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Cuento de pequeños investigadores 11/12 años Lectura 19 min.

El misterio de la batería perdida en la tribuna

Nico y su amiga Lía investigan la misteriosa desaparición de la batería del altavoz del campo, siguiendo pistas por el barrio que los llevan hasta un sospechoso cercano.

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Nico, chico de unos 12 años, rostro concentrado y dulce, cejas fruncidas pero sonrisa tranquila, cabello castaño despeinado, chaqueta ligera azul, sostiene delicadamente una batería con una etiqueta amarilla y la ofrece hacia el banco; Lía, chica de ~12 años, expresión pícara y alentadora, pelo negro en coleta, sudadera roja, a la izquierda de Nico con brazos cruzados mirando a Bruno; Bruno, chico de ~13 años, rostro ruborizado por la vergüenza pero aliviado, sudadera rojo y negro, sentado en el banco junto a un pequeño altavoz portátil abierto, manos en las rodillas y mirada baja; señor Jara, adulto de ~45 años, aspecto tranquilizador y algo cansado, bigote fino, chaqueta verde tipo entrenador, de pie detrás del banco con brazos cruzados y actitud indulgente; campo de barrio con gradas metálicas plateadas, césped corto, poste con caja de altavoz abierta que muestra cables, ligera huella de polvo en el suelo y un trozo de cinta aislante negra en la hierba; situación: devolución de la batería robada al borde del campo tras el partido, reconciliación tranquila y luminosa con luz suave de tarde y colores pastel; estilo gráfico chibi kawaii, proporciones pequeñas y cabezas redondas, trazos simples y contornos limpios, texturas suaves y sombreados ligeros, ambiente cálido y empático. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El silencio en la tribuna

La tarde olía a césped recién cortado y a pipas tostadas. En el campo del barrio, el equipo infantil jugaba un partido amistoso. En la tribuna de metal, la gente se movía como un grupo de gorriones: sentarse, levantarse, aplaudir, discutir si había sido fuera de juego.

Nico, de doce años, no estaba en el campo. Estaba en su sitio favorito: la tercera fila, pegado a la barandilla. Desde allí se veía todo. Y Nico tenía una costumbre: observar.

A su lado, su amiga Lía masticaba chicle con concentración.

—¿Otra vez contando cabezas? —se burló.

—Contando pistas —corrigió Nico, sin apartar la mirada.

De pronto, la música del descanso no sonó. El altavoz, un aparato pequeño sujeto con bridas a un poste, estaba apagado. Y con él, el micrófono del entrenador. Un murmullo recorrió la tribuna, como una ola pequeña.

—¡Eh! ¡Se ha quedado mudo! —gritó alguien.

—¡Sin música no hay magia! —bromeó un padre, intentando que no cundiera el enfado.

El entrenador, el señor Jara, golpeó el altavoz con la palma. Nada. Miró al público con cara de “no me miren a mí”.

Nico bajó la vista al poste. La caja del altavoz estaba abierta. No rota: abierta, como si alguien hubiera soltado el cierre.

—Eso no es una avería —susurró.

Lía se inclinó.

—¿Estás diciendo…?

—Que alguien lo ha apagado a propósito. O se ha llevado algo.

El árbitro pitó para reanudar y el balón volvió a rodar, pero el aire se quedó raro, como cuando falta una pieza de un puzle. Nico notó el cosquilleo en la nuca: ese que le daba cuando algo no encajaba.

—Vamos a mirar cuando termine el partido —dijo.

—¿Y si el culpable está aquí mismo, comiendo pipas? —Lía señaló a la gente.

Nico observó tres detalles, sin decirlos todavía:

1) Bajo el poste había un rastro de polvo removido, como una huella arrastrada.

2) En el suelo, cerca de las gradas, brillaba una brizna de cinta aislante negra.

3) Un niño con sudadera roja miraba el altavoz más que el partido.

Nico respiró hondo. Un misterio en un lugar familiar. Y, como siempre, la lógica sería su linterna.

Capítulo 2: El altavoz abierto

Cuando el partido acabó, la tribuna se deshizo en conversaciones y despedidas. Nico esperó a que el señor Jara terminara de hablar con los jugadores. Entonces se acercó con Lía, como quien va a preguntar la hora.

—Señor Jara —dijo Nico—, ¿podemos ver el altavoz? Solo un momento.

