En un reino suave y claro, vivía un príncipe. El sol doraba las torres. El viento cantaba en los jardines. El príncipe caminaba con paso gentil. Su capa brillaba como el mar tranquilo.
Un día, el príncipe vio una flor que no sonreía. Se acercó. "Hola", dijo. La flor abrió un pétalo. Tenía sed. El príncipe buscó agua. Cogió una copa pequeña. Dio un trago y dejó gotas junto a la flor. La flor sonrió.
Luego, oyó un pajarito que no hallaba su nido. El príncipe subió al árbol. Miró con calma. Vio el nido en una rama baja. "Ven", dijo al pajarito. El pajarito voló. El príncipe lo guió hasta el nido. La madre pájaro cantó. Todo quedó en paz.
Más tarde, la luna mostró una llave de luz. La llave abrió una puerta en el jardín. Detrás de la puerta, había una plaza de juegos para todo el reino. El príncipe llamó a todos. "Venid", dijo. Los niños vinieron con risas. Los abuelos vinieron con manos suaves. Había música lenta y dulce. El príncipe cuidó que nadie tropezara. Dio asiento a los cansados. Dio pan a los hambrientos. Todo fue tierno y sereno.
Al final, el príncipe volvió a su sala azul. Su cama era como una nube. Cerró los ojos con paz. El reino durmió bajo estrellas amigas. El viento siguió cantando, bajo y dulce.
La bondad pequeña trae luz y calma a todos.