Luma Rayo era una súper mujer. Alta. Sonrisa grande. Traje azul con estrellas. En su pecho, un sol dorado. En su muñeca, una pulsera de luz. Vivía en Cielo-Ciudad, con casas altas y calles limpias. Por la noche, los robots barrían suave. Por el día, los niños reían.
Luma tenía un poder raro: podía hablar con la energía. La energía le decía: “Aquí”, “Allí”, “Todo bien”. Y Luma corría como un rayo, sin hacer daño, con pasos ligeros.
Una mañana, el cielo brilló más. Un dron pequeño bajó dando vueltas. “Bip bip”, dijo. En su barriga tenía una caja que decía “Helado”. Pero la caja se abrió sola. ¡Plop! Salió una bola de helado y cayó en un botón rojo de la plaza.
La fuente de la plaza empezó a hacer “glup glup” y luego “¡psss!”. Salieron burbujas por todas partes. Burbujas grandes. Burbujas que tapaban los semáforos. La gente miró y se rió un poco, pero no podía ver bien para cruzar.
Luma saltó al centro, con capa corta que brillaba. “Yo cuido la ciudad”, dijo. “Tranquilos”. Hizo un gesto con su mano y su pulsera cantó “tin tin”.
“Energía, ven aquí”, dijo Luma. La energía vino como una línea dorada. Luma la guió suave, como si peinara el aire. Tocó una burbuja. “Pop”. Tocó otra. “Pop”. Las burbujas se fueron como pompas de baño.
Un robot barrendero quiso ayudar y resbaló en el helado. “¡Uy!”, dijo. Luma se rió bajito. “Paso a paso”, respondió. Le dio una luz pequeña en la rueda. La rueda se secó y el robot siguió.
Luego Luma habló con la fuente. “Agua, calma”, dijo. La fuente hizo un chorro pequeño y bonito. Los semáforos volvieron a verse. La gente aplaudió.
El dron bajó la cabeza. “Bip…”, dijo. Luma lo acarició. “Tú también aprendes”, dijo. Cerró la caja y la llevó a la heladería.
Cuando el sol bajó, Luma miró la ciudad. Todo brillaba y todos estaban bien.
Moraleja: Con calma, humor y cuidado, un corazón valiente puede ayudar a todos.