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Cuento de extraterrestre 11/12 años Lectura 20 min. (1)

La pegatina de la Tierra y el extraterrestre del mantel de frutas

Nico, un niño curioso, encuentra en la cala a Zim, un extraterrestre con la nave averiada; juntos buscan una baliza perdida y aprenden sobre la amistad, el humor y la apertura mientras intentan arreglar la consola.

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Un niño de 12 años, tímido y maravillado, con pelo castaño despeinado, camiseta azul gastada, vaqueros descoloridos y un cuaderno con hojas de pegatinas en el bolsillo, extiende la mano para pegar una pequeña gomita redonda con la Tierra en una consola brillante; junto a él, un extraterrestre llamado Zim, pequeño y redondo, piel verde‑gris texturada, grandes ojos negros brillantes y casco transparente empañado con un pequeño manto de motivos frutales, lo observa con curiosidad; al fondo, la escotilla de la lanzadera entreabierta da a una playa de arena fina y un acantilado herboso, mar en calma y un atardecer naranja y violeta; la consola, baja y orgánica con placas táctiles coloridas y luces parpadeantes, reacciona al contacto de la gomita encendiendo luces cálidas y pictogramas sonrientes que convierten un error en un mensaje de bienvenida, todo en una paleta suave tipo acuarela con texturas granuladas y salpicaduras controladas alrededor de reflejos metálicos. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La luz en la cala

Nico tenía once años y una costumbre muy seria: no salir de casa sin su libreta de notas, su lápiz y una hoja de pegatinas que guardaba como si fueran estampas mágicas. En la hoja había planetas, nubes, un cohete y una Tierra redonda con océanos tan azules que daban ganas de meter los dedos.

Aquella tarde, mientras el sol se inclinaba hacia el mar, Nico caminaba por el sendero que llevaba a la cala de la Falesia Suave. La llamaban así porque no era una pared dura y peligrosa, sino una loma alta, redondeada por el viento, cubierta de hierba corta y flores pequeñas. Desde arriba, el agua parecía una sábana de cristal.

Nico iba a ver el atardecer. Eso decía siempre. Pero en realidad iba a pensar. Era su forma de ordenar el mundo.

Cuando llegó, se sentó cerca del borde, donde el suelo era firme. Sacó la libreta y escribió: “Hipótesis: el cielo cambia de color porque…”

No terminó la frase.

En la arena de abajo, cerca de unas rocas, apareció una luz. No como un faro. Más bien como si alguien hubiera encendido una linterna dentro de una burbuja.

—¿Un dron? —susurró Nico, con el corazón haciendo saltos pequeños.

La burbuja se abrió como una flor. Y de ella salió algo… que no era un pájaro, ni un barco, ni un coche.

Era una nave. Pequeña. Redonda. Con una panza brillante y tres patitas que tocaron la arena con delicadeza, como si no quisieran molestar.

Nico tragó saliva. Miró alrededor. No había nadie más. Ni turistas, ni pescadores. Solo gaviotas que, sorprendentemente, siguieron con lo suyo.

“Vale”, pensó. “O estoy soñando o hoy no voy a escribir sobre el cielo.”

Bajó despacio por el camino, sin correr. No por valentía, sino porque tenía miedo de que, si corría, la escena se rompiera como un castillo de naipes.

La nave emitió un sonido suave, parecido a una tetera cuando empieza a hervir. Luego, una compuerta se deslizó.

Y apareció un extraterrestre.

Era más bajo que Nico, con piel verde grisácea, ojos grandes como canicas negras y una boca finita que parecía dibujada con lápiz. Llevaba una especie de chaleco lleno de bolsillos y un casco transparente… que tenía vaho por dentro.

El ser levantó una mano.

—Sss… ¿Sa-lu-dos? —dijo con una voz que sonaba como un instrumento afinándose.

Nico, que era aplicado incluso cuando su cerebro gritaba, respondió:

—Hola. Me llamo Nico.

El extraterrestre parpadeó dos veces, como si tomara nota.

—Ni-co. Yo… Zim. —Se tocó el pecho y luego señaló la nave—. No… ro-mper. Solo… mirar.

Nico respiró un poco mejor.

—¿Vienes en paz?

Zim inclinó la cabeza, confundido.

—¿En… paz? ¿Es un lugar?

Nico casi se ríe. Se contuvo, para no parecer maleducado.

—No. Es… una forma de decir que no vienes a hacer daño.

Zim abrió mucho los ojos.

