en forma de luna.
Siguieron caminando. Las hojas crujían: “crac, crac”. De pronto, al doblar una esquina, vieron algo raro: una escoba apoyada en una pared. Tenía un lazo naranja y un cartelito que decía: “Escoba en descanso”.
—¿Una escoba de verdad?—preguntó Tomás, con curiosidad.
—Tal vez es de una bruja—susurró Leo, con ojos grandes.
Bruno se acercó un poquito y tocó el lazo.
—Es suave—dijo—. No muerde.
En ese momento, la escoba hizo un sonido pequeñito: “toc-toc”. Como si alguien llamara con una ramita.
Los tres se quedaron quietos. Un frisson suave les subió por la espalda, pero era un frisson de risa, no de miedo. La mamá estaba cerca, tranquila, y les apretó las manos.
—Escuchen—dijo ella—. En Halloween, a veces las cosas juegan.
De detrás de la pared salió una señora mayor con una capa violeta y un sombrero lleno de botones. Su sonrisa era redonda como una galleta.
—Buenas noches, pequeños—dijo—. Soy la bruja Violeta, pero no hago sustos. Hago sopas de estrellas y cosquillas de aire.
—¿La escoba es tuya?—preguntó Bruno.
—Sí—respondió Violeta—. Está descansando. Las escobas también se cansan de tanto “fiuu”.
Tomás dio un paso adelante.
—Nosotros queremos aprender una danza de brujas gentiles—dijo—. Ya sabemos “buenas noches”, giro de hoja y “brilli-brilli”.
La bruja Violeta abrió la boca con una “O” de sorpresa feliz.
—¡Qué maravilloso!—dijo—. ¿Quieren aprender un paso secreto? Es un paso pequeñito, para cuando alguien está tímido.
Leo levantó la mano.
—Yo a veces soy tímido—confesó.
—Entonces te servirá—dijo Violeta—. Se llama “pasito de ratón valiente”.
Les enseñó: poner los pies juntitos, dar un pasito chiquitín hacia adelante y decir bajito: “Aquí estoy”. Nada más.
Lo practicaron. Tomás casi se enredó con su capa. Bruno hizo “pum” y se balanceó. Leo se quedó tan quieto que parecía una estatua de gato, y luego dijo muy bajito:
—Aquí estoy.
—¡Perfecto!—dijo Violeta—. La curiosidad es una linterna. Cuando preguntas y pruebas, la linterna se enciende.
Tomás miró la escoba.
—¿Puede… bailar la escoba?—preguntó, con una sonrisa traviesa.
—Claro—dijo Violeta—. Pero solo si ustedes hacen la danza primero.
Los tres hicieron: “buenas noches”, giro de hoja, “brilli-brilli”, y al final el “pasito de ratón valiente”. La escoba, como por magia suave, se inclinó como si saludara y dio un mini giro. “Fiuu… fiuu…”
Bruno se tapó la boca para no reírse muy fuerte.
—¡La escoba está haciendo cosquillas al aire!—dijo.
Violeta les dio tres caramelos con forma de estrella.
—Para que su danza brille—dijo—. Y recuerden: bruja gentil, corazón contento.
Siguieron su paseo. En cada casa, mostraban su danza. Algunos adultos se reían y algunos niños la copiaban. Tomás se sentía grande. Bruno se sentía redondo y feliz. Leo se sentía valiente, aunque fuera un gatito pequeño.
Cuando la luna ya estaba alta, volvieron a casa. En el salón, la mamá apagó la luz fuerte y dejó una lamparita cálida, como un sol chiquito.
—¿Repetimos una última vez?—preguntó Tomás, bostezando.
—Una última—dijo Bruno—. Última, última.
Leo asintió, con los ojos medio cerrados.
Hicieron la danza despacito, casi como un susurro: “buenas noches”, giro de hoja, “brilli-brilli”, “Aquí estoy”. Luego se acurrucaron con sus mantas.
—Halloween fue misterioso—murmuró Leo—, pero bonito.
—Y la escoba no mordía—dijo Bruno, ya casi dormido.
Tomás tocó su sombrero, que ahora sí se quedaba en su sitio.
—La curiosidad es una linterna—repitió—. Y mi linterna está encendida.
La mamá les besó la frente.
—Buenas noches, brujitos gentiles—susurró.
Y en esa casa, con risas suaves guardadas en las bolsitas, la noche de Halloween se volvió tranquila, cálida y feliz.