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Cuento de pequeños investigadores 11/12 años Lectura 17 min.

El misterio del cartel desaparecido en la biblioteca

Cuando el cartel del concurso de cuentos desaparece de la biblioteca, el joven detective Nico y sus amigos siguen pistas pequeñas —tizas, papel arrancado y un llavero con campanillas— para descubrir quién lo tomó.

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Nico, chico de 12 años, expresión concentrada y tranquila, cabello castaño corto y chaqueta kaki algo grande, sostiene con cuidado un gran cartel de papel amarillento que acaba de alisar; a su derecha, Alba, chica de unos 11 años, pelo negro en coleta y mirada traviesa, prepara una chincheta roja junto al corcho; a la izquierda y en primer plano, Tomás, chico de unos 12 años con pelo rizado y aire apenado pero entusiasta, muestra una copia arrugada del mismo cartel; detrás de Nico, cerca de la puerta, Luis, de unos 13 años, rostro sonrojado y aliviado, tiene una pequeña bolsa azul abierta a sus pies; la señorita Clara, mujer de unos 40 años de pelo gris recogido, sonríe desde su escritorio junto a una estantería de libros; lugar: acogedora biblioteca municipal con suelo de madera brillante, tablón de corcho y una ventana alta que deja entrar un rayo de sol; situación: momento calmado y alegre de reparación conjunta del cartel, con sensación de camaradería, papel arrugado contrastando con ropa colorida y detalles táctiles como el grano del corcho y los reflejos del madera. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El cartel que desapareció

Nico tenía 12 años y una calma rara, de esas que hacen pensar que siempre está contando cosas en su cabeza. No llevaba gabardina ni sombrero; su “uniforme” de detective era una libreta, un lápiz mordisqueado y unos ojos que no se perdían nada.

Aquella tarde, en la biblioteca del barrio, la señorita Clara pegó un cartel enorme en el tablón de anuncios: “CONCURSO DE CUENTOS. ENTREGA HOY A LAS 18:00”.

—Si no lo ven, nadie entrega —dijo, sacudiéndose las manos llenas de polvo de tiza.

Nico sonrió. A él le gustaban los tablones. Siempre había algo que mirar: chinchetas torcidas, papel doblado, huellas de pegamento.

Pero a los cinco minutos, cuando volvió a pasar por delante, el cartel ya no estaba.

La señorita Clara se puso pálida.

—¡Imposible! ¡Lo acabo de colgar! —miró a todos como si fueran estatuas sospechosas.

En la sala solo había tres personas: Alba, que escribía con la lengua fuera; Tomás, que hacía como que leía pero en realidad dibujaba monstruos; y el señor Julián, el conserje, que cargaba una caja de libros.

Nico se acercó al tablón. Quedaban dos chinchetas rojas, solas, como ojos sorprendidos. En el corcho había una marca rectangular más clara.

—No ha volado —murmuró Nico—. Alguien lo ha despegado.

—¿Y por qué alguien haría eso? —preguntó Alba, indignada.

—Tal vez para ganar tiempo… o para que nadie entregue y el jurado se vuelva loco —dijo Tomás, demasiado feliz con la idea.

Nico levantó su libreta.

—Voy a investigarlo. Pero necesito algo: que digáis la verdad, aunque sea aburrida.

Tomás bufó.

—La verdad casi siempre es aburrida.

—Por eso es tan útil —respondió Nico.

En ese instante, Nico oyó un susurro, como si alguien hablara desde el aire: “Aquí… aquí…”

Nico miró alrededor. Nadie movía los labios.

El misterio acababa de empezar.

Capítulo 2: El chuchotís entre estanterías

Nico caminó despacio entre las estanterías. El suelo de madera crujía como si también quisiera opinar. El susurro volvió: “Aquí… mira…”

—¿Lo oyes? —preguntó Nico en voz baja.

Alba se pegó a él.

—¿El qué?

Tomás se acercó también, fingiendo valentía.

—Yo oigo mi estómago —dijo—. Dice “galleta”.

El susurro no venía de una persona. Nico lo notó en la piel, como cuando te rozan con una pluma. Se agachó junto a la mesa de novedades. Había un ventilador pequeño, viejo, que movía una cinta de plástico colgada en el lateral. Al rozar el metal, la cinta vibraba y sonaba como un chuchoteo.

“Hiii… aquíii…”

Nico soltó el aire, aliviado.

—No es un fantasma. Es la cinta del ventilador.

Tomás puso cara de decepción.

—Qué injusto. Yo ya estaba preparando mi grito.

Alba se rió.

—Detective Nico: cazador de cintas.

Nico no se ofendió. Sonrió y anotó: “Susurro = ventilador + cinta. No distraerse”.

Volvieron al tablón. Nico examinó el corcho de cerca. Había una esquina ligeramente levantada, como si alguien hubiera arrancado el cartel con prisa y el pegamento hubiese luchado un poquito.