—No daño. Curiosidad.

Curiosidad. Esa palabra sonó amigable, como una puerta que se abre.

Capítulo 2: El traductor que se atraganta

Zim sacó de un bolsillo un aparato del tamaño de un caramelo grande. Se lo pegó al cuello. El aparato hizo “pip-pip” y una voz metálica dijo:

—Idioma detectado: es-pa… ñol. Cargando.

—¡Guau! —dijo Nico—. ¿Eso traduce?

—Traduce —confirmó Zim. Luego habló más rápido—. Yo estudiar planeta. Este planeta… tiene agua con sal, y animales con plumas que gritan.

En ese momento, una gaviota soltó un chillido perfecto, como si hubiera oído su nombre.

Nico no pudo evitar reírse.

—Sí, esas son gaviotas. Y son muy cotillas.

Zim miró al cielo, como si las gaviotas fueran drones espías.

—Cotillas… palabra interesante. Apunto.

Nico se dio cuenta de que Zim llevaba una pulsera con una pantalla que mostraba símbolos que cambiaban, como si estuviera haciendo cuentas.

—¿Estás solo? —preguntó.

—No solo. Nave conmigo. Y… —Zim señaló el interior— consola central. Habla, pero hoy… hace cosas raras.

—¿Cosas raras cómo?

Zim arrugó la boca finita.

—Dice “error, error” como si tuviera hipo.

Nico, que había arreglado el mando de la tele una vez cambiando las pilas (y lo recordaba como una hazaña), se acercó un paso.

—¿Puedo ver?

Zim dudó un segundo. Luego asintió con solemnidad, como si estuviera concediendo acceso a un tesoro.

La compuerta olía a metal limpio y a algo parecido a menta. Dentro, la nave era sorprendentemente acogedora: luces suaves, asientos que parecían de gelatina firme, y una consola con botones que no eran botones, sino pequeñas placas que cambiaban de color al tocarlas.

La consola central tenía una pantalla grande con líneas que se movían. Y, efectivamente, un mensaje parpadeaba: “ERR0R: TRAYECTORIA DES-CA-LI-BRA-DA”.

—Parece que tartamudea —dijo Nico.

—Sí. Hipo de nave —dijo Zim, serio.

Nico miró sus pegatinas. La Tierra azul le guiñó desde la hoja, como si dijera: “Yo también quiero ir a esa consola”.

—Oye, Zim… —Nico levantó la hoja—. Tengo una pegatina de mi planeta. Es… una tontería, pero me gusta dejar pegatinas en sitios donde aprendo algo. Como mi manera de decir “estuve aquí”.

Zim se acercó, interesado. Sus ojos brillaron con curiosidad.

—Pegatina… ¿marca de amistad?

—Sí. Algo así. Pero solo si tú quieres. Es tu nave.

Zim miró la consola, luego a Nico, y luego a la pegatina de la Tierra.

—Si es amistad… sí. Con acuerdo. En consola. Aquí.

Señaló un espacio vacío al lado del mensaje de error, como si la consola estuviera esperando un adorno.

Nico sintió una alegría extraña, como cuando alguien te deja escribir en su cuaderno nuevo.

Con cuidado, despegó la pegatina de la Tierra y la colocó en el lugar indicado. Al alisarla con el dedo, la consola emitió un “bip” contento.

En la pantalla, el error parpadeó, se detuvo… y cambió a: “PLANETA LOCAL IDENTIFICADO: TIERRA. SALUDO ACTIVADO.”

—¡Eh! —dijo Nico—. ¡Creo que le ha gustado!

Zim abrió la boca finita y, por primera vez, pareció sonreír.

—Consola feliz. Pegatina… magia terrestre.

Nico se encogió de hombros, con una risa pequeña.

—No es magia. Es… pegamento.

—Pegamento —repitió Zim, como si fuera una palabra deliciosa—. En mi planeta, pegamento es prohibido. Todo se pega a todo. Caos.

Nico imaginó una ciudad entera pegada, con personas unidas por el codo a las farolas. Soltó una carcajada.

—Vale, vale, aquí funciona bastante bien. La mayoría de las veces.

Capítulo 3: La falesia suave y el mapa que no es mapa

Zim tocó la consola y una imagen flotó en el aire, como un holograma. Apareció la costa, la cala, la falesia suave… pero vista desde arriba, como si un pájaro muy inteligente la hubiera dibujado.

