Leo tenía 4 años y unas zapatillas con rayas rojas. Esa mañana miró por la ventana y vio un nube muy especial. Era blanca y suave, con forma de barco.
“¡Hola, nube Barquito!”, dijo Leo.
La nube parecía guiñarle un ojo desde el cielo azul. Leo decidió una misión: seguirla y observarla, sin perderla de vista. Era una gran aventura… en un día normal.
Leo tomó su pequeña mochila. Metió una botella de agua, una galleta y su lupa de juguete. Mamá sonrió.
“Puedes explorar, pero cerca de casa”, dijo mamá.
“Sí, mamá”, dijo Leo. “Solo voy a mirar la nube.”
En el patio, la nube Barquito se movía despacio. Leo caminó despacio también. Pasó junto al geranio rojo, el cubo azul y la bici verde. Todo se veía como nuevo, como si el patio fuera un bosque amable.
De pronto, una ráfaga de viento empujó la nube. La nube Barquito se deslizó hacia el otro lado, justo encima del tendedero. Leo levantó la cabeza.
“¡No te vayas!”, dijo.
Pero Leo vio un problema: una sábana grande colgaba y tapaba un poco el cielo. Leo no podía ver bien la nube.
Leo pensó. Pensó con calma. “Si subo un poquito… pero con cuidado.”
Llamó a su vecina, la abuela Rosa, que regaba plantas.
“Abuela Rosa, ¿me ayudas a ver mi nube?”, preguntó.
“Claro, valiente explorador”, dijo ella.
Entre los dos, movieron la silla pequeña del patio hasta un lugar seguro, lejos de la pared mojada. Abuela Rosa sostuvo la silla con sus manos.
“Sube despacio”, dijo.
Leo subió un escalón. Sus ojos brillaron.
“¡Ahí está! ¡La veo!”, dijo Leo.
La nube Barquito flotaba tranquila, como si dijera: “Muy bien”.
En ese momento, pasó Nico, el gato naranja, con una pinza de ropa en la boca. Había robado una pinza y la llevaba como un tesoro.
Leo se rió. “Nico, esa pinza no es un pez.”
Nico “miau” y se sentó, orgulloso.
De pronto, la pinza se cayó detrás de una maceta. La sábana se soltó un poco y volvió a tapar el cielo. Otra vez, el cielo se escondía.
Leo no se enfadó. Respiró. “Podemos arreglarlo.”
“Yo te ayudo”, dijo abuela Rosa.
Leo bajó de la silla. Abuela Rosa levantó la sábana con cuidado. Leo buscó la pinza detrás de la maceta. La encontró.
“¡Pinza encontrada!”, dijo, como si fuera un tesoro de piratas.
Pusieron la pinza en su sitio. La sábana quedó quieta. El cielo volvió a abrirse.
“¡Nube Barquito, te veo otra vez!”, dijo Leo.
La nube siguió su camino, lenta y feliz. Leo la miró un rato. Luego la nube se fue haciendo más pequeña, como un barquito que se aleja.
Leo volvió con mamá. Le contó todo: la silla, la sábana, la pinza y el gato ladrón.
Mamá lo abrazó.
“Has sido valiente y listo. Y pediste ayuda”, dijo.
Leo bostezó. Miró una última vez la ventana.
“Buenas noches, nube Barquito”, susurró.
Y se durmió contento, pensando en la próxima pequeña gran aventura.