Capítulo 1: El conejo que contaba
En un circo que nunca dejaba de reír, vivía un conejo llamado Copo. Copo era blanco como una nube de algodón y tenía unas orejas largas que, cuando saltaba, parecían banderas ondeando. Cada mañana, antes de abrir la carpa, Copo contaba las cosas en voz alta: "Uno, dos, tres". Contaba los pasos del payaso, las sillas azules y hasta las estrellas pintadas en el telón.
—¿Por qué cuentas tanto, Copo? —preguntó un día la señora Tortuga, encargada de la confitería, mientras le daba un cucurucho de algodón de azúcar.
—Porque me gusta que todo esté en orden —respondió Copo—. Además, cuando cuento, mi nariz hace un pequeño cosquilleo. Uno, dos, tres.
Ese cosquilleo siempre le daba una idea nueva. Ese día, al mirar las maletas apiladas en las bambalinas, tuvo otra idea: hacer un gran orden por colores. Había maletas rojas, verdes, azules, amarillas y hasta una con lunares morados que confundía a todos.
—¡Vamos a hacer una fiesta de colores! —dijo Copo, emocionado—. Primero las rojas, luego las verdes... ¡y cada vez que una maleta salga, yo diré "uno, dos, tres"!
Los animales de la troupe aplaudieron con las patas y las aletas. La señorita Rana, la domadora de las pompas de jabón, saltó de contenta. El Señor Zorro, que tocaba la trompeta, hizo un "brrr" divertido. Así comenzó la gran tarea de las maletas.
Capítulo 2: El tri de las maletas
Copo empezó a mover las maletas con mucho cuidado. "Uno, dos, tres", empujaba una maleta roja. La maleta rodó despacio y se colocó junto a las demás rojas. Las risas del público no se oían todavía; estaban todos detrás del telón, en las sombras, pero los artistas se contagiaban de alegría.
—Cuidado con la maleta naranja, ¡tiene una cebolla dentro! —bromeó el señor Erizo, que siempre traía ingredientes para el pastel de cumpleaños.
—¿Una cebolla? —preguntó Copo, con la nariz temblando de curiosidad—. ¡Eso explicaría el olor!
Mientras separaban, descubrieron secretos dentro de las maletas: un sombrero que hacía "plop" cuando se abría, una trompeta pequeñita que tocaba sola, y un par de zapatillas saltarinas. Cada vez que encontraban algo gracioso, Copo contaba en voz alta: "Uno, dos, tres", y los demás repetían.
Al llegar a las maletas azules, encontraron una caja que no se abría. Tenía pegatinas de estrellas y un candado con forma de luna. Copo se puso de puntillas y dijo:
—Tengo una idea. Vamos a pedir ayuda al maestro del "tadaaa".
Todos se miraron con ojos brillantes. En aquel circo había un personaje especial: el Maestro Tadaaa, un gato con chaleco brillante que hacía aparecer cosas con una palabra larga y divertida: "¡Tadaaa!" Cuando decía esa palabra, salían confeti, flores y hasta pequeñas nubes de colores.
—¡Lo encontraremos! —dijo la señorita Rana—. Él siempre sabe qué hacer con misterios y candados.
Fueron los cuatro —Copo, la señora Tortuga, el señor Erizo y la señorita Rana— caminando entre los bastidores. Copo contaba cada pisada: "Uno, dos, tres". La carpeta donde guardaba su lista de colores se meneaba como si bailara.
Al llegar al rincón donde el Maestro Tadaaa practicaba su palabra mágica, lo encontraron con un ventilador y una bandeja de lentejuelas. El gato alzó una pata, olió una pastilla de caramelo y sonrió.
—¿Un bloqueo? —dijo el Maestro Tadaaa—. Muy bien. Primero respiremos. Uno, dos, tres.
Cuando el Maestro Tadaaa decía "tres", abría las patas, sacudía su chaleco y pronunciaba la palabra con voz larga: "¡Tadaaa!" Y sucedía algo simpático: la caja azules empezó a temblar, el candado se transformó en un lazo, y la tapita se abrió como si fuera una flor.
Dentro encontraron una bufanda con lunares, una carta que decia "Para el mejor público" y un pequeño mapa que señalaba un cofre escondido bajo la pista. El mapa tenía dibujos de trapecios y una flecha que llevaba hacia la gran tienda roja del circo.
—¡Un tesoro! —exclamó la señorita Rana, dando una vuelta.
—¡Una pista! —dijo Copo, saltando—. Vamos a contar cada paso hasta el arco de la pista: uno, dos, tres.
Y así, guiados por el mapa y el conteo de Copo, se fueron en busca del cofre.
Capítulo 3: La pista y los pasos locos
La pista central brillaba con polvo de lentejuelas. El público todavía no había entrado, pero los asientos esperaban con curiosidad. Copo caminó descalzo en la arena y contó en voz alta: "Uno, dos, tres" para que el equipo supiera dónde pisar sin tropezar.
En el centro, una sombra larga se movía. Era el Señor Zorro, que practicaba una danza con su trompeta en la espalda. Al ver el mapa, frunció el ceño y dijo:
—El cofre está donde los aplausos parecen volver. ¿No lo ven?
—¡Los aplausos vuelven en el arco norte! —dijo la señora Tortuga, que recordaba cada sonido—. Vamos por ahí.