—Preguntas —dijo Nico—. ¿Quién estuvo cerca del tablón?

El señor Julián carraspeó.

—Yo pasé con la caja. Pero ni lo miré, muchacho. Tengo espalda, no ojos en la nuca.

Alba levantó la mano como en clase.

—Yo fui a sacar una grapadora del cajón… está al lado del tablón.

Tomás silbó.

—Oh, qué casualidad.

Alba se giró, fulminándolo.

—Y tú estabas ahí delante dibujando. Te vi.

Tomás levantó el cuaderno con un monstruo de tres ojos.

—Prueba número uno: soy inocente por falta de talento para el crimen.

Nico observó la caja de libros del conserje. Una esquina tenía restos de papel blanco pegados, como si algo se hubiera enganchado.

—Señor Julián —preguntó—, ¿puedo ver la caja?

El conserje la dejó en el suelo. Nico tocó el resto de papel. Era un borde rasgado, con tinta negra. No se veía ninguna palabra completa, solo… una curva que podía ser una “O” o una “C”.

—Alguien arrancó el cartel y se le quedó un pedacito pegado en la caja —concluyó Tomás, sorprendentemente rápido.

—O el cartel rozó la caja al pasar —dijo Nico—. No significa que el señor Julián lo haya hecho. Significa que la caja estuvo muy cerca del cartel en el momento del robo.

Alba frunció el ceño.

—Entonces… ¿dónde está el cartel?

Nico miró hacia la puerta. Fuera, la tarde brillaba. Y en el centro del barrio, la plaza pavimentada esperaba, como una página con pistas escondidas.

—Vamos a la plaza —dijo—. Si alguien quiere que nadie entregue cuentos, tendrá que moverse por ahí. Y las plazas… guardan huellas.

Capítulo 3: La plaza pavimentada y las huellas invisibles

La plaza tenía piedras grises, gastadas por miles de zapatos. Había una fuente que parecía reírse con su chorrito, bancos de madera y un quiosco de helados que, incluso sin verano, olía a vainilla.

Nico se agachó y miró el suelo como si fuera un mapa.

—¿Qué buscas? —preguntó Alba.

—Lo que otros no miran —respondió Nico—. Rutas. Prisas. Migas.

Tomás se arrodilló también, exagerando.

—Yo miro… y confirmo que el suelo es suelo.

Nico señaló unas pequeñas manchas de tiza blanca cerca del borde de la plaza, en dirección a la calle del colegio.

—Tiza —dijo—. En la biblioteca había polvo de tiza en el cartel, porque la señorita Clara se manchó al escribirlo.

Alba abrió los ojos.

—¡Es verdad! Se limpió las manos así —imitó el gesto.

Las manchas formaban una línea irregular, como si alguien hubiera tocado el cartel con dedos manchados y luego hubiese rozado las piedras al caminar rápido. Nico siguió la pista. Pasaron por delante de una panadería; el aire olía a barras recién hechas y a tentación.

—No nos desviemos —dijo Nico, aunque su estómago hizo un comentario.

La línea de tiza llegó hasta un banco. Debajo, algo blanco asomaba. Tomás metió la mano y sacó… una hoja arrugada.

—¡Ajá! —cantó—. ¡Papel!

Nico la alisó. Era una copia del cartel, pero incompleta: faltaba la parte donde ponía la hora. En una esquina había una mancha de chocolate.

Alba se cruzó de brazos.

—¿Quién come chocolate en un banco?

Tomás levantó un dedo.

—Muchísima gente decente.

Nico olfateó el papel con cuidado.

—Huele a cacao… y a menta.

Alba se rió.

—Eso es rarísimo.

Nico anotó: “Chocolate + menta. Banco. Copia incompleta.”

En ese momento, el susurro regresó. Esta vez no era la cinta del ventilador. Era un chuchotís real, bajito, detrás de ellos.

—Pss… Nico…

Nico se giró de golpe. Junto a la fuente, una niña pequeña señalaba algo, pero no se atrevía a acercarse.

—¿Qué pasa? —preguntó Nico, suave.

—Vi… vi a alguien con un papel grande —susurró—. Lo metió en una mochila azul.

—¿Quién? —preguntó Alba, inclinándose.

La niña apretó los labios y señaló hacia el callejón de la papelería.

—No le vi la cara. Tenía… un llavero que sonaba. Como campanitas.

Tomás se emocionó.

—¡Campanitas! Eso sí suena a villano.

Nico miró el callejón. La papelería era un lugar lógico: allí hay grapadoras, cinta adhesiva… y gente que recorta.

—Vamos —dijo—. Pero sin correr como si estuviéramos en una persecución de película. Si corres, no ves nada.

Tomás empezó a correr.

—¡Yo corro y veo muchísimo!

