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Cuento divertido para dormir 11/12 años Lectura 19 min.

El bote del ruido y el silencio cómodo

Clara descubre un tarro que guarda ruidos y, junto a su amiga Nora y la abuela Pilar, prepara un plan ingenioso para controlar las travesuras sonoras y devolver la calma a su casa.

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Una niña de 12 años, Clara, rostro concentrado y calmado, ojos grandes, cabello castaño en coleta, con pijama de rayas, sostiene una gran jarra de cristal etiquetada «RUIDO» y enrolla una goma gruesa alrededor del tapón con guantes de cocina a rayas; otra niña de 12 años, Nora, expresión traviesa y dulce, cabello corto y despeinado, con calcetines desparejados, se agacha junto a Clara sosteniendo un pequeño cojín «mullidor» listo para deslizarse entre el tapón y el borde; la abuela Pilar, de unos 70 años, sonriente con el pelo gris en moño, está al fondo junto a la puerta ofreciendo una bolsita de tela y observando con benevolencia; la escena transcurre en una habitación infantil cálida y ordenada (escritorio de madera clara, estanterías con libros, lámpara de noche naranja, cojines, caja de música y una ventana con cielo nocturno azul profundo y estrellas); situación principal: momento íntimo y silencioso en que las niñas, en ropa de noche pero listas para la misión, colocan el cojín entre el tapón y la jarra para cerrar el «ruido», con atmósfera acogedora, gestos precisos y tensión suave transformada en calma. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La reina de las listas

A Clara, con doce años recién estrenados y una coleta que parecía un signo de exclamación, le encantaba el orden. No era que odiara el caos; solo prefería que el caos estuviera en una caja, con etiqueta, y si podía ser por colores, mejor.

Esa tarde, sentada en su escritorio, revisaba su “Plan Maestro para una Tarde Perfecta”:

1) Merendar.

2) Hacer deberes.

3) Preparar mochila.

4) Leer diez páginas.

5) Dormir como un koala feliz.

Todo iba estupendamente… hasta que apareció el ruido.

Primero fue un “¡BZZZ!” de móvil en la cocina. Luego un “¡PUM!” de la puerta del vecino. Después, el perro de la señora Loli decidió practicar ópera: “¡GUAU-GUAU-GUAAAAU!”

Clara respiró hondo, como le había enseñado su abuela: aire dentro, aire fuera, cara de persona tranquila… pero el ruido seguía haciendo piruetas.

—Esto no está en mi lista —murmuró.

Entonces escuchó algo aún más raro: un pequeño susurro, como si alguien agitara un bote de canicas invisibles.

Venía del armario.

Clara abrió la puerta con cuidado. Dentro, entre una bufanda y una caja de zapatos, brillaba un tarro de cristal. En la tapa, un dibujo: una oreja sonriente y, debajo, escrito con rotulador: “BOTE DEL RUIDO. NO ABRIR (o sí, pero luego no te quejes)”.

—¿Desde cuándo tenemos esto? —preguntó Clara al armario, porque a veces el armario parecía saber cosas.

El tarro vibró, como un teléfono con hipo. Y, muy bajito, dijo:

—Si me desenroscas, te hago cosquillas en la cabeza.

Clara se quedó quieta.

—¿Quién habla?

—Yo, el ruido. O mejor dicho, su bote oficial. La gente no lo sabe, pero el ruido también se guarda. Como las galletas.

Clara, que era organizada pero también curiosa, se acercó. La tapa tenía un relieve extraño, como una rosca enorme. Parecía… un tapón.

Un tapón del ruido.

—Vale —susurró—. Si esto existe, también debe existir… el silencio.

El tarro soltó una risita metálica: “clin-clin”.

—Silencio hay, pero se escapa fácil. Soy como una botella de refresco: si me abres de golpe, ¡PSSS! y todo el mundo se entera.

Clara miró el tarro, luego su lista, luego el reloj.

—Tengo una tarde perfecta que salvar —dijo—. Así que… voy a desenroscar el tapón del ruido. Pero con método.

Y, como toda decisión importante, lo primero que hizo fue escribir un punto nuevo en su lista:

6) Desenroscar el tapón del ruido (con cuidado y con ayuda).

