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Cuento divertido para dormir 11/12 años Lectura 13 min.

El cojín de musgo y el gato rey Pelusa

Nico descubre que su almohada parece un cojín de musgo y, con la ayuda de su amigo Bruno, la investiga, la cuida y la protege de curiosos como el gato Pelusa mientras intentan comprender su misterio.

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Hay tres personajes: Nico, niño de 9 años, cabello castaño corto, ojos grandes y curiosos, en pijama de rayas azules, sentado al borde izquierdo de la cama con un cojín verde de espuma llamado Pufi abrazado al pecho y mirada afectuosa; Bruno, niño de 10 años, cabello castaño algo revuelto, camiseta clara y pantalón de pijama, agachado a la derecha de la cama con una pequeña linterna con pegatinas de estrellas, sonriendo discretamente y mirando a Nico y Pufi; y Pelusa, gato gris y blanco con ojos amarillos entrecerrados, en el centro de la cama, ligeramente aplastado y con la cola enroscada, observando curioso. Ambientación: habitación infantil cálida con pared crema y póster de un parque, ventana que deja entrar una tenue luz azul nocturna, cama con colcha de rayas, mesita de madera con lámpara amarilla y suelo de parquet con juguetes esparcidos. Situación: escena nocturna tranquila y acogedora en tonos pastel verdes y azules, los chicos examinan el cojín como si fuera una criaturita con complicidad y humor tierno, luz suave de la lámpara y la linterna creando sombras leves y pequeñas burbujas de aliento "puf" sugeridas. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1

La noche se coló por la ventana como un gato silencioso, y Nico se quedó mirando su cama con cara de detective.

—Te lo digo, Bruno… hoy mi almohada está rara.

Bruno, que tenía diez años y once meses y lo repetía como si fuera un título nobiliario, se sentó en el borde del colchón.

—¿Rara cómo? ¿Como “me comí un calcetín” o como “sé un secreto”?

Nico apretó la almohada con las dos manos. No era la de siempre. Era más blandita, elástica, con un olor a bosque después de lluvia.

—Como… como un cojín de musgo.

Bruno abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir.

—¿Un cojín de musgo? ¿Has estado durmiendo en el jardín?

—No. Pero lo siento. Mira.

Nico hundió un dedo y la almohada respondió como si suspirara. “Puf”.

Bruno la tocó con cuidado, como si pudiera morder.

—Vale. Esto es… blandito. Y un poco cómico. ¿Seguro que no es una esponja disfrazada?

—Mi madre dice que hoy cambió las fundas. Eso es todo.

—Entonces tu almohada decidió ir de excursión y trajo una prima de musgo.

Nico se rió bajito. La risa sonó como cuando mueves canicas en un bolsillo.

—No quiero que sea peligrosa.

—¿Peligrosa? Nico, es una almohada. Lo más peligroso que puede hacer es… —Bruno pensó— …darte un sueño raro con patatas cantantes.

Nico se quedó mirando la almohada. Le parecía amigable. Como una nube que hubiera leído instrucciones.

—Lo que pasa es que… siento que tengo que cuidarla.

—¿A una almohada?

—A un cojín de musgo. Es distinto.

Bruno se encogió de hombros.

—Vale, caballero guardián del musgo. Hagamos una inspección. Sin drama. Sin monstruos. Con humor, por favor.

Capítulo 2

Los dos se deslizaron por el pasillo en calcetines, que es una forma muy seria de moverse cuando no quieres despertar a nadie. La casa olía a jabón y a cena de hace horas.

Nico llevaba el cojín de musgo pegado al pecho, como si fuera un premio.

—Si mi padre nos ve…

—Diré que estamos entrenando para ser ninjas de la limpieza —susurró Bruno—. Eso siempre suena responsable.

En la cocina, la luz de la nevera los bañó de azul cuando Nico la abrió. Dentro había un yogur, una botella de agua y una nota que decía: “Mañana, excursión. No olvides la mochila”.

Bruno señaló la nota.

—La casa también deja pistas. Es una casa detective.

Nico apoyó el cojín sobre la mesa. De cerca, tenía pequeñas fibras verdes que parecían pelitos de planta, y un par de hojitas pegadas como si fueran adornos.

—¿Ves? Musgo.

Bruno acercó la nariz.

—Huele a paseo. A “me perdí cinco minutos y no pasó nada”.

Nico sonrió, pero seguía inquieto.

—¿Y si se seca? ¿Y si necesita agua? ¿Y si le da sed de almohada?

Bruno puso cara de científico improvisado.

—Las almohadas no beben. Pero… el musgo sí. O eso creo. Una vez vi musgo en una piedra y no parecía tener vaso.

—Quizá bebe por las ideas.

—Entonces está bien. Tú tienes ideas de sobra.

Nico se enderezó un poco, como si le hubieran subido el volumen a la confianza.

—Podemos hacerlo bien. Podemos cuidarlo sin montar un lío.

Bruno levantó un dedo.

—Plan: lo investigamos, lo entendemos, lo devolvemos a la cama y dormimos como campeones. Y si habla, le ponemos un nombre.

—¿Puede hablar?

