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Cuento divertido para dormir 11/12 años Lectura 15 min.

El reglamento del bostezo oficial y la patrulla anti-bruuum

Dos amigas crean un reglamento divertido con personajes y juegos imaginarios para domar las preocupaciones y convertir la hora de dormir en un paseo tranquilo.

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Hay 4 personajes: Lara, niña de 12 años, cabello castaño claro en coleta, ojos risueños, pijama a rayas azul y blanco, sentada a la izquierda del cama sosteniendo una libreta y un calcetín detective en la mano derecha; Inés, niña de 12 años, cabello negro corto, pijama rosa con lunares, tumbada a la derecha apoyada en cojines abrazando una tortuga de peluche verde; el calcetín detective, marioneta hecha de un calcetín rojo y blanco a rayas con botón como ojo y boca cosida, en la mano de Lara apuntando una mini-lupa hacia Inés; la peluche tortuga Martina, de tela verde pálido con ojos bordados, en el centro-derecha de la cama observando la escena. Lugar: habitación acogedora vista en ligera picada, paredes color crema con póster de la luna, lámpara-luna encendida que emite luz cálida, cama amplia con una manta blanca ondulada y cojines estrellados apilados, mesita de noche de madera clara con una hucha cohete y una libreta abierta. Situación: las niñas juegan a un ritual para dormirse; Lara lee reglas divertidas desde su bloc mientras Inés escucha bostezando; la atmósfera es suave, pausada y lúdica, con salpicaduras de acuarela que sugieren volutas de sueño y pensamientos que se calman. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El Reglamento del Bostezo Oficial

A Lara le sobraban ideas como a un perro le sobran pelos: por todas partes. Esa tarde, en su habitación, se plantó delante de su mejor amiga, Inés, con una libreta y un bolígrafo que parecía un micrófono.

—¡Atención, ciudadanas del dormitorio! —anunció Lara—. Queda inaugurado el Reglamento del Bostezo Oficial.

Inés alzó una ceja, divertida.

—¿Y quién lo ha aprobado?

—Yo, presidenta vitalicia del Club de Hacer Cosas Raras Antes de Dormir. —Lara hizo una reverencia tan exagerada que casi se cae sobre una montaña de cojines—. Primera norma: todo bostezo debe ser elegante. Nada de “aaah” con cara de aspiradora.

—¿Y cómo se hace un bostezo elegante? —preguntó Inés, ya medio riéndose.

Lara abrió la boca con delicadeza, como si estuviera probando una sopa muy caliente, y sacó un bostezo finito, casi con puntita.

—¿Ves? Bostezo de princesa. Segunda norma: si alguien dice “tengo sueño”, debe decirlo con un sonido especial.

—¿Qué sonido? —Inés se inclinó hacia delante, como si estuviera a punto de escuchar un secreto importantísimo.

—Este: “Ñuuuu”. —Lara lo pronunció como si fuera un búho con pijama.

Inés lo intentó:

—Ñ… ñu.

—Más largo, como un tren que se despide.

—Ñuuuuuu.

—Perfecto. Tercera norma… —Lara pasó la página con solemnidad—: está prohibido hablar de exámenes después de las nueve. A partir de esa hora, los exámenes se convierten en patatas y se guardan en un cajón.

Inés soltó una carcajada.

—¿Y si mañana hay control de mates?

—Patata. —Lara señaló la cómoda—. Ahí mismo. Las patatas no preguntan ecuaciones.

Desde el pasillo llegó la voz de la madre de Lara, suave pero firme:

—Chicas, en diez minutos: luces bajas.

Lara se quedó quieta un segundo, como si acabaran de avisarle de la llegada de una cometa gigante.

—¡Bien! —susurró—. Esto se está poniendo serio.

Inés miró alrededor: posters, libros, una lámpara con forma de luna y una cesta de calcetines que parecía estar planeando una rebelión.

—¿Cuál es el plan? —preguntó.

Lara sonrió como quien va a sacar un conejo de una chistera.

—Hacer que el descanso sea tan irresistible que nos rinda pleitesía. Y para eso… necesitamos más reglas. Pero reglas graciosas. Reglas que den ganas de dormir de la risa.

Capítulo 2: La Patrulla Anti-Bruuuum y el Calcetín Detective

Lara abrió un cajón y sacó un calcetín a rayas.