—Aquí —dijo Zim—. Yo aterricé porque… señal.

En el holograma, una pequeña estrella parpadeaba cerca de la cima de la falesia.

—¿Señal de qué? —preguntó Nico.

Zim buscó palabras.

—Señal de… preguntas. Como cuando tú miras cielo y dices “por qué”.

Nico se quedó quieto. Era raro que alguien describiera lo que él hacía sin reírse.

—Yo hago eso, sí.

—Yo también —dijo Zim—. Por eso vine.

La consola mostró otra cosa: un objeto pequeño, como una piedrecita, enterrado cerca del camino de la falesia. Brillaba.

—Eso es… —Zim frunció el ceño— mi baliza. Para volver. Pero la baliza… se escondió.

—¿Se escondió sola? —Nico levantó una ceja.

Zim se encogió de hombros.

—La Tierra tiene viento. Y arena. Y gaviotas cotillas.

Nico asintió, como si todo encajara. Las gaviotas podían esconder cualquier cosa si les daba la gana.

—Vamos a buscarla —propuso.

Zim dudó.

—No quiero… asustar humanos.

Nico miró la cala. Estaba vacía. La falesia suave, arriba, era un lugar tranquilo.

—No hay nadie. Y si aparece alguien, te tapas. Bueno… ¿tienes algo para taparte?

Zim abrió un bolsillo y sacó… un mantel.

Era un trozo de tela con dibujos de frutas alienígenas, y un borde con flecos.

Nico se quedó un segundo en silencio, y luego soltó una risa que le salió del estómago.

—¿Eso es para camuflarte?

—Sí. Manual dice: “En planeta desconocido, usar camuflaje”. —Zim lo desplegó con orgullo—. Frutas. Natural.

—Naturalísimo —dijo Nico, intentando hablar serio—. Nadie sospecha de un extraterrestre con mantel de frutas.

Zim pareció satisfecho.

Subieron juntos por el sendero de la falesia suave. El suelo era blando y olía a hierba caliente. El mar, abajo, respiraba con olas tranquilas. Zim caminaba con cuidado, como si el planeta fuera un animal dormido al que no quería despertar.

—¿Tu planeta cómo es? —preguntó Nico, mientras apartaba unas ramas.

—Mi planeta se llama K'thar —dijo Zim, y el traductor se atragantó un poco con el nombre—. Tiene dos lunas. Y rocas que cantan cuando llueve.

—¿Rocas que cantan?

—Sí. Y tenemos… —Zim pensó— deportes de gravedad. Saltamos mucho. Muy divertido. A veces… cabeza en techo.

Nico imaginó un partido donde todos rebotaban como pelotas. Le gustó la idea.

—Aquí también nos damos golpes —dijo—, pero no lo llamamos deporte.

Llegaron cerca de la cima, donde el viento era más fresco. El holograma de Zim señalaba un punto concreto: al lado de una piedra plana, como una mesa natural.

Nico se arrodilló y empezó a apartar hierba.

—Si yo fuera una baliza, me escondería aquí —murmuró, concentrado.

Zim observaba con ojos enormes, como si Nico estuviera haciendo un ritual.

De pronto, algo brilló bajo un montón de hojas secas.

—¡La veo! —dijo Nico.

Era una cápsula pequeña, del tamaño de una nuez, con una luz azul intermitente. Nico la tocó con dos dedos.

La cápsula hizo “piii” y salió disparada unos centímetros, como si tuviera vida propia.

—¡Ey! —Nico se echó hacia atrás—. ¡Es nerviosa!

Zim la atrapó al vuelo con una mano rápida.

—Baliza asustada —explicó, muy serio—. Piensa que eres gaviota.

—Gracias, ¿eh? —dijo Nico, fingiendo indignación—. Tengo cara de gaviota, claro.

Zim lo miró de arriba abajo, evaluando.

—No. Falta pluma.

Nico soltó una risa, aliviado.

Zim colocó la baliza en su pulsera. La luz azul se volvió constante.

—Ahora puedo volver a casa —dijo Zim, y la frase sonó feliz y un poco triste a la vez.

Nico miró el mar. La idea de que Zim se fuera tan pronto le hizo un nudo pequeño.

—¿Y ya está? —preguntó—. ¿Te vas hoy?

Zim levantó la vista hacia el cielo, que empezaba a ponerse naranja.

—No. Tengo tiempo. Y tengo… —tocó la pegatina de la Tierra en la consola, que Nico llevaba en la mente como si aún la viera— amistad nueva. Quiero entender más.

