Capítulo 1: El cartel que olía a lana
A Nora le encantaban las ideas grandes. De esas que empiezan con un “¿y si…?” y acaban con alguien barriendo purpurina del pelo durante una semana.
—¿Y si hacemos un desfile de ovejas? —soltó, apoyando los codos en la mesa del parque.
Leo, que casi siempre pensaba dos veces antes de hablar, se atragantó con una galleta.
—¿Un… desfile? ¿De ovejas? ¿Con música y todo?
Inés, que llevaba una libreta llena de planes, dibujos y listas de cosas “IMPORTANTE” subrayadas tres veces, sonrió como si le acabaran de regalar una idea envuelta.
—Podemos hacerlo. Pero con reglas. Y un horario. Y… —miró a Nora— sin purpurina, por favor.
Nora levantó las manos, inocente.
—Prometo purpurina solo en mi imaginación.
Se pusieron a trabajar allí mismo. Inés sacó un rotulador y dibujó un cartel que decía: “GRAN PARADEJA DE OVEJAS” y luego lo corrigió con una línea rápida: “GRAN PARADE DE OVEJAS”.
—La “j” se me escapó —dijo, muy seria—. Como una oveja traviesa.
Leo se rió.
—Pues que sea una oveja que se escapa al final del desfile. Así parece planificado.
Nora ya estaba pegando el cartel en el tablón del barrio con cinta que se le quedaba en los dedos.
El plan era simple y un poco loco: conseguir que las ovejas del prado de Don Eusebio caminaran en fila, con adornos suaves (nada que pinche, nada que asuste), atravesar el camino de tierra, dar la vuelta a la fuente del pueblo y terminar en la era, donde harían una “reverencia” colectiva.
—¿Las ovejas saben hacer reverencias? —preguntó Leo.
—Si nosotras sabemos hacerlas, ellas también —dijo Nora con una seguridad que daba ganas de creerle.
Inés añadió en la libreta: “Objetivo: reverencia. Plan B: que por lo menos no se coman el cartel”.
Capítulo 2: Don Eusebio y el botón rebelde
Don Eusebio era el dueño del prado, y tenía dos cosas: un sombrero que parecía tener más años que el pueblo y un silbato que sonaba como un pato enfadado.
—¿Un desfile? —repitió, rascándose la barba—. Mis ovejas no desfilan, muchachos. Mis ovejas… hacen lo que les da la gana.
—¡Eso es perfecto! —dijo Nora—. Un desfile con personalidad.
Inés dio un paso adelante con su mejor voz de “persona responsable”.
—Prometemos cuidarlas, no hacer ruido fuerte, y devolverlas antes de que oscurezca. Además, la idea es que sea algo bonito… para terminar el día con una sonrisa.
Leo añadió:
—Y si sale mal, podemos decir que era una obra de teatro experimental.
Don Eusebio soltó una carcajada que le movió el sombrero.
—Me gustan. Son raros, pero me gustan. Vale. Pero con una condición: la oveja Manchita va delante. Si no, se ofende.
—¿Se ofende? —Leo parpadeó.
—Mucho. Una vez la puse detrás de la Pequeña Nube y dejó de mirarme dos días. No comió, solo me juzgó con los ojos.
Nora se agachó para ver a Manchita, que era una oveja con una mancha negra en la frente como si se hubiera apoyado en tinta.
—Hola, Manchita. Serás la estrella.
Manchita respondió con un “bee” breve que sonó a “ya lo sé”.
En ese momento, el botón del abrigo de Leo salió disparado, rebotó en el suelo y rodó hacia el prado como si tuviera prisa.
—¡Mi botón! —gritó Leo, persiguiéndolo.
Las ovejas lo miraron rodar. Una, la más curiosa, se inclinó y… se lo metió en la boca.
—¡No! —dijo Leo, detenido como si el mundo acabara de volverse chicle.
La oveja masticó despacio, pensando.
Inés señaló, muy calmada:
—Por eso, en mi lista, “evitar que las ovejas se coman cosas” está en el número tres. El número uno es “no perder ovejas”.
