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Cuento de criatura divertida 7/8 años Lectura 16 min.

La mochila de los cachivaches imposibles y la nube nariguda del gigante Goroldo

Lía, niña coleccionista de cachivaches, encuentra objetos extraños en el bullicioso mercado de Brillantía y conoce a Goroldo, un gigante que ha perdido su Nube Nariguda. Juntas se embarcan en una aventura para recuperarla entre puertas diminutas, nubecitas traviesas y una llave-pan.

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Un gigante masculino llamado Goroldo, enorme y dulce, con amplia sonrisa, ojos brillantes, barba verde y gorro rojo, arrodillado y con la mano suavemente sobre una niña de 8 años llamada Lía; ella tiene dos coletas desiguales, chaqueta amarilla y gran mochila azul, sostiene un pequeño «nariz-nube» mullido en el hombro izquierdo y mira al gigante mientras un pajarito de papel blanco con una migaja en el pico vuela a su lado; al fondo, comerciantes y clientes sonrientes junto a puestos en un mercado flotante sobre nubes con calles brillantes, guirnaldas y tonalidades pastel; escena tierna y cómica tras un pequeño caos, texturas mullidas, formas redondeadas y estilo gráfico de contornos gruesos, sombras planas y colores vivos pero suaves, composición centrada en el contraste de tamaños. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La mochila de los cachivaches imposibles

En el Reino de Brillantía, donde las nubes parecían algodón de azúcar y las farolas daban lucecitas que olían a limón, vivía Lía. Tenía ocho años, dos coletas desiguales y una mochila tan grande que, si la apoyabas en el suelo, parecía que iba a pedirte un bocadillo.

A Lía le encantaba recoger cosas raras. No cosas normales como conchas o canicas. No. Ella prefería lo verdaderamente extraño: un botón que cantaba “la-la-la” cuando lo frotabas, una cucharilla que se doblaba para saludarte, un calcetín solitario que se negaba a ser triste y bailaba claqué sobre la mesa.

Ese día, el mercado flotante de Brillantía estaba más alborotado que una bandada de gansos con megáfono. Los puestos iban sobre pequeñas nubes con ruedas, y los vendedores tiraban confeti para llamar la atención.

Lía caminaba dando saltitos, mirando al suelo como si buscara tesoros escondidos entre los adoquines brillantes.

Encontró lo primero cerca de una fuente: una pluma azul que no se quedaba quieta. Se escabullía como un pececillo en el aire. Lía la persiguió con la boca abierta y la atrapó al fin dentro de su gorra.

“¡Te tengo!”

La pluma se quedó tranquila, muy digna, y luego estornudó un poquito de purpurina.

Más adelante, cerca de un puesto de tartas de nube, vio un objeto redondo que parecía una rueda pequeña. Tenía una etiqueta que decía: “Ruedín de la Suerte… tal vez”.

Lía lo recogió. Al tocarlo, el ruedín giró solo y soltó un “brrrriiiing” como campanilla. De repente, el aire olió a mermelada de fresa.

“Esto va a mi mochila,” pensó Lía, feliz.

En el último rincón del mercado, donde la música sonaba como burbujas explotando, encontró el tercer cachivache: una llave que no era de metal, sino de pan. Sí, de pan. Tenía migas pegadas y parecía recién hecha.

Lía la olió. Olía a tostada.

“Una llave-pan… ¿para qué será?” se preguntó.

En ese mismo momento, una sombra enorme cubrió el mercado. No una sombra de nube, sino una sombra con forma de montaña… con nariz.

La gente miró hacia arriba. Una voz profunda, como si alguien hablara dentro de un tambor gigante, dijo:

“Disculpad… ¿alguien ha visto mi… estornudo?”

Lía parpadeó. ¿Un estornudo perdido? Eso sí que era raro incluso para ella.

Capítulo 2: El gigante que perdía cosas (y también la paciencia, un poquito)

El gigante se llamaba Goroldo. Era tan alto que su cinturón parecía una carretera. Tenía barba de musgo suave y llevaba un gorro con un pompón del tamaño de una sandía. Sus ojos eran buenos, pero se veían preocupados.

Goroldo se agachó con cuidado, como si el mundo fuera una taza de chocolate caliente que no quería derramar.