—Te presento al Calcetín Detective. —Se lo calzó en la mano y le puso voz grave—: “Buenas noches. Vengo a investigar el caso del Cerebro Acelerado”.

Inés aplaudió en silencio, como en un teatro.

—Yo seré… —buscó rápido entre los peluches y encontró una tortuga de felpa—. La tortuga Martina. Experta en ir despacio.

La tortuga tenía cara de no haber tenido prisa en su vida.

Lara consultó su libreta.

—Norma cuatro: queda prohibido el “bruuuum” del cerebro. Si te vienen pensamientos como motos, se les pone casco y se les manda al garaje.

—¿Y dónde está el garaje? —preguntó Inés, moviendo a Martina.

—Debajo de la almohada. —Lara levantó la suya—. Mira, aquí se aparcan las preocupaciones.

El Calcetín Detective olfateó el aire, dramático.

“Hmmm… huelo… a lista de tareas.”

Inés hizo hablar a la tortuga:

“Yo huelo a sueño. Tiene aroma a manta calentita.”

Lara se acercó a la mesilla, donde el móvil descansaba como un ojo brillante.

—Norma cinco: el móvil se convierte en una piedra. —Lo tapó con un pañuelo—. Piedra silenciosa. Piedra que no hace “pling”. Si hace “pling”, pierde su carné de piedra.

Inés susurró:

—Pobre móvil. ¿Le va a dar pena?

—Le dará sueño. —Lara apagó la lámpara principal, dejando solo la luz suave de la luna-lámpara—. Y ahora, norma seis: “Ronda de tonterías cortas”.

—¿Eso qué es?

—Decir tres cosas absurdas para que la mente se ría y se suelte, como cuando aflojas un cordón.

Inés se acomodó en la cama de invitada, con la tortuga en brazos.

—Empieza tú.

Lara miró al techo y dijo con seriedad absoluta:

—Uno: los pepinos deberían tener cremallera para guardar secretos.

Inés soltó una risa que intentó frenar con la almohada.

—Dos: si los calcetines se pierden en la lavadora, es porque se van de vacaciones a la Isla del Suavizante.

Lara añadió:

—Tres: las nubes son ovejas con ganas de hacer cosquillas al sol.

Hubo un silencio pequeñito, de esos que no dan miedo, solo hacen espacio. Inés bostezó sin querer.

—¡Eh! —Lara levantó un dedo—. Bostezo elegante.

Inés repitió el bostezo, más fino, y murmuró:

—Ñuuuu…

—Ciudadana ejemplar. —Lara anotó algo en la libreta—. Siguiente fase: la Patrulla Anti-Bruuuum.

El Calcetín Detective “investigó” alrededor de la cabeza de Inés.

“¿Piensas en algo?” —preguntó.

Inés cerró los ojos un momento.

—Un poco… en lo de mañana. En la presentación. —Lo dijo bajito, como si no quisiera despertar a la preocupación.

Lara asintió. Se le notaba energética, pero ya más suave, como un ventilador en modo nocturno.

—Norma siete: si aparece una preocupación, se le ofrece una taza imaginaria de té y se le dice: “Gracias por venir, vuelve mañana en horario de oficina”.

Inés sonrió.

—Vale. Preocupación, gracias por venir… vuelve mañana.

La tortuga Martina, sabia, “dijo”:

“Y ahora, a dormir despacito.”

Capítulo 3: El Concurso del Susurro y la Guerra de las Almohadas Lentísima

La madre de Lara abrió un poco la puerta.

—¿Todo bien?

—Todo en modo tortuga, mamá —respondió Lara.

La puerta se cerró con un clic amable, como una caricia de madera.

Lara miró a Inés con ojos brillantes.

—Queda inaugurado el Concurso del Susurro.

—¿Competimos por quién susurra mejor? —Inés ya hablaba bajito sin darse cuenta.

—Sí. Pero con reglas. —Lara pasó otra página—. Norma ocho: susurrar como si estuvieras contando un secreto a una vela.

Inés miró la lámpara-luna.

—¿La luna se entera de secretos?

—La luna se entera de todo. Pero no chiva. —Lara guiñó un ojo—. Empieza.

Inés susurró:

“El queso… es una nube… que decidió quedarse en la nevera.”

Lara se llevó una mano a la boca para no reír fuerte.