Nico se sintió importante, pero de una manera tranquila. Como cuando te confían algo delicado.

Capítulo 4: El error que era un chiste

De vuelta en la nave, Zim conectó la baliza a la consola. Las luces cambiaron, y la pantalla mostró una ruta de puntos brillantes.

—Listo —dijo Zim—. Pero consola aún tiene hipo.

La consola, como si se ofendiera, mostró: “ERR0R: HUMOR INCOMPATIBLE”.

Nico frunció el ceño.

—¿Humor incompatible? ¿Qué significa eso?

Zim chasqueó la lengua, frustrado.

—Mi nave tiene sistema de… “buen ambiente”. Si detecta tensión, hace chistes. Para calmar. Pero chistes… de K'thar. Aquí no funcionan.

La consola emitió un sonido y una voz robótica dijo:

—Chiste: ¿Qué hace una roca cantante cuando llueve? Se moja. Fin.

Nico parpadeó. Zim esperaba una reacción.

—Eh… —Nico buscó algo amable—. Es… directo.

Zim suspiró.

—En K'thar todos ríen. Aquí… no.

Nico se encogió de hombros.

—Aquí nos reímos, pero a veces necesitamos… cómo decir… un giro.

La consola parpadeó.

—Actualización solicitada: “giro”.

Nico miró a Zim.

—Creo que tu nave quiere aprender.

Zim asintió, esperanzado.

—¿Tú enseñar humor terrestre?

Nico se acomodó frente a la consola como si estuviera en clase, pero esta vez él era el profe.

—Vale. Primer consejo: un chiste tiene que sorprender un poquito. No decir lo obvio.

La consola mostró: “Obvio = prohibido”.

—Y segundo: depende de la situación. No es lo mismo si alguien tiene miedo.

Zim levantó un dedo.

—Yo no quiero que Nico tenga miedo.

Nico notó el calor en las mejillas.

—Estoy… un poco nervioso, pero bien.

La consola dijo:

—Chiste mejorado: ¿Qué hace una gaviota cotilla con un extraterrestre? Le pide un autógrafo.

Nico se rió. Esta vez sí, porque se imaginó a una gaviota con gafas y libreta.

Zim abrió mucho los ojos.

—¿Funcionó?

—Funcionó —confirmó Nico—. Ha sido… tonto, pero gracioso.

Zim pareció orgulloso de su nave.

La consola añadió:

—Siguiente chiste: ¿Por qué el humano pegó la Tierra en mi consola? Porque quería que el universo tuviera dirección.

Nico soltó una carcajada, sorprendido.

—¡Eso sí que tiene giro!

Zim dio un saltito, feliz.

—¡Consola aprendió! ¡Humor compatible!

La pantalla dejó de mostrar errores. En su lugar apareció: “ESTADO: TRANQUILO”.

Nico miró la pegatina de la Tierra, pegada como una bandera pequeña. Le gustó que estuviera allí: un punto azul en un lugar imposible.

—Zim —dijo, de pronto—, ¿tú… en tu planeta… hablas con humanos alguna vez?

Zim negó lentamente.

—No. Primer humano.

Nico tragó saliva.

—Pues… yo soy el primer humano que conoce a un Zim.

Zim lo miró con esa seriedad de ojos grandes.

—Entonces debemos hacerlo bien. Con apertura.

Nico asintió. Con apertura. Como una ventana sin cortinas.

Capítulo 5: El banco ocupado

La noche cayó despacio, sin prisa. La nave quedó silenciosa, como si también mirara las estrellas.

—Tengo una idea —dijo Nico—. Cerca de aquí hay un paseo con un banco que mira al mar. Si nos sentamos un rato, te puedo contar cosas de la Tierra sin que parezca… no sé… un interrogatorio de laboratorio.

Zim inclinó la cabeza.

—¿Banco? ¿Objeto de sentar?

—Sí. Un “objeto de sentar” perfecto.

Zim se puso el mantel de frutas sobre los hombros.

—Camuflaje naturalísimo —dijo Nico, imitando el tono solemne de antes.

Zim pareció entender la broma, porque su boca finita se curvó.

Subieron juntos hacia el paseo. El viento olía a sal y a pan recién hecho de algún sitio lejano. Las farolas se encendieron, una por una, como luciérnagas ordenadas.

El banco estaba allí, de madera, con las tablas un poco desgastadas por la gente y el tiempo. Y, tal como pedía el universo por alguna razón, el banco ya estaba ocupado.