Capítulo 2: Un plan y una amiga con calcetines desparejados

Clara sabía exactamente a quién llamar cuando algo era raro pero no daba miedo: a su mejor amiga, Nora. Nora siempre llevaba calcetines desparejados “porque así los pies no se aburren” y tenía un talento especial para encontrar lo divertido en lo imposible.

Cuando Nora llegó, olía a colonia de chicle y traía una linterna.

—¿Para qué es la linterna? —preguntó Clara.

—Para dar seriedad al asunto —contestó Nora, encendiendo la luz y apuntando al techo como si fuera una detective de película—. Ahora dime: ¿qué monstruo doméstico te está atacando?

Clara la llevó al armario. Nora se agachó, vio el tarro y abrió la boca como si hubiera encontrado un tesoro.

—¡Un bote de ruido! —dijo en voz alta.

El tarro vibró molesto.

—¡Shhh! —susurró Clara—. Si se pone nervioso, suena más.

Nora bajó el volumen de su emoción.

—Perdón, señor tarro. Yo solo quería decir… “¡guau!” en silencio.

Clara explicó todo: los ruidos de la casa, el susurro del tarro, la etiqueta, el tapón. Nora escuchó con ojos enormes, como dos platos de sopa.

—Entonces el plan es simple —dijo Nora—. Lo desenroscamos.

—Con método —corrigió Clara, sacando una hoja—. Mira: necesitaremos guantes, una toalla, y… un acuerdo de amistad.

—¿Un qué?

Clara levantó la hoja como si fuera un contrato importante.

—Si algo sale raro, no salimos corriendo sin la otra. Prometido.

Nora hizo un saludo militar con su calcetín verde.

—Prometido. Además, si corremos, lo haremos sincronizadas. Eso cuenta como orden.

Se pusieron guantes de cocina. Nora eligió los de patitos. Clara, los de rayas. Rodearon el tarro con la toalla como si fuera un bebé muy delicado y un poco cascarrabias.

El tarro carraspeó: “ejem-clin”.

—Aviso —dijo con voz de tapa vieja—: si me desenroscáis, el ruido sale en forma de… cosas. No siempre son sonidos. A veces son ideas ruidosas. O estornudos con eco.

—Lo haremos despacio —aseguró Clara—. Como cuando abres una botella de gaseosa en una biblioteca.

—¿Hay bibliotecas con gaseosa? —preguntó Nora.

—En mi cabeza, sí —respondió Clara.

Nora colocó la linterna apuntando al tarro para “darle ambiente”. Clara puso una regla al lado, por si necesitaba medir algo, porque medir siempre la tranquilizaba.

—A la de tres —dijo Clara—. Uno… dos…

—¡Tres y medio! —añadió Nora, porque le gustaban los números con sorpresa.

Clara empezó a desenroscar.

La tapa hizo “cric-cric”.

Y el mundo se preparó para… lo que fuera que hiciera el ruido cuando se quedaba sin tapón.

Capítulo 3: El ruido se escapa… y hace comedia

En cuanto la tapa giró un poco más, algo invisible saltó del tarro como un muelle.

—¡PÁF! —sonó, y de pronto el cojín de la silla empezó a contar chistes.

—¿Por qué el lápiz estaba triste? —dijo el cojín con voz de abuelo—. ¡Porque lo dejaron sin punta!

Nora se rió tan fuerte que se mordió la risa para que no creciera.

Clara se quedó con la tapa a medio desenroscar.

—Eso… no es normal —dijo.

—Es graciosísimo —susurró Nora—. Pero también un poco… ruidoso.

El tarro se agitó como una lavadora de canicas. De él salieron más cosas: un “¡TIN!” que hizo bailar las cucharas en el cajón, un “¡TAC!” que convirtió el reloj en un tambor pequeño, y un “¡ÑIIII!” que se pegó a la puerta como una pegatina sonora.

—¡Eh, eh! —protestó Clara—. ¡Quieta, puerta! ¡No estás en una banda!

La puerta respondió con un pequeño “clonc” orgulloso.

Nora, sin perder la calma, se acercó al tarro y habló como si fuera un animal asustado.

—Señor ruido, ¿podemos negociar? A Clara le cuesta dormirse si todo hace… esto.

El tarro soltó un “jijijí” que parecía un cascabel.

—Yo no duermo —dijo—. Yo hago cosquillas al aire. Soy el “¡hey!” del mundo. Pero… si queréis, puedo concentrarme. Siempre que encontréis el tapón adecuado.