—Muy bien. Mi turno: “Las zapatillas… sueñan… con carreras… pero se conforman… con paseos.”

La habitación se llenó de ese humor suave que no hace saltar, solo cosquillea por dentro. Lara se arrellanó y, sin aviso, tomó una almohada.

—Norma nueve: Guerra de Almohadas Lentísima.

—¿Lentísima? —Inés frunció el ceño, divertida.

—A cámara súper lenta. Si alguien va rápido, pierde y tiene que decir “Ñuuuu” tres veces seguidas.

Inés levantó su almohada como un escudo medieval, pero con funda de estrellas.

—Acepto.

Lara movió la almohada hacia Inés tan despacio que parecía un barco de algodón en alta mar. Inés respondió igual, y las almohadas se tocaron con un “pof” tan pequeño que daba risa.

—¡Eso fue un beso de almohada! —susurró Inés.

—¡Un choque diplomático! —susurró Lara.

Siguieron un par de “pof” lentos. En el tercero, a Inés se le escapó una risa más sonora.

—¡Alto! —Lara alzó la libreta como si fuera un árbitro—. Te has acelerado.

Inés se tapó la boca, culpable y contenta.

—Lo siento.

—Sanción: “Ñuuuu” triple.

—Ñuuuu… ñuuuu… ñuuuu… —Inés lo cantó como un tren que entra en un túnel.

Lara se dejó caer boca arriba.

—Esto funciona. Siento que mi cerebro está… como un gato estirándose.

Inés acomodó la tortuga Martina sobre la manta.

—Yo siento que mi cuerpo está… como un pan en el horno, pero en versión manta. Caliente y quieto.

Lara miró su libreta una última vez.

—Última norma por hoy. Norma diez: a partir de ahora, la voz baja se convierte en voz de nube. Suave, flotante… y si se te escapa una palabra grande, la conviertes en palabra pequeña.

Inés susurró:

—¿Y si digo “responsabilidad”?

—Se convierte en… “respira”. —Lara cerró la libreta con un golpe mínimo—. Listo.

Las dos se quedaron un momento escuchando la casa: un murmullo lejano, quizá la tele en otra habitación, quizá el viento. Nada urgente. Nada que corriera.

Capítulo 4: El Juicio de las Excusas y la Hucha del Mañana

Cuando ya parecía que el sueño estaba haciendo la maleta para mudarse a sus párpados, Inés abrió los ojos.

—Lara… ¿y si mañana me quedo en blanco?

Lara giró la cabeza despacio, sin dramatismos. Su energía seguía ahí, pero ahora iba en zapatillas.

—Ok. Se activa el Juicio de las Excusas.

—¿Eso suena peligroso?

—No, suena ridículo. —Lara sacó una moneda de chocolate de su bolsillo—. Esta es la jueza: Doña Cacao.

Inés se rió en silencio.

—¿Y qué juzga?

—Las excusas que no nos dejan dormir. Las escucha, les pone un sello y las manda a la Hucha del Mañana.

Lara colocó una cajita en la mesilla. Era una hucha con forma de cohete.

—Este cohete despega mañana. Hoy está en tierra. Norma once.

Inés miró la hucha como si fuera una solución con ventanitas.

—Mi excusa dice: “Si no lo haces perfecto, se van a reír”.

Lara levantó la moneda de chocolate.

—Doña Cacao dictamina: “Exageración con bigote”. —Hizo como si estampara un sello imaginario—. Al cohete.

Inés fingió meter la excusa en la ranura.

—Clink.

—Otra excusa —pidió Lara—. A ver.

Inés pensó un segundo.

“Si no repaso una vez más, todo se me escapa”.

—Doña Cacao dictamina… “Cerebro pegajoso de chicle”. —Lara bostezó, elegante—. Al cohete.

—Clink —repitió Inés, y se le relajaron los hombros, como si acabaran de quitarle una mochila.

Lara habló más bajo todavía:

—¿Notas algo?

—Sí… como si la cabeza tuviera más sitio.

—Es el espacio del descanso. —Lara acomodó la manta hasta la barbilla—. El descanso no es perder tiempo. Es recargarlo.

Inés susurró:

—Me gusta esa frase. Suena a… batería.

