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Cuento de extraterrestre 11/12 años Lectura 23 min.

La noche en que el cielo cayó en gotas y llegaron tres visitantes

Vera, una niña curiosa, encuentra a tres pequeños extraterrestres durante una noche de lluvia y, con paciencia y creatividad, les enseña sobre charcos, la lluvia y cómo proteger su puerta especial para poder continuar su viaje.

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Vera, niña de 12 años, valiente y asombrada, pelo castaño despeinado, chaqueta amarilla mojada y botas de goma embarradas, sostiene una pequeña esfera transparente luminosa que hace "tic-tic"; Lumo, extraterrestre pequeño y serio de piel gris y ojos redondos color esmeralda, extiende las manos hacia una puerta circular de luz en el maíz, detrás de Vera; Nari, extraterrestre curioso y delgada con un objeto en forma de colador en la cabeza, toca suavemente el borde de una lona a la izquierda; Bex, extraterrestre más compacto y juguetón, con un aparato luminoso en el suelo que emite un halo cálido, salta salpicando en un charco a la derecha; lugar: camino de tierra nocturno al borde de un maizal denso, luna baja reflejada en varios charcos, lluvia fina y gotas visibles, viejo cobertizo de madera con techo de chapa al fondo; situación: bajo una gran lona empapada tendida entre las plantas, protegen una puerta vibrante de luz circular mientras la lluvia forma anillos en las pozas; estilo visual: colores contrastados y saturados, reflejos plateados en el agua, texturas de barro detalladas, trazos suaves y expresivos, atmósfera mágica y nocturna, composición centrada en la esfera luminosa y la puerta de luz. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La luz en el maizal

La noche había caído como una manta oscura sobre el campo. En el pueblo, casi todas las ventanas ya eran rectángulos apagados, pero Vera seguía despierta. Tenía once años y esa paciencia rara que a veces desesperaba a los adultos… y salvaba a los gatos. O a quien hiciera falta.

Subió en puntillas al desván con una linterna en la boca y una manta enrollada bajo el brazo. Allí estaba su tesoro: un telescopio viejo, heredado de su abuelo. No era elegante ni moderno, pero cuando mirabas por él, el cielo parecía acercarse con educación, como si dijera: “Pasa, no muerdo”.

Vera lo montó junto a la ventana abierta. El aire olía a tierra húmeda; había llovido por la tarde, y ahora el campo respiraba despacio.

—Solo una mirada —susurró—. Una.

Giró el telescopio hacia un grupo de estrellas que su abuelo llamaba “Las Tres Migas”, porque siempre aparecían juntas, como si no se atrevieran a separarse.

Entonces, algo se movió entre el maizal.

No fue un animal. Los animales hacen ruido, crujen, huelen. Aquello fue una luz silenciosa, pequeña, verde-azulada, como un luciérnaga que se hubiera tragado un trocito de luna.

Vera bajó las escaleras sin hacerlas sonar. Se puso botas, cogió una chaqueta y salió por la puerta trasera. El camino de tierra que bordeaba los campos se estiraba delante de ella como una cinta. La luna lo pintaba de plata.

La luz volvió a brillar, más cerca.

—Vale —dijo Vera, mirando al maizal—. Si eres un dron del vecino, te advierto que mi cara de “no me impresiona” está lista.

La luz se apagó.

Y luego, a un metro de ella, el aire… se dobló. Como si alguien hubiera empujado una cortina invisible.

De esa “cortina” asomó una cabeza pequeña, redonda, y dos ojos grandes como canicas mojadas.

—¿Hola? —dijo una voz fina, muy seria—. ¿Tú eres… local?

Vera se quedó quieta un segundo. Notó que el corazón le daba un salto, pero no de miedo. Era un salto de “esto no me va a pasar dos veces en la vida”.

—Sí —respondió, tragando saliva—. Soy local. Me llamo Vera. ¿Y tú?

El ser parpadeó lento, como si estuviera descargando información.

—Yo soy Lumo. Y nosotros… —Se oyó un susurro y aparecieron dos figuras más detrás, medio ocultas—. Nosotros necesitamos… eh… instrucciones.