Clara apretó los labios. Era su momento. Organizadísima, sacó su estuche y, con una calma de jefa de biblioteca, dijo:

—Necesitamos volver a enroscarlo. Pero la rosca está resbaladiza.

—¡Tengo una idea! —susurró Nora—. ¡Ponle una etiqueta! Las etiquetas dan autoridad.

Clara ya tenía una.

Sacó una pegatina y escribió rápido: “RUIDO: POR FAVOR, EN FILA”.

La pegó en el tarro. Durante un segundo, el tarro se quedó quieto, como si estuviera leyendo.

Y, sorprendentemente, los sonidos que escapaban empezaron a salir en turnos: primero un “tic”, luego un “toc”, luego un “achís” con voz educada.

—¡Funciona! —dijo Nora.

—Las etiquetas siempre funcionan un poco —respondió Clara, orgullosa, aunque el “achís” del armario le hizo cosquillas en la nariz.

Pero aún quedaba un problema: la tapa no quería volver. Parecía tener vida propia. Giraba y giraba, y el tarro hacía “brrr”.

—Necesitamos… agarre —dijo Clara.

Miró alrededor. Su vista se posó en algo perfecto: una goma elástica grande, de las que sujetaban paquetes de cartas.

—¡La Goma Suprema! —anunció Nora en voz muda, dramatizando con la linterna.

Clara rodeó la tapa con la goma. Mejoró el agarre. Respiró.

—Ahora sí —dijo.

Intentó enroscar.

La tapa hizo “cric”.

Y entonces, desde dentro, una voz susurró con descaro:

—Si me cierras, te perderás la parte divertida.

Nora y Clara se miraron.

—La parte divertida ya está aquí —dijo Nora, señalando al cojín que seguía contando chistes malos.

—Sí —añadió Clara—, pero yo quiero una parte divertida… que no impida dormir.

El tarro suspiró con sonido de flauta desafinada.

—Entonces necesitáis el “bouchón del ruido” en modo nocturno.

—¿Modo nocturno? —repitió Clara.

—Sí —dijo el tarro—. Un tapón especial. Lo tiene… quien más sabe de silencio.

Nora levantó la linterna como si hubiera entendido el misterio.

—¿Tu abuela?

Clara pensó en la abuela Pilar, que hablaba bajito pero mandaba muchísimo con una sola ceja.

—Mi abuela sabe hacer callar a una televisión solo con mirarla —dijo Clara—. Vale. Vamos.

Pero antes de irse, Clara apretó con cuidado la tapa lo suficiente para que el ruido quedara “medio dentro, medio fuera”.

El cojín terminó su chiste con un suspiro.

—Esto es un avance —dijo Clara, anotándolo mentalmente—. Vamos a por el tapón nocturno.

Capítulo 4: La abuela Pilar y el secreto del tapón nocturno

La casa de la abuela Pilar olía a galletas y a calma. Una calma tan espesa que casi se podía untar en una tostada. Cuando Clara y Nora entraron, incluso sus zapatillas parecieron caminar en puntillas por respeto.

La abuela estaba en el sofá, tejiendo algo que podría ser una bufanda o una serpiente amable.

—Hola, abuela —dijo Clara, bajando la voz sin darse cuenta.

—Hola, mis dos torbellinos —respondió la abuela, sonriendo—. ¿Por qué venís con cara de “me he peleado con un tambor”?

Nora señaló el bolso de Clara, de donde salía un tímido “tic-toc” como si llevara un reloj nervioso.

—Tenemos un… tarro —dijo Nora—. Un tarro que suena.

La abuela dejó las agujas.

—Ah —dijo, como quien recuerda dónde dejó las llaves—. El bote del ruido. Pensé que lo habían perdido hace años.

Clara abrió mucho los ojos.

—¿¡Es tuyo!?

—Fue de mi madre, y antes de mi abuela —explicó Pilar—. En mi familia guardamos cosas raras. Una vez heredamos un paraguas que solo se abría cuando llovía… en serio. Muy práctico y muy pesado de carácter.

Nora se mordió los labios para no reír.

—Abuela —dijo Clara—, necesitamos el tapón nocturno. Para dormir.

La abuela asintió despacio, con esa calma que parecía un “shhh” gigante.

—El tapón nocturno no es una pieza distinta —dijo—. Es una manera distinta de cerrarlo.

—¿Cómo? —preguntó Clara, frustrada y curiosa a la vez.

