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Cuento de pequeños investigadores 11/12 años Lectura 23 min.

El misterio de la caja de anuncios perdida

Mateo y su amigo Nico siguen pistas de tiza, cuerda y rotulador para investigar quién ha desaparecido la caja de anuncios del barrio, aplicando su método de observar, anotar y comprobar.

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Un niño de 12 años, Mateo, rostro concentrado y seguro, pelo castaño corto, rodillas algo manchadas, sostiene una libreta marrón y coloca la caja de anuncios de madera en su sitio, agachado; a su derecha, ligeramente detrás, Nico, también de 12 años, de expresión alegre y traviesa y cabello negro rizado, sujeta un paquete de gusanitos y ayuda a empujar la caja; a la izquierda, la bibliotecaria de unos 50 años, con rostro amable pero serio, pelo gris recogido, chaqueta azul y una gran llave en la cintura, vigila y tranquiliza la escena; al fondo, un chico y una chica adolescentes del grupo de teatro (14–15 años), algo avergonzados, con ropa informal manchada de tiza y rotulador, sostienen una cuerda azul y una pinza de madera para ayudar; la plaza del barrio tiene suelo de losas claras, una fuente baja con agua brillante en el centro, un banco delantero con una flecha azul dibujada a la tiza y carteles coloridos junto al pequeño escenario; es el momento de devolver la caja de anuncios: gesto cooperativo y sensación de responsabilidad, luz suave de tarde, tonos cálidos y contrastes marcados. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El banco con tiza

Mateo tenía doce años y una costumbre rara: cuando algo no le cuadraba, se quedaba quieto, respiraba hondo y se hacía tres preguntas en silencio: “¿Qué sé? ¿Qué no sé? ¿Qué puedo comprobar?”. Su madre decía que eso era “tener la cabeza ordenada”. Su amigo Nico decía que era “ser un mini detective con cara de pan”.

Aquel viernes, la esplanada del barrio estaba llena de vida. Era una plaza ancha, de baldosas claras, con una fuente baja en el centro y bancos largos alrededor. En un lado, el quiosco de revistas; en el otro, un pequeño escenario donde a veces tocaban bandas de adolescentes con ganas de ruido.

Mateo iba con su patinete, suave, sin prisa. Nico lo seguía con una bolsa de gusanitos que sonaba como una maraca.

—Hoy hay ensayo del coro —dijo Nico, señalando el centro cívico—. Mi hermana canta. O grita. No sé.

Mateo sonrió. Y entonces lo vio.

En el banco más cercano a la fuente, alguien había dibujado una flecha con tiza azul. Y debajo, una palabra: “AQUÍ”.

No era un dibujo típico de niño pequeño. La flecha era recta, decidida, como si la hubiera hecho alguien con una idea clara.

Mateo se acercó. Tocó la tiza con la yema del dedo: manchaba, todavía fresca.

—¿Lo has visto? —preguntó Nico con la boca llena.

Mateo asintió.

En el banco, justo donde apuntaba la flecha, había una marca: una pequeña gota seca de algo oscuro. ¿Chocolate? ¿Barro? ¿Tinta?

Mateo sacó una libreta del bolsillo. Nunca salía sin ella. En la portada ponía, con letras torcidas: “COSAS IMPORTANTES”.

Escribió:

1) Flecha de tiza azul.

2) “AQUÍ”.

3) Mancha oscura en la madera.

—¿Y? —Nico se encogió de hombros—. Igual es un juego.

Mateo levantó la vista. La esplanada parecía normal… demasiado normal. Personas charlando. Niños corriendo. Un señor paseando un perro pequeño que tenía cara de haber nacido enfadado.

Pero algo faltaba.

Mateo tardó unos segundos en darse cuenta de qué era.

—La caja —dijo.

—¿Qué caja?

Mateo señaló la esquina del escenario, donde siempre había una caja de madera con carteles del barrio: avisos de clases, anuncios de gatos perdidos, invitaciones a cumpleaños con globos dibujados.

—La Caja de Anuncios. Siempre está ahí.

El rincón estaba vacío. Solo quedaban dos tornillos sueltos en el suelo, como dientes caídos.

Nico se rascó la cabeza.

—Vale, eso sí es raro.

Mateo respiró hondo. Sus tres preguntas volvieron.

