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Cuento de extraterrestre 11/12 años Lectura 25 min.

El rayo de plata y la brújula de estrellas

Brin, una criatura de patas acolchadas, ayuda a Ziri, un visitante misterioso, a encontrar una brújula de estrellas y proteger la ciudad escuchando atentamente mientras descubren una estación secreta de mapas vivos y enfrentan a un recolector que quiere tomarla.

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Brin, protagonista: pequeña criatura cuadrúpeda con cuernos finos, pelaje suave y patas acolchadas, expresión serena y maravillada, sosteniendo contra su pecho una pequeña estrella metálica brillante; Ziri, extraterrestre importante: criatura redonda tamaño mochila, piel cambiante como un atardecer, grandes ojos y expresión cálida, ofreciendo la insignia estrellada a Brin, ligeramente a su izquierda; Karg, secundario en el fondo: figura alta y delgada con placas oscuras y expresión curiosa, apoyado a la derecha contra un muro; escena: calle peatonal con losas cálidas, puestos de mercado coloridos, farolas en forma de gotas y una abertura circular al suelo hacia una sala luminosa; luz de tarde dorada con reflejos plateados mágicos, contrastes definidos y sombras suaves, paleta en amarillo cálido, turquesa y rosa melocotón; composición: plano medio, personajes centrados en el intercambio, ligera contrapicada; estilo: aplastados de color, contornos suaves y gruesos, textura sutil tipo papel, imagen legible y reconfortante para niños. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La calle de las huellas suaves

Yo me llamo Brin. Tengo cuernos pequeños como ramitas pulidas, patas acolchadas y una cola que se enrosca cuando pienso demasiado. Vivo en Lumen, una ciudad donde las casas parecen piedras redondas apiladas y las farolas canturrean bajito cuando cae la tarde.

Ese día caminé despacio por la calle peatonal de Cáscara Clara, una calle sin ruedas ni prisas. El suelo estaba hecho de losas tibias que guardaban el sol como una manta. A ambos lados, los puestos brillaban: frutas con motitas, pan de nube, frascos de luz.

Yo iba con mi bolsita de semillas y mi mejor cara de “no me pasa nada”, pero la verdad es que sentía un cosquilleo raro, como si el aire supiera un secreto.

—Brin, ¿otra vez contando baldosas? —se burló una paloma-jarra, inflándose como si fuera un globo con plumas.

—Me ayuda a no tropezar con… con lo inesperado —contesté.

En ese momento, “lo inesperado” decidió presentarse.

En la pared de una tienda, justo donde colgaban campanas de viento, apareció un reflejo plateado. No era un espejo. Era como una gota de luna pegada al ladrillo. Se estiró y se dobló, y dentro se formó una estrella diminuta… y luego otra.

Me quedé quieto.

La paloma-jarra también.

Hasta una cucaracha con sombrero se detuvo en seco, como si alguien hubiera apretado un botón de pausa.

El reflejo se abrió sin hacer ruido, como una puerta hecha de agua brillante. Y de ahí salió una criatura del tamaño de una mochila, redonda, con ojos grandes como canicas y piel que cambiaba de color lentamente, igual que un atardecer.

Me dio un paso atrás. Porque yo soy prudente. Y porque, cuando el universo decide visitarte, lo correcto es dejarle espacio.

La criatura miró la calle, olió el aire y dijo con una voz que sonaba como burbujas:

—¿Esta es… Cáscara Clara?

La paloma-jarra abrió el pico tanto que casi se le cae la lengua.

Yo tragué saliva. Luego recordé algo importante: escuchar primero.

—Sí —respondí—. Es una calle peatonal. Aquí caminamos.

—Bien. Caminar es… menos ruidoso —dijo la criatura, aliviada. Sus colores se asentaron en un verde suave—. Me llamo Ziri.

—Yo soy Brin.

Ziri me miró como si yo fuera una señal en el cielo.

—Busco un punto de contacto amable. Me dijeron: “Ve donde haya luz y pasos tranquilos”.

Miré mis patas acolchadas.

—Creo que estás en el lugar correcto.

Capítulo 2: El zumbido detrás de las farolas

Ziri avanzó por la calle como si cada baldosa fuera una idea nueva. Tocaba los bordes con la punta de un dedo, y cada vez que lo hacía, su piel cambiaba a un azul curioso.

—No venimos a invadir —dijo de golpe, como si hubiera leído mi pensamiento—. Solo a entender.