La abuela se levantó y caminó hacia una vitrina. Sacó una pequeña bolsita de tela. Dentro había… una almohadilla diminuta, como un mini cojín.

—Esto se llama “mullidor” —dijo la abuela—. No tapa el ruido a lo bruto. Lo invita a hablar bajito.

Clara lo tocó. Era suave, como pelaje de gato que ha decidido ser amable.

—¿Y funciona? —preguntó Nora.

La abuela guiñó un ojo.

—Funciona si se usa con amistad. Porque el ruido, cuando se siente solo, grita. Pero cuando sabe que lo escuchan un poquito, se calma.

Clara miró a Nora. Nora miró a Clara.

—¿Tenemos que… escuchar al tarro? —susurró Clara.

—Un minuto —dijo la abuela—. Un minuto de atención puede ahorrar una noche entera de “¡PUM!” y “¡ÑIIII!”.

La abuela se acercó al bolso de Clara, que seguía “tic-toc”. Puso la mano encima como quien acaricia a un perro nervioso.

—Ruido —dijo, sin enfadarse—. Ya te hemos visto. Ya sabemos que existes. Ahora toca descansar.

El bolso se quedó quieto. Como si hubiera exhalado.

Clara sintió un cosquilleo en el pecho. Era raro: el problema parecía menos enorme solo porque alguien lo trataba con tranquilidad.

La abuela entregó el mullidor.

—Poned esto entre la tapa y el borde, y girad despacio. Y cuando lo hagáis, pensad en un sonido amable. Un sonido que no moleste.

Nora levantó la mano.

—¿Vale el “crunch” de una galleta?

—Vale —dijo la abuela—, pero sin hambre.

Clara sonrió.

—Gracias, abuela.

—Y una cosa más —añadió Pilar—. El silencio perfecto no existe. Pero sí existe el silencio cómodo, el que deja espacio para soñar.

Clara guardó el mullidor. Salieron con cuidado. Al cruzar la puerta, incluso la calle pareció hablar más bajito, como si no quisiera estropear el plan.

Capítulo 5: Operación “Silencio cómodo”

De vuelta en casa, Clara colocó el tarro en el escritorio como si fuera un objeto sagrado y un poco travieso. Nora apagó la linterna y dijo:

—Ahora sí que esto parece una misión secreta.

El tarro, desde el bolso, hizo un “ejem”.

—Estoy aquí, ¿eh?

Clara lo sacó. El cojín ya no hablaba, pero todavía se oía, de lejos, una cuchara haciendo “tin-tin” como si ensayara para un concierto pequeño.

Clara respiró y siguió pasos como si estuviera montando un mueble:

Paso 1: Toalla alrededor.

Paso 2: Goma elástica para agarrar.

Paso 3: Mullidor entre tapa y borde.

Paso 4: Pensar en un sonido amable.

—Galleta —susurró Nora, cerrando los ojos.

Clara pensó en otro: el pasar de una página, ese “fshhh” que suena a aventura tranquila.

—A la de tres —dijo Clara—. Uno… dos…

—Tres y medio —añadió Nora, sin fallar a su tradición.

Clara giró la tapa despacio. El tarro vibró, pero esta vez como un gato ronroneando, no como una lavadora.

—¿Qué hacéis? —preguntó el tarro, curioso.

—Te estamos poniendo pijama —dijo Nora.

El tarro hizo un sonido sorprendido: “plin”.

Clara apretó un poco más. El mullidor se comprimió. Y, en vez de salir ruidos saltarines, empezó a salir una brisa sonora muy suave, como si alguien estuviera bajando el volumen del mundo con una rueda invisible.

El reloj dejó de tamborilear. El cajón de las cucharas se quedó quieto. La puerta soltó un último “clonc” tímido, como despedida.

—Oh —dijo el tarro, con voz más pequeña—. Esto… esto es diferente.

—Es modo nocturno —respondió Clara—. Es… silencio cómodo.

—No me gusta estar solo —confesó el tarro, y por primera vez sonó un poco triste—. Cuando nadie me hace caso, hago berrinche.

Nora se inclinó hacia él, muy seria.

—Te haremos caso un minuto al día —prometió—. Un minuto para que cuentes tus cosas. Pero por la noche, nos dejas dormir.

Clara asintió.

—Y cuando haya fiesta, te soltamos un poquito —añadió—. Con etiqueta. En fila.