¿Qué sé? La caja ha desaparecido.

¿Qué no sé? Quién la ha cogido y por qué.

¿Qué puedo comprobar? Todo lo que el lugar me quiera contar.

—Vamos a mirar alrededor —dijo Mateo—. Pero sin tocarlo todo como mapaches.

—Yo soy un mapache educado —protestó Nico.

Mateo se agachó junto a los tornillos. Había polvo y… una línea azul, muy fina, como una rayita de tiza arrastrada.

—Tiza azul otra vez —murmuró.

Siguió la rayita con la vista. Terminaba cerca de la fuente.

—Nico, ¿ves eso? —preguntó.

Nico se acercó y abrió mucho los ojos.

—Parece… un camino de tiza. Un camino para hormigas gigantes.

Mateo sonrió, pero la sonrisa le duró poco. Si era un camino, alguien lo había hecho a propósito.

Y a propósito significaba: pista.

Capítulo 2: Tres pistas y una promesa

Mateo caminó siguiendo la línea azul como si fuera el hilo de un laberinto. Nico iba detrás, crujiente y curioso.

El rastro no era continuo: eran pequeños trazos, como si la tiza hubiera rozado el suelo en saltos. Llegaron a la fuente. El agua caía suave, haciendo un sonido que calmaba.

En el borde de la fuente, alguien había dejado una pinza de la ropa. De esas de madera, con un muelle metálico. Y en una de las patas tenía pegada… una motita azul.

Mateo anotó:

4) Pinza con polvo de tiza.

—¿Qué tiene que ver una pinza con la caja? —preguntó Nico.

Mateo levantó la pinza como si fuera una prueba valiosa.

—Una pinza sirve para sujetar algo sin usar las manos. Como un cartel. O una cuerda.

Nico frunció el ceño, intentando imaginarlo.

—¿Una cuerda para arrastrar la caja?

—Puede ser —dijo Mateo—. Pero no vamos a adivinar. Vamos a comprobar.

Se separaron un poco. Mateo miró el suelo alrededor de la fuente. Había huellas de zapatillas, muchas, pero una le llamó la atención: una pisada con barro seco, como media luna. Y cerca, una bolita negra, pequeña.

La recogió con un pañuelo. Era una rueda diminuta de plástico. Como de un patinete de juguete o de un carrito.

Mateo escribió:

5) Ruedita pequeña.

Nico se agachó y señaló el banco de antes.

—Eh, la mancha del banco… mira.

La mancha, vista de cerca, no era chocolate. Era como tinta. Y tenía un brillo raro.

Mateo olió con cuidado. Le llegó un olor suave a… rotulador permanente.

—Rotulador —dijo—. Pero ¿por qué aquí?

Entonces, un sonido interrumpió sus pensamientos: un “clac-clac” de zapatos rápidos. La señora Lidia, la bibliotecaria del centro cívico, cruzaba la esplanada con cara de prisa y una carpeta contra el pecho.

Mateo la saludó.

—Señora Lidia, ¿ha visto la Caja de Anuncios?

La bibliotecaria frenó, jadeando un poco.

—¡Ay, la caja! La busco desde hace una hora. Dentro estaban los horarios del concurso de relatos y… —bajó la voz— el listado de los libros que tenemos que devolver a la editorial. Es importante.

Nico silbó.

—¿Alguien la robó?

—No lo sé —dijo la señora Lidia—. A veces los chicos hacen bromas… Pero esto no tiene gracia. Tengo reunión en dos días.

Mateo sintió una mezcla de emoción y responsabilidad, como cuando te dejan cuidar una planta y quieres que no se muera.

—Podemos ayudar —dijo.

La señora Lidia lo miró. No se rió. Eso ya era mucho.

—Si encontráis algo, venid a verme. Y… por favor, con cuidado. No quiero más problemas.

Mateo asintió. Cuando ella se fue, Nico se inclinó hacia él.

—Tenemos misión oficial. Eso suena importante.

Mateo marcó un repere en su libreta: dibujó un pequeño símbolo, una “M” dentro de un círculo.

—¿Qué es eso? —preguntó Nico.

—Mi marca —dijo Mateo—. Cuando empiezo una investigación, pongo una señal. Me recuerda que debo ser metódico: observar, anotar, comprobar.

Nico lo miró con respeto exagerado.

