Capítulo 1: El escondite más chispeante
En el Valle de los Colores Chiflados, donde los árboles tienen risos y las nubes bailan la macarena, vivía un improvisador llamado Nico. Nico era famoso por inventar juegos rarísimos, pero su favorito, sin duda, era el escondite. Jugaba a diario con sus amigos mágicos, aunque hoy, la partida prometía ser la más disparatada de todas.
Nico llevaba puesta una bufanda amarilla con lunares que se movían solos y un sombrero que cambiaba de forma cuando alguien estornudaba cerca. A su lado estaba Lila, la licorne que tenía la melena llena de estrellas y un cuerno que hacía ruidos de trompeta cuando se emocionaba.
—Hoy me toca esconderme —anunció Nico, saltando alegremente sobre una seta gigante.
Lila resopló y una estrella salió disparada de su melena. —Pero yo soy experta encontradora, ¿eh? —dijo, guiñando un ojo.
Los otros jugadores, un dragón con plumas en vez de escamas y un duendecillo que tenía las orejas tan largas que le servían de bufanda, aplaudieron emocionados.
Nico se tapó los ojos con la bufanda mágica mientras los demás contaban a coro: “¡Uno, dos, tres…!” Pero antes del “diez”, ya se había deslizado entre los arbustos que olían a chicle de fresa.
Capítulo 2: Sorpresas entre nubes y quesos
Nico corrió zigzagueando, esquivando flores que le hacían cosquillas en los pies y saltando sobre charcos que brillaban como espejos. Buscaba un escondite donde nadie lo pudiera encontrar, ni siquiera Lila, con su olfato de licorne y su risa contagiosa.
De pronto, vio una nube bajita flotando a su lado. Era la nube Florinda, que solía olvidarse de volar alto.
—¿Te escondes, Nico? —preguntó Florinda, estirándose como si fuera una manta de algodón.
—¡Chist! Ayúdame, porfi —susurró, metiéndose debajo de la nube.
Florinda lo tapó con suavidad, pero en ese mismo momento, una ráfaga de viento traviesa los hizo rodar colina abajo. ¡Nico terminó enredado en una maraña de quesos saltarines! Los quesos eran pelotitas amarillas y olían a pizza recién hecha.
—¡Este no era el plan! —rió Nico, mientras un queso le hacía cosquillas en la nariz.
Cuando Lila pasó trotando cerca, su cuerno hizo “¡Pruuuum!”, que es el sonido de “creo que te encuentro”. Pero sólo vio quesos brincando y a Florinda riéndose en lo alto.
—¡Por aquí no hay nada interesante! —exclamó Lila, galopando hacia el bosque de caramelos.
Nico agradeció en silencio la ayuda de los quesos y, muy despacito, se deslizó hacia el bosque, intentando no reír para no ser descubierto.
Capítulo 3: El árbol de los despistes
El bosque de caramelos era un lugar dulce y pegajoso, donde los troncos parecían bastones de menta y las hojas eran envoltorios de caramelos que crujían al pisarlos. Nico decidió que su próximo escondite sería el árbol más despistado del bosque: el Gran Chupetín.
El árbol estaba tan distraído que a veces olvidaba cuántas ramas tenía. Nico trepó con cuidado, esquivando las ramas que se movían como brazos saludando.
—¡Hola, Nico! —susurró el árbol, olvidando que debía estar callado.
—¡Shhh! Escondido, por favor —respondió Nico, poniéndose un caramelo en la boca para no hablar más.
Mientras tanto, Lila y los demás buscadores se acercaban. Lila pegó su oreja al tronco y preguntó: —¿Alguien ha visto a Nico?
El árbol pensó, y pensó, y pensó tanto que un caramelo le cayó encima a Lila.
—¡Ay! —dijo, pero en vez de enfadarse, se rió y se comió el caramelo.
El dragón de plumas se acercó volando bajo y olfateó el aire, pero sólo olía a frambuesa y menta. El duendecillo saltó sobre una rama, pero se resbaló y fue a parar a una nube de algodón de azúcar.
Como todos estaban tan ocupados con los dulces y las risas, nadie vio a Nico deslizándose por el tronco hasta el suelo, con las mejillas llenas de azúcar y una sonrisa traviesa.
Capítulo 4: El improvisador invisible
El sol empezó a esconderse detrás de las colinas de tarta de manzana, y Nico decidió que era hora de usar su mejor truco: la bufanda con lunares camaleónicos. Si la agitaba tres veces, podía camuflarse como cualquier cosa alrededor.
Nico agitó la bufanda: una, dos, tres veces. ¡Puf! De repente, parecía una piedra más del camino, con lunares grises y marrones. Lila se acercó, olisqueando muy seria.
—Aquí huele a Nico… o a calcetines —dijo, frunciendo el hocico.
El dragón y el duendecillo olfatearon también, pero sólo encontraron una piedra con una risita ahogada.
—¿Las piedras se ríen? —preguntó el duendecillo, rascándose la cabeza con su oreja.
Lila se tumbó junto a la piedra y susurró: —Si eres Nico, no aguantarás las cosquillas mágicas.
Con un movimiento de cuerno, lanzó un chorro de estrellitas que cosquillearon la piedra/Nico, y de repente, ¡Nico saltó y empezó a reír como una hiena!
—¡Te encontré! —gritó Lila, entre carcajadas.
Todos se unieron a la risa, rodando por la hierba como si fueran bolitas de chicle.
Capítulo 5: Un final de risas y abrazos
Cuando ya no podían reír más, Lila ayudó a Nico a levantarse y le limpió los restos de caramelo del pelo.
—Eres el mejor escondedor del valle —dijo Lila, dándole un toque de cuerno amistoso.
Nico se sonrojó y respondió: —Y tú la mejor encontradora del universo.
El dragón y el duendecillo aplaudieron, y Florinda la nube hizo llover confeti de colores. Los quesos saltarines se unieron a la fiesta, bailando alrededor del grupo.
Entonces, Nico miró a sus amigos y dijo: —Lo mejor de todo ha sido jugar juntos y reírnos tanto. Si alguno se esconde muy bien, prometo buscarlo hasta encontrarlo, porque nadie debe quedarse solo mucho tiempo.
Lila asintió, y todos estuvieron de acuerdo. En el Valle de los Colores Chiflados, la empatía era tan importante como las risas y los dulces.
Esa noche, mientras se despedían y cada uno marchaba a su rincón favorito, un eco de risas viajó por el aire, cruzando colinas y bosques, tan contagioso como un estornudo de licorne. Y aunque ya no se veía a nadie, el valle entero sonreía con cada carcajada lejana, recordando que lo más divertido del escondite es volver a encontrarse, siempre, con un abrazo y una sonrisa.