El tarro se quedó callado, pensando, como si tuviera una reunión interna.

Luego dijo:

—Trato.

Clara terminó de enroscar. La tapa quedó firme, con el mullidor puesto. No era un cierre duro; era como cerrar una manta alrededor de un sonido cansado.

La habitación se acomodó. El aire parecía más limpio. Incluso la luz de la lámpara se volvió más suave, como si también quisiera bostezar.

—¡Lo logramos! —susurró Nora, dando un salto pequeñito que no hizo ruido, lo cual fue todo un logro para ella.

Clara miró su lista y añadió:

7) Hacer las paces con el ruido.

Nora miró el tarro y preguntó:

—¿Y si mañana vuelve a gritar?

Clara se encogió de hombros.

—Entonces hacemos lo mismo. Con calma. Y juntas.

El tarro soltó un “plin” contento, tan pequeño que casi parecía un pensamiento.

Capítulo 6: El high-five más silencioso del mundo

La noche se acomodó despacito en la habitación de Clara. Nora se quedó un rato, sentada en la alfombra, jugando a hacer sombras con las manos, pero sin la linterna, porque la linterna era demasiado emocionante para la hora de dormir.

Clara se puso el pijama y dobló la ropa con precisión. Cada prenda quedó como un cuadrado tranquilo. Luego se metió en la cama.

—¿Te leo una página? —preguntó Nora.

—Diez —corrigió Clara, pero ya sonaba más blanda, como si las palabras tuvieran almohadas.

Nora abrió el libro y leyó con voz baja. Las frases eran como barquitos de papel navegando en un charco cálido. Afuera, un coche pasó, pero sonó lejano, como si tuviera calcetines en las ruedas.

Clara miró el tarro en el escritorio. No vibraba. Estaba quieto, descansando en su propio “modo pijama”. Parecía satisfecho.

Cuando Nora terminó, cerró el libro con cuidado.

—Misión cumplida —susurró.

Clara asintió, ya con los ojos medio cerrados.

—Gracias por no salir corriendo —murmuró—. Ni siquiera cuando el cojín contó chistes malos.

—Por favor —dijo Nora—. Yo escucharía chistes malos de un cojín solo por verte poner una etiqueta que diga “RUIDO: EN FILA”.

Clara soltó una risita silenciosa. Luego, en la penumbra, levantó la mano.

Nora levantó la suya también.

Se miraron como dos cómplices a punto de sellar un pacto.

Y chocaron las palmas en un high-five tan silencioso que, si el aire hubiera tenido orejas, habría sonreído sin hacer “¡PÁF!”, solo con un “nada” muy suave.

Clara se acomodó. Las frases en su cabeza se hicieron más largas, más tranquilas, como una manta que cae despacio y encaja en los bordes. El silencio cómodo la rodeó sin apretar. En algún lugar, dentro del tarro, el ruido bostezó y se arropó.

Y así, con la amistad haciendo guardia y el mundo bajando el volumen, Clara se durmió como un koala feliz.

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Coleta
Pequeña cola de pelo recogida, como un lazo detrás de la cabeza.
Piruetas
Giros rápidos y vistosos que hace algo o alguien en el aire o sobre sí.
Susurro
Hablar muy bajo, casi sin sonido, para que pocos lo oigan.
Rotulador
Bolígrafo gordo que pinta con tinta de color y sirve para escribir grande.
Tarro
Recipiente de cristal con tapa que guarda cosas dentro.
Tapón
Parte que cierra la boca de un envase para que no salga lo de dentro.
Carraspeó
Hizo un ruido seco en la garganta para aclararla antes de hablar.
Resbaladiza
Que cuesta agarrar porque se mueve o patina con facilidad.
Mullidor
Pequeña almohadilla que ablanda y ayuda a que algo cierre más suave.
Vitrina
Mueble con puertas de cristal donde se muestran objetos para verlos.
Exhaló
Soltó aire de forma profunda, como cuando se relaja o suspira.
Berrinche
Rabieta fuerte y exagerada que hace alguien cuando no consigue algo.
Desenroscas
Acción de quitar una tapa girándola en sentido contrario a su cierre.
Modo nocturno
Forma de funcionamiento pensada para la noche, más tranquila o suave.
Etiqueta
Pieza de papel o pegatina que pone un nombre o aviso en algo.

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