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Cuento divertido para dormir 11/12 años Lectura 16 min. Disponible en audiocuento

Brin y la capa que abrazaba demasiado

Brin, un pequeño dragón de nube obsesionado con las capas, emprende una noche de aventuras con sus amigos para aprender a equilibrar sus deseos heroicos y resolver un misterioso problema de ronquidos en el bosque.

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Un pequeño dragón-nube azul pálido, dulce y redondeado, avergonzado pero decidido, con vapor de vainilla saliendo de la nariz, lleva una gran manta a rayas rojas y amarillas como capa, medio sobre la cabeza, y una corona de flores torcida; una ardilla vivaz de pelaje rojizo y bufanda amarilla, traviesa y risueña, tira suavemente del borde de la manta desde la derecha, posada en una piedra; un gran tejón esponjoso, marrón oscuro y crema, dormido en el mirador con una corona de flores torcida y ronquidos visibles, algo sorprendido, recostado detrás del dragón; un armadillo serio con casco de cacerola y una escoba larga como lanza, de pie más abajo en los peldaños, con aire severo y divertido; el mirador es una plataforma circular de madera en un pequeño belvedere, iluminada por luciérnagas amarillas como guirnaldas, con barandilla tallada, hojas caídas y una gran luna redonda al fondo; escena cómica y tierna: el dragón intenta parecer heroico pero está enredado en su manta-capa, ambiente dulce, divertido y sereno, texturas gráficas nítidas, colores cálidos y contrastados, formas redondeadas y expresiones exageradas. reportar un problema con esta imagen

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DuraciĂłn del audiocuento: 16:10

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CapĂ­tulo 1: Una manta con ideas propias

En el Bosque de los Susurros Redondos vivía Brin, un pequeño dragón de nube: blandito, azul pálido y con estornudos que sonaban a “¡puf!” como un cojín cansado. No echaba fuego, sino vapor tibio con olor a galleta. Y, por si fuera poco, tenía una obsesión: las capas.

Brin había visto a los búhos mensajeros planear con sus cartas y había pensado: “Yo también podría… si tuviera una capa lo bastante seria”. Lo serio, en Brin, era un concepto flexible.

Esa noche, al ordenar su nido (un montón artístico de plumas, hojas y calcetines sin pareja), encontró una manta a rayas, enorme y suave, que había ganado en un concurso de “Siesta más larga” sin recordar haberse apuntado.

—Perfecto —dijo Brin, mirándose en un charco como en un espejo—. Manta, tú serás mi capa.

La manta, muy educada, no respondiĂł. Pero se deslizĂł un poquito, como si estuviera escuchando.

Brin se la colocó sobre los hombros. Le quedó por las rodillas… y por la cola… y por la cara.

—Vale, quizá demasiado heroica —murmuró, escupiendo una esquina de manta—. Ajustes mínimos.

Con una pinza de pelo que había encontrado (no preguntes de dónde), intentó sujetarla. La pinza hizo “clic”, la manta hizo “flop” y Brin quedó envuelto como un burrito triste.

Se oyó un “¡crac!” suave. No era la pinza. Era una piña que se había asustado al verlo.

—Tranquila, piña. Soy… eh… un defensor nocturno —dijo Brin con voz grave. Tan grave que le salió un gallo.

La piña no parecía convencida, pero al menos no rodó cuesta abajo gritando. Brin, en cambio, rodó un poco, porque la manta tenía vida propia o, como mínimo, muy mala coordinación.

Y asĂ­ empezĂł su misiĂłn: conquistar el arte de la capa sin terminar siendo un paquete postal.

CapĂ­tulo 2: El club de las sombras confundidas

Brin salió de su nido con la manta-capa arrastrando hojas como si fuera un cometa lento. La noche estaba tranquila, con luciérnagas haciendo puntitos de luz, como si el cielo se hubiera dejado migas.

Al pasar cerca del Lago Quietito, vio un reflejo enorme en el agua: una sombra alta, ondulante y con… ¿dos cabezas?

—¡Oh no! —susurró Brin, encogiéndose—. Hay un monstruo bicéfalo en el lago.

El “monstruo” levantó un brazo. Brin levantó el suyo. El “monstruo” levantó el otro. Brin intentó levantar el otro… y la manta le atrapó el codo.

—¡Ajá! ¡No me imitas! —le dijo Brin a su propio reflejo con valentía prestada—. ¡Eso es muy… muy de espejo!