El entrenador frunció el ceño.

—¿Para qué? Está muerto, pobrecillo.

—Justo por eso —respondió Nico—. Si está abierto, quizá falta algo.

El señor Jara suspiró y se encogió de hombros.

—Mira, pero sin romper nada. Que ya tengo suficiente con los balones pinchados.

Nico se puso de puntillas. Dentro de la caja había cables y un hueco demasiado limpio.

—Aquí iba la batería —dijo.

Lía abrió mucho los ojos.

—¿Se han llevado la batería? ¡Qué raro!

Nico tocó con cuidado el cierre.

—No está forzado. Lo han abierto con calma. Alguien que sabía dónde estaba y cómo se cerraba.

Encontró la cinta aislante negra pegada a un cable, como si hubiera sido usada para sujetarlo antes. Pero el corte era reciente, con el borde irregular.

—¿Ves? —le dijo a Lía—. Han cortado o despegado cinta. Y han dejado un trocito fuera.

Lía se agachó y señaló el suelo.

—Y allí hay marcas.

Bajo el poste, el polvo tenía una línea, como de algo arrastrado: quizá una mochila rozando al agacharse, quizá un carrito.

Nico juntó las piezas en su cabeza, sin pegarlas todavía.

—Tenemos que hacer preguntas —decidió—. Sin acusar. Solo preguntar.

El señor Jara se acercó.

—¿Creéis que ha sido una travesura?

—O una “necesidad urgente” de batería —dijo Nico con ironía suave—. ¿Quién tiene llave o acceso a esto?

—Llave no hay. Lo cerramos con un cierre de plástico y bridas. Lo reviso yo… y a veces Óscar, el conserje del polideportivo. También la señora Marta, la vecina del portal 6, que viene temprano a limpiar el quiosquito cuando hay partidos.

Nico anotó mentalmente: entrenador, conserje, vecina que limpia, y cualquiera que se acerque cuando no miran.

Lía levantó el trocito de cinta aislante con un palo.

—Pista número uno: cinta negra.

—Pista número dos: huella arrastrada —añadió Nico.

—Pista número tres: el niño de sudadera roja —dijo Lía, guiñando un ojo.

Nico miró alrededor. El niño de sudadera roja ya no estaba.

—Perfecto —murmuró—. Entonces habrá que encontrarlo.

Antes de irse, Nico le pidió al señor Jara un favor:

—Si alguien pregunta por la batería, ¿me avisa?

El entrenador soltó una risa incrédula.

—¿Y cómo te aviso, detective?

—Gritando “¡Nico!” desde la tribuna funciona sorprendentemente bien.

Capítulo 3: Preguntas al vecino

Nico vivía a dos calles del campo. En su edificio había un vecino nuevo: don Eusebio, un señor mayor con gafas redondas, bigote finísimo y un gato que parecía juzgarte en silencio.

Nico y Lía lo encontraron en el portal, regando una planta que no necesitaba tanta agua.

—Buenas tardes, don Eusebio —saludó Nico—. ¿Le molesta si le hacemos una pregunta?

—Depende —dijo el hombre, mirando la regadera como si fuera un micrófono—. Si es de matemáticas, me molesta menos.

Lía se adelantó.

—Hoy en la tribuna del campo han robado la batería del altavoz. ¿Ha visto algo raro por la zona?

Don Eusebio levantó una ceja.

—¿Robado? Vaya, vaya… Yo he pasado esta mañana a comprar pan. He oído un ruido metálico, como “clac, clac”. Pensé que eran las gradas. Y vi a alguien agachado junto al poste del altavoz. No vi la cara.

—¿Cómo era? —preguntó Nico, con voz tranquila.

—Altura media. Llevaba una mochila… y una sudadera roja, diría. O roja y negra. Y se fue deprisa, mirando a ambos lados.

Lía miró a Nico con cara de “te lo dije”.

—¿Algo más? —insistió Nico—. ¿Cojeaba? ¿Iba con alguien?

Don Eusebio pensó un momento.

—No cojeaba. Pero sí… arrastraba algo. Sonaba como una rueda pequeña o una caja rodando. Y el gato, que no suele asustarse, se escondió detrás del buzón. Eso significa “sospechoso” en idioma gato.

El gato, justo entonces, apareció y bostezó, como si confirmara la teoría.

Nico agradeció la información.