No por una persona.

Por un gato gordo y naranja, estirado como si fuera el dueño del lugar. Tenía los ojos entrecerrados y una oreja doblada con elegancia.

Nico se detuvo.

—Vaya. Está… ocupado.

Zim se acercó despacio, maravillado.

—Animal de vigilancia.

—No, es un gato —susurró Nico—. Es más bien un animal de “no me molestes”.

El gato abrió un ojo y los miró con expresión de juez cansado. Luego miró el mantel de frutas.

Zim se quedó quieto, como si el gato pudiera desenmascararlo solo con la mirada.

—¿Me detectó? —murmuró Zim.

—Los gatos detectan todo —dijo Nico—. Incluso cuando no quieres.

El gato bostezó, enseñó dientes diminutos, y se levantó con dignidad. Caminó un poco hacia un lado del banco y se sentó, dejando espacio. No mucho. Pero suficiente.

Nico sonrió.

—Creo que nos ha dado permiso.

Zim se sentó con cuidado, como si el banco fuera una pieza de museo. Nico se sentó a su lado. El gato quedó entre ambos, como un árbitro peludo.

Desde allí, el mar era una mancha oscura con reflejos de luna. Arriba, el cielo estaba lleno de puntitos. Nico señaló uno.

—Eso es Venus.

Zim lo miró.

—En K'thar, a Venus lo llamamos “La Lámpara que No Se Apaga”.

—Me gusta —dijo Nico—. Aquí le ponemos nombres raros, pero no tan poéticos.

Se quedaron un rato en silencio. No un silencio incómodo, sino uno de esos que suenan a “estamos bien”.

—Nico —dijo Zim de pronto—. En mi planeta, nos enseñan que lo desconocido es peligro. Por eso traemos manuales y manteles.

Nico miró el mantel con frutas. El gato olfateó un fleco y decidió que no era comida.

—¿Y ahora qué piensas? —preguntó Nico.

Zim tardó un poco, como si escogiera palabras con pinzas.

—Pienso… que lo desconocido puede ser banco, mar, y un humano que pega su planeta en mi consola para decir “hola”. Y eso… es acogedor.

Nico sintió el nudo deshacerse.

—Yo también pensaba que los extraterrestres eran… invasiones, rayos y gritos.

Zim levantó un dedo.

—Yo tengo rayo.

Nico se tensó.

Zim sacó del bolsillo un objeto pequeño. Al apretar un botón, salió un rayo de luz… que dibujó en el aire una figura brillante: un gato con corona.

Nico se quedó boquiabierto. Luego se rió tan fuerte que el gato, ofendido, le dio la espalda.

—¡Eso no es un rayo de invasión! ¡Es un rayo de dibujo!

Zim asintió, satisfecho.

—Rayo de decoración. Muy útil. A veces decora paredes del jefe. Jefe no ríe.

—Aquí tampoco reiría —dijo Nico, imaginando al director del cole con un gato coronado en la pared.

Zim miró el mar.

—Mañana vuelvo a K'thar. Pero llevaré… —tocó su pulsera, como si allí guardara algo invisible— recuerdo de banco ocupado. Y pegatina de Tierra en consola. Y chistes con giro.

Nico tragó saliva otra vez, pero esta vez no era miedo.

—Y yo voy a llevarme una cosa —dijo—: que no hace falta entenderlo todo para ser amable.

Zim lo miró, serio y tranquilo.

—Apertura —dijo.

—Apertura —repitió Nico.

El gato, en medio, abrió un ojo como si aprobara la conversación. Luego volvió a cerrarlo, dueño del banco y de la calma.

Las estrellas siguieron ahí, sin prisas, como si el universo también escuchara y, por una vez, se sintiera un poquito más cercano.

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Puerta mecánica que se abre o cierra en una máquina o vehículo.
Panza
Parte central y redonda del cuerpo de un animal o de un objeto.
Consola
Rejilla de botones y pantalla que controla una máquina o vehículo.
Holograma
Imagen en el aire que parece real y se ve en tres dimensiones.
Baliza
Aparato que emite señales para indicar una ubicación o ayudar a volver.
Camuflaje
Tela o dibujo que sirve para ocultar algo mezclándolo con el entorno.
Pegatina
Etiqueta con pegamento que se pega en superficies como decoración.
ERR0R: TRAYECTORIA DES-CA-LI-BRA-DA
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