—Detective Mateo, el Metódico.

—No te burles o te pongo de nombre “Agente Gusanito”.

Nico se rió. La risa hizo que el misterio pareciera menos pesado.

Mateo juntó las pistas.

Tiza azul. Pinza con tiza. Ruedita. Rotulador permanente.

—Hay que pensar quién usa esas cosas —dijo Mateo—. Y dónde.

Nico señaló el escenario.

—Los del grupo de skate practican detrás del escenario. Tienen ruedas, seguro.

Mateo miró hacia allí. Detrás del escenario había un pasillo estrecho que llevaba a un almacén municipal. La puerta era gris, con un candado. A un lado, una pared con grafitis coloridos.

Y, en medio de esos grafitis, destacaba una línea azul reciente.

Mateo respiró hondo.

—Vamos.

Capítulo 3: El pasillo del almacén

El pasillo olía a cemento caliente y a hierba aplastada. El sol se colaba en tiras, como si alguien lo hubiera cortado con tijeras.

Mateo caminó despacio, mirando el suelo. Nico intentaba imitarlo, pero cada dos pasos se le escapaba un crujido de bolsa.

—Sigilo —susurró Mateo.

—Estoy siendo silencioso… en mi interior —susurró Nico, y la bolsa volvió a crujir. Mateo le lanzó una mirada que decía “te perdono, pero un poco menos”.

En el suelo había marcas finas, como de algo arrastrado. No eran profundas, pero iban en dirección al almacén.

Mateo se agachó y pasó un dedo: había polvo mezclado con una raya oscura, como si la madera hubiera raspado el cemento.

—La caja es de madera —dijo—. Esto podría ser.

La puerta del almacén estaba cerrada. El candado tenía un brillo viejo. No parecía forzado.

Pero en el lateral, donde la pared se encontraba con la puerta, había una rendija. Y en la rendija, un trocito de papel doblado.

Mateo lo sacó con cuidado. Era un pedazo de cartel, con letras impresas. Se leía: “Concurso de relatos — Inscrip…”

—¡Es del centro cívico! —exclamó Nico.

Mateo guardó el papel como si fuera un tesoro.

—Entonces la caja sí pasó por aquí.

Miraron alrededor. A la izquierda, los grafitis. A la derecha, una verja baja que separaba el pasillo de un pequeño jardín con arbustos.

Mateo se fijó en una rama: tenía un hilo enganchado. Un hilo azul.

Lo tomó con cuidado. Era cuerda fina, de esas que se usan para manualidades.

—Cuerda azul —dijo, anotando—. Y coincide con la tiza.

Nico se rascó la mejilla.

—O sea: alguien arrastró la caja, usó cuerda, y dejó tiza como si fuera un mapa. Pero… ¿por qué dejar pistas si no quieres que te encuentren?

Mateo se quedó pensativo.

—Buena pregunta. A veces la gente deja pistas sin querer. O porque quiere que alguien… específico… lo siga.

—¿Como una invitación secreta?

Mateo asintió. Se giró. Desde el pasillo se veía un lado de la esplanada, y el banco con la flecha. Todo formaba una especie de recorrido.

—Nico, piensa conmigo —dijo Mateo—. Si tú quisieras que alguien siguiera un camino, ¿a quién se lo harías fácil?

Nico se encogió de hombros.

—A alguien que se fija. O sea… tú.

Mateo soltó una carcajada corta.

—Gracias, supongo.

Siguieron el pasillo hasta la verja del jardín. La verja tenía una zona un poco doblada, como si alguien hubiera pasado algo grande por ahí. Y en el suelo, al otro lado, había más marcas de arrastre que se perdían entre los arbustos.

Nico tragó saliva.

—¿Entramos? Parece el territorio de las arañas.

Mateo levantó una ceja.

—Las arañas hacen su trabajo. Nosotros el nuestro.

Pasaron con cuidado por la zona doblada. En el jardín el aire era más fresco, con olor a tierra mojada. Entre los arbustos, encontraron algo que no era de la naturaleza: otra pinza de madera. Y pegado a ella, un trocito de cinta adhesiva.

Mateo la olió. Olía a pegamento y… rotulador.

—Rotulador permanente otra vez —murmuró.

Nico señaló un muro bajo al final del jardín.

—Por ahí se sale al patio del colegio, ¿no?