Una de las figuras llevaba algo en la cabeza que parecía un colador metálico. La otra sujetaba un aparato con luces parpadeantes, como un mando a distancia nervioso.

Vera levantó las manos despacio para que entendieran que no iba a hacer nada raro.

—Puedo ayudar —dijo—. Pero primero… ¿sois… extraterrestres?

El del colador asintió con solemnidad.

—Sí. Y hemos aterrizado… —miró a su alrededor con cara de sospecha— en un sitio con barro.

La última palabra la dijo como si fuera una amenaza.

Vera se mordió la lengua para no reír.

—Bienvenidos a la Tierra —dijo—. Aquí el barro viene en oferta.

Capítulo 2: Tres visitantes y una palabra desconocida

Los tres salieron de la “cortina” invisible y se colocaron en fila, como si fueran a hacerse una foto. Medían poco más que Vera. Tenían la piel de un gris suave, casi como piedra pulida. Sus dedos eran largos, pero no daban miedo; daban curiosidad.

Lumo se señaló a sí mismo.

—Explorador. Ellos son Nari y Bex.

Nari era la del colador, aunque Vera supuso que era algo importante y no un utensilio de cocina. Bex, el del aparato parpadeante, lo agitó y el aparato emitió un “piii” indignado.

—¿Ves? —dijo Bex—. Está enfadado otra vez.

—¿Por qué? —preguntó Vera.

—Porque… —Bex frunció lo que parecía su nariz—. No entiende este planeta. Hay agua en el suelo sin contenedor. Eso es ilógico.

Vera miró el camino. Con la lluvia de la tarde, se habían formado charcos por todas partes. Algunos reflejaban la luna y parecían pequeños espejos rotos.

—Ah —dijo—. Eso se llama charco. O “flaque”, pero en español decimos charco.

Lumo repitió la palabra con cuidado:

—Char… co.

—Exacto.

Nari se agachó y metió un dedo en el barro del borde.

—El suelo está… blando —murmuró, como si fuera un secreto.

—Porque ha llovido —explicó Vera—. Cuando cae agua del cielo.

Los tres extraterrestres se miraron entre sí.

—¿Agua… del cielo? —repitió Bex, apretando su aparato como si quisiera que le diera respuestas.

—Sí. Lluvia.

Lumo abrió mucho los ojos.

—¿Puedes mostrarnos?

Vera soltó una risita.

—Eso depende de las nubes. Pero hoy… ha llovido hace poco. Y quizá vuelva esta noche.

—Necesitamos verlo —dijo Nari. Y lo dijo con esa seriedad de quien pide ver un volcán o un dragón.

Vera pensó en su casa, en la cama calentita, en lo fácil que sería fingir que no había visto nada. Pero los tres la miraban como si ella fuera una llave.

Y Vera era paciente. Y también era curiosa.

—De acuerdo —dijo—. Pero hay una regla: caminamos por el camino. No entramos en el maizal. Y si os asustáis, me lo decís. Sin bromas.

Bex levantó una mano.

—¿Las bromas están prohibidas?

—No —dijo Vera—. Solo las que hagan daño.

Los tres asintieron, aunque Bex parecía un poco triste, como si acabara de perder un campeonato de chistes.

Empezaron a andar por el camino de campo. A un lado, el maíz susurraba con el viento. Al otro, un prado se extendía oscuro y tranquilo. Las botas de Vera hacían “chof” de vez en cuando. Nari imitó el sonido con la boca, fascinada.

—Chof —dijo Nari.

—Es el idioma del barro —bromeó Vera.

Bex soltó una carcajada rara, como si su risa tuviera escalones.

—Ja. Ja. Ja. Muy eficiente.

Vera sonrió. Aquello iba a ser… interesante.

Capítulo 3: El camino nocturno y el espejo del cielo

El camino se curvaba suavemente hacia una zona más baja, donde el agua siempre se quedaba un rato después de llover. Vera lo sabía porque allí, en verano, salían ranas que cantaban como si tuvieran micrófono.

Los extraterrestres caminaban con cuidado, levantando los pies como si el suelo pudiera morder. Lumo iba observando todo: los insectos, las hierbas, incluso una piedra con forma de corazón.

—Este planeta deja cosas por todas partes —comentó.

—Se llama “naturaleza” —dijo Vera—. No es muy ordenada.

Llegaron al primer charco grande. Era ancho como una mesa y reflejaba la luna entera, redonda, perfecta, como una moneda recién pulida.

Bex se inclinó y retrocedió de golpe.

—¡Hay un agujero al cielo en el suelo!

—No es un agujero —dijo Vera—. Es un reflejo.

—¿Refle… qué? —preguntó Nari.

Vera se arrodilló al borde del charco. Metió un dedo y movió el agua. La luna se rompió en mil pedacitos brillantes y luego volvió a juntarse.

—El agua copia lo que ve. Como un espejo.

Lumo se agachó, lento, como si el charco pudiera explotar.

—¿Entonces el cielo está… aquí?

—No —dijo Vera—. Pero parece que sí. Es una ilusión. Una mentira amable.

Bex tocó el agua con una punta de su dedo. La retiró y miró la gota que se le quedó pegada.

—Es fría —anunció, como si estuviera informando a su nave.

—Depende —dijo Vera—. En verano puede estar templada. En invierno… mejor no.

Nari, con cuidado, metió la mano entera y la sacó. Luego se la miró como si le hubieran puesto un guante invisible.

—Se queda encima —dijo—. Y luego se cae.

La gota resbaló por su muñeca y cayó al charco con un “plip”.

Los tres se quedaron mirando el “plip” como si fuera el sonido más importante del universo.

Vera notó algo en sus caras: no era solo curiosidad. Era… un poquito de miedo. El agua, para ellos, parecía un misterio peligroso. Y de pronto Vera entendió que, aunque fueran extraterrestres y tuvieran aparatos brillantes, también podían sentirse pequeños.

—Oye —dijo con suavidad—. Está bien si os da respeto. A mí me daba miedo el mar cuando era más pequeña. Parece que no tiene fin.

Lumo la miró.

—¿Y qué hiciste?

Vera se encogió de hombros.

—Aprendí poco a poco. Primero tocando el agua con los pies. Luego mirando cómo se mueve. Y con alguien cerca.

Nari bajó la mirada al charco y luego a Vera.

—Tú… estás cerca.

—Sí —dijo Vera—. Estoy aquí.

Bex respiró hondo, como si se preparara para un examen, y metió ambos pies en el borde del charco. Sus botas —que no eran botas, eran como cápsulas blandas— hicieron “chof”.

Bex se quedó quieto.

—Estoy… en el agua del suelo —dijo, casi orgulloso.

—Bienvenido —dijo Vera—. No muerde.

En ese momento, una brisa más fresca recorrió el camino. Las hojas del maíz se agitaron. Y Vera levantó la vista.

Las nubes se habían juntado, oscuras, y tapaban una parte de la luna.

—Creo que vais a tener suerte —murmuró.

—¿Suerte de qué? —preguntó Lumo.

Vera sonrió.

—De ver la lluvia.

Capítulo 4: Cuando el cielo empieza a caer

Al principio fue un sonido. Un “tic-tic” suave sobre las hojas, como dedos pequeños tocando una mesa.

Luego, la primera gota le cayó a Vera en la nariz.

—Ahí está —dijo.

Los extraterrestres levantaron la cabeza al mismo tiempo. Una gota le cayó a Nari en el colador metálico y sonó “clink”. Nari se quedó congelada.

—Confirmado —susurró—. El cielo está… soltando agua.

—Eso es lluvia —repitió Vera, paciente.

Las gotas se hicieron más frecuentes. La tierra empezó a oler más fuerte, como si estuviera contenta. El camino se oscureció y los charcos se llenaron de círculos que nacían y morían sin parar.

Bex extendió las manos y dejó que las gotas chocaran contra su piel.

—Es… como si el planeta te tocara —dijo, sorprendido.

Lumo giró sobre sí mismo, mirando cómo caían las gotas en la luz tenue de la luna.

—En nuestra zona de viaje, el agua está en cápsulas o en tubos —explicó—. Nunca… así.

Nari abrió la boca y sacó la lengua. Una gota le cayó. Se quedó con los ojos muy abiertos.

—Sabe a… nada.

Vera se rió.

—Eso es lo mejor del agua: no intenta ser otra cosa.