—Todo puede hablar si estás medio dormido.

Los dos se quedaron en silencio un segundo, como si escucharan. El cojín hizo otro “puf” suave, quizá por culpa del aire.

—Ha dicho “puf”.

—Eso es “hola” en idioma almohada —dictaminó Bruno—. Responde.

Nico, muy serio, susurró:

—Hola, señor Musgo.

Bruno se tapó la boca para no reír demasiado fuerte, porque la risa nocturna despierta adultos con superpoderes.

—Esto va a ser una gran misión. Una misión blandita.

Capítulo 3

De vuelta en el cuarto, Nico se sentó en el suelo con el cojín delante, como si fuera una mascota vegetal. Bruno sacó una linterna pequeña que tenía pegatinas de planetas.

—Modo exploración —dijo.

La luz reveló algo raro: una etiqueta cosida al borde.

Nico la leyó en voz baja:

“Cojín de espuma… modelo Bosque Feliz”.

Bruno chasqueó la lengua.

—¡Ah! Entonces no es musgo de verdad. Es espuma con vocación de musgo.

Nico parpadeó.

—¿Espuma?

—Sí. Espuma. Como… como una nube que decidió hacerse útil.

Nico la apretó otra vez. “Puf”.

—Pero parece vivo.

Bruno se acomodó contra la cama.

—Parece vivo porque tú eres leal. Eso es lo que te pasa. Ves una cosa blandita y ya quieres protegerla del universo.

Nico se rascó la nuca.

—No quiero ser bobo.

—No es bobo. Es… —Bruno buscó la palabra— …valiente en versión suave.

Nico soltó una risita.

—¿Y si igual necesita algo? La etiqueta dice “Bosque Feliz”. Igual se pone triste si no ve bosque.

—Podemos enseñarle un bosque. Fácil. —Bruno apuntó con la linterna hacia la pared, donde había un póster de un parque con árboles altos—. Mira. Bosque de papel.

Nico acercó el cojín al póster.

—¿Te gusta? —preguntó, como si de verdad esperara respuesta.

La espuma hizo “puf” otra vez, justo cuando Bruno estornudó.

—¡Aaaa… achís!

Nico dio un salto.

—¡Ha estornudado él!

Bruno se quedó congelado, luego se echó a reír en silencio, con los hombros temblando.

—No, Nico. He sido yo. Aunque… sería increíble que tu cojín estornudara.

Nico se llevó una mano al pecho.

—Casi me da un susto… pequeñito. Un susto de almohada.

Bruno guiñó un ojo.

—Quiproquo número uno: el estornudo misterioso. Vamos bien.

Nico se calmó y, por primera vez, se sintió un poco orgulloso.

—Vale. Estoy controlando la situación.

—Exacto. Confianza. Eres el capitán de la Blandura.

Nico levantó la barbilla.

—Capitán de la Blandura, a sus órdenes.

Capítulo 4

El problema empezó cuando el gato de la casa, Pelusa, decidió que todo lo verde era sospechoso y, por tanto, interesante. Entró al cuarto sin pedir permiso, moviendo la cola como un signo de exclamación.

—Oh no —susurró Bruno—. Viene el inspector Pelusa.

Pelusa olfateó el cojín de espuma-mundo-bosque y lanzó un “miau” que sonó a: “Esto es mío”.

Nico se adelantó, fiel a su misión.

—Pelusa, no. Es un cojín especial.

Pelusa respondió con una mirada de rey.

Bruno intentó negociar.

—Pelusa, te ofrezco… —buscó en su bolsillo— …una goma de borrar con sabor a nada.

Pelusa bostezó, despreciando el trato.

Entonces, Nico tuvo una idea brillante y un poco ridícula: colocó el cojín de musgo dentro de una funda de almohada normal, blanca, para camuflarlo.

—Listo. Ahora parece una almohada corriente.

Bruno aplaudió en silencio.

—Genial. Operación “musgo incógnito”.

Pelusa se acercó igual, porque Pelusa no era tonto. Saltó a la cama y se sentó encima del bulto blanco, aplastándolo con solemnidad.

—Se ha sentado en… mi misión —dijo Nico, sin saber si reír o llorar.

Bruno observó a Pelusa como si fuera un acertijo.

—Mira su cara. Está convencido de que acaba de conquistar un país.

Nico respiró hondo, se acordó de que no quería hacer drama y habló con voz tranquila.

—Pelusa, baja. Por favor.

Pelusa parpadeó despacio. No bajó.

Bruno susurró:

—A los gatos les gusta la calma. Si gritas, ganas cero puntos. Si confías, igual te hace caso… dentro de tres o cuatro años.

Nico tragó saliva y se mantuvo sereno, sorprendiéndose a sí mismo.

—Pelusa, ven. Te rasco detrás de la oreja.

El gato, traidor profesional, se levantó al instante. Nico lo rascó un segundo, Pelusa ronroneó como una moto pequeñita y se fue, satisfecho, como si hubiera hecho un favor.

Bruno se inclinó hacia Nico.

—¿Lo ves? Confianza y paciencia. Eres una manta humana de tranquilidad.