“Hola,” dijo, intentando sonreír. “No quiero molestar. Solo que… esta mañana estornudé tan fuerte que se me escapó una cosita importantísima.”

Lía dio un paso adelante. Su corazón hizo “pum-pum” de emoción. ¡Una aventura! ¡Y con un gigante!

“¿Qué cosita?” preguntó Lía. Casi no había que hablar más; sus ojos ya hacían preguntas por ella.

Goroldo se rascó la barbilla. De ella cayó una hojita.

“Mi Nube Nariguda,” explicó. “Es una nubecita pequeñita que vive cerca de mi nariz. Me hace cosquillas cuando estoy triste y así me río. Pero hoy… ¡achís!… y salió volando. Sin ella, mi nariz está muy seria.”

La gente del mercado se miró. Una nariz muy seria era un problema raro, pero problema al fin y al cabo.

Lía abrió su mochila y sacó la pluma azul que estornudaba purpurina.

“Yo encontré esto,” dijo. “Pero creo que no es una nube.”

La pluma se hizo la ofendida y se puso tiesa.

Goroldo acercó un dedo enorme. La pluma estornudó otra vez y le dejó purpurina en la uña. Goroldo rió un poco, como trueno suave.

“No es mi nube, pero me ha hecho cosquillas. Gracias.”

Lía también sacó el ruedín de la suerte. Al girarlo, olió a fresa otra vez y una burbuja de luz salió disparada.

La burbuja fue hacia el gigante y… ¡le hizo cosquillas en la punta de la nariz! Goroldo intentó aguantar, pero su nariz tembló como gelatina.

“¡Jij… jiii…!” hizo el gigante, conteniendo la risa.

Lía casi se cae de la risa al ver un gigante intentando ser serio.

Entonces, una señora del mercado señaló al cielo. Allí había una nube pequeñita, con forma de nariz, pero se movía rápido y parecía estar jugando al escondite.

“¡Esa!” gritó alguien.

Goroldo abrió los brazos con cuidado, pero la nubecita se escapó. Se escondió detrás de una torre de helados de aire y luego se coló por una chimenea que no echaba humo, sino música.

“¡Ay!” dijo Goroldo, bajando la cabeza. “Se asusta fácil. Y yo… soy grande. A veces, sin querer, doy miedo.”

Lía levantó la mano como si levantara una bandera.

“Yo soy pequeña,” dijo. “Puedo acercarme. Y tú puedes ayudar desde lejos.”

Goroldo la miró con esperanza. Lía sintió una cosquilla de orgullo en la barriga.

Pero en ese momento, el cielo empezó a llenarse de nubecitas grises que venían de quién sabe dónde. No eran peligrosas, solo traviesas: se ponían delante de los ojos, se sentaban sobre los sombreros y hacían “puf” en las orejas.

El mercado se volvió una fiesta de estornudos.

“¡Achís!”

“¡Atchú!”

“¡Ejem!”

La nube nariguda, asustada, se metió aún más en el lío.

Lía pensó rápido. Si querían calmar a una nube asustada, necesitaban algo amable. Algo que dijera: “Hola, no pasa nada.”

Y entonces recordó la llave-pan en su mochila.

Capítulo 3: La llave-pan, el campanilleo y el plan más blandito

Lía sacó la llave-pan. Al hacerlo, un pajarito de papel que pasaba por allí se acercó y picoteó una miga. La llave hizo “crac” un poquito, como si se riera.

“No te preocupes,” le susurró Lía a la llave, como si fuera un amigo. “Te necesito entera… casi entera.”

Miró alrededor y vio una puerta diminuta en el borde de la fuente, una puertecita para duendes de mantenimiento. Tenía un cartel: “Sala de las Nubes Perdidas. No tocar sin permiso.”

Lía se agachó. La cerradura era rara: parecía una tostadora en miniatura.

“¡Ja! Claro,” pensó. “Una cerradura-tostadora para una llave-pan.”

Metió la llave-pan. Encajó perfectamente y la puerta hizo “clic” con un sonido muy contento. Se abrió y salió un olorcito a lluvia limpia.

Dentro había una sala pequeña con muchas nubecitas dormidas en estantes, como almohadas suaves. Algunas roncaban haciendo “pffff” y otras soñaban con arcoíris.

