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Cuento de circo 7/8 años Lectura 13 min.

El guiño secreto de Zape

En el Circo Brillabola, Zape, un zorro que cuenta risas, se prepara para una función especial donde su guiño cómplice y una capa mágica invitan a todos, grandes y pequeños, a compartir sus risas, creando un espectáculo lleno de alegría y complicidad.

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Un zorro de pelaje anaranjado y rizado, llamado Zape, se encuentra en el centro de la escena, con los ojos brillando de alegría y una gran sonrisa en el rostro. Lleva una pequeña capa roja brillante que brilla bajo las luces del circo. A su lado, un pingüino trompetista llamado Pompón, con un pequeño sombrero de copa, toca la trompeta, sus ojos redondos llenos de emoción. Más allá, una gran jirafa payaso, Lila, hace malabares con globos coloridos, su largo cuello curvado con una expresión divertida y traviesa. El decorado es una gran carpa de circo, adornada con luces centelleantes y banderines coloridos, con estrellas doradas colgadas del techo. El suelo está cubierto de paja y confeti multicolor, creando un ambiente festivo y alegre. La escena principal muestra a Zape, el zorro, preparando un guiño cómplice, mientras los otros artistas lo rodean, listos para comenzar el espectáculo, todos llenos de energía y entusiasmo. reportar un problema con esta imagen

El zorro que contaba risas

En el Circo Brillabola, todo brillaba: las luces, las lentejuelas y hasta los ojos de quienes esperaban el espectáculo. Entre tantos colores y saltos vivía Zape, un zorro de pelaje anaranjado y rizado que tenía un trabajo raro y precioso: contaba risas.

Zape no contaba monedas ni palomitas. Él contaba “ja-ja”, “ji-ji” y “jo-jo”. Tenía un cuaderno con tapas de cartón y un lápiz corto que dejaba una huella alegre. Cada risita era un palito, y luego un grupo de cinco se cruzaba con otro palito orgulloso. Zape escuchaba con las orejas muy atentas y sonreía cuando la risa estallaba como fuegos artificiales o cuando aparecía suave, como un susurro de pluma.

Esa tarde, antes de la función, Zape caminó por la pista y por las bambalinas, con paso saltarín. Saludó a Pompón, el pingüino trompetista, que patinaba sin querer en su propia charola de cubitos, y a Lila, la jirafa payasa, que probaba sombreros con flores que decían “¡plop!” y soltaban una nube de perfume a uva.

Detrás del telón, el sonido era otro: el “taca-taca” de una máquina de coser, el “jip-jip” de los periquitos equilibristas y el “pof” de las palomitas del mapache maquinista, que siempre explotaban una justo cuando nadie lo esperaba. Zape se acercó al “taca-taca”, porque allí trabajaba Crispín el Castor, costurero de capas. Crispín tenía los dientes más trabajadores del circo, y su cola ancha servía como mesa y como plancha. Tenía hilos de todos los colores, y botones que parecían pequeñas lunas.

“Crispín, ¿cuántos remolinos de capa harás hoy?”—preguntó Zape, mirando un rollo de tela roja que parecía una franela gigante.

“Los justos para que se ría el viento, Zape”—respondió Crispín, guiñando un ojo—“y tal vez para que tú prepares ese guiño del que hablas…”

Zape estiró una comisura y bajó un párpado. Quería preparar un guiño cómplice para la función de la noche. Un guiño justo en el segundo exacto, para avisar a todos de una sorpresa. Practicó frente a un espejo pequeño: levantó la ceja izquierda, cerró un ojo… y estornudó. “¡Achu!” Los periquitos soltaron una carcajada tan grande que Zape apuntó tres palitos sin pensarlo. Contar risas era más divertido cuando aparecían de repente.

Tras bambalinas y capa va

El ensayo comenzó con una fila de números brillantes. Pompón tocó una trompetita que decía “prip-prip” y se cayó de espaldas en almohadillas de confeti. Dos palitos. Lila entró en monociclo, su sombrero sacó una flor con resorte, la flor saludó y le mordió la oreja con un besito. Cuatro palitos. El pulpo mago —que vivía en una pecera con ruedas— sacó de su sombrero un panecillo que decía “hola”. Cinco palitos.

Zape movía su lápiz como si bailara. Pero también escuchaba. No todas las risas son iguales, pensaba. Algunas son en coro, como una ola. Otras son pequeñas, como si tuvieran vergüenza. Zape había aprendido a no dejar escapar ninguna. “Si escucho con calma, las risas se acercan solitas”, se decía.