Mateo sintió un cosquilleo de posibilidad.

—Sí. Y en el colegio… hay material de manualidades. Tiza, cuerda, pinzas, rotuladores…

Nico abrió los ojos como si hubiera visto un fantasma con mochila.

—¿Crees que ha sido alguien del colegio?

Mateo no respondió enseguida. Su método decía: no acusar. Comprobar.

—Vamos al muro —dijo—. Pero sin saltar como cabras. Miramos primero.

Capítulo 4: El patio y el cuaderno de teatro

El muro tenía una esquina con ladrillos gastados, perfecta para apoyar el pie. Al otro lado se veía el patio del colegio: la pista de baloncesto, la portería vieja y una zona con bancos.

Era fin de semana, así que estaba vacío. Vacío de personas, pero no de pistas.

Mateo asomó la cabeza con cuidado. En un banco del patio, había un cuaderno abierto, como si alguien lo hubiera olvidado con prisa. Las páginas se movían un poco con el viento.

—Eso no debería estar ahí —susurró Nico.

Entraron por una puerta lateral que, por suerte, estaba abierta porque el conserje a veces dejaba ventilando. Mateo pensó que eso también era “un dato a anotar” para luego: las puertas abiertas traen problemas.

Se acercaron al cuaderno. En la portada ponía: “Taller de Teatro — Grupo Lunes”.

Dentro, había dibujos de escenarios y personajes. Y en una página, una lista:

“Cosas para el decorado:

— caja grande (¡importante!)

— cuerda azul

— pinzas

— tiza para marcar suelo

— rotulador negro”

Mateo sintió que las piezas encajaban con un clic invisible.

—Decorado —dijo—. Esto no parece un robo. Parece… un préstamo ilegal.

Nico señaló la palabra “caja grande”.

—¿La Caja de Anuncios es la caja grande?

Mateo pasó las páginas. Había un boceto del escenario del taller: una “estación de tren misteriosa” con un “tablero de anuncios antiguo” en un lado.

—Querían un tablero de anuncios —murmuró Mateo—. Y han cogido el del barrio.

Nico se cruzó de brazos.

—Eso sigue estando mal.

—Sí —dijo Mateo—. Pero cambia la intención. No es “me lo quedo”, es “lo necesito”. Aun así, hay que devolverlo.

En ese momento, escucharon voces. Alguien abría la puerta principal del colegio. Mateo y Nico se escondieron detrás de una columna, conteniendo la respiración.

Entraron tres chicos mayores, de unos catorce o quince, con mochilas y una bolsa grande. Una chica llevaba un bote de tiza. Otro cargaba una cuerda azul. Y el tercero… llevaba manchas negras en los dedos, como de rotulador.

—Rápido —dijo la chica—. Ensayamos en el centro cívico. Si el profe ve que falta algo, nos mata.

—Tranquila —respondió el del rotulador—. La caja está en el cuarto de limpieza del centro cívico. Nadie la verá.

Mateo miró a Nico. Nico abrió la boca, pero Mateo le puso un dedo en los labios. Primero: escuchar. Luego: actuar.

—¿Seguro que la señora Lidia no se dio cuenta? —preguntó el tercero.

—Se dio cuenta —dijo la chica—. Pero pensará que fue una gamberrada. La devolvemos el lunes, después de la función. Quedará como nueva.

Mateo sintió un alivio… y un enfado pequeño, como una piedra en el zapato. No eran villanos. Eran despistados con prisa, que también puede ser peligroso.

Cuando los tres salieron, Mateo y Nico esperaron un minuto.

—¿Vamos a por ellos? —susurró Nico.

Mateo negó con la cabeza.

—No. Tenemos otra opción mejor: hablar con la señora Lidia y con alguien adulto. Y, sobre todo, recuperar la caja hoy. Antes de que se estropee o alguien más la encuentre.

Nico asintió, serio por primera vez en un rato.

—¿Dónde dijeron que estaba?

—En el cuarto de limpieza del centro cívico —repitió Mateo—. Vamos.

Capítulo 5: El cuarto de limpieza

El centro cívico estaba a dos calles. Volvieron a cruzar la esplanada, donde el sol seguía brillando como si no pasara nada importante.

