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Cuento de detective 11/12 años Lectura 21 min. Disponible en audiocuento (1)

El misterio del cuaderno de faros

En una biblioteca, el detective Bruno y un club de niños investigan la desaparición del Cuaderno de Faros siguiendo pequeñas pistas como olor a naranja y una hebra azul. Con paciencia y la lección de “si lo escuchas, te habla”, releen señales y preguntas hasta descubrir qué ocurrió.

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Un hombre llamado Bruno, detective de unos 40 años, rostro cuadrado y abrigo marrón gastado, sostiene con cuidado un cuaderno antiguo con bordes húmedos; a su lado Ada, niña de 11 años, trenzas y expresión orgullosa y emocionada, toca la cubierta con delicadeza; a la izquierda Nico, niño de 12 años, cabello despeinado y sonrisa entusiasta, salta ligeramente mirando el cuaderno; a la derecha Tomás, de 11 años y gafas redondas, serio y reflexivo, examina una página con una lupa; Marisa, bibliotecaria de unos 50 años, cabello canoso recogido y gesto aliviado, está junto al mostrador. La escena ocurre en una biblioteca cálida con estanterías de madera, luz gris de lluvia desde una gran ventana izquierda, un tablón de anuncios con un rincón despegado y un póster municipal, y en el suelo un protector de goma de trípode; momento central: el descubrimiento triunfal del "Cuaderno de Faros" oculto detrás del tablón, mezcla de alivio y tensión, plano medio, colores cálidos, líneas suaves y texturas de papel visibles con expresiones nítidas. reportar un problema con esta imagen

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Duración del audiocuento: 22:26

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Capítulo 1: El cuaderno que no estaba

La biblioteca municipal olía a papel viejo y a lluvia reciente. Afuera, el agua golpeaba los cristales como si quisiera entrar a leer también.

Bruno Lira, detective privado, avanzó entre estanterías con paso silencioso. Tenía esa mirada que parecía hacer zoom: veía detalles donde otros solo veían desorden. La bibliotecaria, Marisa, le hizo una seña nerviosa desde el mostrador.

—Gracias por venir tan rápido, señor Lira —dijo, apretando un lápiz entre los dedos como si fuera un salvavidas—. Ha desaparecido el Cuaderno de Faros.

Bruno levantó una ceja.

—¿Un cuaderno?

—No es “un” cuaderno —corrigió ella—. Es el cuaderno donde el club de lectura juvenil anota pistas de libros, acertijos, recomendaciones… Es el corazón del club. Y hoy… no estaba.

Al lado del mostrador, tres chicos esperaban. Tenían once o doce años, esa mezcla de impaciencia y orgullo de quien quiere ser tomado en serio. Una niña de trenzas apretadas sostenía una libreta propia. Un chico alto movía el pie sin parar. El tercero, con gafas redondas, parecía estar clasificando el aire con la mirada.

—Ellos son del club —explicó Marisa—. Ada, Nico y Tomás. Iban a usar el cuaderno esta tarde.

Bruno asintió, sin sonreír aún.

—Cuéntenme lo último que recuerdan. En orden.

Ada fue la primera.

—Ayer lo usamos en la mesa del ventanal. Yo escribí una frase que repetimos siempre cuando encontramos una pista: “Si lo escuchas, te habla”.

Nico soltó una risa corta.

—Ada y sus frases…

—Funciona —replicó ella, seria.

Tomás ajustó sus gafas.

—Después lo guardamos en el cajón del mueble de actividades. Marisa lo cerró con llave. Yo vi la llave en su cordón.

Marisa tragó saliva.

—Esta mañana abrí el cajón y… vacío. No hay señales de forzar nada. Y nadie más tiene llave, excepto yo.

Bruno apoyó las manos en el mostrador. Sus dedos tocaron migas de goma de borrar.

—Perfecto. Vamos a mirar, no a imaginar. La biblioteca siempre deja rastros.

Y mientras caminaba hacia el ventanal, Bruno pensó: cuando algo desaparece sin violencia, casi siempre alguien lo llevó creyendo que tenía derecho a hacerlo… o que debía hacerlo.

Capítulo 2: Escenas y señales

La mesa del ventanal tenía un charco pequeño de luz gris. Bruno se agachó, como si escuchara el suelo.

—¿Aquí lo usaron?

—Sí —dijo Ada—. Yo estaba en esa silla. Nico, ahí. Tomás, enfrente.

Bruno recorrió la superficie con la vista: una marca de rotulador muy fina, casi invisible, en forma de media luna. Cerca, una hebra de lana azul enganchada en una esquina.

—¿Alguien del club usa lana azul? ¿Bufanda, guantes?

Nico señaló a Tomás.

—Su suéter tiene hilo azul, ¿no?

Tomás miró su manga.

—Es azul, sí, pero no se engancha así. Además, la hebra es más gruesa.

Ada tomó nota en su libreta, rápida.

Bruno se incorporó y caminó hacia el mueble de actividades. Marisa sacó la llave, temblándole un poco, y abrió el cajón. Dentro había tarjetas, pegatinas, una lupa de plástico y un sobre vacío.

—¿Ese sobre estaba? —preguntó Bruno.

Marisa frunció el ceño.

—Creo que sí… lo usamos para guardar hojas sueltas.

Bruno olió el cajón sin pudor. Olía a pegamento y a… naranja. Un aroma fresco.

—¿Quién huele a naranja?

Nico alzó la mano con descaro.

—Yo. Chicle de naranja. ¿Eso me hace sospechoso?

—Te hace observación —contestó Bruno, sin acusar—. La diferencia es importante.

Se giró hacia la entrada. Junto al tablón de anuncios, una sandalia de lluvia goteaba barro. No era una sandalia: era un protector de goma de un trípode, de esos que se usan para sostener cámaras o focos. Bruno lo recogió con un pañuelo.

—¿Hay alguien grabando aquí? ