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Cuento de pequeños investigadores 11/12 años Lectura 21 min. (1)

El misterio del rosetón desaparecido en Villa Bellota

En Villa Bellota, Bruno y Lila investigan la misteriosa desaparición del rosetón del Centro Cívico siguiendo pistas como confeti verde, un símbolo en espiral y fotos, y descubren secretos y malentendidos entre los vecinos.

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Bruno, un joven mapache antropomorfo determinado y sereno de pelaje gris rayado con una pequeña chaqueta azul, sostiene con una mano un gran rosetón de cartón colorido y con la otra su libreta abierta; a su derecha Lila, una liebre vivaz y traviesa de pelaje beige y orejas rosadas, sonríe tímida y le ayuda a estabilizar el rosetón; a la izquierda Nilo, un elegante gato negro con pajarita violeta, luce algo culpable pero aliviado, sostiene una caja pequeña de cintas y muestra un dibujo de espiral en su bolsillo; Rita, una joven ardilla pelirroja con ojos húmedos pero aliviados, sujeta un trozo de cartón reparado junto al muro y pega una cinta azul en el rosetón; al fondo Doña Oliva, una lechuza de plumas grises, vigila desde cerca de una puerta de madera con mirada amable; lugar: hall luminoso del centro cívico con guirnaldas de papel, puestos de feria y una cabina de fotos roja en un rincón; situación principal: colocación del gran rosetón reparado contra la pared, momento de confesión y reparación, atmósfera cálida y sincera con paleta pastel y acentos vivos, luz suave de la tarde. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El rosetón desaparecido

En Villa Bellota, el Centro Cívico olía a papel nuevo, tizas y galletas de avena. Era día de feria de clubes: ajedrez, teatro, huerto… y, por supuesto, el Club de Misterios.

Bruno, un mapache de once años con ojos atentos y una libreta siempre a mano, caminaba entre los puestos como si el suelo estuviera hecho de pistas. A su lado iba Lila, una liebre rápida de ideas y de orejas.

—Hoy no te metas en líos —le dijo Lila, masticando una zanahoria mini—. Vine por el club de fotografía.

Bruno sonrió como quien guarda un secreto en el bolsillo.

En el vestíbulo colgaba el gran rosetón de cartón del Centro Cívico: una rueda con colores y el lema “Hacer juntos”. Era el orgullo del lugar. Pero hoy… el rosetón no estaba.

Solo quedaba la pared con una marca clara, como un halo, y un trocito de cinta arrancada.

La directora, una búha de plumas grises llamada Doña Oliva, revoloteaba nerviosa.

—¡Alguien se lo llevó anoche! —susurró—. Sin rosetón, la feria queda… deslucida.

—¿Hubo señales de entrada forzada? —preguntó Bruno, abriendo su libreta.

Lila lo miró de reojo.

—Mira quién habla como detective…

Doña Oliva negó con el pico.

—Nada roto. Todo cerrado. Solo… desapareció.

Bruno se agachó. En el suelo, cerca de la pared, vio algo brillante. Lo recogió con cuidado: un confeti recortado en forma de estrella, de color verde fosforito.

—Curioso —murmuró—. Aquí no hay confeti.

Lila acercó el hocico.

—Eso parece del taller de manualidades. Allí hacen recortes de mil formas.

Bruno anotó: “Confeti estrella verde. Posible manualidades”.

Entonces vio otra cosa: una pequeñísima marca en la pared, como un dibujo hecho con punta fina. Un símbolo. Parecía una espiral dentro de un triángulo.

Bruno se quedó un segundo en silencio.

—Esto… alguien lo dejó a propósito —dijo.

—¿Un mensaje secreto? —Lila abrió mucho los ojos—. ¡Vale! Ya no me importa la fotografía. Vamos.

Bruno levantó la mirada hacia el pasillo.

—Primero: lista de sospechosos. Segundo: preguntas. Tercero: no acusar sin pruebas.

Doña Oliva asintió, aliviada de que alguien tomara el asunto con calma.

—Por favor, Bruno. Encuéntrenlo. Y recuerden… —su voz se suavizó— en Villa Bellota valoramos la honestidad.

