Cargando...
Cuento de extraterrestre 11/12 años Lectura 25 min.

La tradupiedra que cantaba y la nave tímida del puerto Trébol

Lino, un zorro inventor, y su amiga Tesa ayudan a Nuba, un visitante espacial tímido, a recuperar una piedra que canta y a reparar su nave, mientras descubren la fuerza de la amistad y la cooperación.

Descargar este cuento en PDF

¡Ideal para compartir o imprimir este cuento!

Descargar el e-book (.epub)

Lea este cuento en su lector de libros electrónicos.

Lino, un joven zorro antropomórfico de pelaje rojizo y orejas puntiagudas, sonríe curioso mientras sostiene con su pata izquierda una pequeña piedra lisa de vetas azules que vibra y emite un suave resplandor; a la derecha, Tesa, una nutria mecánica de pelaje marrón y gafas redondas, concentrada y orgullosa, sujeta una herramienta plateada lista para ajustar una pieza; a la izquierda, Nuba, un extraterrestre pequeño y tímido de piel verde pálida y grandes ojos negros, se mantiene en segundo plano con las antenas inclinadas y la mano sobre su pequeña tradupiedra; el escenario es el Puerto Espacial Trébol, con suelo empedrado grisazulado, faroles metálicos en tonos pastel, una pequeña lanzadera blanca con forma de cometa detrás y puestos de mercado con cajas de herramientas y guirnaldas; momento de reencuentro cálido frente a la lanzadera, la piedra vibra y proyecta una luz azul que ilumina los rostros, atmósfera de ayuda y ligereza, estilo acuarela pastel con texturas de papel y detalles en gel blanco para reflejos y microbrillos. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La piedra que cantaba bajito

En el mundo de los animales, donde las calles olían a pan de semillas y a lluvia reciente, vivía Lino, un zorro joven con las orejas siempre alerta y la cabeza siempre llena de “¿y si…?”.

Su taller era una antigua caseta de faroles, pegada al borde del Puerto Espacial Trébol. No era un puerto ruidoso como los de las películas de aventuras. Trébol era un lugar tranquilo, casi educado: las naves entraban como si pidieran permiso, los motores susurraban, y las luces de señalización parpadeaban con paciencia.

Lino coleccionaba cosas pequeñas: tornillos de titanio, plumas de gaviota solar, un mapa arrugado de constelaciones… y, desde aquella mañana, una piedra.

No era una piedra cualquiera. Era lisa, del tamaño de una nuez, y tenía una veta azul que parecía moverse cuando la mirabas de reojo.

Lino la encontró junto a la pista nueve, detrás de una caja de herramientas olvidada.

—¿De dónde has salido tú? —murmuró, y la acercó a la oreja.

La piedra vibró, como si contuviera un ronroneo escondido.

—¡Ja! —Lino sonrió—. Una piedra que canta. Esto no se ve todos los días.

La guardó en el bolsillo de su chaleco. Tenía que enseñársela a alguien, pero ¿a quién? En Trébol trabajaban muchos animales, cada uno con prisa y con normas. Y Lino, precisamente, no era famoso por respetar las normas.

Al entrar al taller, su amiga Tesa, una nutria mecánica con gafas redondas, estaba enroscada dentro de un armario, peleándose con un cable.

—Lino, si me vuelves a traer un “recuerdo” de la pista, te juro que te lo comes con salsa —dijo sin mirarlo.

—No es un recuerdo. Es… una sorpresa científica.

—Peor —contestó Tesa, y asomó la cabeza—. A ver.

Lino le mostró la piedra. La nutria la olfateó, la giró, y de pronto su bigote se erizó.

—Esto no es mineral corriente.

—¿Ves? —Lino casi saltó—. Lo sabía.

—Parece… un traductor de resonancia. O una baliza. O un huevo.

—¿Un huevo? —Lino se quedó muy quieto—. No quiero romper un huevo espacial.

La piedra, como si entendiera, volvió a vibrar. Una vibra suave, agradable, como una nota musical guardada en un bolsillo.

Tesa bajó la voz.