Se chocó con un señor que llevaba globos y pidió perdón, rojo como un tomate. Nico y Alba lo alcanzaron sin prisa, mirando cada detalle.

Capítulo 4: La papelería de la señora Inés

En la papelería olía a papel nuevo y a tinta. Había estantes con cuadernos, pegamento, lápices de colores. Detrás del mostrador estaba la señora Inés, con unas gafas en la punta de la nariz.

—Buenas tardes, detectives —dijo, sin sorpresa—. Tenéis cara de venir por algo más que por un bolígrafo.

Nico mostró la hoja arrugada.

—Buscamos un cartel de la biblioteca. Ha desaparecido.

La señora Inés lo examinó.

—Este papel es de mi tienda —dijo—. Tiene mi marca de agua. Alguien lo imprimió aquí.

Alba se inclinó, interesada.

—¿Quién imprimió un cartel de la biblioteca?

La señora Inés señaló una impresora al fondo.

—Solo dejo usarla a quien conozco. Hoy la usó… Tomás.

Tomás abrió la boca.

—¡¿Yo?! Bueno… sí, imprimí… pero fue para ayudar.

Nico lo miró fijo.

—Explícalo sin adornos.

Tomás se rascó la nuca.

—Vale. Ayer hice un cuento. Y hoy… pensé que si nadie entregaba, habría más tiempo y mi cuento parecería mejor por comparación. Pero luego me dio vergüenza. Así que imprimí una copia del cartel para llevarla a la biblioteca y… no sé, ponerla si faltaba. Eso.

Alba lo miró con cara de “te voy a convertir en engrapadora”.

—¿Y la mancha de chocolate con menta? —preguntó Nico.

Tomás levantó las manos.

—Eso sí es mío. Tengo chicles de menta y… bueno, chocolate.

Nico respiró. Tomás era culpable de ser Tomás, pero la hoja encontrada era una copia incompleta. El cartel verdadero seguía perdido.

—¿Viste a alguien con mochila azul? —preguntó Nico a la señora Inés—. ¿Y un llavero con campanitas?

La señora Inés pensó.

—Mochila azul… campanitas… Ah. Pasó hace un rato Luis, el chico del coro. Lleva un llavero así porque dice que le “da ritmo”.

Alba chasqueó la lengua.

—Luis siempre está canturreando.

Tomás se defendió.

—Yo canturreo, pero en mi cabeza.

Nico pidió:

—¿Hacia dónde fue?

—Hacia el colegio —dijo la señora Inés—. Iba apurado.

Nico anotó: “Luis. Coro. Llaverito con campanas. Colegio.”

Alba apretó su mochila.

—Si Luis lo escondió, no es para hacer daño. Es un buen chico.

—Los buenos chicos también se equivocan —respondió Nico—. Vamos al colegio. Y vamos a observar antes de acusar.

Tomás tragó saliva.

—¿Puedo… ir también? Prometo no correr. Mucho.

Nico lo miró y, tras un segundo, asintió.

—Sí. Pero vas a ayudar con una cosa: mirar.

Tomás enderezó los hombros.

—Eso sí se me da. A veces.

Capítulo 5: El ensayo y la pista del sonido

En el colegio, el aula de música estaba abierta. Salían notas sueltas, como si alguien estuviera dejando migas de canción. Dentro, Luis ensayaba con una flauta. Tenía la mochila azul en una silla. Y, cuando movía las llaves, sonaban campanitas.

Nico se quedó en la puerta, para no asustarlo.

—Hola, Luis —dijo—. Necesito preguntarte algo.

Luis dejó de tocar. Sonrió nervioso.

—¿He tocado muy alto?

—No —dijo Alba—. Es por un cartel de la biblioteca.

Luis parpadeó y su sonrisa se desinfló.

—Ah.

Nico habló despacio.

—El cartel del concurso desapareció. Te vieron con un papel grande. ¿Lo tienes tú?

Luis apretó los labios. Miró la mochila, luego el suelo.

—Yo… lo cogí —admitió—. Pero no para fastidiar.

Tomás dio un paso.

—¿Entonces para qué? ¿Para montar un plan malvado de música clásica?

Luis soltó una risa pequeña, casi sin querer.

—Ojalá. No. Es que… el coro tenía ensayo especial hoy a las seis. Y si la gente se iba a la biblioteca a entregar cuentos, el director se enfadaría porque faltarían. Yo pensé… “si el cartel no está, se olvidan, vienen al ensayo y luego ya…” —se encogió—. Fue tonto.

Alba exhaló, entre aliviada y enfadada.

—Luis… eso no se hace.

Nico no levantó la voz.

—¿Dónde está el cartel?

Luis abrió la mochila con cuidado, como si fuera a sacar un animal dormido. Sacó el cartel, doblado en cuatro, con las letras un poco arrugadas.

