Capítulo 1: El circo llega con olor a palomitas
Cuando el Circo Brillantín llegó a la plaza del pueblo, el aire se llenó de música, risas y un olor dulce a palomitas que parecía decir: “Hoy todo va a salir bien”.
Luna, Vera y Cami eran tres amigas de casi siete años. Casi, porque a Luna le faltaban dos semanas y lo repetía como si fuera un anuncio: “¡Casi siete! ¡Casi siete!”. Las tres se habían ofrecido como ayudantes del circo por una tarde, con una pulsera de tela que decía “Equipo Tras Bambalinas” y que a ellas les parecía el tesoro más importante del mundo.
—¿Por dónde empezamos? —preguntó Vera, que siempre quería organizarlo todo, hasta el desorden.
—Por ahí —dijo Cami señalando una carpa pequeña donde se oían sonidos rarísimos: “¡Pum! ¡Pruuu! ¡Plic!”—. ¡Eso suena como un elefante estornudando!
Se asomaron y vieron a un señor con un chaleco brillante y un bigote que parecía dibujado con lápiz. Tenía una mesa llena de objetos: una caja de botones, un papel de burbujas, un silbato, dos cocos, una sartén y… una bañera pequeña de plástico.
El señor levantó un dedo, muy serio, y susurró:
—Silencio, por favor. Soy Tomás, el bruiteur oficial del circo. Yo hago los sonidos que no se ven, pero se sienten.
—¿Bruiteur? —repitió Luna, abriendo los ojos—. ¿Como un mago de ruidos?
Tomás sonrió.
—Exactamente. Escuchen esto.
Golpeó los cocos: “¡toc, toc!”, y de pronto, desde la pista principal, se oyó un presentador gritar:
—¡Y ahora, nuestro caballo bailarín!
Las niñas se miraron, asombradas.
—¡Tus cocos son un caballo! —dijo Cami, muerta de risa.
—Mis cocos tienen mucha imaginación —respondió Tomás, orgulloso—. Y mucha práctica.
En ese momento, apareció alguien detrás de una cortina: una niña del circo, un poquito más alta que ellas, con una coleta apretada y los ojos mirando al suelo como si se le hubieran caído las ganas de hablar.
—Ella es Nia —dijo Tomás en voz baja—. Va a salir en el número de telas, pero… hoy está muy tímida.
Nia apretó su pulsera con fuerza.
—No sé si puedo… —murmuró—. Hay mucha gente.
Luna dio un paso adelante como si fuera la capitana de un barco.
—Cuando a mí me da cosquilla en la barriga, me imagino que la cosquilla es una mariposa que se perdió —dijo—. Y la ayudo a encontrar su casa.
Vera asintió, seria.
—También podemos ayudarte a que tengas un plan. Los planes hacen que las cosas se porten mejor.
—¿Un plan? —preguntó Nia, levantando un poquito la mirada.
Cami se puso una mano en la frente como detective.
—¡Un plan secreto de circo! Con risa incluida.
Nia soltó una risa pequeña, como un “jij” que salió corriendo.
—Me gustaría —dijo—, pero no quiero equivocarme.
—En este circo, equivocarse es parte del espectáculo —declaró Tomás, y golpeó el papel de burbujas: “¡pop-pop-pop!”—. ¿Ven? Hasta las burbujas aplauden cuando algo sale raro.
Las niñas se miraron. Si Nia tenía miedo, ellas tenían una misión: llenarle el bolsillo de esperanza. Y, además, Vera ya estaba pensando en algo que le hacía brillar los ojos.
—Vamos a hacer un plano de asientos —anunció—. Para saber dónde se sienta cada persona y así… ¡la pista parece más amiga!
—¿Un plano? —preguntó Cami—. ¿Como un mapa del tesoro, pero con sillas?
—Exacto —dijo Vera—. Y si sabemos dónde están los niños que ríen fuerte, mejor.
Luna levantó la mano como si estuviera en clase.
—Yo quiero dibujar la parte donde se venden palomitas. Es importante para la felicidad.
Nia, sin darse cuenta, ya estaba un poco más cerca de ellas.
—¿Me dejan ayudar? —preguntó, bajito.
—Claro —dijeron las tres a la vez.
Y así, con un bruiteur oficial haciendo “¡tín!” con una cucharita, empezó el plan más divertido del circo.
Capítulo 2: El gran plano de las sillas saltarinas
En una mesa detrás de la carpa, Vera extendió un papel enorme que, según Tomás, antes había sido un cartel que decía “¡Prohibido alimentar a los payasos con galletas de perro!”. Alguien había tachado “perro” y escrito “cariño”. El circo era así.
Vera sacó un lápiz.
—Primero, dibujamos la pista. Un círculo grande.