—En el Puerto Trébol no debería caer nada de las naves sin que alguien lo registre. Si esto está aquí, alguien lo ha perdido… o lo ha dejado.

Lino miró por la ventana del taller. A lo lejos, una nave pequeña, con forma de cometa, estaba aparcada en silencio. No tenía escudo de ninguna compañía. Ningún logo. Solo una pintura blanca y un símbolo que parecía una espiral con dos puntitos.

—Creo que ya sé de quién es —dijo Lino.

Y la piedra, como para confirmarlo, cantó un poco más fuerte.

Capítulo 2: El puerto en susurros

El Puerto Espacial Trébol parecía una plaza al atardecer. Había vendedores de té de algas, limpiadores con escobas magnéticas, y una banda de palomas mensajeras que discutían como si fueran capitanas.

Lino y Tesa caminaron entre las líneas amarillas de seguridad. Lino llevaba la piedra dentro de una caja acolchada, como si transportara un secreto.

—No mires tanto —le susurró Tesa—. Pareces un zorro que acaba de robar un pastel.

—No he robado nada. Estoy devolviendo un pastel a su panadería intergaláctica.

Tesa soltó un resoplido.

La nave-cometa, vista de cerca, era aún más extraña. Su superficie no era metal ni vidrio: parecía una piel suave, blanca, con puntitos que brillaban como rocío. No tenía ventanas, solo una ranura en forma de sonrisa.

—¿Cómo se entra aquí? —preguntó Lino.

La piedra vibró. Y la ranura sonrió más.

Un sonido de campanillas se extendió por el aire, y un panel se abrió como una flor. Del interior salió una escalera que parecía tejida con luz.

—Vale —murmuró Tesa—. Eso sí que es tecnología educada.

Lino tragó saliva. En el puerto, las reglas decían: “No subir a naves ajenas”. En letra grande. Y luego, en letra más grande: “Especialmente si no sabes si son ajenas”.

Pero la piedra seguía cantando en la caja. Como una invitación.

—Solo un paso —dijo Lino—. Y si huele raro, nos vamos.

—Si huele a queso quemado, me voy yo. Tú te quedas —replicó Tesa, pero subió detrás.

Dentro, la nave era un pasillo redondo con paredes que brillaban como luna. No había cables, ni tornillos, ni palancas. Todo parecía respirar.

En el centro flotaba una esfera transparente, llena de partículas que giraban, dibujando mapas.

Lino sacó la piedra. En cuanto la esfera la “vio”, las partículas se reunieron, y una voz suave, con acento extraño pero claro, habló en español perfecto:

—Objeto de enlace detectado. Bienvenidos.

Tesa se quedó con la boca abierta.

—¿Nos entiende?

—Quizá nos ha escuchado —susurró Lino.

Una sombra se movió al fondo. No era una sombra de miedo. Era una sombra de alguien tímido.

De detrás de una pared-curva apareció una criatura de tamaño pequeño, como un conejo sin orejas, con piel verde clara y ojos enormes que brillaban como charcos limpios. Llevaba una mochila redonda y unas antenas cortas que se movían con sus emociones.

La criatura levantó las manos, mostrando que no tenía nada.

—Hola —dijo, y la palabra sonó como si hubiera aprendido a decirla con cariño—. Yo… soy Nuba.

Lino se inclinó un poco, como se hacía al conocer a alguien importante, o a alguien que podía asustarse.

—Yo soy Lino. Y ella es Tesa. Encontré esta piedra… creo que es tuya.

Nuba miró la piedra y sus antenas temblaron de alivio.

—Sí. Se cayó. Es mi… tradupiedra.

Tesa parpadeó.

—¿Tradupiedra?

—Traduce. Y llama. Y canta cuando está sola —explicó Nuba, y de pronto sonrió, un gesto raro pero luminoso—. Se pone triste.

Lino sintió algo cálido en el pecho, como cuando devuelves un objeto perdido y te devuelven una sonrisa.

—Entonces ya no está triste —dijo, y le dio la piedra.

Cuando Nuba la tocó, la piedra dejó de vibrar… y por un segundo, todos escucharon un pequeño “¡uf!” de descanso, como si de verdad hubiera estado esperando.