—Aquí —dijo—. Iba a devolverlo después del ensayo.

Nico lo tomó y lo alisó con las palmas.

—Lo importante es que lo has dicho —señaló—. Ahora toca arreglarlo.

Luis tragó saliva.

—¿Me van a castigar?

Tomás se encogió de hombros.

—Probablemente te hagan escuchar mi cuento. Eso sí es castigo.

Alba le dio un codazo.

—Nico, ¿qué hacemos?

Nico pensó un segundo. Recordó la tiza en la plaza, la copia incompleta en el banco, la cinta del ventilador que susurraba. Pistas por todas partes… pero la clave había sido una: mirar sin correr.

—Vamos a la biblioteca —dijo—. Luis, vienes con nosotros. Y vas a explicarlo tú. Con calma. Sin excusas raras.

Luis asintió, con los ojos brillantes.

—Vale.

Al salir, las campanitas del llavero sonaron otra vez. Nico sonrió.

—Ese sonido fue una pista —comentó—. A veces el misterio se resuelve con lo que se oye.

Tomás levantó la mano.

—¿Y con lo que se huele? Porque yo sigo oliendo pan.

Nico señaló la plaza pavimentada a lo lejos.

—Primero el cartel. Luego el pan.

Capítulo 6: La devolución y el pulgar final

La biblioteca estaba más silenciosa que antes, como si contuviera la respiración. La señorita Clara los vio entrar y se llevó la mano al pecho.

—¡Mi cartel!

Luis avanzó y se lo entregó, con las mejillas encendidas.

—Lo siento, señorita Clara. Lo cogí porque… quería que la gente viniera al ensayo del coro. Me equivoqué.

La señorita Clara lo miró largo. Luego miró a Nico, a Alba, a Tomás.

—Gracias por traerlo —dijo al fin—. Luis, hablaremos con tu profesor. Pero que esto te sirva de lección: no se arreglan las cosas escondiéndolas.

Luis asintió, muy serio.

Alba ayudó a pegar el cartel de nuevo, esta vez con cinta por las esquinas y chinchetas nuevas. Nico observó cómo quedaba recto, sin burbujas.

Tomás se acercó al tablón.

—¿Puedo pegar mi copia incompleta al lado? Como… recordatorio de no ser idiota.

La señorita Clara parpadeó, y luego dejó escapar una risa.

—Pégala, pero escribe debajo: “La versión que no sirve”.

Tomás escribió con letras enormes. Alba añadió un pequeño dibujo de una lupa.

Nico guardó su libreta. El ventilador seguía moviendo su cinta, haciendo el chuchotís suave. Esta vez, a Nico le pareció casi simpático.

“Hiii… aquíii…”

—Ahora sí, “aquí” —murmuró Nico—. En el tablón.

Alba le dio un empujón amistoso.

—Buen trabajo, detective.

Tomás levantó una ceja.

—¿Y el pan?

Nico señaló la puerta.

—Se puede investigar con el estómago lleno.

Salieron a la tarde fresca. En la plaza pavimentada, la fuente seguía riéndose con su chorrito. Luis respiró hondo, como si se hubiera quitado un peso.

—Gracias —dijo—. Por no gritarme.

—Gritar no ayuda a pensar —respondió Nico—. Y observar sí.

Alba miró a Nico.

—¿Cómo supiste por dónde ir?

Nico contó con los dedos.

—Uno: el borde de papel en la caja mostró que el cartel pasó cerca. Dos: la tiza en la plaza indicó el camino. Tres: el papel de la papelería y el chocolate con menta señalaron una copia y a Tomás. Cuatro: las campanitas del llavero nos llevaron a Luis. Todo estaba a la vista… si mirabas.

Tomás levantó el pulgar, solemne, como si firmara un pacto.

—Acepto ser observado.

Nico se rió y, antes de entrar a la panadería, levantó el pulgar también.

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Mordisqueado
Que alguien ha mordido un poco con los dientes, mostrando marcas pequeñas.
Tablón
Tablero de corcho o madera donde se pegan anuncios y noticias del lugar.
Chinchetas
Pequeñas piezas con punta para sujetar papeles en un corcho o tablón.
Corcho
Material marrón y blando donde se clavitan chinchetas para poner papeles.
Conserje
Persona que cuida el edificio, arregla cosas y mantiene el orden.
Susurro
Voz muy baja que apenas se oye, como un secreto dicho al oído.
Pegamento
Sustancia que une papeles u objetos para que no se separen.
Grapadora
Herramienta que une hojas con pequeñas piezas metálicas llamadas grapas.
Marca de agua
Imagen o signo que se ve en un papel para mostrar de dónde viene.
Impresora
Máquina que pone tinta en hojas para crear textos o dibujos.
Arrugada
Hoja o tela con pliegues y dobleces, no está lisa ni estirada.
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