Nora, sin perder el humor, levantó un dedo:
—Cambio de plan: el botón será el “caramelo oficial del desfile”. Solo que… sin que lo traguen.
Don Eusebio silbó como pato enfadado, la oveja soltó el botón con cara de “esto no era tan sabroso” y Leo lo recuperó, baboso pero vivo.
—Gracias —murmuró Leo al botón—. Te prometo una vida más tranquila.
Capítulo 3: Ensayo general con trompetas imaginarias
El ensayo empezó con entusiasmo y acabó con… creatividad.
Nora llevaba una cuerda suave, como las de saltar, para guiar el frente. Inés tenía la libreta y un lápiz. Leo llevaba una bolsita de pienso, que olía a “desayuno de granja” y a promesas.
—Primero, fila de dos —ordenó Inés—. Luego una sola fila al cruzar el camino. Y nada de empujar. Somos una banda organizada, no una avalancha de lana.
—¡Sí, capitana! —dijo Nora, haciendo un saludo exagerado.
Las ovejas, sin embargo, no leían libretas. Manchita avanzó como si supiera el guion, y las demás la siguieron… durante exactamente tres pasos. Luego una vio una flor. Otra vio una piedra interesante. Otra vio el aire y decidió que era un buen momento para estornudar.
—Están… interpretando libremente —comentó Leo.
Nora se puso frente a ellas y habló con voz de presentadora de circo.
—¡Damas y caballeros, con ustedes, las únicas ovejas que bailan el “pasito de la ensalada”!
Inés intentó reprimir una risa, pero se le escapó por la nariz.
—Vale. Ajuste del plan. Usaremos señales simples. Cuando yo levante la libreta, avanzan. Cuando la baje, paran.
Leo miró a la libreta como si fuera un semáforo.
—¿Y si la oveja es daltónica?
—Las ovejas no son… —Inés se detuvo—. No lo sé. Pero esta libreta es muy convincente.
Probó. Levantó la libreta. Manchita avanzó. Inés bajó la libreta. Manchita paró.
—¡Funciona! —celebró Nora—. ¡La libreta tiene poderes!
En ese instante, una oveja pequeña decidió que la libreta parecía deliciosa. Se acercó, olfateó y empezó a mordisquear la esquina.
—¡Mi libreta! —Inés la apartó con cuidado—. ¡Eso es el cerebro del equipo!
La oveja la miró con cara de “solo quería un bocado de ideas”.
Leo, intentando ayudar, agitó la bolsita de pienso como una maraca.
—¡Aquí, chicas! ¡Pienso! ¡Pienso!
Las ovejas corrieron hacia él, felices, y lo rodearon como fans en un concierto. Leo desapareció hasta la cintura entre lana, y su voz salió amortiguada:
—¡Me están abrazando! ¡Demasiado!
Nora se reía tanto que casi se sentaba en el suelo.
—Tranquilo, Leo. Es su forma de decir “eres un buen refrigerio… digo, amigo”.
Al final del ensayo, lograron algo parecido a una fila: una fila ondulante, como una serpiente hecha de almohadas.
—No es perfecto —admitió Inés, escribiendo—. Pero es adorablemente caótico.
Don Eusebio, desde la valla, levantó el pulgar.
—Si siguen así, mañana al menos llegarán a la fuente sin que nadie se convierta en arbusto.
—¡Eso cuenta como éxito! —dijo Nora.
Capítulo 4: El gran día y la bufanda elegante
El día del desfile amaneció con un sol suave, de esos que no gritan. El pueblo olía a pan reciente y a tierra calentándose.
Inés repartió “accesorios oficiales”: cintas de colores atadas flojas al cuello de algunas ovejas, para que parecieran invitadas a una fiesta de cumpleaños muy tranquila.
—Nada apretado —recordó, revisando cada nudo—. Y nada que pueda engancharse.
Nora trajo su tesoro: una bufanda roja larguísima.
—Para Manchita. Se merece algo épico.
Leo abrió mucho los ojos.
—Esa bufanda parece una carretera.
—Una carretera elegante —corrigió Nora.
Le pusieron la bufanda a Manchita con cuidado, dejándola caer como una capa de superhéroe. Manchita caminó dos pasos y la bufanda se arrastró por el suelo como una lengua de dragón dormido.