Mateo miró la flecha de tiza en el banco. Ahora la veía de otro modo: no era una amenaza, era una señal de “por aquí” para el equipo de teatro. Y la palabra “AQUÍ” era donde habían apoyado la caja para descansar. La mancha de rotulador, probablemente de una mano sucia al levantarla.

—Todo encaja —dijo Mateo.

—Como un puzle —añadió Nico—. Pero un puzle que casi se lleva por delante a la señora Lidia.

Entraron al centro cívico. En el pasillo olía a papel, café y pintura vieja. La señora Lidia estaba detrás del mostrador, ordenando libros con rapidez nerviosa.

Mateo se acercó.

—Señora Lidia, creemos que sabemos dónde está la caja.

La bibliotecaria se quedó inmóvil, como si se hubiera congelado.

—¿Dónde?

Mateo habló claro, sin dramatizar.

—No parece un robo. Parece que el grupo del taller de teatro la tomó para un decorado. Dijeron que la guardaron en el cuarto de limpieza del centro cívico.

La cara de la señora Lidia pasó por tres emociones en tres segundos: sorpresa, enfado y, al final, un cansancio que daba risa de lo humano que era.

—Teatro… —repitió—. Claro. Siempre falta “una cosa pequeñita” y acaban llevándose el edificio entero.

Nico carraspeó.

—No creo que quisieran hacer daño. Pero…

—Pero lo han hecho —terminó la bibliotecaria, con voz firme—. Gracias por decirlo. Vamos.

La señora Lidia los llevó por un pasillo lateral hasta una puerta blanca que decía: “Solo personal”. Sacó una llave de un llavero enorme. Abrió.

El cuarto de limpieza era pequeño, con estanterías de productos y escobas que parecían soldados cansados. Y allí, apoyada contra la pared, estaba la Caja de Anuncios. Tenía aún algunos carteles pegados. Y una cuerda azul enrollada alrededor, como si la hubieran atado para transportarla.

Mateo sintió un orgullo tranquilo: método, paciencia, y sin correr.

La señora Lidia revisó la caja. Tocó las esquinas, comprobó que no estuviera rota.

—Está bien —dijo—. Menos mal.

Nico levantó la cuerda azul.

—Esto se lo queda como prueba, ¿no?

La bibliotecaria lo miró.

—Esto se queda aquí, pero no como prueba. Como recordatorio de que las buenas ideas no justifican malas maneras.

En ese momento, se oyó ruido en el pasillo. Voces jóvenes. Pasos.

La señora Lidia cerró el cuarto y esperó con los brazos cruzados. Mateo y Nico se quedaron a su lado.

Aparecieron los tres chicos del colegio, los del taller de teatro. Venían riendo… hasta que vieron a la bibliotecaria.

La risa se apagó como una radio sin pilas.

—Señora Lidia… —dijo la chica, tragando saliva.

—Hola —respondió ella—. Buscaba mi caja.

El chico del rotulador miró al suelo.

—La íbamos a devolver el lunes.

—Y yo iba a encontrarla el viernes —dijo la bibliotecaria—. Que es hoy. ¿Sabéis lo que es pedir permiso?

El tercero intentó sonreír.

—Es que… era perfecto para el decorado.

Mateo dio un paso adelante. Su voz fue suave, pero clara.

—Lo perfecto también se comparte. Pero se pregunta antes. Si no, deja de ser perfecto.

Los tres lo miraron, sorprendidos de que un “pequeño” hablara así. Nico, al lado, asintió como si estuviera en un juicio importantísimo.

La señora Lidia respiró.

—Ahora mismo vais a ayudarme a devolverla a su sitio. Y luego hablaremos con vuestro monitor de teatro. Habrá consecuencias, pero también solución. ¿Entendido?

—Entendido —dijeron los tres a la vez.

Capítulo 6: La explicación escuchada

Volvieron juntos a la esplanada, cargando la caja entre los tres mayores, guiados por la señora Lidia. Mateo y Nico caminaban al lado, vigilando que no chocaran con la fuente ni con nadie.

A cada paso, Mateo observaba cómo se movía la gente, cómo el barrio seguía girando. Y pensó que eso era lo curioso de los misterios: pasan en medio de lo normal, como una nota secreta metida en un libro de matemáticas.

Colocaron la caja de nuevo en su sitio, junto al escenario. Los tornillos volvieron a su lugar. La señora Lidia suspiró, aliviada.