Mientras avanzaban, hubo pequeñas peripecias: la señorita Rana se enredó en una cuerda para malabaristas y salió dando volteretas; el señor Erizo dejó caer una bola de crema y tuvo que limpiarla con una espátula gigante; el Maestro Tadaaa pronunció dos "tadaaa" seguidos y apareció una fila de sombreros diminutos que empezaron a bailar.
Copo, riendo, contó: "Uno, dos, tres", y con cada número, los sombreros daban un salto.
—¡Es como una coreografía de sombreros! —dijo Copo—. Debemos contar para que todo salga sincronizado.
Llegaron al arco norte. Había un espejo que devolvía reflejos brillantes y un banco donde solía sentarse la banda. Debajo del banco, como un secreto muy bien guardado, encontraron una tabla con un símbolo de corazón dibujado. El mapa decía: "Sigue el corazón".
—Sigue el corazón —repitió Copo—. Uno, dos, tres.
Siguieron el camino marcado por pequeños corazones dibujados en el suelo con pintura de caramelo. Cada corazón tenía un color distinto: rosa, naranja y azul. Cuando llegaron al final, había un cofre pequeño con una cerradura que sonreía.
—Abre con alegría —susurró el Maestro Tadaaa—. La cerradura solo se abre con una risa.
Todos se miraron. La señora Tortuga empezó con una risa lenta y profunda: "¡Ju-ju!" El señor Erizo intentó una risita pinchuda: "Ji-ji". La señorita Rana saltó y soltó un croar risueño: "¡Cra-cra!" Pero la cerradura solo sonreía más.
Copo cerró los ojos y recordó cómo contaba desde niño. Dijo en voz alta, con una risa entrecortada: "Uno... dos... tres..." y justo en el "tres" lanzó una carcajada tan grande que hizo vibrar las tablas de la pista.
El cofre se abrió con un suave chasquido. Dentro había una bufanda de colores, una colección de miniaturas de animales que hacían cabriolas y una tarjeta que decía: "Para quienes cuentan con el corazón".
—¡Somos nosotros! —gritaron todos—. ¡Porque Copo cuenta con el corazón!
Capítulo 4: El gran número y el final en forma de nube
Con el cofre abierto, decidieron preparar un número especial para la primera función de la noche. Sería un acto donde todos los colores y risas se unirían. Copo se puso la bufanda de lunares y dijo: "Uno, dos, tres", marcando el inicio del ensayo.
Colocaron las maletas ordenadas en círculo y pusieron las cosas encontradas sobre ellas: el sombrero bailarín en la maleta roja, la trompeta que tocaba sola en la azul, las zapatillas saltarinas en la verde. El Maestro Tadaaa colgó una banderola que decía "¡Sorpresa!" en letras doradas. La señorita Rana llenó la pista de pompas de jabón, y el señor Erizo preparó un pastel con muchos pequeños corazones de azúcar.
—Recuerden, cada quien entrará diciendo "uno, dos, tres" —anunció Copo—. Es nuestro ritmo.
Cuando apagaron las luces y encendieron el aro de luz, la función comenzó. La música sonaba alegre, y Copo dio el primer paso: "Uno". Luego la señora Tortuga rodó una maleta: "Dos". La señorita Rana saltó con una pompa: "Tres". Y el público, aunque eran solo los vecinos animales que siempre venían a ensayar, aplaudía como si fuese la noche más grande.
En el número final, el Maestro Tadaaa se adelantó. Con voz profunda y divertida dijo: "¡Tadaaa!" De la nada, una lluvia de confeti en forma de pequeñas estrellas cayó. Pero no era un confeti cualquiera: cada estrella al tocar la pista se convertía en una nube de color tenue, que flotaba, bailaba y hacía cosquillas en las orejas de los espectadores.
Copo, con su bufanda, saltó sobre una maleta y contó: "Uno, dos, tres", cada vez más fuerte, más feliz. La coreografía terminaba siempre en el "tres", donde todos hacían una pose cómica: señor Erizo con una cuchara gigante, señor Zorro con la trompeta en la oreja, y la señorita Rana con diez pompas en la cabeza.
Cuando dijeron todos juntos "tres", el Maestro Tadaaa pronunció su palabra mágica una última vez: "¡Tadaaa!" Y entonces ocurrió algo maravilloso: todas las pequeñas nubes que habían salido del confeti se unieron en el centro de la carpa, dieron una vuelta, se estiraron y formaron una gran nube con la forma de un corazón.
Era una nube suave, de colores mezclados, que brillaba con la luz del aro. Flotó sobre la pista, se arremolinó una vez, y dejó caer una lluvia muy fina de purpurina que no hacía cosquillas, solo pequeñas sonrisas.
El público exhaló un "oooh" encantado. Copo miró la nube con los ojos llenos de brillo y dijo en voz baja:
—Uno, dos, tres... gracias.
La nube en forma de corazón descendió lentamente, y como si entendiera, se posó sobre la cabeza del conejo por un segundo, dejando una huellita de estrellas en su pelaje. Luego se elevó y salió por la apertura de la carpa, dejando tras de sí un rastro rosado en el cielo.
Esa noche, al cerrar la carpa, todos se sintieron contentos y ligeros. Copo se acostó en su cama de paja y contó sus últimos pensamientos: "Uno, dos, tres". Sonrió, pensando en las maletas, en el Maestro Tadaaa, en los sombreros bailarines y en la gran nube de corazón.
—Mañana haremos otro número —murmuró—. Y contaremos de nuevo.
Y así, bajo el cielo donde aún brillaba la huella rosada de la nube, el circo se quedó dormido, lleno de colores, risas y la promesa de nuevas "tadaaa".