Luna hizo el círculo… pero le salió como una patata.
—Es una pista-patata —dijo Cami, encantada—. Perfecta para números jugosos.
—Vale —aceptó Vera, con paciencia—. Ahora, las filas de sillas.
Luna dibujó sillas con patas larguísimas. Cami dibujó sillas con ruedas. Nia dibujó sillas normales, pequeñas y ordenadas.
—Tus sillas parecen tranquilas —dijo Nia, mirando su dibujo.
—Porque cuando dibujo, me calmo —explicó Nia—. Como si el lápiz me dijera: “Shhh, aquí no hay prisa”.
Vera señaló un rincón del papel.
—Aquí está la salida de emergencia, por si alguien necesita ir al baño en medio del número.
Cami soltó una carcajada.
—¡Eso es una emergencia de verdad! Imagínate al presentador diciendo: “¡Y ahora, el increíble salto mortal al… baño!”
Tomás, que escuchaba, hizo un sonido de trompeta triste con la boca: “Prrrrm”.
—¡Exacto! —dijo Cami—. Ese sonido es la cara del baño cuando llegas tarde.
Nia se rió un poco más fuerte. No era una risa enorme, pero ya no era un “jij” tímido: era una risa con ganas de quedarse.
Luego, Vera empezó a poner números en las filas.
—Fila uno, fila dos…
Luna levantó el lápiz.
—¿Y si hacemos una fila de “súper risas”? Para los que se ríen hasta con un estornudo.
Tomás estornudó a propósito: “¡ACHÍS!” y luego hizo un redoble con los dedos: “tatatatá”.
—¡Eso! —gritó Luna—. ¡Estornudo con aplauso!
Cami dibujó una nube cerca de la pista.
—Aquí se sientan los que vienen con cara de lunes. Así, la pista los convierte en viernes.
—¿Y si mi cara es de martes? —preguntó Nia, fingiendo preocupación.
—Entonces te damos una nariz de payaso y listo —dijo Cami.
Vera dibujó una estrella en una zona.
—Este será el “Rincón de Esperanza”.
—¿Por qué? —preguntó Luna.
—Porque aquí pondremos a quienes están nerviosos o tristes —explicó Vera—. Cerca de la pista, para que sientan la música y vean que todos aplauden. Es como una manta invisible.
Nia miró la estrella como si de verdad calentara.
—¿Puedo… estar ahí? —preguntó, y se le notó que pedirlo le costaba un poquito.
Luna le dio un golpecito suave en el brazo.
—Hoy tú eres la estrella, Nia. Pero sí: hacemos un rincón especial para cuando el corazón necesita un abrazo.
En ese instante, una voz desde la pista gritó:
—¡Necesitamos el sonido del viento mágico!
Tomás se puso de pie como si lo hubieran llamado a un campeonato.
—¡Mi momento! —dijo—. Chicas, ¿quieren venir?
Corrieron con él. Tomás sacó una bolsa de plástico, la movió con cuidado: “fuuush, fuuush”, y luego hizo sonar unas campanitas: “clin-clin”.
Desde la pista se oyó un “¡oooooh!” del público.
Nia se quedó mirando la cortina.
—Se oye tan bonito —susurró—. Pero yo tengo que salir… y me quedo pequeña.
Vera se agachó para mirarla a los ojos.
—Nia, lo pequeño no es menos —dijo—. Mira una semilla. Es pequeñísima y guarda un árbol.
Cami asintió, muy seria, y luego rompió la seriedad a propósito:
—Además, si te quedas pequeña, te metemos en el bolsillo del presentador. ¡Y sales diciendo “¡Ta-da!”!
Nia soltó una carcajada de verdad. Y, cuando se rió, su cara cambió: parecía que le hubieran encendido una lucecita.
—Quiero intentarlo —dijo.
—Entonces… seguimos con el plan —dijo Luna—. Porque cuando hay plan, hay esperanza.
Y se fueron corriendo, con el plano de sillas-patata doblado como un secreto.
Capítulo 3: Ensayo entre telones y ruidos disparatados
El circo por dentro era un mundo lleno de cosas que no deberían estar juntas: un paraguas con lentejuelas, una cuerda que olía a jabón, un sombrero que parecía una sopa de colores y un monociclo dormido en una esquina, como si tuviera sueño de rueda.
Nia tenía que ensayar su número de telas: subir, girar, bajar despacio como una hoja. Pero cuando miró las telas largas, le temblaron un poco las manos.
—¿Y si me olvido? —preguntó.
Luna señaló las telas.
—Las telas son como amigas largas. Si te caes un poquito, te sostienen.
—Y si no, yo hago el sonido de una gelatina —dijo Tomás, preparadísimo—: “blup-blup”. Así, hasta los tropiezos parecen postre.
