Lobito abrió los ojos cuando el sol entró suave por la ventana de la madriguera. Olía a pan tostado y a bosque mojado. En la mesa, su mamá dejó un cuenco con leche tibia.
“Hoy iremos al parque del arroyo”, dijo mamá. “Lleva tu pelota.”
Lobito agarró su pelota roja. Le gustaba porque botaba alto y hacía “pom, pom”.
En el camino, vio a su amiga Conejita saltando. Conejita llevaba una bicicleta nueva, brillante, con una campanita que sonaba “clin-clin”.
“¡Mira, Lobito! ¡Puedo ir rápido!”, dijo Conejita, pedaleando en círculos.
Lobito sonrió, pero por dentro sintió un pellizco. Su barriga se apretó un poco. Miró su pelota y pensó: “Yo no tengo bicicleta”. Ese pellizco tenía nombre: celos.
Mamá lo miró con ojos tranquilos. “¿Qué pasa, corazón?”
Lobito bajó las orejas. “Siento… celos. Quiero una bici como la de Conejita.”
Mamá se agachó. “Gracias por decirlo. Los celos son una emoción. A veces llegan cuando comparamos. Vamos a probar algo para que tu pecho se sienta más suave.”
En el parque del arroyo, se sentaron en una manta. Mamá sacó una bolsita pequeña con piedritas lisas.
“Es el bolsillo de gratitud”, susurró. “Cada vez que dices ‘gracias por…', ponemos una piedra aquí.”
Lobito tocó una piedra. Estaba fresquita.
“Gracias por mi pelota roja”, dijo. Mamá puso una piedra en la bolsita. Sonó “tic”.
“Gracias por mis patas que corren”, dijo Lobito, y otra piedra cayó “tic”.
Conejita se acercó con su bicicleta. “¿Quieres tocar la campana?”
Lobito dudó. Su pellizco volvió un poquito. Entonces miró la bolsita.
“Gracias por tener una amiga que comparte”, dijo en voz baja. “Tic.”
Conejita sonrió grande. “¡Claro! Tócala.”
Lobito tocó. “Clin-clin.” Le hizo cosquillas en el corazón, como una risa pequeña.
Luego, Lobito botó su pelota. “Pom, pom.” Conejita la atrapó y la devolvió. Jugaron juntos: bicicleta despacio, pelota rodando, risas suaves.
Cuando el sol empezó a bajar, Lobito se recostó en la manta. Su pecho ya no estaba apretado. Se sentía calentito, como una manta por dentro.
“¿Cómo está tu emoción ahora?”, preguntó mamá.
“Más tranquila”, dijo Lobito. “Cuando digo gracias, mi barriga se afloja.”
De regreso a casa, Lobito miró a Conejita. “Mañana quiero escuchar lo que te gusta de tu bici. Y también quiero contarte lo que me gusta de mi pelota.”
“¡Sí!”, dijo Conejita.
Esa noche, Lobito se durmió pensando en su bolsita de piedritas y en lo bonito que es escuchar a los demás.