Capítulo 3: Un problema del tamaño de una estrella pequeña

Nuba los condujo hacia una sala donde el suelo era blando, como musgo. Unas lámparas flotaban y se acomodaban según donde mirabas, como luciérnagas disciplinadas.

—Vengo de Lúmara —dijo Nuba—. Es un lugar… lejos.

—¿De qué tipo de lejos? —preguntó Lino.

—Del lejos que se mide con paciencia —respondió Nuba, y a Lino le gustó esa respuesta.

Nuba abrió su mochila y sacó un objeto en forma de cilindro. Tenía una grieta y soltaba chispas azules.

—Mi regulador de calma se rompió en el salto —explicó—. Sin él, la nave se asusta.

Tesa levantó una ceja.

—¿La nave… se asusta?

—Sí —dijo Nuba muy seria—. Cuando se asusta, se queda quieta. Como una tortuga.

Lino y Tesa se miraron. En el puerto, una nave quieta no era solo un problema para el dueño. Era un problema para todos: bloqueaba pistas, retrasaba envíos, enfadaba a los jefes… y en Trébol los jefes tenían voz de megáfono.

—¿Puedo ver eso? —Tesa alargó la pata hacia el cilindro.

Nuba se lo dio con cuidado, como si fuera un animalito herido.

Tesa lo examinó, olfateó el borde de la grieta y chasqueó la lengua.

—Esto no es una rotura simple. Está desalineado. Como si le hubieran dado un golpe de tristeza.

—O un estornudo espacial —dijo Lino.

—Lino, no existen los estornudos espaciales.

—¿Y cómo lo sabes? ¿Has estado en el espacio con un pañuelo?

Nuba soltó una risa pequeña, como una burbuja.

Tesa, aunque intentaba ser seria, se le escapó una sonrisa.

—Necesito herramientas —dijo—. Pero no quiero traer este… cilindro chispeante al taller sin permiso. En el puerto hay sensores por todas partes.

Lino se rascó detrás de una oreja. Miró la nave, el pasillo, las luces educadas. Y de pronto, una idea le saltó a la cabeza como un resorte.

—Podemos arreglarlo aquí. En la nave. Trébol es tranquilo… pero también es curioso. Si nos movemos rápido, nadie se entera.

Tesa lo miró como se mira a un zorro que quiere saltar un charco demasiado grande.

—¿Y con qué lo arreglamos, genio?

Lino abrió su bolsa de herramientas, que llevaba siempre, incluso para ir a comprar leche de nuez.

—Con imaginación, y con esto.

Sacó un rollo de cinta de cobre, un pequeño imán, y un destornillador tan gastado que parecía haber vivido tres vidas.

Nuba observaba con ojos enormes.

—En Lúmara, los inventores son… muy respetados —dijo—. Tú inventas como si jugaras.

—Es que es la mejor manera —respondió Lino.

Trabajaron juntos. Tesa ajustaba con precisión, Lino improvisaba con entusiasmo, y Nuba sostenía piezas y aprendía palabras nuevas.

—Eso se llama “tuerca”, Nuba —explicó Lino.

—Tuerca —repitió Nuba, y su antena se inclinó—. Suena a algo que cruje feliz.

—A veces cruje, sí —dijo Tesa—, pero feliz no siempre.

En un momento, la nave emitió un sonido grave. Las luces parpadearon. El suelo-músculo se tensó.

Nuba se encogió.

—Se está asustando.

Tesa apretó el cilindro y dijo, rápida:

—Necesitamos estabilizar el pulso. ¿La tradupiedra puede ayudar?

Nuba sacó la piedra y la colocó sobre el cilindro. La veta azul brilló y empezó a vibrar con un ritmo lento, calmado, como un corazón que sabe lo que hace.

La nave dejó de tensarse. Las luces se hicieron suaves.

Lino suspiró.

—Gracias, piedra —susurró—. Eres como una canción con manos.

Tesa encajó el imán, enrolló el cobre y, con un gesto final, cerró la grieta con una pieza que Lino había tallado de un trocito de plástico lunar.

El cilindro dejó de chispear.

Nuba abrió mucho los ojos.