La lluvia se volvió más intensa. Vera notó cómo el pelo se le pegaba un poco a la frente. Los extraterrestres no parecían incómodos; parecían en un parque de atracciones.

Bex empezó a dar pequeños saltos dentro de un charco.

—¡Chof! ¡Chof! ¡Chof!

—¡Eh! —dijo Vera, entre divertida y alerta—. Despacio. Si resbalas…

Bex se detuvo, con la culpa asomándole por los ojos.

—Lo siento. Me emocioné.

Vera respiró y bajó la voz.

—No pasa nada. Solo… cuidado. El suelo mojado engaña.

Lumo miró alrededor, inquieto.

—¿Y si alguien nos ve?

Vera siguió su mirada. A lo lejos, se veía una luz: una casa, quizá el granero del señor Román. Nadie parecía moverse.

—A estas horas, casi todos duermen —dijo—. Y con lluvia, menos gente sale.

Nari señaló el aparato de Bex, que ahora parpadeaba más rápido.

—El traductor térmico marca cambios.

—¿Qué tipo de cambios? —preguntó Vera.

Bex lo acercó a su cara, como si el aparato le estuviera contando un chiste privado.

—Dice que nuestra… “puerta” —miró hacia el maizal— se está debilitando con el agua en el aire.

Vera frunció el ceño.

—¿Eso es malo?

Lumo se mordió el labio inferior, un gesto muy humano.

—No queremos quedarnos atrapados. Solo vinimos a… aprender. A comprobar si este planeta era… amable.

Vera sintió un tirón en el pecho. No porque fueran a irse, sino por lo que significaba: para ellos, la Tierra podía ser peligrosa solo por… ser Tierra.

La lluvia no era un monstruo. Los charcos no eran trampas. Solo era agua. Pero el miedo hacía que cualquier cosa pareciera una amenaza.

Vera se enderezó.

—Entonces vamos a la puerta —dijo—. Pero antes… —miró a los tres, empapados y brillantes—. Quiero que recordéis esto: la lluvia no os persigue. Solo cae. Y si os molesta, podéis buscar techo. Aquí hay un viejo cobertizo cerca, por si necesitamos esperar.

Bex levantó un dedo.

—¿La lluvia también cae en otros planetas?

Vera se encogió de hombros.

—Supongo que sí. El universo es grande. Pero esta es nuestra lluvia. Y hoy os la he presentado.

Nari asintió con solemnidad.

—Ha sido… una presentación muy húmeda.

Vera soltó una carcajada.

—Sí. Bastante.

Y corrieron —sin correr demasiado— por el camino de campo, con la lluvia detrás y delante, como si el mundo entero fuera una cortina de agua.

Capítulo 5: El cobertizo, las dudas y una idea brillante

El cobertizo era una estructura vieja de madera, con un techo de chapa que sonaba como tambor bajo la lluvia. Se metieron dentro y, de repente, el ruido se volvió más fuerte y más cerca, como si el cielo estuviera golpeando para entrar.

Vera se sacudió el pelo. Los extraterrestres se sacudieron… todo. Bex lo hizo tan rápido que su aparato lanzó un pitido de protesta.

—¡Hey! —dijo Bex—. No te quejes. Tú no estás mojado.

Lumo se asomó por una rendija. La lluvia caía en diagonal, iluminada por la luna escondida.

—La puerta —murmuró—. Está en el maizal. Si se apaga…

Nari apretó su colador metálico como si fuera un casco de seguridad.

—Nos quedamos.

Vera se sentó en una caja vacía y pensó. La paciencia no era solo esperar; también era observar hasta que aparecía un camino. Y Vera sabía algo que ellos no: la lluvia no duraba para siempre, pero sí podía durar lo suficiente para complicar las cosas.

Miró sus manos. Miró el suelo del cobertizo, con pequeños riachuelos entrando por los lados. Miró el viento.

—¿Cómo funciona vuestra puerta? —preguntó.

Lumo ladeó la cabeza.

—Es un pliegue. Un atajo. Se estabiliza con energía de diferencia de temperatura y campo seco.

—¿Campo seco? —repitió Vera.

Bex señaló el exterior con gravedad.

—Esto es lo contrario de seco.

