Capítulo 1: Un lobo-garou con calcetines a rayas
En el Bosque de las Narices Chatas vivía un lobo-garou llamado Rufián. Pero Rufián no era como los demás lobos-garou. En vez de asustar y aullar a la luna como un loco, él prefería respirar hondo y contar hasta diez cada vez que se asustaba. Y eso, en el Bosque de las Narices Chatas, pasaba mucho, porque aquí las ramas caminaban, los búhos cantaban ópera y las ardillas bailaban salsa.
Aquella mañana, Rufián se puso sus calcetines a rayas y se miró en el espejo. “Hoy es un gran día para ser valiente”, se animó. Pero, de repente, escuchó un ruido estruendoso que venía de la cocina.
—¿Quién anda ahí? —preguntó Rufián, respirando hondo.
—¡Soy yo, tu nevera! ¡Me he tragado una cuchara y ahora no puedo cerrar la puerta! —respondió la nevera, muy ofendida.
—¡Ay, madre! —exclamó Rufián, y empezó a buscar la cuchara entre un yogur que bailaba claqué y una sandía que hacía burbujas de chicle.
—¡Te ayudo, si me das un trozo de queso! —dijo la sandía.
—¡Vale, pero solo si no haces más burbujas! —contestó Rufián, mientras intentaba no resbalarse con un plátano que hacía volteretas.
Cuando por fin encontró la cuchara, la nevera dio un estornudo tan fuerte que todos los imanes salieron volando y aterrizaron en la cabeza de Rufián.
—¡Ahora tengo una cabeza magnética! —rió Rufián, y se fue dando saltitos hacia la puerta, listo para lo que el día le pudiera traer.
Capítulo 2: El concurso de las narices más chatas
En el centro del bosque, todos los animales estaban reunidos. Hoy se celebraba el Gran Concurso de Narices Chatas y el ambiente era más divertido que un oso en patines.
—¡Rufián, ven aquí! —gritó su amiga Rita, la rana con gafas de sol—. ¡Tienes que participar!
—¿Yo? Pero si mi nariz es más bien puntiaguda —dijo Rufián, tocándose la nariz con el dedo.
—¡No importa! Aquí lo importante es reírse —dijo Rita—. Además, el ganador se lleva una tarta de fresa tan grande como una casa.
A Rufián se le iluminaron los ojos. “¡Una tarta de fresa!”, pensó. Así que respiró hondo y subió al escenario, tropezando solo dos veces con sus propios pies.
El jurado era muy peculiar: una comadreja con sombrero, una cabra que comía papel y un pato que se reía de todo.
—¡A ver tu mejor cara de nariz chata! —pidió la comadreja.
Rufián apretó la nariz con los dedos, cruzó los ojos y sacó la lengua. El pato se cayó de la silla de la risa.
—¡Eso es trampa! —protestó la cabra—. ¡Pero me gusta!
Todos los animales intentaban hacer la nariz más chata y graciosa. Un jabalí se puso una hoja en la nariz, un búho se pintó bigote y una ardilla se puso una patata.
—¡Este concurso es lo más loco que he visto! —dijo Rufián, y todos rieron tanto que hasta los árboles se sacudieron de la risa.
Capítulo 3: La invasión de las galletas saltarinas
Mientras el jurado deliberaba, de repente, una nube de galletas saltarinas apareció en el cielo. ¡Era la invasión anual de las Galletas Locas del Bosque!
—¡Al suelo, que vienen las galletas! —gritó la ardilla, y todos se cubrieron la cabeza.
—¡No tengáis miedo! —dijo Rufián, respirando hondo otra vez—. ¡Las galletas solo quieren bailar!
Las galletas caían del cielo y rebotaban en los sombreros, en los troncos, en la cola de los zorros. Pronto, todo el mundo bailaba con una galleta saltarina en la mano, en la oreja o en el hocico.
Una galleta especialmente revoltosa se subió a la cabeza de Rufián y le susurró:
—¡Si bailas la polka conmigo, te concedo un deseo!
Rufián, que nunca había bailado la polka, se animó. Saltó, giró, dio vueltas y hasta se cayó de culo. Todos los animales aplaudieron y las galletas formaron una torre tan alta como un árbol.
—¡Deseo que todos tengan calcetines a rayas como los míos! —pidió Rufián, sin pensarlo dos veces.
De repente, todos los animales —y hasta los árboles— tenían calcetines de colores chillones en las patas, las ramas o los hocicos.
—¡Esto sí que es moda! —dijo Rita, la rana—. ¡Ahora, todos a posar para la foto!
Capítulo 4: La tarta más absurda del mundo
Al final del concurso, la comadreja anunció:
—¡El ganador es… todos! Porque nunca hemos reído tanto en la vida.
Todos recibieron un trozo de la tarta de fresa enorme. Pero la tarta tenía vida propia y, en cuanto la cortaron, empezó a saltar y a cantar:
—¡Soy la tarta saltarina, no me comáis todavía! ¡Primero, un bailecito y luego, a la barriga!
Así que todos los animales, las galletas y hasta la nevera (que había venido a ver el concurso), bailaron alrededor de la tarta. Rufián se reía tanto que le dolía la barriga.
—¡Este ha sido el mejor día de mi vida! —gritó, abrazando a Rita y a una galleta.
La tarta, al final, se dejó comer, pero antes se escondió un trocito debajo de un arbusto para el próximo año.
Capítulo 5: Un final absurdo y feliz
Cuando el sol empezó a ponerse, el bosque estaba más colorido y alegre que nunca. Todos llevaban sus calcetines a rayas, las galletas hacían carreras y la nevera contaba chistes a los árboles.
Rufián se sentó en una piedra, respiró hondo y miró alrededor.
—¿Sabes qué, Rita? —dijo—. Ser un lobo-garou no es tan difícil cuando tienes amigos tan locos como tú.
—¡Y tan valientes! —respondió Rita—. ¿Quién más bailaría la polka con una galleta?
Rufián sonrió y se puso a hacer muecas con la nariz. Todos los animales se unieron y, entre risas y saltos, el Bosque de las Narices Chatas terminó el día más absurdo y feliz de su historia.
Y así, gracias a un lobo-garou con calcetines a rayas, un concurso de narices y una invasión de galletas, todos aprendieron que a veces, lo más divertido es lo más inesperado. Y que, si respiras hondo y te atreves a reírte, puedes ganar hasta la tarta más saltarina del mundo.