—Mmm —dijo Inés—. Riesgo de tropiezo nivel… alto.
En ese momento, una gallina del vecino, que pasaba por allí con cara de estar ocupadísima, se enredó un poquito en la bufanda y salió corriendo con ella, como si hubiera robado un tesoro.
—¡La gallina se lleva el traje de gala! —gritó Leo.
Nora salió detrás, pero sin pánico, más bien como quien persigue un globo que se escapa.
—¡Señora gallina! ¡Devuélvame eso, es alta costura ovina!
La gallina zigzagueó, la bufanda ondeó, y por un segundo pareció que el desfile iba a convertirse en “Gran carrera de gallina con bandera”.
Inés, rápida, hizo un ruido suave con la lengua, como si llamara a un gato imaginario. La gallina se detuvo, curiosa. Leo, muy despacio, le ofreció un granito de pienso.
—Negociación diplomática —susurró.
La gallina aceptó el soborno con dignidad. La bufanda cayó al suelo. Nora la recogió como si fuera una reliquia.
—De acuerdo —dijo, derrotada pero divertida—. Manchita irá sin capa. No todos los héroes necesitan bufanda.
Manchita “beeó” como si dijera: “Me da igual. Soy legendaria con o sin tela”.
Con todo listo, Nora se colocó al frente, Inés a un lado con su libreta (bien protegida), y Leo detrás, por si alguien necesitaba un “empujoncito” de pienso.
—A la de tres —dijo Inés—. Uno… dos…
—¡Tres! —dijeron los tres, a la vez, como si fueran una banda de música sin instrumentos.
Y empezó el desfile.
Capítulo 5: La fuente, el señor del sombrero y una reverencia discutible
Al principio, las ovejas avanzaron sorprendentemente bien. Manchita lideraba con paso firme, como una capitana de barco muy lanuda. Las cintas de colores se movían con el viento y el camino parecía una alfombra de polvo dorado.
En el pueblo, algunas personas asomaron por las ventanas. Un niño pequeño aplaudió. Una señora dijo:
—Mira tú, qué cosa más… suave.
Nora saludaba como si fuera una reina, pero una reina que se ríe de sí misma. Leo intentaba no tropezar con piedras, y Inés iba diciendo por lo bajo:
—Fila… fila… excelente… no, eso es un arbusto, vuelve… gracias.
Llegaron a la fuente. El agua hacía un sonido fresco, como si estuviera contando chistes en secreto.
—Ahora, la vuelta ceremonial —anunció Nora—. Con elegancia.
Las ovejas dieron la vuelta. Más o menos. Dos se pararon a beber. Una se reflejó en el agua y se asustó de su propia cara.
—¡Es otra oveja! —parecía pensar—. ¡Y me está imitando!
Leo se acercó con calma.
—Tranquila. Es tu “yo acuático”. Solo quiere copiarte el peinado.
La oveja parpadeó, como si lo considerara, y siguió.
Justo cuando todo parecía bajo control, apareció Don Eusebio, con su sombrero y su silbato. Se puso en medio, como un director de orquesta.
—¡A ver esas artistas! —gritó, y silbó.
El silbato sonó como pato enfadado y, por un segundo, las ovejas se quedaron congeladas. Luego, en una reacción totalmente lógica para una oveja, decidieron que ese sonido significaba: “¡Sorpresa! ¡Hora de correr en círculo!”
Y corrieron. En círculo. Alrededor de la fuente. Como una lavadora de lana en modo “rápido”.
—¡No, no, no! —dijo Inés, pero sin gritar—. Recordad: humor, no caos.
Nora, con una sonrisa que parecía sujetar el mundo, se puso al lado de Manchita y comenzó a caminar en círculo también.
—Vale, vale —dijo—. Si ellas dan vueltas, nosotras damos vueltas. Esto es… coreografía moderna.
Leo, mareándose un poco, añadió:
—¡El “vals ovino”! ¡Muy exclusivo!
La gente del pueblo se rió. Algunos hasta empezaron a aplaudir al ritmo de las vueltas.
Don Eusebio, sorprendido, bajó el silbato.