—Exacto. Y mañana, cuando estés delante de la clase, tendrás la batería al cien. Pero ahora… —Lara señaló el aire con el dedo, dibujando un círculo— …ahora estamos en horario de sueño.

Inés asintió. Sus párpados empezaron a pesar con una amabilidad insistente, como si dos gatitos se hubieran tumbado encima.

Lara añadió, como si fuera un último chiste para cerrar la puerta del día:

—Norma doce, bonus: si te entra un pensamiento nervioso, imagínalo con calcetines. Nadie puede dar miedo con calcetines.

Inés soltó una risita pequeñísima.

—Mi profe de mates con calcetines de lunares…

—Inofensiva. —Lara suspiró—. Ya está.

La habitación se volvió más lenta. Las palabras también.

Capítulo 5: El Paseo en Sueño por la Avenida de las Sábanas

Lara habló tan bajito que casi parecía que la luna-lámpara estaba leyendo en voz alta.

—Inés… si te duermes… te propongo… una última regla… pero ya… dentro del sueño.

—Dime… —murmuró Inés, con voz de nube.

—Regla final…: pasear sin prisa. —Lara cerró los ojos—. Como si el suelo… fuera una alfombra… que no quiere arrugarse.

Y, sin que nadie lo decidiera de golpe, las dos entraron en un sueño que empezó como empieza una canción: con una nota suave.

Caminaron —o lo sintieron— por una avenida larga hecha de sábanas blancas que se ondulaban como olas tranquilas. A los lados, almohadas gigantes eran bancos blanditos. En una esquina, una farola de luz tibia tenía un cartel: “Avenida de las Sábanas. Velocidad máxima: susurro”.

Inés miró a Lara, sorprendida y encantada.

—¿Esto… lo has inventado tú?

—Creo… que lo ha inventado… el descanso —respondió Lara, y en el sueño su voz sonaba como algodón.

El Calcetín Detective apareció con una mini lupa.

“Caso resuelto: el Cerebro Acelerado… se ha convertido… en cerebro en patinete… con freno.” —Se ajustó un sombrerito imaginario.

La tortuga Martina avanzó al lado de ellas, dejando huellitas que eran pequeñas comas, como si el suelo estuviera escribiendo una frase lenta.

Pasaron por una tienda que vendía bostezos elegantes en frascos. Había uno etiquetado “Bostezo con brillo” y otro “Bostezo silencioso, edición limitada”. Lara señaló un frasco diminuto.

—Ese… es para emergencias —susurró—. Cuando alguien… quiera hablar de patatas… a las diez.

Inés se rió, pero la risa salió acolchada, como una pelota de espuma.

Más adelante, un cohete-hucha despegaba despacito hacia el cielo de manta, llevándose las excusas dobladas en papelitos. Al pasar, el cohete dejó una estela de olor a chocolate.

—Mira —dijo Inés—. Se va.

—Mañana… volverá… como idea útil —respondió Lara—. Hoy… no.

Siguieron caminando. No había prisa. Cada paso parecía una palabra que se alargaba, cómoda, hasta volverse silencio.

En una plaza, la luna se sentó en un banco de almohada, como una vecina tranquila.

—Buenas noches —dijo la luna, con voz de lámpara bajita—. Gracias por respetar el tiempo de descanso.

Lara e Inés se miraron, orgullosas sin hacer ruido.

—Ñuuuu… —susurró Inés, muy largo, como un tren que llega a casa.

—Ñuuuu… —contestó Lara, y su “ñuuuu” fue aún más suave, casi un hilo.

La avenida de las sábanas se volvió un camino de nube. Luego, un punto de calma. Luego, nada que empuje, nada que tire.

Solo la sensación de estar a salvo, calentitas, y de que el descanso, por fin, había ganado con una sonrisa.

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Reglamento
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Presidenta vitalicia
Persona que manda en un grupo para siempre, sin cambiarse.
Solemnidad
Actitud seria y formal que muestra respeto o importancia en algo.
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Buscar información con cuidado para entender un problema o misterio.
Garaje
Lugar donde se guardan coches; aquí, imaginario, para poner pensamientos.
Ronda de tonterías cortas
Momento para decir cosas graciosas y breves que relajan la mente.
Susurrar
Hablar muy bajito, casi sin voz, para que solo alguien lo oiga.
Sanción
Castigo o consecuencia que se da por romper una regla.
Hucha
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