Bruno cerró la libreta con un “clac” decidido.

—Entonces vamos a buscar la verdad, no solo el rosetón.

Capítulo 2: Tres pistas y una risa rara

El taller de manualidades estaba lleno de pegamento, purpurina y tijeras con forma de nube. La encargada era Tía Marga, una cabra con gafas redondas y paciencia de montaña.

—¿Confeti verde en forma de estrella? —repitió, rascándose la barbilla—. Sí, lo usamos ayer en la clase del mural. Pero recogimos todo.

Bruno miró el suelo. Limpio. Miró las mesas. Ordenadas. Demasiado ordenadas.

—¿Quién estuvo ayer por la tarde? —preguntó.

Tía Marga contó con los dedos.

—Rita la ardilla vino por cartulina. Tomás el castor pidió cuerda. Y Nilo el gato… —hizo una pausa— Nilo pidió prestada la grapadora “solo un momento”.

—¿Nilo el gato negro, el del club de magia? —preguntó Lila.

—El mismo. Siempre sonriendo como si supiera un chiste que tú no.

Lila soltó una risa cortita.

—O como si acabara de empujar un vaso al suelo.

Bruno anotó los nombres. Luego señaló una caja.

—¿Puedo ver esos confetis?

Tía Marga abrió el cajón. Dentro había estrellas verdes idénticas. Bruno comparó una con la que encontró: coincidían, pero la suya tenía un borde ligeramente doblado, como si hubiera estado en un bolsillo apretado.

En el pasillo, Bruno y Lila siguieron. Cerca del gimnasio olía a madera húmeda. Allí estaba el almacén de deportes. La puerta no tenía llave, solo un pestillo.

—Si alguien cargó un rosetón grande —dijo Bruno— necesitó espacio. Y no se lo llevó bajo el ala.

Una voz cantarina apareció detrás.

—¿Buscando algo, detectives de pasillo?

Era Rita la ardilla, con su cola como un plumero nervioso. Llevaba una mochila llena.

—Buscamos el rosetón del vestíbulo —dijo Bruno, directo—. ¿Lo viste?

Rita parpadeó muy rápido.

—Yo… yo solo vine por cartulina. Para… para un proyecto.

Lila inclinó la cabeza.

—¿Qué proyecto?

—Un… regalo. Sorpresa —respondió Rita, y sonrió demasiado.

Bruno no la presionó. En su libreta escribió: “Rita: nerviosa. Dice ‘sorpresa'”.

Siguieron hacia la sala de música. Desde dentro se oía un “plin-plin” desafinado.

Tomás el castor, con dientes blancos como teclas, afinaba un xilófono.

—Tomás —saludó Bruno—. Ayer pediste cuerda en manualidades. ¿Para qué?

Tomás levantó la vista.

—Para arreglar una caja del club de huerto. Se rompió el asa. ¿Por qué?

—Porque el rosetón desapareció —dijo Lila.

Tomás dejó las baquetas.

—¡¿Qué?! Pero… yo pasé por el vestíbulo anoche, tarde. Volvía del huerto. Vi… —frunció el hocico— vi una sombra con algo grande. No distinguí quién era. Se movía rápido. Y olía a… jabón de lavanda.

Bruno levantó la ceja.

—¿Jabón de lavanda?

—Sí. Mi nariz no falla —dijo Tomás orgulloso.

Bruno anotó: “Sombra con objeto grande. Olor a lavanda”.

Lila olfateó su propia manga.

—Yo huelo a zanahoria, por suerte.

Cuando se iban, escucharon una risa breve, como un “je”. Venía del corredor que llevaba a la cabina foto.

La cabina foto era nueva: una caja roja con cortinas azules. La habían puesto para la feria, para que los clubes hicieran recuerdos.

La cortina estaba corrida. Dentro, alguien estaba.

Bruno se acercó despacio y golpeó suave.

—¿Hola?

La cortina se abrió y apareció Nilo el gato, impecable, con un lazo morado.

—¡Oh! —dijo, sin parecer sorprendido—. Bruno el mapache. Lila la liebre. ¿Qué tal el día?

—Estamos investigando —dijo Lila, sin rodeos—. ¿Qué haces aquí?

Nilo levantó una tira de fotos recién impresas.

—Ensayo poses. Un mago debe conocer sus ángulos.

Bruno miró las fotos. En la última, detrás de Nilo, se veía parte del pasillo… y, pegado en la pared, el símbolo de la espiral dentro del triángulo, dibujado con rotulador.

Bruno sintió un cosquilleo de pista importante.

—Bonito símbolo —comentó.

Nilo sonrió mostrando un diente.

—¿Sí? Me gusta dejar… detalles.

—¿Lo dibujaste tú? —preguntó Bruno, calmado.

—Quizá. Quizá no —canturreó Nilo—. El arte es misterio.

Lila bufó.

—El misterio es cuando alguien se lleva cosas sin pedir permiso.

Nilo guardó la tira de fotos en su bolsillo.

—Yo solo hago magia. Y la magia… no roba. Desaparece —dijo, y se deslizó fuera, como una sombra perfumada.

Bruno lo vio alejarse. Algo flotó en el aire.

—Lavanda —murmuró Bruno.

Lila lo miró, seria.

—Entonces… ¿es él?

Bruno cerró su libreta un segundo.

—Es una pista. No una condena. Aún no.

Capítulo 3: La cabina foto y el símbolo

Bruno entró en la cabina foto. Era estrecha y olía a plástico nuevo. Había un espejo con huellas de dedos y una pequeña ranura por donde salían las tiras.

En una esquina, pegada con cinta transparente, había una nota doblada.

Lila la vio primero.

—¡Eh! Eso no estaba en tu libreta.

Bruno la despegó con cuidado. La abrió. Decía:

“SI BUSCAS LO QUE FALTA, SIGUE LA ESPIRAL. NO ACUSES. OBSERVA.”

Debajo, un dibujo: la espiral dentro del triángulo. El mismo símbolo.

Lila frunció el ceño.

—Esto suena a juego… pero el rosetón no es un juguete.

Bruno revisó el interior. En el suelo, encontró una pequeña mancha blanca.

—¿Tiza? —dijo Lila.

Bruno se frotó los dedos: era polvo fino.

—Harina, tal vez. O yeso. O… talco.

—¿Talco como el que usan en gimnasia? —Lila señaló hacia el gimnasio.

Bruno asintió.

—Vamos a comprobarlo.

En el gimnasio, un zorro entrenador guardaba material. En un estante había una caja de talco para las barras.

—¿Han usado talco últimamente? —preguntó Bruno.

—Claro —respondió el zorro—. Ayer lo pedí porque las manos resbalaban. ¿Por qué?

Bruno miró la caja: al lado, había una cuerda y… una pieza de cartón con colores, como si fuera un fragmento arrancado.

Lila abrió la boca.

—¡Eso es del rosetón!

El zorro alzó las manos.

—¡Eh, eh! No me miren así. Eso lo encontré en el pasillo anoche y lo guardé por si alguien lo reclamaba.

Bruno respiró. Buen recordatorio: no acusar.

—Gracias por guardarlo —dijo—. ¿Viste quién lo perdió?

—Solo vi… —el zorro pensó— vi a alguien muy bajito corriendo. Y dejó una estela de confeti. Verde. Me dio risa, parecía una lechuga explotada.

Lila murmuró:

—Confeti verde… manualidades.

Bruno tomó el fragmento con cuidado. En la parte trasera había un trozo de cinta azul, igual a la de la cabina foto. Y una manchita de lavanda, apenas.

—Alguien pasó por la cabina con el rosetón —dijo Bruno—. O con una parte.

Lila se cruzó de brazos.

—Nilo huele a lavanda. Y le gusta “dejar detalles”. Y el símbolo está en sus fotos. ¿Qué más quieres?

Bruno levantó un dedo.

—Una pregunta clave: ¿por qué robar algo tan visible… y dejar pistas?

Lila bajó las orejas, pensativa.

—Eso sí es raro.

Bruno miró el símbolo dibujado en la nota.

—La espiral suele indicar “vuelta” o “camino”. Triángulo… “tres”. Tres lugares, quizá.