—Lo han curado.

Tesa se enderezó, orgullosa, aunque fingió que no.

—No lo hemos curado. Lo hemos… reconfigurado.

Lino chocó suavemente su pata con la de Tesa.

—Eso, reconfigurado. Suena más profesional.

La nave emitió un murmullo alegre, como si ronroneara.

Pero entonces, desde fuera, un altavoz del puerto habló con voz de ganso administrativo:

—Atención. Nave no registrada en pista nueve. Se procederá a inspección.

Tesa se quedó helada.

—Ya nos han visto.

Nuba apretó la tradupiedra contra su pecho.

—No quiero problemas. Yo vine en paz.

Lino miró la salida de luz. En el puerto tranquilo, a veces, el silencio era solo la respiración antes del regaño.

—Entonces vamos a hablar con ellos —dijo—. Pero a nuestra manera.

Capítulo 4: La inspección y el malentendido

Bajaron por la escalera de luz justo cuando se acercaban dos guardias del puerto: una tortuga alta con casco y una cigüeña con chaleco reflectante. Ambos llevaban tablets de control y cara de “esto no está en el horario”.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó la tortuga, lenta pero firme.

Lino dio un paso adelante.

—Buenos días. Todo está bajo control. Esta nave… es amistosa.

La cigüeña estiró el cuello para mirar a Nuba.

—¿Un visitante? ¿Sin registro? Eso es… irregular.

Nuba levantó las manos, como antes.

—Hola. Yo… no quería molestar. Perdí mi tradupiedra. La recuperé.

La tortuga frunció el ceño.

—¿Tradupiedra? ¿Eso es un dispositivo de transmisión?

Tesa carraspeó.

—Es un traductor. Y una baliza. Pero no es peligrosa.

La cigüeña tocó la pantalla de su tablet.

—Cualquier baliza no autorizada puede interferir con nuestras señales.

Nuba miró a Lino con ojos de tormenta pequeñita.

—¿Mi piedra hace daño?

—No —dijo Lino rápido—. Solo canta cuando está sola. Y ya no está sola.

Eso no parecía convencer a la cigüeña.

—Vamos a requisarla hasta verificar su frecuencia.

Nuba dio un paso atrás, como si le quitaran algo más que una piedra. Como si le quitaran su voz.

Lino sintió un pinchazo de injusticia. En su mundo, devolver una cosa perdida era una fiesta pequeña, no una confiscación.

Tesa, que sabía hablar en “idioma normas”, levantó las patas con calma.

—Podemos hacer una prueba. Aquí, ahora. Si hay interferencias, aceptaremos el protocolo.

La tortuga miró a la cigüeña, y la cigüeña miró a la tortuga. Las normas son como una cuerda: si tiras con cuidado, a veces se afloja.

—Una prueba —aceptó la tortuga—. Pero supervisada.

Nuba colocó la tradupiedra sobre una caja. Tesa sacó un pequeño medidor de señal de su bolso.

—Lino, no toques nada —susurró ella—. Por favor.

—No voy a tocar nada —dijo Lino, y, para demostrarlo, metió las manos en los bolsillos. Solo que en su bolsillo había un botón suelto, y el botón era tentador… y su dedo lo encontró sin querer.

La tradupiedra vibró.

En la nave, la ranura-sonrisa se iluminó. Las lámparas del puerto parpadearon una vez, como un guiño.

La cigüeña saltó.

—¡Ahí está! ¡Interferencia!

—No, espera —dijo Tesa, mirando el medidor—. La señal es… armónica. No está bloqueando nada. Está sincronizando.

La tortuga inclinó la cabeza.

—¿Sincronizando con qué?

La nave emitió un sonido breve, como una frase.

Y la tradupiedra tradujo, con voz clara:

—Pido disculpas. Me perdí. Tengo miedo de dormir sola.

Hubo un silencio. Un silencio tan grande que hasta las palomas mensajeras dejaron de discutir.

La cigüeña bajó la tablet despacio.

—¿La nave… habla?

—Más o menos —dijo Lino—. Es una nave tímida.

La tortuga se aclaró la garganta. Su voz se volvió menos oficial.