Nico recuperó el cojín, lo sacó de la funda y lo revisó como un médico de almohadas.

—Está bien. Sigue haciendo “puf”.

—Eso significa que sobrevivió al Reino de Pelusa —dijo Bruno—. Quiproquo número dos: el gato cree que es rey, y tú casi te crees su sirviente.

Capítulo 5

Con el cuarto otra vez en calma, los dos se tumbaron en el suelo, mirando el techo.

—¿Y si mañana mi madre pregunta por la almohada? —dijo Nico—. La de siempre, la de plumas… esta es de espuma.

Bruno se giró de lado.

—Dile la verdad: que tu almohada se fue de vacaciones y volvió con un disfraz verde.

Nico soltó una carcajada bajita.

—Se va a reír de mí.

—No. Se va a reír contigo. Hay diferencia.

Nico apretó el cojín contra la mejilla. Era fresco, cómodo, como si guardara un secreto divertido.

—Me gusta. Me da… como seguridad.

Bruno asintió.

—A veces, las cosas raras terminan siendo las mejores. Como cuando te equivocas de clase y descubres que el profe de al lado cuenta chistes.

Nico miró hacia la ventana. La calle estaba quieta. Parecía que el mundo también se estaba preparando para dormir.

—¿Sabes qué me pasa? —dijo—. Cuando algo cambia, pienso que lo voy a hacer mal.

Bruno se quedó serio, pero no pesado.

—Tú haces bien muchas cosas. Y cuando no, las arreglas. Eso también cuenta.

Nico respiró, y el aire le pareció más ligero.

—Entonces puedo cuidar el cojín… aunque no sea musgo de verdad.

—Claro. Además, la espuma no se ofende si no le cantas —dijo Bruno—. Aunque podríamos cantarle igual. Una canción muy corta.

Nico frunció el ceño, divertido.

—No sé cantar.

—Perfecto. Entonces será cómica.

Y cantaron, en susurros, una melodía inventada y absurda:

“Co-jín, co-jín, no te comas mi calcetín…”

Nico se tapó la boca para no explotar de risa.

—Eso no tiene sentido.

—Por eso funciona antes de dormir —contestó Bruno—. El sentido se va a poner el pijama.

El cojín hizo “puf”, como si aplaudiera sin manos.

Nico lo miró y dijo:

—Creo que ya sé su nombre.

—¿Cuál? —preguntó Bruno, curioso.

—Pufi.

Bruno levantó el pulgar.

—Nombre oficial. Buenísimo.

Capítulo 6

La casa estaba tan tranquila que hasta los ruidos eran suaves. El armario crujió una vez, como si se estirara. Un coche lejano pasó y se fue, como un pensamiento que no quiere molestar.

Nico colocó a Pufi en su cama, justo donde debía estar.

—Bien. Aquí. Con tu funda. Con tu… bosque de papel cerca.

Bruno se levantó despacio.

—Misión cumplida. Y sin despertar a nadie. Somos leyendas silenciosas.

Nico se metió bajo las sábanas, pero todavía se quedó mirando al techo, como si repasara la aventura.

—Bruno…

—¿Sí?

—Gracias. Pensé que iba a hacer el ridículo.

Bruno se encogió de hombros, cómodo.

—Hiciste un ridículo útil. El mejor tipo.

Nico sonrió, sintiéndose más grande por dentro.

—Creo que puedo con cosas raras.

—Claro que puedes —dijo Bruno, y su voz ya sonaba más lenta, como una hamaca—. Si un cojín te parece musgo, lo investigas, lo nombras y lo proteges del gato rey. Eso es talento.

Nico apoyó la cabeza en Pufi. La espuma cedió, amable.

—Buenas noches, Capitán de la Blandura —murmuró Bruno, ya medio dormido en el colchón de al lado, porque esa noche se había quedado a dormir.

—Buenas noches, Duque de los Once Meses —respondió Nico.

Bruno hizo un ruido que podría ser una risa o un bostezo.

La habitación se fue apagando por dentro. Los pensamientos, antes rápidos, comenzaron a caminar en puntillas. Nico sintió el peso bueno del sueño, como una mano cálida en el hombro.

Entonces, sin prisa, la manta subió hasta su barbilla. Cubrió su cuerpo como una promesa sencilla, como si dijera: “Aquí estás a salvo”. Nico se acomodó, cerró los ojos, y la cobertura que cubre terminó de cubrirlo.

Y Pufi hizo un último “puf”, contento, mientras todo quedaba en calma.

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Musgo
Planta pequeña que crece en lugares húmedos y verdes, como piedras o troncos.
Vocación
Ganas o inclinación fuerte de hacer algo o dedicarse a una actividad.
Camuflarlo
Esconder o vestir algo para que pase desapercibido o parezca otra cosa.
Ronroneó
Ruido suave y constante que hace un gato cuando está tranquilo o contento.
Solemnidad
Actitud seria y digna, como cuando algo se hace con mucho respeto.
Misión
Tarea importante que alguien debe cumplir o una acción con un objetivo claro.
Confianza
Sentimiento de seguridad en uno mismo o en otra persona, creer que todo irá bien.
Etiqueta
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