Lila se animó.

—¡Tres lugares que visitamos! Manualidades, gimnasio y cabina foto.

Bruno sonrió.

—O tres personas: Rita, Tomás, Nilo.

Lila abrió la boca para discutir, pero se detuvo.

—Vale, detective. ¿Cómo lo comprobamos?

Bruno señaló la cabina foto.

—Las fotos son pruebas. Si alguien pasó por aquí con el rosetón, pudo quedar en una imagen de fondo. Necesitamos revisar las tiras que salieron hoy… y anoche.

Lila chasqueó la lengua.

—¿Y quién tiene acceso?

—Doña Oliva. Y el encargado de mantenimiento —dijo Bruno—. Pero también… cualquiera que se haya hecho fotos y guardado las tiras.

Lila sonrió con un brillo travieso.

—Entonces solo tenemos que convencerlos de que nos enseñen sus fotos. Fácil. ¿Qué puede salir mal?

Bruno la miró.

—No digas eso.

Capítulo 4: Las fotos que no mienten (casi)

En la feria, todos iban con tiras de fotos en las patas: poses graciosas, caras serias, orejas cruzadas. Bruno y Lila montaron su “puesto” improvisado junto a una planta grande.

Un cartel escrito a mano decía: “Club de Misterios: Intercambio de pistas. Muéstranos tu foto (solo el fondo) y te diremos qué club te pega.”

Lila hacía de presentadora.

—¡A ver esas orejas! ¡Oh, tú eres de teatro seguro!

Bruno observaba los fondos con ojos de lupa. Pasillos, puertas, sombras… nada.

Hasta que apareció Rita la ardilla, con una tira doblada.

—¿Puedo… jugar? —preguntó, apretando su mochila.

—Claro —dijo Lila, amable—. Enséñanos.

Rita extendió la tira. En la segunda foto, detrás de ella, se veía el vestíbulo… sin rosetón. En la tercera, se veía el pasillo del almacén de deportes… y una esquina del rosetón, asomando, arrastrada por alguien fuera de cuadro. En el suelo: confeti verde, como migas.

Bruno miró a Rita con calma.

—Rita… ¿por qué hay confeti verde en el pasillo y el rosetón en tu foto?

Rita tragó saliva. Sus ojos brillaron.

—Yo no lo robé —dijo rápido—. Yo… yo quería arreglarlo.

Lila parpadeó.

—¿Arreglarlo?

Rita abrió la mochila y sacó algo: un trozo del rosetón, justo donde estaba una parte rota del cartón.

—Se rompió hace dos días —confesó en voz baja—. Se enganchó con la esquina de una mesa. Doña Oliva no se dio cuenta. Yo sí. Y pensé… que si lo arreglaba sería una sorpresa para hoy.

Bruno sintió el alivio y, a la vez, una preocupación nueva.

—¿Lo llevaste anoche?

Rita asintió, avergonzada.

—Sí. Lo descolgué con cuidado para repararlo en manualidades. Pero era grande y me asusté. Entonces… pedí ayuda.

—¿A quién? —preguntó Lila, ya sin tono acusador.

Rita miró al suelo.

—A Nilo. Estaba por ahí. Dijo que podía hacer que “desapareciera” para que nadie lo viera mientras lo arreglábamos. Me pareció… listo.

Bruno anotó: “Rita: intención buena, método malo. Nilo involucrado”.

—¿Y Tomás? —preguntó Bruno.

—Tomás no sabe nada —dijo Rita—. Él solo olió lavanda. Nilo siempre huele así.

Lila suspiró.

—Vale. Entonces no es un robo… es un secreto mal llevado.

Bruno negó despacio.

—Sigue siendo un problema. Porque cuando escondes algo sin permiso, aunque sea por buena intención, haces daño. Asustas. Y la honestidad se rompe un poquito.

Rita asintió, con orejas caídas.

—Lo siento.

—Aún falta el rosetón completo —dijo Bruno—. ¿Dónde está ahora?

Rita se mordió el labio.

