Luna es una niña pequeña de tres años. Tiene el pelo suave como el algodón y unos ojos grandes y curiosos. Luna se despierta una mañana con muchas ganas de jugar. El sol brilla por la ventana y los pajaritos cantan en el jardín. Luna sonríe y se estira como un gatito.
—¡Hoy quiero una gran aventura! —dice Luna, muy contenta.
Luna mira por la ventana y ve la escalera del jardín. Es una escalera de madera, con peldaños anchos y un poco gastados. La escalera sube hasta un pequeño mirador lleno de flores y hojas verdes. Luna piensa que quiere explorar ese lugar. Pero antes, mamá le pone su gorro amarillo y sus zapatos rojos.
—Recuerda, cariño, si subes la escalera, cuenta los peldaños. Así sabrás cuántos hay —le dice mamá, sonriendo.
Luna asiente muy seria. Contar los peldaños es una misión importante. Luna sale al jardín. El aire huele a hierba fresca. Su perrito Coco la sigue, moviendo la cola. Coco es su amigo fiel, siempre la acompaña.
Luna llega hasta la escalera. Mira el primer peldaño. Es de color marrón y tiene un dibujo de hoja. Luna pone su pie y dice en voz alta:
—Uno.
Coco la mira y mueve la cabeza. Luna se ríe y sube el segundo peldaño.
—Dos —dice Luna.
El tercer peldaño tiene una mariquita roja. Luna la saluda con la mano.
—Hola, mariquita.
La mariquita vuela y Luna sigue subiendo.
—Tres.
Sigue subiendo y contando en voz alta, para no perderse. Cada peldaño tiene algo diferente: una ramita, una flor, una piedrita. Luna observa cada cosa con mucha atención. Coco sube despacio detrás de ella.
—Cuatro. Cinco. Seis —cuenta Luna.
El peldaño número siete está un poco más alto. Luna se detiene. Es un poco difícil de subir. Mueve su pie con cuidado.
—Yo puedo —dice Luna.
Respira hondo y sube. Coco la mira con sus ojitos brillantes.
—Bien hecho, Luna —le dice Coco con su mirada.
Luna sonríe. Está muy contenta. Ha sido valiente.
Llega al último peldaño.
—Ocho —dice Luna, feliz.
Ahora está en el mirador. El sol brilla entre las hojas. Luna puede ver todo el jardín desde arriba. Ve mariposas volando y escucha a los pajaritos. Respira despacio y se siente fuerte.
En el mirador hay una pequeña caja. Luna la abre con curiosidad. Dentro hay una lupa de colores. Luna la toma y mira a través de ella. Todo se ve grande y divertido. Ve hormigas caminando, flores pequeñas y gotas de rocío.
—¡Mira, Coco! —dice Luna.
Coco mueve la cola y ladra bajito, como si también quisiera mirar.
Luna piensa en la naturaleza. Sabe que hay que cuidar las plantas, los bichitos y todo lo que vive en el jardín.
—Tenemos que ser amables con todos —dice Luna.
Siente que el jardín es su amigo. Luna acaricia una hoja con mucha suavidad.
—Te quiero, señor árbol —susurra, y sonríe.
Después, Luna mira hacia la casa. Mamá la saluda desde la ventana.
—¿Cuántos peldaños contaste, Luna?
—¡Ocho! —responde Luna muy orgullosa.
Mamá aplaude y le sonríe.
El viento mueve las hojas y Luna siente cosquillas en la cara. Se ríe y abraza a Coco.
—Gracias por subir conmigo, Coco.
El mirador es ahora un castillo mágico. Luna es una valiente exploradora y Coco es su caballero. Juntos, miran el jardín y se sienten felices.
Luna baja la escalera despacio, contando otra vez los peldaños.
—Uno, dos, tres, cuatro...
Coco baja a su lado, siempre atento.
Cuando llega al final, Luna salta al césped y se tumba bajo el sol. Siente el calor en la cara y cierra los ojos. Mamá viene y la abraza fuerte.
—Eres mi aventurera favorita —le dice mamá.
Luna se siente segura y querida. Hoy ha contado peldaños, ha explorado y ha cuidado el jardín. Ha sido una gran aventura.
—Mañana, más —piensa Luna, y sonríe.
El día termina tranquilo. El jardín susurra historias y Luna sueña con nuevas aventuras, siempre acompañada, siempre feliz.