En ese momento apareciĂł Saltarina, una ardilla con bufanda amarilla y fama de meterse donde no la llamaban. Se subiĂł a una roca y mirĂł a Brin con ojos brillantes.

—¿Qué haces? —preguntó—. Pareces una sopa envuelta.

—Estoy practicando ser… impresionante —dijo Brin, intentando que la manta no le tapara la nariz—. Mi capa tiene… personalidad.

Saltarina le dio un tirón a la manta, buscando el final. Tiró más. El final no apareció. La manta parecía seguir hacia otra dimensión.

—¿Seguro que no es una tienda de campaña? —dijo la ardilla.

—Es una capa —corrigió Brin, muy digno—. Pero me está dando un abrazo demasiado largo.

Saltarina asintiĂł como si entendiera perfectamente.

—Vale. Entonces tu misión es aprender a volar con ella, ¿no?

Brin tragó saliva. No quería decir “sí” y terminar enredado en un árbol, pero tampoco quería decir “no” y terminar siendo un dragón sin épica.

—Sí —dijo—. Pero con equilibrio. Sin exagerar.

—Me encanta esa palabra —dijo Saltarina—. Equilibrio. Suena a no romperse los dientes.

Juntos caminaron hasta un claro donde el viento pasaba suave, como un gato invisible. Brin abrió los brazos. La manta se abrió… y le cayó sobre la cabeza como si quisiera hacerle una casa.

—Primera lección: tu capa te quiere muchísimo —comentó Saltarina—. A lo mejor demasiado.

Brin, desde dentro, soltó un “¡puf!” de vapor-galleta que infló la manta un segundo. Pareció una nube con prisa.

—¿Has visto? —dijo Brin—. ¡Casi planeo!

—Has hecho una tienda de campaña respirable —corrigió Saltarina—. Pero vamos mejorando.

Capítulo 3: El quiproquo del guardián elegante

Más tarde, Brin y Saltarina oyeron un tintineo metálico. Entre los arbustos apareció un armadillo con casco de cacerola y una escoba como lanza. Era Don Cáscara, el guardián del sendero nocturno. Se tomaba su trabajo tan en serio que incluso bostezaba con disciplina.

—¡Alto! —dijo Don Cáscara—. ¿Quién anda ahí, envuelto en tela sospechosa?

Brin intentĂł dar un paso al frente con autoridad. La manta se enganchĂł en una raĂ­z y lo frenĂł en seco. Brin quedĂł con una pose rara, como si estuviera saludando a un mosquito importante.

—Soy Brin —dijo, esforzándose—. Y esta es mi capa.

Don Cáscara entrecerró los ojos.

—¿Capa? Eso parece… una bandera de rendición.

—¡No me rindo! —protestó Brin, y la manta, ofendida, se levantó con el viento y le cubrió la cara. Brin habló desde debajo—: ¡Solo estoy… probando estilos!

Saltarina intervino, diplomática.

—Está entrenando para ser un héroe equilibrado. Sin dramas.

Don Cáscara se quedó pensativo, rascándose el casco de cacerola con la escoba.

—Héroe… —murmuró—. Pues te informo, joven nube con cola, de que esta noche hay un asunto serio.

Brin sintiĂł que se le estiraban las orejas (no tenĂ­a orejas, pero el susto inventa).

—¿Qué asunto?

Don Cáscara señaló hacia un cartel torcido que decía: “PROHIBIDO RONCAR EN EL MIRADOR”. Al lado, alguien había dibujado un ronquido con bigotes.

—Alguien está roncando tan fuerte que las luciérnagas se desorientan. Un caos silencioso, pero caos. Y yo… yo no puedo subir al mirador. Me da vértigo con las escaleras. Son… muchas.

Saltarina mirĂł a Brin como quien mira un plato de brĂłcoli: con esperanza y resignaciĂłn.

—Brin, eso suena a misión.

Brin se enderezĂł. La manta cayĂł por fin en su sitio, como si hubiera decidido colaborar.

—Está bien —dijo Brin—. Pero con equilibrio. Nada de atacar a nadie. Solo… solucionar.

Don Cáscara asintió con respeto.

—Eso. Solucionar. Y, si puedes, hazlo con estilo. Por el reglamento.

Brin inflĂł el pecho. La manta ondeĂł. ParecĂ­a, de lejos, una capa. De cerca, un picnic ambulante. Pero servĂ­a.

