Había una vez dos amigos que casi tenían cuatro años. Se llamaban Leo y Sam. Vivían en una casa con un jardín lleno de flores y un gran árbol. Cada tarde, el jardín se volvía un mundo nuevo.
Un día, mamá dijo: "Hoy haremos un relevo de luces antes de la cena". Leo y Sam miraron sus pequeñas linternas. Eran azules y verdes. Les brillaron los ojos. "¡Vamos a jugar a la aventura!", dijo Leo. "Sí", dijo Sam. "Yo corro. Tú pasas la luz".
Comenzó la misión. El primer tramo era la cocina. La cocina era ahora una cueva brillante. Leo sostuvo la linterna con cuidado. Caminó despacio. Pisó suave para no despertar a las cucharas cantoras. Sam lo esperaba en la puerta con las manos abiertas. "Aquí", dijo Sam. Leo entregó la luz. Toc, toc. El relevo siguió.
Luego vino el pasillo. El pasillo se convirtió en un río plateado. Tenía un tapete rojo que era un puente. Sam cruzó el puente con la linterna en alto. Leo contó: "Uno, dos, tres". Sam escuchó y cruzó. Al otro lado, la linterna fue pasada otra vez. "Bien hecho", dijo Leo. "Gracias", dijo Sam. Sonrieron.
En el salón, las almohadas eran islas suaves. Leo y Sam saltaron de una a otra. A veces una almohada se movía. A veces uno tropezaba. Se rieron y se ayudaron. "¿Quieres que te ayude?" preguntó Leo. "Sí", dijo Sam. Leo puso la mano. Sam la tomó. Juntos saltaron. La linterna brilló como una pequeña luna.
Cada relevo era una oportunidad. A veces la luz parpadeaba. Leo la tocaba con calma. Sam soplaba suavemente, como si la luz fuera una vela. Aprendieron a arreglar las pequeñas cosas. No se enojaron. Respiraron profundo. "Lo intentamos otra vez", dijo Sam. "Sí", dijo Leo. Fueron valientes y listos.
Mientras avanzaban, se encontraron con el peluche de Gaby. Gaby era distinta. Tenía un ojo grande y uno pequeño. Leo miró y dudó. "¿Qué hacemos?", preguntó. Sam abrazó a Gaby. "Es amiga", dijo. "La llevamos en el relevo". Leo sonrió. Aprendieron que ser diferente es bonito. Gaby saltó en la mochila y se unió a la misión.
El último tramo fue el jardín. El jardín brillaba con luciérnagas. Eran pequeñas estrellas. Leo y Sam corrieron entre las sombras suaves. Pasaron la linterna una última vez. "Relevo final", dijo Leo. Sus manos temblaron un poco. Sam las sostuvo. Juntos pusieron la luz sobre la mesa pequeña. La mesa se transformó en un castillo. Se sentaron a la vez.
Mamá llegó con la cena. "Veo que hubo un gran relevo", dijo con una sonrisa. Los niños contaron su aventura. Contaron cómo ayudaron, cómo arreglaron la luz, cómo cuidaron a Gaby. Mamá abrazó a los dos. "Estoy orgullosa", dijo.
Antes de dormir, Leo susurró: "Fue divertido". Sam bostezó y dijo: "Fue seguro". Se taparon con la manta que olía a lavanda. Las luces pequeñas seguían parpadeando. Soñaron con nuevos relevos. Se sintieron valientes, listos y queridos. Y así, la noche cerró la puerta de la casa. La aventura quedó en sus manos, suave y tranquila.