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Cuento de extraterrestre 11/12 años Lectura 15 min. (1)

La veladora de luna y el amigo de luz

Ariadna descubre a Numo, un ser amable y perdido cuyo arca con semillas ha caído en el patio, y juntos emprenden una búsqueda nocturna para recuperarla mientras nace una inesperada amistad.

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Ariadna, niña de 12 años, rostro redondo con pecas, pelo castaño en coleta, mirada maravillada y confiada, vestida con vaqueros y sudadera, agachada en un bordillo del patio con la mano extendida hacia una pequeña cápsula flotante que emite un resplandor azul; frente a ella Numo, extraterrestre del tamaño de un perro grande, piel lisa que cambia del verde al azul, tres dedos finos, grandes ojos negros brillantes y una banda luminosa en la frente, inclinado y amable, haciendo flotar la cápsula entre ambos; patio adoquinado con paredes de edificios antiguos, balcones con ventanas y cortinas, puerta metálica abierta hacia un pasillo oscuro, noche clara con un rectángulo de cielo estrellado entre los edificios; pequeñas luciérnagas verdes rodean la escena, iluminación suave e íntima, sombras alargadas, ambiente tranquilo y misterioso; encuentro amistoso en el que Ariadna ayuda a Numo a proteger el "arca" caída, intercambio de confianza y momento de descubrimiento y bondad; estilo gráfico: colores saturados pero suaves, texturas lisas, contornos ligeramente redondeados, composición centrada y atmósfera cálida y mágica. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La luz que guiña

Ariadna tenía doce años y un hambre de preguntas que no le cabía en los bolsillos. Vivía en un edificio viejo donde las tuberías cantaban por la noche y el patio interior, empedrado y cuadrado como un tablero de juego, guardaba el eco de todas las conversaciones.

Aquella tarde, mientras hacía los deberes, notó otra vez el zumbido en la ventana. No era el de un mosquito. Era más… ordenado, como si alguien tocara una cuerda invisible.

En su mesita había una pequeña luz de noche, una veladora con forma de luna que su abuela le había regalado. Tenía un botón de tres modos: suave, medio y fuerte. Ariadna la miró como si fuera un secreto.

—Si alguien me está llamando… —murmuró—, entonces yo también puedo llamar.

Había leído sobre códigos en un libro viejo de la biblioteca, uno que olía a polvo y aventuras. No sabía si funcionaría, pero lo intentó igual.

Pulsó: fuerte, fuerte, fuerte. Pausa. Suave, suave. Pausa. Fuerte. Pausa larga.

Era su versión de “Hola”. Lo inventó sobre la marcha, porque inventar era otra manera de ser valiente.

El zumbido se detuvo.

Ariadna se quedó quieta, con el dedo sobre el botón, como si el mundo entero estuviera escuchando.

Y entonces, desde el patio empedrado, subió una luz verde, pequeñita, que parpadeó dos veces.

Ariadna tragó saliva.

—Vale —susurró—. Esto… esto no lo pone en el libro de ciencias.

Capítulo 2: El patio de piedra y la sombra suave

Bajó las escaleras sin hacer ruido, con el corazón golpeándole las costillas como una pelota impaciente. En el rellano, el aire estaba más frío y olía a lluvia vieja y a jabón.

El patio empedrado la recibió con sus piedras irregulares, algunas brillantes, otras mates, como si la luna las hubiera lamido una por una. En el centro, donde solían dejar las bicicletas, había algo nuevo: una sombra baja, redondeada, del tamaño de un perro grande… pero sin ser un perro.

Ariadna se acercó despacio.

—¿Hola? —dijo, y su voz sonó más pequeña de lo que quería.

La cosa se movió. No hizo un salto ni un rugido. Más bien se desplegó, como una manta que decide convertirse en figura. Una cabeza, dos ojos enormes y oscuros, y una piel que parecía cambiar de tono según la luz: del verde al gris, del gris al azul.

Los ojos la miraron como si fueran ventanas abiertas.

—Ho… la —contestó una voz extraña, con una pronunciación que tropezaba, como si cada palabra fuera una piedra nueva.

Ariadna se quedó paralizada un segundo. Luego se acordó de respirar.