Subieron al mirador. En cada escalĂłn, la manta intentaba recoger hojas, ramitas y un caracol que se estaba mudando.

—¡No somos un camión de mudanzas! —susurró Brin, quitándose el caracol con cuidado—. Perdón, señor caracol.

El caracol, muy digno, siguiĂł su camino pegado a la barandilla.

Al llegar arriba, el sonido del ronquido era claro: “RRRROOOO… PFFFF… RRRROOOO”. No daba miedo. Daba risa. Como una tuba que se hubiera quedado dormida dentro de un cubo.

Y allĂ­ estaba el culpable: un tejĂłn enorme, redondo como un sillĂłn, dormido con una corona de flores torcida y una almohada hecha de musgo.

Saltarina susurrĂł:

—Ese es Bombo. Duerme como si quisiera ganar un concurso… otra vez.

Brin parpadeĂł. El ronquido era tan fuerte que la manta vibraba.

—¿Y por qué tiene corona? —preguntó.

—Porque ayer fue “Rey del Picnic” —dijo Saltarina—. Se la dejó puesta. Y ahora es “Rey del Ronquido”.

Brin se acercĂł despacio. QuerĂ­a despertarlo sin asustarlo. RecordĂł la palabra: equilibrio.

—Señor Bombo —dijo con voz suave—. Eh… su majestad del sueño… ¿podría roncar un poquito menos?

Bombo respondió con un ronquido que sonó a tambor: “¡BROM!”

La barandilla tembló. Una luciérnaga se puso un momento en modo “farola” para orientarse.

Saltarina se tapĂł la boca para no reĂ­r.

—Va a ser complicado —susurró.

Brin pensó en usar la manta como capa heroica para “apantallar” el sonido. Entonces ocurrió el quiproquo: la manta, con una ráfaga, cayó sobre Bombo como una sombra gigante.

Bombo se despertĂł de golpe, viendo tela por todas partes.

—¡Fantasma de mantel! —gritó.

Brin, atrapado en su propia manta, respondiĂł:

—¡No soy un fantasma! ¡Soy… una capa con dragón!

El tejĂłn se levantĂł asustado y, al levantarse, su corona de flores volĂł y aterrizĂł en la cabeza de Brin, justo encima de la manta.

Saltarina, entre carcajadas silenciosas, murmurĂł:

—Ahora eres el Rey del Mantel.

Brin intentĂł parecer serio, pero con una corona floral y una manta en la nariz era difĂ­cil.

—Bombo —dijo—, nadie quiere molestarte. Solo… las luciérnagas se pierden con tus ronquidos.

Bombo se rascĂł la barriga y mirĂł a su alrededor, avergonzado.

—¿De verdad? Yo pensaba que ayudaba, como un tambor para dormir.

—Ayudas… demasiado —dijo Brin—. Hay que equilibrar: ni silencio de piedra, ni concierto de tuba.

Bombo asintiĂł lentamente.

—Tienes razón, Rey del Mantel.

Brin abriĂł la boca para corregirlo, pero la corona de flores olĂ­a tan bien que se quedĂł un segundo quieto. Luego dijo:

—Solo Brin. Y esta manta… es mi capa. A veces.

Bombo suspirĂł.

—¿Qué hago entonces?

Brin mirĂł la manta. La manta mirĂł, en su manera de manta, o sea, se quedĂł ahĂ­. Brin tuvo una idea.

—Si te tapas la boca un poco con musgo suave… roncarás menos fuerte. Y si duermes de lado, el aire no hace tanto “BROM”. Es como… colocar los sonidos en su sitio.

Bombo probó. Se acomodó de lado, abrazó la almohada de musgo y puso un puñado suave cerca de su hocico. El ronquido cambió a algo más pequeño: “rrro… rrro…”.

Las luciérnagas dejaron de hacer círculos como trompos y volvieron a flotar tranquilas.

Don Cáscara, desde abajo, levantó la escoba como si aplaudiera.

—¡Eso es reglamentario! —gritó.

Brin sonrió. Su manta por fin parecía una capa, porque estaba quieta. Y porque, al fin, Brin también lo estaba.

CapĂ­tulo 4: La gran prueba del equilibrio

Cuando todo se calmó, Saltarina se sentó en el suelo del mirador y señaló la corona en la cabeza de Brin.

—Te queda bien. Como si fueras una ensalada elegante.

—Gracias… creo —dijo Brin, quitándose la corona con cuidado y dejándola junto a Bombo, que ya roncaba en versión “rrr”.