—En Trébol no estamos acostumbrados a naves tímidas.

Nuba dio un paso adelante.

—Yo vine para conocer. Para aprender. Para… hacer amigos. En mi planeta me dijeron que aquí hay un puerto tranquilo. Que no muerde.

Lino tosió, miró de reojo a la tortuga.

—Bueno… a veces pellizca, pero no muerde.

Tesa mostró el medidor.

—La tradupiedra no daña. Y el regulador de calma ya funciona. La nave no bloqueará pistas.

La tortuga observó a Nuba y luego a Lino y Tesa. En su cara apareció algo parecido a una decisión valiente.

—De acuerdo —dijo al fin—. No requisaremos la piedra. Pero hay que registrar la visita.

La cigüeña asintió, todavía un poco confundida.

—Y… quizá —añadió, bajando la voz— podríamos aprender de esa sincronización. Suena útil.

Nuba sonrió, esta vez con confianza.

—Yo puedo enseñar.

Lino sintió que el aire del puerto se volvía más ligero.

—¿Veis? —dijo—. Cooperación. Como cuando dos motores comparten el mismo ritmo.

Tesa lo miró.

—Y como cuando un zorro no toca botones.

—Eso último no prometo —susurró Lino.

Capítulo 5: Un paseo por Trébol y un intercambio de maravillas

Con el registro hecho y las caras serias un poco menos serias, el puerto se transformó. La noticia corrió rápido, pero no como un chisme peligroso, sino como un cuento que alguien quería contar bien.

Nuba salió de la nave con Lino y Tesa. Las palomas mensajeras los siguieron a distancia, fingiendo que no los seguían.

Pasaron por el mercado de piezas recicladas, donde un mapache vendía “tornillos con historia” y una ardilla ofrecía “baterías que todavía creen en sí mismas”.

—Esto es bonito —dijo Nuba—. Huele a trabajo.

—Y a sopa —añadió Lino. De una esquina venía el aroma de sopa de cometa, hecha con verduras que crecían en gravedad baja.

Tesa señaló una torre con luces.

—Esa es la baliza principal. Si tu tradupiedra sincroniza con ella sin interferir, podríamos mejorar nuestras rutas. Menos retrasos. Menos sustos.

Nuba tocó su piedra.

—En Lúmara sincronizamos para cantar juntos. Para que nadie se pierda.

—Aquí también nos perdemos —dijo Lino—. A veces por fuera. A veces por dentro.

Nuba lo miró como si esa frase fuera una puerta.

Se sentaron en un banco frente a la pista nueve. El puerto, en ese momento, era un cuadro tranquilo: naves que llegaban como hojas, robots limpiadores que tarareaban, y un cielo azul con una luna pequeña que parecía un botón.

—¿Tienes algún deseo? —preguntó Nuba de repente.

Lino parpadeó.

—¿Un deseo?

—En mi planeta, cuando haces un viaje y alguien te ayuda, ofreces un deseo pequeño. No magia. Solo… una ayuda para que ocurra.

Tesa se rió.

—¿Vas a fabricar deseos? Eso suena a estafa de feria.

—No —dijo Nuba, serio—. Es cooperación. Yo doy lo que sé. Ustedes dan lo que saben. Y entonces el deseo tiene piernas.

Lino miró su taller a lo lejos. Pensó en sus cajas, en sus inventos a medio hacer, en esa sensación de estar siempre a punto de descubrir algo, pero necesitar una pieza que nunca aparecía.

—Yo… —dijo despacio— siempre he querido construir una estantería especial. Una estantería para recuerdos importantes. Pero no una estantería normal. Una que… guarde también el sonido del momento.

Tesa lo miró con sorpresa.

—¿Eso es lo que quieres? ¿Una estantería musical?

Lino se encogió de hombros.

—Quiero que cuando deje un objeto allí, me recuerde cómo se sintió el día. Como esa piedra cuando cantaba.

Nuba inclinó sus antenas.

—Eso es un buen deseo. Es un deseo que cuida.

Tesa suspiró, rendida.

—Vale, zorro. Esa idea me gusta.