—Nilo dijo que lo guardaría “en un lugar con cortinas” y que dejaría un símbolo para que lo encontráramos. Me hizo dibujar esa espiral dentro del triángulo. Dijo que era su “marca de mago”.

Lila frunció el ceño.

—Qué dramático.

Bruno miró alrededor. “Lugar con cortinas”… En el Centro Cívico, había dos: el escenario del teatro y la cabina foto.

—La cabina —dijo Bruno—. O el escenario.

Rita negó rápido.

—No cabía entero en la cabina. Lo intentamos y chocaba.

Lila abrió los ojos.

—Entonces… escenario.

Bruno cerró la libreta.

—Vamos. Y luego hablaremos con Doña Oliva. Con la verdad completa.

Capítulo 5: El telón y la decisión

El club de teatro estaba a oscuras, con el escenario silencioso como si guardara un secreto. El telón rojo colgaba pesado. Detrás, se oía un “shhh” suave, como alguien barriendo.

Bruno avanzó despacio.

—¿Nilo? —llamó.

Una voz respondió con calma exagerada.

—¿Quién osa interrumpir mi… ensayo?

El telón se movió y apareció Nilo, con una escoba en una pata y una expresión ofendida. A su lado, apoyado en la pared, estaba el rosetón, entero, aunque con una sección recién pegada.

Lila soltó el aire de golpe.

—¡Ahí está!

Rita dio un pasito adelante.

—Nilo, dije que solo lo arreglaríamos y lo devolveríamos hoy temprano.

Nilo se encogió de hombros.

—Y aquí está. Arreglado. Dramático. Con una búsqueda divertida. ¿No te gustan las historias?

Bruno lo miró sin enfadarse, pero sin sonreír.

—Me gustan las historias… cuando nadie se asusta por ellas.

Nilo agitó la cola.

—Nadie se asustó tanto.

—Doña Oliva casi se queda sin feria —dijo Lila, plantándose—. Y tú dejaste símbolos como si esto fuera un juego de espías.

Nilo ladeó la cabeza.

—Era un enigma elegante.

Bruno señaló el rosetón.

—Ayudaste a esconderlo. Aunque no lo hayas roto, participaste. Y eso tiene nombre: engaño.

Nilo abrió la boca para responder, pero Rita habló primero, con voz temblorosa y firme.

—Yo también engañé. Por querer que fuera sorpresa. Y ahora… me siento fatal.

Bruno respiró hondo.

—La sorpresa no vale si se construye con mentira. La honestidad es más valiente que el misterio.

Nilo miró el suelo un segundo. Su voz salió más baja.

—Yo… quería que el club de magia pareciera importante. Pensé que si resolvían “mi” pista, todos hablarían de mí.

Lila arqueó una ceja.

—Pues lo lograron. Pero no como querías.

Nilo apretó el lazo morado.

—Supongo que… me pasé.

Bruno dio un paso adelante.

—La solución es simple, aunque dé vergüenza: devolverlo ahora y contar la verdad. Sin adornos.

Nilo miró el rosetón, luego a Rita.

—Si lo contamos… ¿me expulsarán?

Rita lo miró con los ojos húmedos.

—No lo sé. Pero esconderlo fue peor.

Bruno añadió:

—Decir la verdad no garantiza aplausos. Garantiza que puedas dormir tranquilo.

Hubo un silencio. Luego Nilo asintió, lento.

—De acuerdo. Vamos.

Entre los tres, levantaron el rosetón. Pesaba más de lo que parecía. Lila resopló.

—¿Quién diseñó una rueda gigante de cartón? Esto es una prueba de fuerza disfrazada de decoración.

Nilo soltó una risita, esta vez sin chiste secreto.

—La magia sería útil ahora, ¿eh?

—La magia útil es pedir ayuda —dijo Bruno—. Y no hacer desaparecer cosas ajenas.

Caminaron por el pasillo. El rosetón rozó una esquina y soltó un “crac” pequeño.

Lila se congeló.

—¡Ay no!

Rita palideció.

Bruno examinó: solo era una pestaña de cinta suelta.

—Tranquilos. Se arregla. Sin dramas.

Llegaron al vestíbulo. Doña Oliva los vio y abrió las alas, sorprendida.