Pero la Nube Nariguda de Goroldo no dormía. Estaba temblando en una esquina, muy apretadita, con forma de nariz arrugada.

Lía entró despacito, sin hacer ruido. Detrás de ella, desde fuera, Goroldo se quedó inmóvil como una estatua amable, intentando no parecer una montaña.

Lía sacó el ruedín de la suerte y lo giró muy suave, para que no sonara fuerte. Salió un “briiiing” bajito y un olor a fresa tan dulce que parecía un abrazo.

La Nube Nariguda dejó de temblar un poquito. Se estiró como un gato de vapor y miró a Lía.

Lía no dijo mucho. Solo extendió la pluma azul hacia la nube. La pluma estornudó purpurina, pero esta vez lo hizo como un susurro brillante, no como una explosión.

La nube olió la purpurina. Luego olió la fresa. Luego miró la llave-pan, que todavía estaba puesta en la puerta y olía a tostada calentita.

La Nube Nariguda hizo un “puf” pequeñito que sonó a risa.

Fuera, en el mercado, las nubecitas grises traviesas se pegaban a los bigotes de los señores y a las cejas de las señoras. A un gato se le formó un bigote de nube y se puso a caminar como si fuera un señor importante.

Lía miró a la Nube Nariguda y señaló la puerta abierta, con un gesto que decía: “Vamos, tu amigo te espera.”

La nube se movió un poquito hacia ella. Luego se paró. A veces, cuando estás asustado, tu cuerpo quiere ir, pero tus pies invisibles dicen: “Mmm… mejor luego.”

Lía pensó en la solidaridad, aunque no usó esa palabra complicada en su cabeza. Pensó en ayudar como se ayuda a un amigo cuando se le cae el helado: sin burlas, con paciencia.

Se quitó su bufanda y la puso en el suelo como un camino suave.

La Nube Nariguda avanzó por la bufanda como si fuera una alfombra mágica. Cuando llegó a Lía, se posó en su hombro como un pajarito de vapor.

“Bien,” susurró Lía.

Y entonces ocurrió lo inesperado: el pajarito de papel, el mismo que había picoteado la miga, entró de golpe y se comió otra miga de la llave-pan. La llave-pan se encogió un poco.

La puerta hizo “ñiiiic” como si se quejara.

“¡Eh! ¡Eso no!” pensó Lía, corriendo a sacar la llave. Pero ya era tarde: la llave se partió en dos, como un biscote.

La puerta se cerró sola con un “clac”.

Lía se quedó dentro de la sala, con la Nube Nariguda en el hombro y una puerta cerrada detrás.

No era peligroso, solo… un poco tonto.

Desde fuera, Goroldo asomó un ojo por una rendija del muro.

“¿Estás bien?” preguntó con voz de tambor suave.

Lía respondió con la mano en alto, como si saludara a una ventana.

“¡Sí! Pero la puerta se ha enfadado con mi llave-pan.”

Goroldo se quedó pensativo. Luego levantó una ceja enorme.

“Yo… puedo ayudar,” dijo. “Pero tengo dedos muy grandes.”

“Pues ayúdame con algo grande,” dijo Lía.

Y se le ocurrió un plan tan simple que daba risa.

Capítulo 4: Un empujón suave, una risa gigante y un cielo despejado

Lía miró los estantes de nubecitas dormidas. Había una nube con forma de almohada y otra con forma de sombrero. También había una nube cuadrada, como una caja, que roncaba “cuac-cuac” por equivocación.

Lía señaló una nube grande y blandita que parecía una colchoneta.

“Necesito que esa nube haga de cojín,” dijo Lía, más para sí misma que para hablar mucho.

La nube-colchoneta, medio dormida, se deslizó hacia la puerta y se pegó a ella por dentro. La puerta, al sentir cosquillas, empezó a vibrar un poco.

Fuera, Goroldo apoyó su dedo índice en la pared, justo donde estaba la puertecita por dentro. No empujó fuerte. Solo presionó como si tocara una campana invisible.

La nube-colchoneta hizo “boing”.

La puerta hizo “clonc”.