Brin respiró. Su vapor olía a galleta recién hecha. El bosque parecía más suave, como si hubiera bajado el volumen del mundo.

—¿Sabes qué? —dijo Brin—. Creo que mi problema con la manta no era solo la manta.

—¿Ah, no? —Saltarina se inclinó, curiosa.

—Yo quería ser heroico, volar, impresionar… y la manta solo quería… ser manta. Calentar, abrazar, estar. Intenté convertirla en algo que no era. Y yo también me estaba convirtiendo en una especie de paquete.

Saltarina asintiĂł, muy seria para alguien con bufanda amarilla.

—Equilibrio otra vez.

Brin se puso la manta sobre los hombros, sin pinzas, sin trucos. Solo la colocĂł y dejĂł que cayera natural, como una nube que decide reposar.

La manta se acomodĂł. No le tapĂł la cara. No le atrapĂł la cola. Incluso, por primera vez, dejĂł un espacio para que Brin moviera las alas.

Brin dio un paso. La manta se deslizó un poco y luego se quedó. Como si dijera: “Vale, probemos juntos”.

—Mira eso —susurró Saltarina—. Tu capa te ha perdonado.

—No era culpa de nadie —dijo Brin—. Solo… necesitábamos un acuerdo.

Bajaron las escaleras sin prisas. Don Cáscara les esperaba con su casco de cacerola brillante a la luz de la luna.

—Buen trabajo —dijo—. No hubo gritos innecesarios, ni persecuciones ridículas.

Saltarina tosiĂł.

—Bueno… un poco de ridículo sí hubo.

Don Cáscara la miró con severidad y luego, muy discretamente, sonrió.

—El ridículo moderado es aceptable. Equilibrio.

Brin se riĂł bajito. Su risa sonaba a burbuja que no quiere explotar.

De camino a casa, una ráfaga de viento levantó la manta-capa. Esta vez, Brin no luchó contra ella. Abrió un poco las alas y dejó que el viento hiciera su trabajo. No voló alto. Apenas planeó por encima de un tronco caído.

—¡He planeado! —susurró Brin, como si gritar fuera romper el hechizo.

—Has planeado —confirmó Saltarina—. A una altura perfecta para no comerte el suelo.

Brin aterrizó con elegancia… más o menos. Se le enredó una esquina en una rama y se quedó colgando un segundo, como una cortina sorprendida.

Saltarina tirĂł suavemente de la manta.

—Señor héroe equilibrado, su capa está saludando al árbol.

—El árbol se lo merece —dijo Brin—. Ha sido muy paciente.

El árbol no dijo nada, pero si los árboles pudieran sonreír, ese habría sonreído.

CapĂ­tulo 5: Un final blandito, con una idea para un amigo

El nido de Brin lo recibió con su olor a plumas y noche tranquila. Saltarina se despidió en la entrada, ajustándose la bufanda.

—Mañana me cuentas si tu capa aprende a no comerse tu cara —dijo.

—Mañana —prometió Brin.

Cuando se quedĂł solo, Brin extendiĂł la manta en el nido. Ya no la mirĂł como un objeto heroico, sino como lo que era: un trozo enorme de calma.

Se tumbó y, por costumbre, intentó ponerse la manta como capa una última vez. La manta subió, bajó, se acomodó… y terminó cubriéndolo justo hasta el cuello. Ni más, ni menos. Como si hubiera encontrado la medida exacta.

Brin suspiró. Afuera, el bosque parecía respirar con él. Las frases del mundo se volvían más largas y suaves, como un cuento que baja la voz para no despertar a nadie.

Antes de cerrar los ojos, Brin pensó en Bombo, roncando bajito para no desorientar luciérnagas. Pensó en Don Cáscara, contento porque el reglamento sobrevivía a la noche. Pensó en Saltarina, que siempre sabía reír sin empujar.

Y entonces, con una sonrisa pequeñita, Brin recordó a su amigo Nilo, el pez-linterna del Lago Quietito, que a veces se preocupaba por brillar demasiado o demasiado poco.

“Cuando lo vea”, pensó Brin, “le diré que la luz, igual que una capa, no tiene que ser perfecta. Solo tiene que estar en equilibrio. Lo justo para iluminar y dejar dormir”.

La manta pesĂł como una nube tranquila. El bosque se quedĂł en silencio amable. Brin, calentito y en paz, se durmiĂł pensando en Nilo.

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Equilibrio
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