—Vale —dijo Vera—. Entonces necesitamos… secar el aire cerca de la puerta, aunque sea un poco. O protegerla de la lluvia directa.

Nari la miró como si Vera acabara de proponer domesticar un cometa.

—¿Puedes hacerlo?

Vera señaló el cobertizo.

—Aquí hay lonas. Mi abuelo guardaba de todo. Y en mi casa… —se detuvo, pensando en no hacer ruido— hay un secador de pelo. Pero eso sería demasiado.

Bex se iluminó.

—¿Un secador de pelo? ¡Tecnología de evaporación portátil!

Vera se tapó la boca para no reír.

—Sí, sí, súper espacial. Pero hace ruido y despertaría a todo el pueblo. Así que no.

Lumo miró las lonas dobladas en un rincón.

—¿Eso sirve?

Vera se levantó y tiró de una lona grande, pesada, con olor a polvo y verano.

—Esto puede servir como paraguas gigante. Si cubrimos la zona de la puerta, la lluvia no le cae encima.

—Pero el aire seguirá húmedo —dijo Nari.

Vera asintió.

—Sí. Pero quizá solo necesita un respiro. Y además… —miró el techo de chapa— la lluvia suena fuerte. Nadie nos oirá.

Bex levantó su aparato.

—Puedo generar calor suave. Pequeño. Como… tostadora.

—¿Una tostadora espacial? —preguntó Vera.

—Exacto —dijo Bex, orgulloso.

Vera respiró hondo.

—Vale. Plan: vamos juntos al maizal. Yo llevo la lona. Vosotros… lo que sea que hagáis con vuestra tostadora. Y si os asustáis, me avisáis.

Lumo la miró fijo.

—Eres pequeña. Pero tu voz… es grande.

Vera notó que se le calentaban las mejillas, aunque hacía frío.

—Soy de pueblo —dijo—. Aquí, si no hablas claro, las gallinas te ganan la discusión.

Nari parpadeó.

—¿Las… gallinas discuten?

—No quieres saber —dijo Vera.

Y salieron del cobertizo a la lluvia.

El camino de campo, de noche, con agua cayendo y charcos creciendo, parecía un lugar sacado de otro planeta. Y quizá lo era, por un rato.

Llegaron al borde del maizal. La “cortina” invisible se notaba como un cosquilleo en el aire. Lumo la señaló con cuidado.

—Aquí.

Vera extendió la lona por encima, como un techo improvisado. Nari y Bex sujetaron las esquinas, sus dedos largos firmes bajo la tela mojada. La lona vibraba con las gotas.

Bex colocó su aparato en el suelo, apuntando hacia la zona de la puerta. El aparato emitió un zumbido bajo, casi como un ronroneo.

—Calor suave activado —anunció.

Vera acercó la mano: sintió un tibio agradable.

Lumo cerró los ojos y apoyó las palmas en el aire, como si tocara un cristal invisible.

El aire delante de ellos empezó a brillar.

—Está… volviendo —susurró Nari.

La “cortina” se hizo más clara, como una puerta de luz en medio del maizal oscuro. Por un segundo, Vera vio detrás: un pasillo blanco, curvado, con símbolos que se movían como peces.

—Guau —dijo.

Bex la miró.

—¿Quieres venir?

La pregunta cayó como una gota enorme en el silencio.

Vera se quedó quieta. Su imaginación dio un salto. Se vio flotando entre estrellas, comiendo comida en pastillas, hablando con criaturas raras. Luego se vio a su madre por la mañana, encontrando la cama vacía y el telescopio sin su dueña.

Vera tragó saliva.

—No —dijo, firme—. Pero gracias por preguntarlo.

Lumo asintió, serio, como si esa respuesta fuera una prueba.

—Eso es… cuidar.

Vera sonrió, empapada, con el corazón latiéndole fuerte.

—Y vosotros, ¿vais a volver?

Nari miró el cielo.

—Sí. Antes de que el campo seco se convierta en… lago.

—Todavía no es para tanto —dijo Vera.

Bex señaló un charco enorme que ya parecía una pequeña laguna.

—Discrepo.

Vera soltó una risita.

—Vale, sí. Un poco.

La puerta brilló más.