—Pues… oye… queda bonito.
Poco a poco, Nora fue reduciendo el círculo, como quien enrolla una cuerda. Inés levantó la libreta con decisión. Leo dejó un rastro de pienso mínimo, como si dibujara una línea invisible.
Las ovejas, por fin, salieron del bucle de lavadora y retomaron el camino hacia la era.
Allí, llegó el momento de la reverencia.
—A la cuenta de tres —dijo Nora—. Uno… dos…
Inés añadió en voz baja:
—Si no se inclinan, al menos que paren.
—Tres.
Nora se inclinó. Inés se inclinó. Leo se inclinó… y su botón, el mismo de antes, cayó al suelo con un “tic” muy serio.
Manchita miró el botón, lo olfateó y, en un gesto que nadie supo si era reverencia o simple interés culinario, bajó la cabeza lentamente.
Las demás ovejas la imitaron. Todas bajaron la cabeza a la vez. Pareció una reverencia perfecta, como si lo hubieran ensayado durante meses.
El público aplaudió.
Leo recogió el botón rápido.
—Esta vez no —susurró, guardándolo en el bolsillo como si fuera un diamante.
Don Eusebio se quitó el sombrero.
—Mis ovejas nunca me habían saludado así. Me siento… importante.
Nora le guiñó un ojo.
—Es el poder del desfile.
Capítulo 6: Gracias, buenas noches y el velo de la noche
Cuando el sol empezó a bajar, el aire se volvió más fresco y el pueblo cambió de color, como si alguien hubiera pintado sombras largas con un pincel suave.
Los tres amigos acompañaron a las ovejas de vuelta al prado. Ya no corrían. Caminaban despacio, satisfechas, como después de una merienda.
Inés cerró la libreta y la abrazó un momento.
—Hoy no se la comió nadie. Me siento orgullosa.
Leo tocó su bolsillo, comprobando que el botón seguía allí.
—Y yo me siento… entero. Sin ser tragado por el cariño ovino.
Nora caminaba delante, mirando el cielo, que empezaba a llenarse de un azul profundo.
—¿Sabéis qué es lo mejor? —dijo—. Que hicimos algo raro y salió bien. Bueno… salió divertido.
Don Eusebio abrió la puerta del prado. Las ovejas entraron una a una. Manchita fue la última. Antes de pasar, miró a Nora, a Inés y a Leo y soltó un “bee” lento, como una despedida.
—De nada —dijo Nora, muy seria, como si entendiera perfectamente el idioma oveja.
Inés se sentó un momento en la valla. La era quedaba lejos, pero aún se oía el eco de las risas, como un ruido amable guardado en un cajón.
—Me gusta este momento —dijo—. Cuando el día se apaga sin prisa.
Leo miró las primeras estrellas, tímidas.
—Hoy estoy agradecido —confesó—. Por no haber perdido ninguna oveja. Por no haber perdido el botón… dos veces. Y por… —sonrió— por haber visto a Don Eusebio aplaudir.
Nora se encogió de hombros, pero su voz se volvió más suave.
—Yo estoy agradecida por vosotras. Y por Manchita, que nos enseñó a caminar sin correr tanto.
Se quedaron en silencio. Un silencio cómodo, como una manta. El viento movió la hierba. Las ovejas, al fondo, se acomodaban: una se tumbó como una nube que decide descansar, otra bostezó con todo el cuerpo.
Don Eusebio habló bajito:
—Cuando era crío, contaba ovejas para dormirme. Nunca pensé que un día las aplaudiría.
Inés rió con una risa pequeña.
—Supongo que la vida tiene sentido del humor.
La luz se fue apagando del todo. El cielo bajó lentamente su gran velo de noche, oscuro y tranquilo, cubriendo el prado, el camino, el pueblo y también las ideas grandes de Nora, la libreta valiente de Inés y el botón superviviente de Leo.
Antes de irse, los tres dijeron casi al mismo tiempo, como un secreto compartido:
—Gracias, día.
Y caminaron hacia casa despacio, con el sueño acercándose sin hacer ruido, como una oveja amable que sabe perfectamente dónde está su sitio.