—Una última cosa, don Eusebio. ¿Sabe quién podría necesitar una batería así? Es grande, de altavoz.

Don Eusebio sonrió, por primera vez.

—Cuando era joven, lo primero que se quedaba sin batería era la paciencia. Pero hoy… quizás alguien con un altavoz portátil, una radio vieja, o una bici eléctrica casera. Aquí la gente inventa cada cosa.

Nico y Lía se alejaron.

—Sudadera roja, mochila, algo con rueda… —recitó Nico.

—Y cinta aislante negra —añadió Lía.

—Y acceso fácil al poste —dijo Nico—. Puede ser un niño… o un adulto que vista informal.

Lía se cruzó de brazos.

—¿Y ahora qué? ¿Interrogatorio masivo en la tribuna?

—No —respondió Nico—. Ahora, lógica. ¿Dónde usarías una batería robada hoy mismo?

Lía parpadeó.

—En un sitio cercano… donde haga falta sonido.

—O luz —añadió Nico—. O un invento. Y si arrastraba algo con rueda, quizá era un carrito, una caja de herramientas, o una bici.

Nico recordó algo del partido: en la esquina del campo, cerca del quiosco, había visto a un chico con una radio vieja pegada al manillar de su bici. Siempre iba por el barrio con música bajita para que su madre no lo regañara.

—Vamos a buscar a Tomi —dijo.

Capítulo 4: La bicicleta con radio

Tomi era de su curso, aunque siempre parecía estar en otro planeta: el planeta “cables y tornillos”. Vivía en el bloque de enfrente del supermercado. Nico y Lía lo encontraron en el patio, agachado junto a una bicicleta que parecía una nave espacial hecha con piezas prestadas.

—Hola, Tomi —saludó Nico—. Bonita… ¿bicicleta?

Tomi levantó la cabeza, con las manos manchadas de grasa.

—Es una bici, pero con corazón eléctrico. Bueno, casi. ¿Qué queréis?

Lía señaló la radio atada al manillar con… cinta aislante negra.

—¿Esa cinta es nueva?

Tomi se puso rojo. No de la sudadera: de la cara.

—La cinta es vieja. La encontré.

Nico no lo acusó. Solo miró. En el suelo había una caja de plástico con ruedas pequeñas, como las de un maletín. Y al lado, una batería grande, parecida a la del altavoz… pero no idéntica: esta tenía una etiqueta azul.

—¿Qué batería es esa? —preguntó Nico.

—De mi tío. Me la dejó para probar —dijo Tomi rápido—. No la he robado.

Nico asintió. Observó la etiqueta azul.

—La del campo tenía una etiqueta amarilla del club, con un número. ¿Te suena?

Tomi negó con energía.

—No, no. Yo no fui al campo esta mañana.

Lía, sin querer, soltó:

—Pero alguien con sudadera roja sí.

Tomi levantó la vista, molesto.

—¿Estáis diciendo que fui yo? ¡Qué fuerte! Mi sudadera es roja, sí, pero eso no es una prueba.

Nico levantó las manos, calmado.

—Tienes razón. No lo es. Por eso estamos preguntando. ¿Has visto a alguien con un carrito o una caja con ruedas cerca del campo?

Tomi dudó un segundo.

—Vi a Bruno. El de primero de la ESO. Iba con su patinete y una mochila. Siempre presume de “arreglar cosas”. Y… sí, llevaba sudadera roja y negra. Se paró en la tribuna un rato.

Nico notó que la pieza encajaba mejor.

—¿Bruno usa cinta aislante?

Tomi soltó una risa corta.

—Bruno usa cinta aislante para todo. Una vez pegó su cordón roto con cinta. Caminaba como un robot.

Lía no pudo evitar reírse.

—Eso explica el sonido “clac, clac” de don Eusebio.

Nico se agachó, vio la caja con ruedas de Tomi y la comparó con la marca arrastrada del polvo que recordaba.

—Tu caja deja una huella distinta. La del campo parecía más fina, como rueda de patinete.

Tomi respiró, un poco más tranquilo.

—¿Entonces no me vais a arrestar?

—Solo arrestamos galletas —dijo Lía—. Y con gusto.

Nico miró a Tomi con seriedad amable.

—Si Bruno tiene la batería, no queremos problemas. Queremos que la devuelva. ¿Dónde suele estar?