Lía empujó desde dentro con sus dos manos pequeñas. La nube-colchoneta rebotó, la puerta se quejó un momento… y ¡plop! se abrió de golpe, como si hubiera soltado un suspiro.

Lía salió rodando suavemente, como una croqueta en una alfombra. La Nube Nariguda se quedó pegada a su pelo, feliz.

En el mercado, todos aplaudieron. No porque fuera un gran truco, sino porque ver a una niña salir rodando es, la verdad, bastante gracioso.

El gato con bigote de nube hizo una reverencia.

Goroldo se agachó y Lía levantó la vista. La Nube Nariguda se separó de su hombro y flotó hacia el gigante. Se colocó justo al lado de su nariz, como si fuera su compañera de siempre.

La nariz de Goroldo, al sentirla, se puso contenta. Hizo una cosquilla tan fuerte que el gigante soltó una carcajada enorme.

“¡JAAAA!” retumbó como un tambor alegre.

Las nubecitas grises traviesas, que antes molestaban un poco, salieron disparadas hacia arriba como si fueran globos. Algunas formaron un pato, otras un calcetín, y una incluso formó una cara que parecía decir: “Ups, perdón.”

Y entonces pasó algo mágico y muy limpio: las nubecitas grises se deshicieron en el aire, como espuma. El cielo se quedó despejado, azul y brillante, sin una sola mancha.

La luz del sol cayó sobre el mercado flotante y todo brilló más. Las farolas olieron a limón otra vez. Las tartas de nube se inflaron de orgullo.

Goroldo miró a Lía con ojos suaves.

“Gracias,” dijo. “Me has ayudado sin asustarte y sin reírte de mí… bueno, un poquito sí, pero de buena manera.”

Lía se encogió de hombros.

“Es que eres muy grande,” dijo, “y eso es un poco cómico.”

Goroldo rió otra vez, con cuidado de no hacer viento fuerte.

Entonces, Lía abrió su mochila. Dentro estaban la pluma azul y el ruedín de la suerte. La llave-pan ya no estaba entera, pero quedaban dos trozos.

Lía miró los trozos de pan y luego miró al pajarito de papel, que se había quedado cerca, con cara de “yo no fui”.

Lía partió un trocito y se lo dio.

El pajarito lo picoteó y, agradecido, se dobló a sí mismo hasta convertirse en una flor de papel. La dejó en la mano de Lía.

“Para tu colección,” parecía decir sin hablar.

Goroldo, queriendo ser solidario también, sacó de su bolsillo una piedra enorme que resultó ser… una galleta gigante con chispas.

La partió con cuidado y repartió pedazos al mercado entero. A Lía le tocó uno con forma de estrella.

La Nube Nariguda flotó alrededor, feliz, haciendo cosquillas a quien veía triste. Un señor que tenía cara de lunes se rió como si fuera sábado.

Lía guardó la flor de papel en su mochila, junto a la pluma y el ruedín. Miró el cielo despejado y respiró hondo.

Ese día había recogido objetos raros, sí. Pero también había recogido algo mejor: un montón de ayuda compartida, como cuando muchos empujan un columpio para que llegue más alto.

Y mientras el sol brillaba, Goroldo se despidió levantando una mano enorme, con dedos que parecían árboles.

Lía levantó la suya, pequeñita, y pensó que, en Brillantía, hasta las cosas más raras pueden arreglarse cuando todos ayudan un poco… y cuando nadie se toma demasiado en serio, ni siquiera una nariz.

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Cachivaches
Objetos viejos o raros que no siempre sirven pero son curiosos.
Purpurina
Polvo brillante que se usa para decorar y brilla con la luz.
Escabullía
Irse o moverse rápido y escondiéndose para que no te vean.
Ruedín
Nombre de un objeto pequeño que gira; en la historia, suena como campana.
Tostadora
Máquina que calienta el pan para convertirlo en tostada.
Miga
Pedacito blando que se cae del pan o de una galleta.
Musgo
Planta pequeña y suave que crece en lugares húmedos, como una alfombra verde.
Pompón
Bola de tela o lana que decora un gorro o prenda.
Rendija
Pequeño espacio o hendidura por donde entra luz o se puede asomar algo.
Empujón
Acción de empujar con fuerza corta para mover algo o abrir algo.

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