—Entender suena… bastante seguro —dije yo, aunque mis cuernos seguían tensos.

Pasamos junto a una fuente que soltaba agua en forma de espirales. Ziri se inclinó, fascinada.

—En mi hogar no hay agua que juegue así. Allá el líquido se porta serio.

—Aquí el agua se aburre si no baila —le expliqué.

Ziri soltó una risita. Era una risa pequeña, pero contagiosa. Yo también me reí, aunque intenté que pareciera una risa prudente. No sé si existe, pero lo intenté.

De pronto, las farolas de Cáscara Clara parpadearon. Su canto bajito se convirtió en un zumbido, como cuando una abeja se mete en una botella.

—Eso no es normal —murmuré.

Ziri levantó la cabeza. Sus ojos-canica se hicieron aún más redondos.

—Siento… una señal. Una señal que no debería estar aquí.

La paloma-jarra, que nos seguía a distancia por puro chisme, soltó:

—¿Señal? ¿De qué tipo? ¿De “se acabó el pan de nube”?

—De tipo “algo se escapó” —dijo Ziri, y su piel se volvió naranja preocupada.

Me acerqué un poco, pero sin invadir su espacio.

—¿Se escapó qué?

Ziri bajó la voz, aunque no había nadie que entendiera su idioma burbujeante… excepto yo, al parecer, porque lo entendía sin saber por qué.

—Una brújula de estrellas. No es para perderse, es para encontrar. Y si cae en manos equivocadas… podría abrir puertas donde no debe.

Miré el reflejo plateado en la pared, que ahora era solo una mancha apagada.

—¿Y quién la puede querer?

Ziri señaló con la barbilla hacia el final de la calle, donde las sombras se juntaban entre dos edificios.

—Alguien que no escucha.

Eso me dio escalofríos. Porque yo había visto criaturas así: las que hablan encima de los demás, las que empujan, las que creen que el mundo es un interruptor que solo ellas pueden encender.

—Entonces… —dije— tenemos que escuchar bien. Escuchar a la calle.

Ziri asintió, agradecido.

—¿Me ayudas, Brin?

Miré mi bolsita de semillas. No era una espada. No era un escudo. Pero era algo.

—Sí —dije—. Pero vamos despacio. Sin correr como si el cielo nos persiguiera.

—Prometido —dijo Ziri—. A veces los pasos lentos encuentran lo que los pasos rápidos pisotean.

Capítulo 3: La tienda de los sonidos guardados

Para “escuchar a la calle” pensé en el lugar más lógico: la tienda de los sonidos guardados. Era un local pequeño, con paredes tapizadas de frascos. Cada frasco guardaba un ruido: risas, truenos lejanos, el crujido de una hoja, un “¡achís!” muy educado.

La dueña era una lechuza de porcelana. Sus ojos eran negros y brillantes, y movía la cabeza con precisión, como si cada gesto fuera una palabra.

—Buenas tardes —dije—. Buscamos una cosa perdida. Una brújula de estrellas.

La lechuza no se sorprendió. Solo entrecerró un ojo.

—Las cosas perdidas hacen mucho ruido por dentro —dijo—. Pero pocos saben oírlas.

Ziri miró los frascos con admiración.

—Tu lugar… suena bonito —susurró.

La lechuza extendió una garra y sacó un frasco sin etiqueta. Dentro, un murmullo giraba como humo.

—Este frasco recoge los susurros de la calle peatonal —explicó—. Si alguien arrastró un objeto extraño, aquí quedará una pista.

Puso el frasco en el mostrador. Yo acerqué la oreja. Ziri también.

Dentro se oían pasos: suaves, rápidos, torpes, saltarines. Y, entre todos, un tintineo especial, como si una moneda cantara con voz de estrella.

Ziri se enderezó.

—Ese sonido. Es ella.

—¿Dónde va? —pregunté.

La lechuza golpeó suavemente el frasco, como llamando a una puerta invisible. El murmullo cambió y se volvió más claro. Escuchamos:

“¡Por aquí! ¡Al callejón de los toldos!”

Yo respiré hondo. El callejón de los toldos era estrecho y lleno de telas que colgaban como lenguas de colores. Ahí se escondían cosas. Y a veces, también, problemas.

Ziri me miró.

—Si tienes miedo, lo entiendo.

Me toqué la punta de un cuerno.

—Tengo miedo —admití—. Pero puedo caminar con miedo. Lo que no puedo es quedarme quieto cuando alguien necesita ayuda.