Crispín, el costurero de capas, iba y venía con su cinta métrica enrollada al cuello. Medía colas, hombros y bigotes, porque las capas, en el Circo Brillabola, eran caprichosas. Había capas para rodar, para girar, para volar un poco y para esconder un truco. Una de ellas, la más brillante, era para la gran sorpresa de Zape.

“Crispín, mi guiño tiene que sonar sin hacer ruido”—susurró Zape.

“Un guiño que no suena, pero que todos entienden”—asintió el castor—“te haré una capa que hable con el aire.”

Y Crispín cosió un borde que, al moverse, susurraba “shh-shh”, igualito a un secreto que hace cosquillas. Zape lo probó. Caminó, giró, se detuvo. El borde dijo “shh” y Pompón levantó la cabeza, atento. El guiño no sería solo con su ojo: sería un guiño con ojo y con capa. Un guiño cómplice, compartido.

Hubo una pequeña torpeza divertida. Lila probó una capa azul cielo, dio dos pasos y se enredó en su propio cuello elástico. Cayó sentada, con las patas largas como dos paraguas cerrados. Lila no lloró; se rió. Zape corrió a contar risas y a ayudar.

“Estoy bien, soy una jirafa en reposo”—bromeó Lila.

“La capa te quiere tanto que no te suelta”—rió Zape. Apuntó tres palitos más y, al mismo tiempo, escuchó: esa risa grande había llamado a otras risas.

El secreto del guiño

Por la tarde, el cielo se puso color mango. Las banderitas del circo crujían contentas. Zape se sentó en un cajón de madera, a un lado de la pista. Cerró los ojos para afinar sus orejas. De pronto, oyó algo diferente. Detrás del tambor mayor, un sonido muy chiquito: “ji… ji…”. Era como una risa escondida.

Zape se acercó despacito y encontró a Timo, un ratón del circo, pequeño y listo, que arreglaba tornillos de carritos. Timo llevaba un gorrito con una estrella.

“Hola, Timo”—susurró Zape—“¿te gusta el ensayo?”

“Sí, pero me gusta cuando la risa es suave”—dijo Timo—“a veces las risas grandes me tapan las mías.”

Zape asintió. Allí estaba el tesoro: escuchar también las risas que nadie mira. Anotó un palito para la risa pequeña de Timo, y se le encendió una idea: su guiño no solo sería señal de sorpresa; sería también una invitación para que las risas pequeñas salieran sin pena.

Buscó a Crispín.

“Crispín, ¿puedes coser un dobladillo que cante poquito? Un ‘ti-ti' suavito.”

“Claro que sí”—dijo el castor, acomodando sus gafas—“un dobladillo de hilo dulce.”

Mientras Crispín cosía, Zape coordinó con Pompón y con Lila. Les explicó en voz bajita, como si contara una adivinanza:

“Cuando yo guiñe el ojo y la capa diga ‘shh', Pompón, tú toca un ‘ti-ti' dulcito. Lila, tú haz una pausa de nariz arrugada. Es para invitar a las risas chiquitas. ¿Trato?”

“Trato”—dijo Pompón.

“Trato doble”—añadió Lila.

Zape practicó su guiño complice en el espejo otra vez. Esta vez no estornudó. Bajó un párpado, dejó que la comisura izquierda subiera como un columpio y, con un pasito girado, la capa susurró “shh” y el dobladillo murmuró “ti-ti”. Funcionaba. El zorro tuvo ganas de aplaudir, pero solo sonrió y añadió un palito en su cuaderno: un palito de esperanza.

En ese momento, Crispín apareció con otra mini-pesadilla divertida: una torre de capas se le había resbalado y cayó sobre Pompón. Por un segundo solo se veía un montón de telas con una trompetita pidiendo permiso. Pompón salió nadando entre los colores con un “prip” tímido y luego reventó en risa. Todos rieron. Zape apuntó cinco palitos más y, a pesar del revuelo, escuchó si alguien no se reía. Todo estaba bien. Todos reían, grandes y chiquitos, fuertes y suaves. Y las risas, juntas, sonaban como lluvia de verano.

La noche y el banco compartido

La función comenzó con un tambor redondo como luna llena. La carpa estaba llena de ardillas, patitos, conejos, erizos y una cebra que se puso rayas de lentejuelas sobre las rayas de siempre. Las luces hicieron “clic” y la pista se volvió un charco de oro.