—En la pista de skate, detrás del polideportivo. Le gusta la tribuna pequeña de allí, porque dice que “se oyen los trucos” —explicó Tomi—. Y hoy quería grabar un vídeo.

Nico y Lía se miraron. Una tribuna distinta, pero tribuna al fin.

—Vamos —dijo Nico—. Antes de que suba el vídeo con música… y sin batería ajena.

Capítulo 5: La pista de skate

La pista de skate estaba detrás del polideportivo, con rampas de cemento y grafitis de colores. Tenía una tribuna baja de madera, tres escalones, donde se sentaban los que miraban y los que fingían que no estaban nerviosos antes de saltar.

Allí estaba Bruno.

Sudadera roja y negra. Patinete apoyado. Mochila abierta. Y, sobre el banco, un altavoz portátil con la tapa trasera quitada, como un cangrejo sin caparazón.

Nico se acercó despacio. Lía se quedó medio paso detrás, lista para soltar una broma si la tensión subía demasiado.

—Hola, Bruno —dijo Nico—. ¿Qué tal?

Bruno no levantó la vista.

—Si venís a decirme que no patine aquí, ya lo sé.

—Venimos por otra cosa —respondió Nico—. En el campo han desaparecido la batería del altavoz del club. Y tu altavoz parece… hambriento.

Bruno bufó y por fin miró.

—No he robado nada.

—Entonces será fácil aclararlo —dijo Nico, con voz serena—. Solo queremos entender.

Bruno cruzó los brazos.

—¿Entender qué? El altavoz del campo es viejo. Nadie lo cuida.

Lía señaló la mochila abierta.

—¿Y esa etiqueta amarilla que asoma?

Bruno se quedó congelado un instante. Luego intentó taparla con la mano, demasiado tarde. Nico ya había visto el borde de una pegatina amarilla con un número.

Nico no dio un paso más. No hacía falta.

—Bruno, no estamos aquí para meterte en líos. Pero esa batería no es tuya. Y sin ella, el equipo no puede usar el micro. La gente se enfada, y al final pagan los de siempre: los pequeños.

Bruno apretó la mandíbula. Miró a los lados. En la tribuna baja había dos chicos más, observando como si esto fuera una serie.

—No la quería para siempre —murmuró—. Solo para grabar hoy. Mi altavoz se quedó sin batería y… mi padre me dijo que “me apañe”. Vi el poste abierto una vez, sabía cómo era. Me dio rabia que nadie lo cuidara. Y pensé: “un rato no pasa nada”.

Nico asintió, sin sermonear.

—La lógica dice otra cosa: si algo no es tuyo, aunque sea “un rato”, sigue sin ser tuyo. Y además dejaste pistas: la cinta negra, la huella del patinete, la sudadera.

Bruno se puso rojo ahora también, pero de vergüenza.

—No pensé que alguien se fijara.

—Yo me fijo —dijo Nico—. Es mi problema y mi superpoder.

Lía añadió:

—Y tu superpoder parece ser hacer cosas a lo grande… incluso los errores.

Bruno bajó la mirada.

—Si la devuelvo, me van a castigar.

—Si no la devuelves, el problema crece —respondió Nico—. Y entonces sí habrá castigo seguro. Pero si buscamos un acuerdo… puede que sea distinto.

Bruno frunció el ceño.

—¿Un acuerdo?

Nico miró el altavoz portátil.

—¿Qué necesitas? ¿Batería para grabar? ¿Sonido?

Bruno suspiró.

—Quería que el vídeo tuviera música. Si no, queda soso.

Lía chasqueó los dedos.

—Yo tengo una idea, pero puede ser ridícula.

—Las mejores ideas lo son —dijo Nico.

Capítulo 6: El acuerdo

Nico propuso algo simple y claro, como un problema de lógica con solución elegante.

—Bruno, devuelves la batería ahora mismo al campo. Nosotros vamos contigo. Se la damos al señor Jara y explicamos que apareció. Sin mentiras enormes, pero sin humillarte delante de todos. Luego, para tu vídeo, buscamos otra opción: Tomi puede prestarte una batería de su tío por una hora, si él quiere. O usamos el altavoz del móvil de Lía y grabas con ritmo, aunque sea bajito.

Bruno abrió la boca, inseguro.

—¿Y si el entrenador pregunta?

—Diremos la verdad con cuidado —dijo Nico—: que fue una mala decisión, que lo has entendido, y que lo reparas. La gente suele escuchar más cuando ve acción, no excusas.