Ziri sonrió. Su piel se iluminó en amarillo cálido.

—Eso es valentía con orejas.

La lechuza de porcelana nos entregó algo más: un frasco pequeñito con una tapa de corcho.

—Para ustedes —dijo—. Es un “silencio breve”. Si necesitan escuchar algo importante, lo abren y el mundo se calla un momento.

Lo guardé con cuidado.

—Gracias. Prometo devolverlo.

—Solo devuélvanme una cosa —dijo la lechuza—: vuelvan con una historia completa.

Ziri inclinó la cabeza, como haciendo una reverencia de otro planeta.

—Volveremos —dijo—. Y escucharemos hasta el final.

Capítulo 4: El callejón de los toldos y la sombra impaciente

El callejón olía a tela mojada y a especias. Los toldos colgaban tan bajos que me rozaban los cuernos. Ziri avanzaba detrás de mí, tocando las telas con cuidado. Cada color parecía cambiar en su piel, como si se estuviera vistiendo de la calle.

—Aquí se siente… apretado —susurró.

—A mí también —dije—. Pero mira al frente, no al miedo. El miedo se pone celoso si lo miras mucho.

Entonces vimos algo brillar entre unas cajas: un círculo metálico con marcas diminutas, como constelaciones grabadas.

Ziri dio un saltito.

—¡La brújula!

Pero antes de que pudiera acercarse, una figura salió de entre las sombras. Era alta y flaca, con placas oscuras como corteza quemada. Sus ojos parecían dos agujeros donde alguien había olvidado la luz.

—Mía —dijo la figura, con una voz que no tenía risa.

Ziri se puso rígido. Su piel se volvió gris.

Yo di un paso al frente, aunque mis patas temblaron un poco.

—No es tuya —dije—. Si la encontraste, la devuelves.

La figura soltó un sonido seco, casi como una tos.

—La encontré. Luego es mía.

Ziri susurró:

—Se llama Karg. Es un recolector. Juntan cosas sin preguntar. Sin escuchar.

Karg alargó una mano hacia la brújula.

Yo recordé el frasco de “silencio breve” en mi bolsa. Lo saqué sin hacer ruido. Miré a Ziri, y él me entendió con solo una mirada: era momento de escuchar de verdad.

Destapé el frasco.

El mundo se apagó por un instante, como si alguien hubiera puesto algodón en el aire. No se oía ni el roce de los toldos. Ni mi respiración. Ni la impaciencia de Karg.

En ese silencio, escuché algo distinto: un tic-tic suave que venía de la brújula, como un corazón pequeño. Y también escuché… una vibración bajo las baldosas, una especie de rumor plateado, escondido.

El silencio terminó. El callejón volvió a respirar.

Ziri abrió los ojos.

—¿Qué oíste? —preguntó.

—La brújula está llamando a… algo que está debajo —dije rápido—. Como si la calle tuviera una puerta secreta.

Karg se rió, y esa risa sonó como piedras chocando.

—Entonces abriremos esa puerta. Y yo tomaré lo que haya.

Karg agarró la brújula. Las marcas de constelaciones se encendieron. Un haz tenue, como una línea de luna, se deslizó por el suelo hasta una baldosa específica, justo bajo un toldo rojo.

La baldosa tembló.

Yo me agaché, sin pensar, y puse mi pata acolchada encima, como para calmarla.

—Tranquila —murmuré, no sé a quién: ¿a la baldosa? ¿a mí? ¿al universo?

Ziri se acercó.

—Brin, si Karg abre esa puerta sin permiso…

Karg levantó la brújula como si fuera una llave.

—Permiso —escupió la palabra—. Qué palabra tan lenta.

—Las palabras lentas suelen ser importantes —dije.

Y entonces, la baldosa se hundió con un clic.

Capítulo 5: La sala de los mapas vivos

La baldosa se abrió como una tapa. Un aire frío y brillante subió, oliendo a metal limpio y a lluvia vieja. Debajo había una escalera corta que bajaba a una sala redonda.

Entramos. Incluso Karg, porque su curiosidad era más grande que su educación.

La sala estaba llena de paneles que parecían hojas de cristal. Sobre ellos se movían luces como peces. Eran mapas. Mapas vivos. Mostraban calles, plazas, tejados… y también puntos que no existían en Lumen: círculos flotantes, líneas que atravesaban el cielo, y una espiral que palpitaba muy lejos.

Ziri respiró hondo.

—Es una estación de escucha —dijo con reverencia—. Un lugar donde se oyen rutas estelares.