—¡Tú… tú también dices “hola”! —exclamó, y se le escapó una risa nerviosa—. Eso es buena señal.

El ser inclinó la cabeza. En su frente brilló una línea tenue, como una sonrisa dibujada con luz.

—Señal… buena —repitió—. Luz. Código. Tú.

—Yo soy Ariadna.

—Ari… ad… na —dijo él, despacio, como saboreando cada sílaba—. Yo… Numo.

—Encantada, Numo.

Numo levantó algo que podía ser una mano: tres dedos largos, finos, terminados en puntas blandas, como si fueran de goma.

—Encant… ada.

Ariadna notó que no sentía miedo, no de verdad. Sentía algo más fuerte: curiosidad, como cuando abres una puerta que siempre estuvo cerrada.

—¿Has venido… del espacio? —preguntó, señalando arriba, hacia el rectángulo de cielo que se veía entre los balcones.

Numo siguió su dedo y miró el cielo como si mirara una foto antigua.

—Sí —dijo—. Perdido… un poco.

—Ah. Bueno. Eso nos pasa a todos. Yo me pierdo hasta en el supermercado.

Numo la miró, serio, y luego su línea de luz en la frente se curvó más. Parecía que estaba aprendiendo a reír.

Capítulo 3: El mensaje en parpadeos

Ariadna se sentó en un bordillo del patio. Numo se agachó frente a ella, con una paciencia rara, como si el tiempo para él no corriera igual.

—¿Por qué la luz? —preguntó Ariadna.

Numo sacó de un bolsillo invisible una especie de disco transparente. Al girarlo, apareció en el aire un mapa de puntos: estrellas, líneas, círculos. No era un holograma de película, era más simple, como una proyección de linterna sobre niebla.

—Mi nave… arriba —dijo, y señaló un punto que parpadeaba—. Yo bajé por… buscar.

—¿Buscar qué?

Numo tocó el disco y el mapa cambió. Ahora se veía un dibujo de algo alargado, como una semilla con alas.

—Esto —dijo—. “Arca”.

—¿Arca? ¿Como un… barco?

Numo hizo un gesto de sí.

—Arca de… cosas vivas. Semillas. Micro… pe… queñas.

Ariadna frunció el ceño. Su cerebro iba deprisa, pero no tanto como el universo.

—¿Traías semillas de tu planeta?

—Sí. Para… compartir. Para… aprender.

—Eso suena bastante amable, la verdad.

Numo bajó la mirada un segundo, y su piel cambió a un azul más oscuro.

—Pero… arca cayó. Aquí. Yo seguí señal. Tu luz… contestó. Yo pensé: “Amigo”.

Ariadna sintió algo cálido en el pecho. No por orgullo, sino por alivio. “Amigo” era una palabra con manta.

—Entonces encendí la veladora y te dije “hola” en código —dijo— y tú respondiste.

—Sí —Numo tocó con cuidado la piedra del suelo—. Código… seguro. Sin gritar. Sin asustar.

Ariadna soltó el aire que no sabía que estaba guardando.

—Gracias por no aterrizar con sirenas —bromeó—. Mi vecina se queja hasta del canto de los pájaros.

Numo abrió mucho los ojos.

—¿Pájaros… suenan fuerte?

—A veces. Sobre todo cuando quieren.

Numo pareció fascinado.

—En mi… casa cielo… pájaros son… luz.

—¿Pájaros de luz?

—Sí. Luz que… canta.

Ariadna imaginó un cielo lleno de notas brillantes y se le puso cara de “necesito verlo algún día”.

—Vale —dijo, poniéndose de pie—. Vamos a buscar tu arca. Si se cayó aquí, quizá esté cerca.

Numo asintió. Una chispa verde saltó de su frente, como un “sí” más decidido.

Capítulo 4: Búsqueda entre sombras y risas

Buscar en un patio empedrado de noche era como buscar una canica negra en una caja de canicas negras. Ariadna cogió su móvil, pero no encendió la linterna; le dio miedo que alguien mirara por la ventana.

Numo, en cambio, extendió sus dedos y soltó un resplandor suave, como luciérnagas obedientes. Las pequeñas luces flotaron por encima de las piedras, explorando juntas.