Entonces el monitor del taller de teatro llegó corriendo, con una carpeta y cara de “¿qué ha pasado ahora?”.

La señora Lidia le explicó lo ocurrido. Los chicos, con las manos en los bolsillos, escuchaban. Y Mateo, un paso atrás, también escuchaba. Porque quería oír la historia completa, no solo imaginarla.

—No queríamos asustar a nadie —dijo la chica—. Solo… nos faltaba un elemento y el lunes era tarde. Pensamos que si lo devolvíamos rápido…

—Y lo de la tiza —añadió el chico del rotulador—. Eso era para recordar el camino. Hicimos marcas para poder moverla sin perder tiempo. La flecha del banco era el punto donde la apoyamos. Y escribimos “AQUÍ” para no confundirnos.

Nico murmuró a Mateo:

—O sea, un mapa criminal… para despistados.

Mateo contuvo una risa.

El tercer chico levantó la mano, como en clase.

—Y la pinza… la usamos para sujetar la cuerda a la caja sin que se resbalara. La rueda… se le cayó del carrito pequeño que usamos al principio. Se rompió y por eso la arrastramos.

La explicación sonaba lógica, completa. Cada pista tenía su razón.

Mateo sintió un placer tranquilo: el mundo, por un momento, tenía sentido.

El monitor del taller habló con calma.

—Habéis tenido iniciativa, pero os ha faltado método y respeto. La próxima vez, si necesitáis algo, pedís permiso. Y si no se puede, buscáis otra idea.

La señora Lidia asintió.

—Y podéis hacer un tablero de anuncios de cartón. O de madera reciclada. Yo incluso os puedo ayudar a encontrar materiales. Pero la caja del barrio no se toca.

Los chicos dijeron “perdón” de verdad, sin teatro esta vez. La señora Lidia aceptó, pero les puso tareas: limpiar las marcas de tiza, borrar el “AQUÍ” del banco y preparar un cartel de disculpa para la caja.

Mientras ellos limpiaban, Mateo y Nico se sentaron en el banco. El sol ya no pegaba tanto. El agua de la fuente seguía cantando.

—Al final no era un ladrón —dijo Nico—. Era… una idea sin frenos.

Mateo asintió.

—Y nosotros lo resolvimos sin gritar, sin acusar a cualquiera y sin inventar. Observamos, anotamos, comprobamos.

Nico se inclinó hacia él.

—¿Vas a poner otra marca en tu libreta?

Mateo abrió “COSAS IMPORTANTES” y, debajo de la “M” en círculo, escribió: “Caso 1: La caja. Lección: método + permiso”.

—Hecho —dijo.

Nico sonrió.

—Detective Mateo, el Metódico… y el que no deja que el barrio se vuelva loco.

Mateo lo miró, divertido.

—Tú también ayudaste, Agente Gusanito.

—¡Soy Agente Nacho! —protestó Nico—. Suena más serio.

Mateo se rió. A su alrededor, la esplanada volvía a ser solo una esplanada… pero, para él, también era el lugar donde aprendió que un misterio se resuelve mejor con cabeza fría, ojos atentos y palabras claras. Y, sobre todo, escuchando la explicación hasta el final.

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Esplanada
Plaza amplia y abierta donde la gente pasea o se reúne.
Quiosco
Pequeño puesto donde venden periódicos, revistas o golosinas.
Escenario
Lugar elevado donde actúan músicos o actores delante del público.
Ensayo
Práctica que hacen los artistas antes de una función o espectáculo.
Candado
Objeto de metal que sirve para cerrar y proteger puertas o cajas.
Rendija
Abertura estrecha y alargada entre dos cosas, como en una puerta.
Arbustos
Plantas pequeñas y densas que crecen en jardines o parques.
Conserje
Persona que cuida un edificio y abre o cierra puertas.
Decorado
Conjunto de objetos y fondos que crean el ambiente de una obra.
Taller de Teatro
Actividad donde se aprende a actuar y preparar obras teatrales.
Bibliotecaria
Persona que trabaja en la biblioteca y ordena libros y préstamos.
Rotulador permanente
Tipo de bolígrafo cuya tinta no se borra fácilmente.
Metódico
Persona que hace las cosas con orden, paso a paso y sin prisa.

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