Karg caminó directo al centro, donde un pedestal sostenía una ranura con forma de la brújula.

—Si pongo esto aquí —dijo—, los mapas me llevarán a tesoros.

Ziri se adelantó, pero yo le puse una pata en el brazo.

—Espera —susurré—. Primero escuchamos.

Karg encajó la brújula en la ranura.

Los paneles se iluminaron con fuerza. Las luces-pesces corrieron, asustadas. Una voz apareció, no en el aire, sino dentro de mi cabeza, clara como agua:

“USUARIO NO REGISTRADO. INTENCIÓN INCIERTA. REQUIERE CONFIRMACIÓN DE AMISTAD.”

Karg parpadeó.

—¿Qué tontería es esta?

Ziri habló hacia el pedestal, con voz suave.

—Hola. Soy Ziri, de la Flota de Encuentro. Venimos con intención amable. Pero alguien tomó la brújula.

El pedestal respondió con un zumbido.

“CONFIRMACIÓN: AMISTAD SEÑALADA POR INSIGNIA ESTELAR.

Ziri se llevó las manos al pecho.

—Mi insignia… la perdí hace ciclos.

Karg gruñó.

—No necesito insignias.

Los paneles cambiaron. En lugar de mapas, mostraron un recuerdo: una escena en la misma calle peatonal, hace mucho tiempo. Se veía a Ziri, más pequeño, ofreciendo algo a alguien invisible, mientras una luz plateada descendía como una lluvia tranquila.

—La estación guarda memorias —dije, impresionado.

Ziri tragó saliva.

—Mi insignia era un símbolo de escucha. Si la tienes, el sistema sabe que no vienes a arrancar cosas. Vienes a entender.

Karg golpeó el pedestal.

—¡Dame rutas! ¡Dame puertas!

La voz interna volvió, más firme:

“INTENCIÓN: TOMA. RESULTADO: BLOQUEO.”

Una barrera transparente cayó alrededor de Karg con un “plop” casi cómico, como si lo hubieran metido en una burbuja.

Karg empujó la barrera. Rebotó. Se enfadó tanto que sus placas oscuras parecieron crujir.

—¡Suéltenme!

Yo no pude evitar decir:

—Al menos ahora no puedes empujar a nadie. La burbuja es… muy educada.

Ziri me lanzó una mirada que decía “Brin, por favor, no lo piques”, pero también se le escapó una sonrisa.

Me acerqué al pedestal.

—¿Qué necesita para confirmar amistad? —pregunté en voz alta, como si hablara con una farola.

El pedestal respondió:

“ENTREGA DE INSIGNIA ESTELAR. GESTO: ESCUCHA MUTUA.”

Ziri cerró los ojos, preocupado.

—Sin mi insignia, no podemos apagar la burbuja ni cerrar la estación. Y si se queda abierta, otras señales podrían entrar.

Miré los paneles. En uno, parpadeaba una luz extraña, acercándose, como un insecto brillante que hubiese olido nuestra presencia.

—Tenemos que conseguir esa insignia —dije—. Y rápido, pero… sin dejar de escuchar.

Capítulo 6: Un regalo pequeño como una estrella

Volvimos a subir a la calle peatonal. El aire de la tarde se había vuelto más fresco. Las farolas cantaban otra vez, aunque con nervios.

Ziri caminaba en silencio. Yo también. A veces, el silencio es una conversación que todavía no encontró palabras.

—Ziri —dije al fin—, ¿quién recibió tu insignia?

Ziri miró las baldosas, como si pudieran recordarle.

—Era alguien de aquí. Alguien muy curioso. Le di mi insignia como prueba de amistad. Pero después hubo una tormenta de polvo estelar y… me fui antes de recuperar nada. Fue un error.

—No suena a error —dije—. Suena a un acto bonito que quedó a medias.

En ese momento, algo tiró de mi bolsa. Miré: una cría de mapache-linterna, con ojos enormes y pelaje que brillaba débilmente, había enganchado una uña en la tela.

—Perdón —dijo la cría—. Es que vi semillas y pensé “snack”, y luego pensé “mejor pregunto”, y entonces mi garra ya estaba ahí, y…

—Gracias por preguntar antes de morder la bolsa —dije. Luego me agaché—. Estamos buscando una insignia estelar. Pequeña. Brilla.

La cría se llevó un dedo a la barbilla.

—¿Como un botón que hace cosquillas cuando lo miras?

Ziri dio un paso.