Lía añadió:

—Y si hace falta, yo me ofrezco a ser “la persona que se enfada en nombre del club” para que parezca que esto es más serio de lo que es. Se me da fatal, pero puedo intentarlo.

Bruno soltó una risa corta. Se le aflojó un poco la cara.

—No quiero que te enfades. Da miedo.

Fueron los tres al campo. La tribuna ya estaba vacía, pero el señor Jara seguía allí, guardando conos. Cuando vio a Nico, alzó las manos como si se rindiera.

—¿Qué pasa ahora? ¿Han desaparecido las porterías?

Nico señaló la mochila de Bruno.

—La batería está aquí. Bruno quiere devolverla.

Bruno tragó saliva.

—La cogí. Fue una tontería. La devuelvo y… lo siento.

El señor Jara lo miró un segundo largo. Luego miró la batería, la etiqueta amarilla, el cierre abierto.

—¿Sabes lo que fastidia? —dijo por fin—. No es solo el aparato. Es la confianza. Pero… gracias por traerla.

Nico aprovechó el momento, como quien coloca la última pieza del rompecabezas.

—Proponemos un trato, señor Jara. Bruno se compromete a ayudar a revisar el altavoz del club antes de los partidos durante un mes. Así aprende a cuidarlo y no vuelve a pasar. Y usted… si le parece, no lo convierte en un drama enorme.

Lía levantó un dedo.

—Y además, Bruno puede ayudar a poner bridas nuevas. Sin cinta negra, por favor. La cinta negra hoy ha sido protagonista y ya está cansada.

El señor Jara miró a Bruno.

—¿Un mes? ¿Y llegas a tiempo?

Bruno asintió, rápido.

—Sí. Y puedo traer herramientas. De verdad.

El entrenador suspiró, pero ya no parecía enfadado, sino cansado.

—De acuerdo. Un mes. Y hoy, vienes conmigo a cerrar esto bien.

Bruno soltó el aire que llevaba guardando.

—Gracias.

Nico notó algo cálido en el pecho: no era triunfo, era alivio. El misterio no se resolvía con castigos, sino con responsabilidad.

Más tarde, en la pista de skate, Tomi aceptó prestar su batería azul durante una hora, con una condición:

—Si se rompe, Bruno me debe tres bocadillos y una disculpa pública a mi bici.

Bruno se rió.

—Trato hecho.

El vídeo se grabó. La música sonó bajita, pero suficiente. Y en la tribuna baja, Lía anunció como si fuera comentarista:

—¡Atención! ¡Truco con final feliz y aprendizaje incluido!

Nico, sentado en el escalón, observó el mundo como siempre: buscando patrones, escuchando silencios. Pensó que la lógica era útil, sí, pero que la mejor conclusión era otra: cuando un error se reconoce a tiempo, puede convertirse en un puente en vez de en una pared.

Y aquella tarde, entre una tribuna y otra, el barrio recuperó su sonido. Sin misterio. Con acuerdo. Y con una cinta aislante negra que, por fin, pudo descansar en un cajón.

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Tribuna
Gradas donde se sientan los espectadores para ver un partido o evento.
Bridas
Tiras de plástico que se usan para sujetar o cerrar cosas firmemente.
Altavoz
Aparato que amplifica la voz o la música para que todos la oigan.
Avería
Daño o fallo en una máquina o aparato que impide su funcionamiento normal.
Murmullo
Ruido suave de voces que hablan bajito, como un susurro colectivo.
Cosquilleo
Sensación ligera y agradable en la piel que hace que te muevas.
Cierre
Parte que se usa para cerrar algo y mantenerlo protegido o seguro.
Cinta aislante
Cinta adhesiva usada para cubrir y proteger cables o unir objetos.
Huella arrastrada
Marca en el suelo causada por algo que se movió rozando el suelo.
Batería
Dispositivo que guarda energía para dar electricidad a aparatos portátiles.
Conserje
Persona que cuida y mantiene un edificio o lugar público limpio y en orden.
Patinete
Vehículo pequeño con ruedas que se impulsa con un pie o eléctrico.
Quiosquito
Pequeño puesto donde se venden bocadillos, bebidas o cosas del barrio.
Etiqueta azul
Papel o adhesivo de color azul que identifica o marca un objeto.

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