Nuba abrió su mochila y sacó un puñado de filamentos transparentes, finos como pelos de luz.

—Hilos de memoria. No guardan pensamientos. Guardan… vibraciones. Como la alegría, o la calma.

—¿Y no guardan el sonido de cuando me regañan? —preguntó Lino.

Nuba sonrió.

—Si quieres, sí.

—Entonces no —dijo Lino rápido—. Solo lo bonito.

Tesa tomó un hilo y lo examinó con cuidado.

—Podemos integrarlo en madera. O en metal liviano. Si lo conectamos a una resonancia… Lino, tu piedra cantaba porque estaba sola. Tu estantería podría cantar cuando algo la toque.

Lino sintió que su deseo empezaba a moverse, como dijo Nuba: con piernas.

—Podemos hacerlo hoy —dijo—. En mi taller. Tengo madera de nogal espacial.

—Y yo tengo hilos —dijo Nuba.

—Y yo tengo herramientas… y sentido común —añadió Tesa—, por si ustedes se emocionan demasiado.

Caminaron hacia el taller como si llevaran una pequeña misión secreta. Detrás, el puerto seguía tranquilo, pero ahora parecía más… amigo.

Capítulo 6: La estantería de los recuerdos y el deseo cumplido

El taller de Lino se llenó de luz de tarde. Tesa abrió las ventanas, porque decía que las ideas necesitan oxígeno. Nuba se sentó sobre una caja y observó todo con curiosidad limpia.

—Primero, la estructura —ordenó Tesa, poniendo una tabla sobre la mesa—. Lino, mide.

Lino midió. Más o menos.

—Eso no es medir —dijo Tesa—. Eso es adivinar con optimismo.

—El optimismo también es una herramienta —respondió Lino, y volvió a medir, esta vez de verdad.

Trabajaron en equipo. Tesa cortaba con precisión, Lino lijaba hasta que la madera parecía suave como pan recién hecho, y Nuba iba colocando los hilos de memoria en pequeñas ranuras, como si cosiera un traje para el tiempo.

Cuando la última pieza encajó, la estantería quedó lista: tres baldas, una barandilla fina, y, escondidos dentro, los hilos que brillaban muy poquito, como si tuvieran pudor.

—Ahora falta el ancla —dijo Nuba—. Un objeto que recuerde el primer encuentro. Si lo colocas, la estantería aprende su primera canción.

Lino dudó. Miró a Nuba.

—Pero tu tradupiedra…

Nuba negó con la cabeza.

—No esa. Esa me acompaña. Pero… —rebuscó en su mochila y sacó una piedra distinta, más pequeña, gris con destellos verdes—. Esta es de Lúmara. Es una piedra de saludo. Se regala cuando alguien te recibe con amabilidad.

Lino la tomó con cuidado. Era fría, pero no triste. Era como un trocito de noche segura.

Tesa se cruzó de brazos.

—Eso sí que es un recuerdo importante.

Lino llevó la piedra hasta la estantería nueva. Antes de colocarla, miró a Nuba.

—¿Seguro?

—Seguro —dijo Nuba—. La cooperación hace que las cosas vuelvan, de otra manera.

Lino colocó la piedra en la balda del medio.

Al principio no pasó nada.

Luego, muy suavemente, como si no quisiera asustar a nadie, la estantería emitió un sonido: no una melodía completa, sino el comienzo de una. Como una puerta abriéndose.

Lino cerró los ojos y, por un instante, escuchó el Puerto Trébol: el susurro de los motores, la risa-burbuja de Nuba, el “clac” satisfecho de Tesa al arreglar el regulador, incluso el altavoz del ganso administrativo, pero convertido en algo casi gracioso.

Abrió los ojos con una sonrisa que le estiraba las mejillas.

—Funciona —susurró.

Tesa se inclinó para escuchar también. Sus ojos, detrás de las gafas, brillaron un poco.

—Vaya —dijo—. Es… bonito. Es como guardar la luz en una caja.

Nuba aplaudió despacito, para no romper el momento.

—Tu deseo tiene estantería —dijo—. Y tu estantería tiene deseo.

En la puerta del taller apareció la tortuga guardia. Venía sin casco, lo cual era casi una señal de fiesta.