—Sí. Exacto.

—Yo vi uno —dijo la cría—. En el tejado de la tienda de pan de nube. Lo usa el caracol-cartero como adorno en su gorro. Dice que le ayuda a “encontrar casas”, pero en realidad se pierde igual.

Yo respiré aliviado.

—Entonces vamos a hablar con él. Con calma.

Fuimos hasta la tienda de pan de nube. Allí estaba el caracol-cartero: con su caparazón lleno de sellos, su gorro torcido y, efectivamente, un pequeño badge brillante sujeto con un alfiler.

Ziri lo miró como quien ve una foto antigua.

—Esa… es mi insignia.

El caracol-cartero se ajustó el gorro.

—¿Tuya? Pues me la encontré en un charco de luz hace años. Nadie la reclamó. Y me hace ver más… importante.

Yo me acerqué.

—No queremos quitarte algo por la fuerza —dije—. Solo queremos explicarte por qué la necesitamos. ¿Nos escuchas un minuto?

El caracol-cartero frunció el ceño, pero asintió lentamente. Los caracoles saben de minutos.

Ziri habló despacio, con palabras claras. Le contó sobre la estación bajo la calle, sobre los mapas vivos, sobre la burbuja que retenía a Karg, y sobre una luz extraña que se acercaba en los paneles.

El caracol-cartero tragó aire.

—Yo solo quería un gorro con chispa —murmuró—. No abrir el cielo por accidente.

—Nadie quiere eso —dije—. A veces las cosas grandes empiezan por un adorno pequeño.

El caracol-cartero miró a Ziri. Luego me miró a mí. Y por último miró a la cría de mapache-linterna, que asentía con tanta energía que casi se le apagaba el brillo.

—De acuerdo —dijo el caracol—. Pero con una condición.

Ziri se tensó.

—¿Cuál?

—Que me prometan que, cuando esto termine, me contarán lo que vieron ahí abajo. Me gusta saber. No para coleccionar cosas, sino historias.

Ziri sonrió, aliviado.

—Prometido.

El caracol-cartero quitó el badge y lo puso en la palma de Ziri.

Era pequeño. Una estrella de metal suave con un centro que parecía guardar una gota de cielo.

Ziri lo apretó, y su piel cambió a un blanco brillante, como si por dentro le hubieran encendido una lámpara.

—Gracias —dijo—. Este gesto… es escuchar.

Yo sentí que el aire se volvía un poco más ligero.

—Ahora —dije— volvamos a la estación. Antes de que esa luz extraña llegue.

Capítulo 7: El rayo de plata

Bajamos otra vez por la baldosa secreta. La sala de los mapas vivos zumbaba con impaciencia. En un panel, la luz extraña estaba más cerca, como un punto hambriento.

Karg seguía dentro de su burbuja, golpeándola como si fuera a convencerla a base de porrazos.

—¡Esto es ridículo! —gritó al vernos—. ¡Abran!

Ziri se acercó al pedestal y sostuvo la insignia estelar sobre una ranura pequeña, al lado de la brújula.

—Estación —dijo con suavidad—. Traigo la insignia. Y traigo a Brin, que escuchó cuando yo no pude. Confirmamos amistad.

El pedestal vibró, como si respirara.

“CONFIRMACIÓN RECIBIDA. AMISTAD: ACTIVA.”

La burbuja de Karg hizo “plip” y desapareció. Karg cayó sentado, sorprendido más que lastimado.

—¡Eh! —protestó, sacudiéndose—. ¡Eso fue trampa!

—Fue una regla —dije—. Las reglas son como barandillas: no te impiden caminar, solo evitan que te caigas… aunque a veces te enfaden.

Karg se levantó y miró la insignia con deseo.

—Dámela —dijo, más bajo, más peligroso.

Ziri dio un paso atrás. Yo me puse delante sin pensarlo. Mis patas acolchadas se plantaron firmes.

—No —dije, y mi voz me sorprendió por lo clara—. No es un tesoro. Es un “sí te escucho”.

Karg abrió la boca para responder, pero el panel del punto hambriento parpadeó con alarma. Un sonido agudo llenó la sala.

“SEÑAL EXTERNA ENTRANTE. PUERTA EN APERTURA.”

La brújula, todavía en el pedestal, se encendió sola. Un resplandor plateado empezó a filtrarse por las juntas del suelo, como si la estación quisiera abrirse hacia arriba, hacia la calle.

Ziri reaccionó rápido.