—Eso es… muy útil —susurró Ariadna—. Yo tengo una app que hace “bip”, pero no ilumina nada.

—¿App? —Numo repitió la palabra como si fuera un caramelo extraño.

—Una aplicación. Un programita.

Numo tocó su disco transparente y, por un segundo, en el aire apareció una palabra mal escrita: “ap”. Luego “app”. Numo pareció satisfecho.

—Aprendo rápido —dijo, orgulloso.

—Se nota —respondió Ariadna—. Yo tardé tres semanas en aprender a hacer una tortilla decente.

Numo la miró con atención.

—Tor… ti… lla. ¿Es… herramienta?

Ariadna se tapó la boca para no reír fuerte.

—Es comida. Redonda. Como… como una luna comestible.

Los ojos de Numo se agrandaron aún más.

—¡Luna… comestible!

—No exactamente, pero me gusta tu idea.

Las luciérnagas de luz se detuvieron de golpe en una esquina del patio, junto al desagüe. Allí, entre dos piedras sueltas, había un brillo tenue, casi escondido, como un trocito de vidrio.

Numo se acercó con cuidado. Sus dedos tocaron el borde y la piedra se levantó sola, como si alguien hubiera aflojado el suelo desde abajo.

Debajo, encajada entre tierra y raíces, estaba la “arca”: una cápsula del tamaño de una caja de zapatos, con paredes transparentes y un núcleo brillante dentro que latía como un corazón pequeño.

Ariadna se arrodilló.

—Parece… frágil.

Numo hizo un sonido bajo, como un suspiro.

—Sí. Arca… tiene vida. Pequeña vida. No… sacar mal.

—¿Cómo la llevamos?

Numo colocó sus manos alrededor, sin tocarla, y la cápsula se elevó un palmo, flotando. Ariadna abrió la boca.

—Eso es trampa —dijo—. Si yo hago eso con mi mochila, me gradúo antes.

Numo parecía concentrado. Su piel se volvió de un verde más pálido.

—No trampa. Es… cuidado.

Ariadna asintió.

—Vale. Cuidado. ¿A dónde?

Numo señaló hacia la pared del patio, donde había una puerta de mantenimiento que casi nadie usaba.

—Allí… menos ojos.

Ariadna miró las ventanas. Algunas estaban oscuras. Otras, con cortinas. El mundo seguía dormido.

—Te sigo —susurró.

Capítulo 5: La puerta y el acuerdo

La puerta de mantenimiento chirrió al abrirse, como si se quejara por despertar. Detrás había un pasillo estrecho con tuberías y cajas viejas. Olía a metal y a cartón.

Ariadna se apoyó en la pared. La cápsula flotaba entre ella y Numo, iluminando el espacio con un brillo azul.

—Entonces —dijo Ariadna—, si tu arca tiene “cosas vivas”… ¿qué pasa si se rompe?

Numo tragó aire, de una forma que se notó.

—Señales… malas. Semillas se… pierden. Micro… seres se… apagan. Y… yo fallar.

La palabra “fallar” le salió pesada.

Ariadna se cruzó de brazos, pensando. Tenía esa sensación rara de estar jugando una partida importante, pero sin reglas claras.

—¿Tu nave está arriba, esperando?

Numo asintió.

—Mi nave no puede bajar en ciudad. Mucho metal. Mucha… mirada.

—Sí, aquí la gente mira hasta lo que no entiende.

Numo la observó con calma.

—Ariadna… tú amable. Tú contestaste. Ayudas. ¿Por qué?

La pregunta la pilló desprevenida. Ella se encogió de hombros.

—Porque estabas perdido. Y porque… no parecías querer hacer daño. Y porque, si yo estuviera en un sitio que no entiendo, me gustaría que alguien me ayudara.

Numo inclinó la cabeza, como si guardara esas palabras en un bolsillo.

—En mi casa cielo, decimos: “Mano abierta no es arma”.

Ariadna sonrió.

—Me gusta. Aquí decimos algo parecido: “Más vale una mano amiga que cien gritos”.