—¡Mi rosetón!

Bruno dejó el rosetón apoyado con cuidado. Luego miró a Rita y a Nilo.

—Díganlo ustedes.

Rita respiró y lo contó todo: la rotura, la idea de sorpresa, el miedo a confesar, el símbolo, la cabina foto. Nilo admitió su parte, sin “quizá, quizá no”.

Doña Oliva escuchó en silencio. Cuando terminaron, su mirada fue seria, pero no dura.

—Gracias por decir la verdad —dijo al fin—. La confianza se cuida como un nido. Si se rompe, hay que repararla con paciencia.

Nilo tragó saliva.

—Lo siento, Doña Oliva.

—Lo sé —respondió la búha—. Hoy ayudarán a colocar el rosetón y a explicarle a todos que fue un malentendido. Y, Nilo, tus símbolos… mejor úsalos para trucos en el escenario, no para ocultar cosas.

Lila soltó un suspiro de alivio.

—Eso sonó a “castigo justo” y no a “catástrofe”.

Bruno cerró la libreta.

—Caso casi resuelto. Falta el final: que todo quede en paz.

Capítulo 6: Un lugar apacible

La feria siguió. El rosetón volvió a la pared, más firme, con el trozo reparado. Rita y Nilo, con cinta y pegamento, reforzaron los bordes. Tomás el castor trajo cuerda por si hacía falta. El zorro del gimnasio prestó una escalera y, por una vez, no hizo chistes de músculos.

Lila se acercó a Bruno cuando ya nadie discutía.

—Al final tu regla de “no acusar sin pruebas” funcionó.

Bruno se encogió de hombros.

—Si te equivocas acusando, el misterio se multiplica. Y duele.

Más tarde, cuando el sol se volvió naranja, Bruno y Lila se escaparon un rato al Jardín de los Juncos, detrás del Centro Cívico. Era un lugar tranquilo, con un estanque pequeño donde las ranas cantaban bajito y las libélulas parecían comas azules en el aire.

Se sentaron en un banco de madera tibia. Bruno sacó de su bolsillo una tira de fotos que había tomado en la cabina, al final, cuando todo estaba arreglado. En la primera salía con cara de detective serio. En la segunda, Lila le había tapado los ojos con las orejas. En la tercera, ambos reían. En la cuarta, se veía el vestíbulo al fondo… con el rosetón en su sitio.

Lila miró la última.

—Mira. Ahí está. Como si nada.

Bruno negó suavemente.

—No es “como si nada”. Ahora sabemos algo.

—¿Qué?

Bruno guardó la tira con cuidado.

—Que la honestidad ahorra vueltas. Y que los símbolos pueden ser bonitos… pero las palabras claras son mejores.

Lila se recostó, mirando el cielo.

—Y que cargar un rosetón gigante debería ser deporte olímpico.

Bruno soltó una risa baja. El estanque respondió con un “plop” de una rana saltando.

En el silencio apacible, Bruno no pensó en ladrones ni en sombras. Pensó en amigos que se equivocan, en verdades que arreglan, y en cómo un día normal puede volverse aventura… si sabes mirar.

Y, por primera vez en toda la tarde, su libreta se quedó cerrada, descansando a su lado.

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Rosetón
Adorno grande y redondo que se pone en paredes o ventanas para decorar.
Vestíbulo
Zona de entrada de un edificio donde la gente entra y sale.
Purpurina
Polvo o pequeñas brillantes que se pegan para decorar dibujos o ropa.
Pestillo
Parte que se cierra en una puerta para que no se abra.
Espiral
Línea que da vueltas en círculo como una espiral de caracol.
Talco
Polvo fino que se usa para secar o para que no resbalen las manos.
Lavanda
Planta con flores moradas que huele fuerte y se usa como perfume.
Deslucida
Que ha perdido brillo o gracia y ahora parece menos bonita.
Rotulador
Bolígrafo con tinta fuerte, usado para dibujar o escribir grande.
Cabina foto
Pequeño espacio cerrado donde se toman fotografías con una cámara automática.
Manualidades
Actividades para crear objetos con papel, pegamento y tijeras, manualmente.

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