—Brin, necesito tu ayuda. Hay que cerrar la puerta antes de que se abra del todo. Solo se puede con un gesto de escucha doble.

—¿Doble? —pregunté, tragando.

—Yo escucho a la estación. Tú escuchas la calle. Al mismo tiempo. Y lo decimos.

Saqué el frasco de “silencio breve”. Quedaba un poquito. Lo abrí apenas, como quien abre una ventana en invierno.

El mundo se volvió quieto.

En ese instante, pegué mi oreja al suelo. Escuché la calle peatonal arriba: pasos suaves, un carrito de fruta arrastrándose, una risa lejana. Y escuché también el rumor plateado bajo la piedra, como un río de luz buscando salida.

Ziri puso su mano en el pedestal y cerró los ojos.

Cuando el silencio se evaporó, hablamos a la vez, con voces distintas pero unidas:

—Yo escucho —dijo Ziri— lo que la estación teme.

—Yo escucho —dije yo— lo que la calle protege.

La sala tembló. El resplandor plateado se reunió en una sola columna. Un rayo de plata, limpio y firme, subió desde el pedestal hasta el techo, atravesándolo sin romper nada, como si la luz supiera por dónde ir.

Arriba, en la calle, ese rayo salió como una torre brillante que bañó las baldosas, los toldos y las farolas. La ciudad entera pareció contener el aliento.

En el panel, el punto hambriento se alejó, como si la luz plateada le dijera: “Aquí no”.

La voz interna habló, ahora tranquila:

“PUERTA: CERRADA. RUTA: SEGURA.”

Karg se quedó inmóvil, mirando el rayo que se apagaba poco a poco.

—Yo… —empezó, pero se detuvo.

Ziri lo miró sin dureza.

—Si quieres entender, puedes aprender a escuchar —dijo—. No es rápido. Pero funciona.

Karg bajó la cabeza, incómodo, como si esa palabra le pesara.

Yo solté el aire que había estado guardando en mi pecho.

La insignia estelar brilló una última vez en la mano de Ziri. Luego él se acercó a mí y me la puso en el pecho, con un gesto cuidadoso.

—Para ti, Brin —dijo—. Un badge estelar. En señal de amistad… y de agradecimiento.

Me quedé helado.

—¿Yo? Pero…

—Tú fuiste el punto de contacto amable —dijo Ziri—. Y escuchaste cuando era difícil.

Toqué la insignia. Estaba tibia, como una pequeña tarde guardada.

Subimos a la calle. El rayo de plata ya era solo un recuerdo brillante en mis ojos. Las farolas cantaban otra vez, contentas, como si hubieran afinado su voz.

Ziri miró el cielo entre los edificios redondos.

—Debo volver —dijo—. Pero ahora sé que aquí hay amistad.

—Y calle peatonal —añadí.

Ziri se rió, con burbujas.

—Eso también.

Antes de irse, se inclinó hacia mí.

—Cuando mi gente pregunte qué aprendí, diré: “Aprendí que escuchar es una tecnología antigua… y la más poderosa”.

Yo asentí.

—Y yo diré que el universo puede dar miedo… pero también puede traer amigos pequeños, mapas vivos y un rayo de plata que te recuerda dónde estás.

Ziri abrió una gota de luna en el aire, como la primera vez. Luego desapareció, dejando una brisa suave.

Me quedé en Cáscara Clara, con mi badge estelar brillando en el pecho y mis patas acolchadas sobre las baldosas tibias.

Escuché.

La ciudad me respondió con pasos tranquilos. Y, en algún lugar muy alto, una estrella pareció guiñarme un ojo.

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Peatonal
Que es para caminar y no para vehículos, solo personas usan ese lugar.
Baldosa
Pieza plana que forma el suelo de la calle, como una losa pequeña.
Frascos
Recipientes de vidrio donde se guardan sonidos o cosas pequeñas.
Brújula de estrellas
Objeto que apunta rutas mirando las estrellas para encontrar direcciones.
Insignia estelar
Pequeño emblema que muestra amistad y permiso para ciertas máquinas.
Estación de escucha
Lugar con artefactos que recoge y muestra sonidos y recuerdos.
Paneles
Superficies planas que muestran información o imágenes, como ventanas grandes.
Mapas vivos
Mapas que se mueven y cambian, muestran rutas como si fueran peces.
Recolector
Persona o criatura que junta objetos sin pedir permiso a los demás.
Toldos
Telones que cuelgan para dar sombra o cubrir puestos en la calle.

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