Numo tocó el disco. Apareció un dibujo: dos manos, una humana y otra con tres dedos, acercándose sin tocarse del todo, con una luz entre ambas.

—Trato —dijo Numo.

—Trato —repitió Ariadna, y levantó la mano.

Numo apoyó la suya, suave, fría como una piedra de río. No fue un apretón fuerte, más bien una promesa ligera.

La cápsula vibró una vez, como si también estuviera de acuerdo.

Capítulo 6: El camino de regreso y la carta escondida

Numo necesitaba volver a su nave antes de que amaneciera. Ariadna lo acompañó hasta el patio empedrado otra vez, porque allí el cielo era un cuadro sin marco.

—¿Cómo subes? —preguntó ella, mirando hacia arriba.

Numo señaló un rincón donde el aire parecía más denso, como si alguien hubiera colgado una cortina invisible. Las luciérnagas de luz se reunieron en círculo y formaron una especie de escalera de brillo.

—Vía de luz —explicó—. Silenciosa.

Ariadna soltó una risa.

—Ojalá hubiera una vía de luz para subir a mi habitación cuando me olvido las llaves.

Numo pareció entender el chiste a medias, pero sonrió con su línea de luz.

Antes de subir, Numo dejó el disco transparente en manos de Ariadna. No el que proyectaba mapas —ese lo guardó—, sino otro, más pequeño, como una ficha.

—Para tú —dijo—. Carta.

Ariadna lo miró. La palabra “carta” le sonó a papel, a sobres, a sellos. Pero aquello era cristal.

—¿Una carta… de verdad?

Numo tocó el cristal y, por un segundo, apareció un dibujo flotante: el patio empedrado, una luna, y dos figuras pequeñas bajo la luz. Debajo, símbolos que Ariadna no entendió, pero que se sintieron como “gracias”.

Ariadna notó que se le apretaba la garganta.

—Gracias a ti por confiar.

Numo levantó la cápsula del arca, flotando, y se la pegó al pecho un instante, como si abrazara algo que no quería perder.

—Volveré… con noticia. Con paz. Con… luna comestible —añadió, y sus ojos brillaron.

Ariadna se rió, esta vez sin nervios.

—Te esperaré. Pero la tortilla la pongo yo, ¿eh?

Numo subió por la vía de luz. Su cuerpo se volvió un punto, luego una chispa, luego nada. El cielo volvió a ser solo cielo.

Ariadna se quedó en el patio un momento más, escuchando el silencio. No era un silencio vacío: era un silencio lleno de posibilidades.

Subió a su casa, cerró la puerta con cuidado, y se sentó en la cama. La veladora con forma de luna la miraba como si supiera todo.

Ariadna guardó la carta de cristal en una cajita de lata donde antes tenía canicas. La colocó debajo de su almohada por un segundo, como para asegurarse de que era real.

Luego la pensó mejor. Se levantó, abrió el cajón de su escritorio y la guardó allí, entre un cuaderno y un lápiz.

Ordenada. Segura. Como un secreto amable.

Antes de dormir, encendió la veladora una vez, suave, como un guiño.

—Buenas noches, Numo —susurró—. Buen viaje.

Y, aunque nadie respondió desde el patio, Ariadna juraría que la luna de plástico brilló un poquito más, como si también supiera decir “hasta pronto”.

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Zumbido
Ruido continuo y suave, como el de un insecto o una máquina cercana.
Empedrado
Suelo formado por piedras puestas juntas, duro y con huecos entre ellas.
Veladora
Lámpara pequeña que da luz suave, usada para dormir o decorar.
Rellano
Espacio plano entre tramos de escalera donde puedes parar o descansar.
Holograma
Imagen que parece tres dimensiones, proyectada en el aire o sobre una superficie.
Proyección
Imagen que se muestra sobre una superficie usando luz o un aparato.
Cápsula
Contenedor pequeño y cerrado que protege algo dentro, como una caja especial.
Vibró
Movimiento rápido y corto de una cosa que tiembla o pulsa ligeramente.
Chirrió
Sonido agudo y desagradable que hace una puerta o algo metálico al moverse.
Tuberías
Conjunto de tubos por donde circula agua, gas u otros líquidos dentro de un edificio.

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