Zape se colocó en su puesto de escuchar y contar, con el cuaderno firme, el lápiz alerta y el corazón brincón. Pompón abrió con una melodía saltarina. Dos palitos. Lila siguió con un sombrero que sacó un globo en forma de plátano. Cuatro palitos. El pulpo mago hizo aparecer un pez que aplaudía con las aletas. Cinco palitos y una risita suave de algún lugar que Zape capturó antes de que volara.

En la mitad del espectáculo, las risas bajaron. No estaba mal, solo se habían vuelto tímidas, como si tomaran aire. Zape respiró también. Era su momento. Caminó hacia la pista con la capa nueva de Crispín, roja con un borde dorado que brillaba como miel. Dio un paso, clavó sus ojos brillantes en el público, y lanzó su guiño cómplice.

El ojo dijo “clac” sin hacer ruido. La capa susurró “shh” como si fuera un secreto que acaricia. El dobladillo cantó “ti-ti”, pequeñito. Pompón, atento, respondió con un “ti-ti” igualito, muy suave. Lila arrugó la nariz, hizo una pausa graciosa y sopló una pluma invisible que se posó en su propia oreja. Un patito soltó un “ji” y luego otro “ji”. Timo, detrás del tambor, se rió bajito. La risa pequeña corrió de asiento en asiento como una luciérnaga. Zape la siguió con sus orejas, y su cuaderno se llenó de palitos que parecían bailar.

Entonces, Crispín, desde bambalinas, giró una capa azul que tenía cosido un remolino secreto. El remolino abrió un bolsillo de aire que soltó confetis de pétalos. No eran ruidosos; eran pétalos que caían como susurro. Primero, una sonrisa. Luego, otra. Después, un estallido de “ja-ja” que abrazó todo. Zape escribió rápido, pero sin apuro. Las risas ya no eran solo números; parecían lucecitas que subían a la carpa y la encendían por dentro.

El final llegó con todos en la pista: Pompón en un patín, Lila en su monociclo, el pulpo sacando de su sombrero una manzana que decía “bravo”, Crispín con su cinta al cuello, y Zape con su capa que decía secretos. Se hicieron una reverencia tan profunda que casi tocaron con la nariz el aserrín. La carpa estalló en aplausos buenos, de esos que son suaves y grandes a la vez.

Cuando las luces se apagaron, la noche se encendió afuera con bombillas redondas colgadas de un cable. Zape, todavía con su cuaderno, salió a respirar. Se sentó en un banco de madera, el banco más largo de todo el campamento del circo. A su lado se acomodó Crispín, con las patas algo cansadas y la sonrisa hecha de hilo.

“Escuchaste hasta la risa más chiquita”—dijo Crispín, apoyando la cola como un cojín.

“Es que todas las risas cuentan”—respondió Zape—“y cuando las escuchas, te cuentan cosas bonitas de quien las suelta.”

Pompón llegó patinando lentamente con una manta sobre los hombros, Lila dobló su largo cuello y apoyó la cabeza con cuidado en el borde del banco. Timo apareció con un tornillito reluciente y se sentó en el brazo de Zape. Nadie habló mucho, porque ya habían dicho casi todo. Se quedaron juntos, escuchando los ecos que se iban, como pajaritos que regresan a su nido.

El banco se llenó de pelajes, plumas y risitas. Compartieron una manzana y dos mandarinas. Zape miró su cuaderno una última vez. Había muchos palitos, líneas y cruces, pero lo que más le gustó fue recordar cada risa, grande o pequeña. Cerró el cuaderno con cuidado y, sin que nadie lo viera, lanzó otro guiño, solo para el banco, solo para sus amigos.

El banco, ahora, no era de madera. Era de compañía. Y en ese banco compartido, el circo entero cabía en un abrazo que sonaba, muy bajito, a “ji-ji”, “ja-ja” y “jo-jo”. Y Zape, el zorro que contaba risas, supo que escuchar es otra forma de aplaudir, y que su guiño secreto seguiría recorriendo la carpa, como una lucecita que no se apaga.

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Brillabola
Nombre del circo donde vive Zape, que sugiere que es un lugar brillante y divertido.
Cuaderno
Libro que se usa para escribir o dibujar, tiene páginas donde se puede anotar cosas.
Pelaje
El conjunto de pelos que cubren el cuerpo de un animal.
Cosquillas
Sensación divertida y un poco incómoda que provoca risa cuando alguien toca ciertas partes del cuerpo.
Bambalinas
Parte del escenario que no se ve desde el público, donde los artistas se preparan antes de salir a actuar.
Susurro
Sonido muy suave, como cuando hablamos en voz baja para no ser escuchados.

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