Lumo dio un paso, pero se detuvo.

—Vera.

—¿Sí?

Lumo sacó de un bolsillo una pequeña esfera transparente. Dentro, había una luz que se movía lenta, como un pez atrapado en una burbuja.

—Para ti. Memoria de lluvia. No es agua. Pero recuerda el sonido.

Vera la cogió con cuidado. Estaba tibia, y cuando la acercó a la oreja, oyó un “tic-tic” suave, como gotas sobre hojas.

—Es preciosa —susurró.

Nari se inclinó un poco hacia ella.

—Gracias por ser paciente. Nosotros… llegamos con miedo.

Vera apretó la esfera en la mano.

—Yo también tuve un poco —admitió—. Pero el miedo no manda. Solo avisa.

Bex levantó su aparato.

—Apuntado. “El miedo avisa”. Buena frase terrestre.

—Podéis llevárosla —dijo Vera—. Es gratis.

Los tres rieron.

Y, uno por uno, se metieron en la puerta de luz. La “cortina” se onduló. El aire volvió a ser aire. La lluvia siguió cayendo como si nada hubiera pasado.

Vera se quedó un momento bajo la lona, mirando el punto donde habían desaparecido.

Luego dobló la lona, la cargó como pudo y regresó por el camino de campo. Los charcos reflejaban un cielo sin prisa.

Capítulo 6: Mañana tranquila y un telescopio guardado

Cuando Vera llegó a casa, la lluvia ya era más suave, como si el cielo se estuviera quedando dormido. Entró sin hacer ruido, dejó las botas en la entrada y subió al desván.

El telescopio seguía allí, esperando, como un perro fiel.

Vera se sentó junto a la ventana y miró la esfera transparente. El “tic-tic” la calmó. Cerró los ojos y recordó a Lumo tocando el aire, a Nari probando una gota, a Bex saltando en el charco como si hubiera descubierto un superpoder.

Pensó en cómo, para ellos, un charco era un misterio. Y para ella, los extraterrestres también lo eran. Pero el misterio no siempre era un monstruo. A veces era solo una puerta que se abría cuando alguien tenía paciencia.

Guardó la esfera en una caja donde tenía cosas importantes: una pluma azul, una foto con su abuelo, una piedra con forma de corazón.

Luego, con cuidado, desmontó el telescopio. Limpió una gota del tubo con la manga y lo colocó en su funda. Lo dejó en su rincón, bien guardado, como si le estuviera diciendo: “Mañana seguimos mirando”.

Antes de apagar la luz, Vera se asomó una última vez por la ventana. El campo estaba oscuro y brillante a la vez, lleno de charcos que guardaban pedacitos de cielo.

—Buenas noches —susurró, no sabía si al campo, a la lluvia o a algún lugar más lejos.

Y se fue a dormir, con la certeza tranquila de que, en algún punto del universo, tres amigos nuevos contaban una historia muy extraña: la del planeta donde el cielo cae en gotas y la gente pequeña puede tener una voz grande.

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Desván
Habitación encima de una casa usada para guardar cosas viejas y tesoros.
Telescopio
Aparato para mirar objetos lejanos en el cielo, como estrellas y planetas.
Maizal
Campo donde crece el maíz, con plantas altas y filas ordenadas.
Charco
Acumulación de agua en el suelo después de la lluvia, pequeña y temporal.
Reflejo
Imagen que se ve en el agua u otra superficie brillante, como un espejo.
Ilusión
Imagen o sensación que parece real pero engaña a los ojos o la mente.
Cobertizo
Construcción pequeña y sencilla para guardar herramientas o protegerse del clima.
Lonas
Telones fuertes de tela que sirven para cubrir y proteger cosas de la lluvia.
Pliegue
Doble en una superficie o material que forma una parte doblada.
Traductor térmico
Aparato que mide o muestra cambios de temperatura y calor.
Aterrizado
Acción de bajar y quedar en el suelo, como hace una nave al llegar.
Tostadora
Aparato que calienta algo suavemente, aquí dicho como ejemplo de calor.
Campo seco
Zona con poco o ningún agua en el suelo, sin humedad visible.
Secador de pelo
Aparato que sopla aire caliente para secar el pelo y la humedad.

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