Preparativos de Halloween
Era la noche de Halloween, y Miguel, un niño de cuatro años, estaba muy emocionado. Se puso su disfraz de fantasma, que consistía en una sábana blanca con dos agujeros para los ojos.
"Mamá, ¡mira, soy un fantasma!", dijo Miguel mientras corría por la sala.
"¡Oh, qué fantasma tan aterrador tengo en casa!", respondió mamá, sonriendo. "¿Estás listo para ir a buscar dulces?"
"¡Sí, sí!", gritó Miguel, saltando de alegría.
Pero antes de salir, mamá le recordó: "No olvides que debes quedarte cerca de mí."
"Sí, mamá", dijo Miguel, asintiendo rápidamente.
Un paseo misterioso
Mientras caminaban por el vecindario, Miguel vio muchos niños disfrazados. Había brujas, vampiros y hasta un dragón. Su cesta se llenaba de caramelos y chocolates, y Miguel estaba feliz.
"¡Mamá, mira cuántos dulces tengo!", exclamó Miguel.
"Sí, tienes un gran tesoro de Halloween", dijo mamá, riendo.
En el camino, pasaron por el parque del barrio. El parque estaba oscuro y misterioso, con sombras que se movían por el viento.
"Mamá, ¿podemos ir al parque?", preguntó Miguel con curiosidad.
"Solo un ratito, pero no te alejes", respondió mamá.
Miguel entró al parque, mirando las hojas que crujían bajo sus pies. De repente, vio algo brillar en el suelo. Se agachó y encontró una pequeña llave dorada.
"Mamá, ¡mira una llave!", dijo Miguel, mostrándosela.
"¡Qué curioso! Me pregunto de dónde será", comentó mamá.
La aventura en el parque
De pronto, Miguel vio una pequeña puerta en el tronco de un árbol grande. La puerta era apenas visible, cubierta por enredaderas.
"Mamá, ¡hay una puerta!", dijo Miguel emocionado.
"¿Crees que la llave abra la puerta?", preguntó mamá, intrigada.
Miguel se acercó y, con cuidado, insertó la llave en la cerradura. La puerta se abrió con un suave crujido.
"¡Mira, se abrió!", exclamó Miguel, mirando a mamá con ojos brillantes.
Detrás de la puerta, había una pequeña habitación iluminada por una luz suave. Miguel se asomó y vio a un gatito negro que lo miraba con curiosidad.
"¡Oh, un gatito!", dijo Miguel, sorprendido.
"Hola, soy Gato Negro", dijo el gatito con voz amistosa. "Gracias por abrir mi puerta. Estaba esperando a un amigo para jugar."
"¡Mamá, el gatito habló!", exclamó Miguel, riendo.
"¡Es un gatito mágico!", respondió mamá, sonriendo.
"¿Quieres jugar conmigo?", preguntó Gato Negro con una sonrisa.
"¡Sí, juguemos!", dijo Miguel, emocionado.
Gato Negro le mostró un pequeño baúl lleno de juguetes de Halloween. Había pequeñas calabazas, murciélagos de peluche, y una varita mágica que brillaba.
Jugaron juntos por un rato, riendo y contando historias de Halloween. Cuando fue hora de irse, Gato Negro le dio a Miguel una pequeña calabaza como recuerdo.
"Gracias por jugar conmigo, Miguel. Eres muy valiente", dijo Gato Negro.
"Gracias, Gato Negro. ¡Fue divertido!", respondió Miguel, feliz.
El regreso a casa
Miguel salió del parque con mamá, sosteniendo su calabaza de recuerdo.
"Fue una gran aventura, ¿verdad, mamá?", dijo Miguel, mientras caminaban hacia casa.
"Sí, lo fue, mi pequeño fantasma", respondió mamá, abrazándolo.
"Creo que Halloween es mi día favorito", dijo Miguel, mirando las estrellas en el cielo.
"Y el más mágico también", añadió mamá.
Esa noche, Miguel se quedó dormido con su calabaza mágica a su lado, soñando con su nuevo amigo, Gato Negro, y con más aventuras emocionantes por venir.