Vera sacó el plano.
—Mira, Nia. Hemos decidido dónde se sentará la gente. Aquí, en el Rincón de Esperanza, pondremos a los niños que aplauden con fuerza. Para que te envíen aplausos como avioncitos de papel.
Cami hizo un avioncito de verdad y lo lanzó. Chocó contra el bigote de Tomás y se quedó allí.
Tomás lo miró, cruzando los ojos.
—Tengo un avión en la cara. Esto significa que hoy volaremos alto.
Nia sonrió. Luego respiró hondo.
—Vale. Voy a subir solo hasta la mitad. Solo hasta la mitad.
—La mitad es un lugar estupendo —dijo Luna—. Ahí vive el “ya casi”.
Nia empezó a subir despacio. Vera contaba en voz bajita:
—Uno… dos… tres…
Cami, para ayudar, iba diciendo frases graciosas:
—Si te pones nerviosa, piensa que la tela es un espagueti gigante… pero no te lo comas, ¿eh?
Nia se rió, y la risa la hizo aflojar los hombros. Llegó a la mitad. Se detuvo, mirando hacia abajo.
—¿Lo hago? —preguntó, con una voz pequeñita.
Luna levantó los brazos.
—Sí. Haz tu giro de hoja.
Tomás puso música con la boca: “la-la-laaa”, y añadió un “¡shhh!” suave de viento con la bolsa.
Nia giró. No fue un giro perfecto de concurso, pero fue un giro de verdad. Un giro valiente. Cuando bajó, aterrizó con los pies juntos y abrió los brazos como le habían enseñado.
Cami aplaudió tan fuerte que casi se le escapan las manos.
—¡Bravo! ¡Eso fue más bonito que una pizza con extra de queso!
—Cami… —dijo Vera—, eso no tiene sentido.
—¡Exacto! ¡Por eso es bonito! —respondió Cami, orgullosa.
Nia se rió tanto que se le arrugó la nariz.
Entonces apareció el presentador, un señor con chaqueta roja y sonrisa de “todo está controlado, aunque no lo esté”.
—¿Lista para esta noche, Nia? —preguntó.
Nia miró a las tres amigas. Miró a Tomás. Miró el plano doblado en las manos de Vera, con su pista-patata.
—Creo que sí —dijo—. No completamente, pero… creo que sí.
—Eso es perfecto —dijo el presentador—. En el circo, “creo que sí” es una puerta abierta.
Se fue. Y ellas se quedaron un momento quietas, escuchando el ruido del circo: martillitos, risas, el “clin-clin” de campanas, un “muu” que no debería estar ahí (pero estaba).
—¿Oyeron esa vaca? —preguntó Luna.
Tomás levantó la mano.
—Fui yo —confesó—. Me salió una vaca sin querer. A veces, los sonidos se me escapan a pasear.
Nia se tapó la boca para no reírse demasiado, como si la risa fuera un globo que podría volarse.
—Me gusta aquí —dijo—. En este circo, hasta los errores hacen cosquillas.
Vera dobló el plano con cuidado.
—Ahora falta probarlo en serio —dijo—. Esta noche lo pondremos en la entrada, para que la gente se siente donde le toca.
—¿Y si alguien se sienta en mi silla? —preguntó Cami, preocupada de repente.
Luna le dio una palmadita en la espalda.
—Entonces compartes. La esperanza se comparte.
Cami lo pensó, y luego asintió.
—Bueno… pero mi silla tendrá ruedas imaginarias.
Y así, con un ensayo valiente y una vaca escapista, se prepararon para la función.
Capítulo 4: Una función con aplausos y un plan para fiesta
Por la noche, las luces del Circo Brillantín parecían luciérnagas gigantes. La gente entraba con algodón de azúcar, globos y caras contentas. En la entrada, Vera pegó el plano de asientos en una tabla. Había flechas, estrellas, dibujos y un cartel que decía: “Si te pierdes, pregunta a una sonrisa”.
Un señor lo miró y dijo:
—¿La pista es una patata?
—Sí —respondió Luna, muy segura—. Es una patata artística.
El señor se rió y se sentó feliz, como si la patata fuera lo más normal del mundo.
El “Rincón de Esperanza” se llenó de niños que aplaudían incluso antes de que empezara nada. Cami les enseñó un juego: aplaudir en ritmo de “pa-pa-pum” como si fueran tamborcitos.
Tomás, detrás de la cortina, afinaba sus ruidos.
—Hoy tengo el sonido del caballo-coco, el viento-bolsa, el aplauso-burbujas y… —miró una bañerita— el chapoteo sorpresa.
—¿Para qué es la bañera? —preguntó Vera.
Tomás guiñó un ojo.