—Solo pasaba a ver si todo estaba… en orden —dijo, y miró la estantería—. ¿Qué es eso?

—Un invento cooperativo —explicó Lino—. Para recordar lo bueno.

La tortuga acercó la cabeza, escuchó la melodía mínima, y su expresión se suavizó.

—Trébol necesita más de eso —admitió.

Afuera, la nave-cometa de Nuba emitió un murmullo contento. Como si también quisiera despedirse bien.

Llegó la hora. Nuba debía volver.

En el puerto, los animales se reunieron a distancia, con curiosidad respetuosa. La cigüeña incluso levantó una pata en señal de saludo, como si estuviera probando una nueva costumbre.

Nuba miró a Lino y a Tesa.

—Gracias por no tener miedo de lo extraño.

—Gracias por ser extraño de forma amable —respondió Lino.

Tesa tosió.

—Y… si vuelves, trae más hilos. Pero decláralos en aduana.

Nuba rió.

—Lo haré.

Antes de subir, Nuba tocó la tradupiedra y dijo:

—Deseo para ustedes: que este puerto siga siendo tranquilo… y valiente.

La piedra vibró, y la baliza principal del puerto, allá arriba, parpadeó en un ritmo nuevo, suave, como si aprendiera a cantar con otros.

La nave-cometa se elevó sin ruido, como una hoja que decide volar.

Lino regresó al taller y miró su estantería. En la balda del medio, la piedra de Lúmara brillaba discreta.

Lino apoyó una pata sobre la madera.

—Guardaré esto aquí —dijo en voz baja—, para no olvidar que el universo puede llamar a tu puerta… y pedir permiso.

La estantería respondió con su pequeña melodía.

Y Lino, inventivo y feliz, supo que su deseo estaba cumplido: no solo había construido un lugar para recuerdos, sino un lugar donde la cooperación tenía música.

Sin publicidad 3€ por mes

¿Desea una lectura sin interrupciones? Apoye a Oh My Tales, elimine todos los anuncios y disfrute de otras ventajas incluidas desde 3€ al mes.

Ver los planes y tarifas
Compartir

reportar un problema con este cuento

¿Qué pensaste de este cuento?

Dén su opinión asignando una nota a este cuento según lo que usted y/o su hijo piensan al respecto. ¡Gracias de antemano!

¡Gracias! ¡Su calificación ha sido tomada en cuenta!

El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Resonancia
Vibración o sonido que se repite y se siente en objetos o espacios.
Baliza
Dispositivo que envía señales para indicar posición o ayudar en rutas.
Regulador de calma
Aparato que ayuda a mantener estable y tranquilo el funcionamiento de la nave.
Tradupiedra
Objeto que traduce sonidos y emociones y puede emitir canciones o señales.
Sincroniza
Cuando dos cosas se ponen a funcionar juntas con el mismo ritmo.
Requisarla
Tomar algo por autoridad para revisarlo o controlarlo.
Inspección
Revisión o examen cuidadoso para comprobar que todo está en orden.
Reconfigurado
Cambiar la forma de funcionar de un aparato para que vaya mejor.
Altavoz
Objeto que amplifica la voz para que muchas personas puedan oírla.
Balda
Estante horizontal donde se colocan objetos dentro de una estantería.

¡Crea un cuento mágico y único para su hijo!

Cree una aventura personalizada en solo unos minutos donde su hijo se convierte en el héroe. ¡Con nuestra herramienta exclusiva, es fácil, gratuito y divertido!

Crear un cuento

Descargue este cuento:

Descargar este cuento en PDF Descargar el e-book (.epub)

Para leer a continuación en Cuentos de extraterrestres para 11/12 años

¡Recibe nuevos cuentos cada domingo por la noche!

Reciba 7 cuentos emocionantes y cautivadores, adaptados a la edad y gustos de su hijo, cada domingo a las 17h*. ¡Es gratis y garantizado sin spam!
*Correo enviado a las 17h, hora de Europa Central (CET).
No nos gusta tampoco el spam. Así que solo le enviaremos cuentos. Podrá darse de baja cuando lo desee.