—Es un secreto húmedo.
Empezó el espectáculo. El presentador habló fuerte, la música sonó, y cada número era una pequeña sorpresa.
Cuando salió el payaso, Tomás hizo “¡boing!” con un muelle, y el público rió. Cami se reía tanto que casi se le cae el globo. Luna se comió una palomita y dijo:
—Esta palomita sabe a “¡ja!”.
Llegó el momento de Nia. Las luces se suavizaron. Las telas colgaban como dos ríos de colores.
Nia apareció. Por un segundo, su cara volvió a ser de martes. Miró al público. Mucha gente. Muchos ojos.
Entonces vio la estrella dibujada en el plano, pegada cerca de la entrada, y recordó el “Rincón de Esperanza”. Y lo vio de verdad: ahí estaban los niños aplaudiendo en “pa-pa-pum”. Y ahí estaban Luna, Vera y Cami, con las manos juntas como si enviaran fuerza.
Luna le susurró desde la sombra:
—La mariposa ya encontró su casa.
Vera levantó el pulgar.
—Tu semilla sabe crecer.
Cami sopló, como si empujara un barco invisible.
—¡A volar, Nia!
Nia respiró. Subió. Llegó a la mitad. Y, en lugar de quedarse allí, subió un poquito más. No hasta el cielo, no hace falta. Solo un poco más, como quien dice: “Hola, miedo, hoy no mandas tú”.
Tomás hizo el viento mágico: “fuuush”, y las campanitas: “clin-clin”. El público hizo “oooooh” otra vez.
Nia giró, más suave. Bajó despacio. Abrió los brazos. Y, cuando puso los pies en el suelo, se le escapó una sonrisa enorme.
El público aplaudió tan fuerte que parecía lluvia buena.
Cami gritó:
—¡Eso fue mejor que una pizza con extra de…! —se paró—. Bueno, fue mejor que muchas cosas.
Vera la miró.
—Lo dijiste sin queso. Estoy orgullosa.
Tomás, emocionado, quiso hacer un redoble y, sin querer, golpeó la bañerita: “¡plaf!”. Salpicó un poco de agua en su pantalón.
—¡Oh no! —dijo Tomás—. ¡Se escapó mi secreto húmedo!
Luna se rió tanto que casi se le atraganta la palomita, pero se calmó rápido.
—Tranquilo, Tomás. Ahora pareces un pez elegante.
El público también se rió, porque el presentador, sin perder el ritmo, anunció:
—¡Un aplauso para nuestro bruiteur oficial, que hoy ha inventado… el pantalón chapoteador!
Tomás hizo una reverencia, chorreando un poquito, y el circo se llenó de una risa amable, de esas que no se burlan, solo abrazan.
Después del show, detrás de la carpa, Nia corrió hacia las tres amigas.
—Lo hice —dijo, casi sin creerlo—. Me temblaron las rodillas, pero… lo hice.
Vera le dio el plano.
—Y este plan te ayudó un poco.
Nia lo apretó como si fuera un boleto mágico.
—Me ayudó mucho.
Cami miró alrededor: las luces, la música, la gente saliendo contenta.
—Ahora falta el mejor número —anunció—: ¡la fiesta!
Luna dio un saltito.
—¡Sí! Una fiesta para celebrar que el miedo no siempre gana.
Tomás se secó el pantalón con una toalla y levantó una cucharita como micrófono.
—Propongo que la fiesta tenga sonidos especiales: risas en eco, aplausos de burbujas y el gran final: el “¡tadaaa!” colectivo.
Vera ya estaba dibujando en el reverso del plano.
—Haremos un plan de fiesta. Con mesas aquí, música allí, y un rincón de esperanza también, por si alguien llega tímido.
Nia levantó la mano, ahora sin mirar al suelo.
—Y yo puedo enseñar a otros a respirar antes de salir. Como ustedes me enseñaron.
Luna le guiñó un ojo.
—Eso es la esperanza: pasa de mano en mano.
Cami añadió:
—Y de risa en risa.
Se sentaron en el suelo, con el plano entre todas, y empezaron a decidir: cuántas galletas, qué canción, dónde poner las linternas de colores y quién se encargaría de decir “¡bienvenidos!” con voz de payaso elegante.
Afuera, el circo seguía brillando. Adentro, cuatro niñas y un bruiteur oficial preparaban una fiesta como si fuera otro número más: sencillo, alegre, lleno de “clin-clin” y de ganas.
Y Nia, que había llegado con miedo en el bolsillo, se fue a dormir con una idea nueva en la cabeza: mañana, cuando vuelva la cosquilla en la barriga, ya sabrá qué hacer. Buscará a sus amigas, abrirá el plano… y encontrará su rincón de esperanza.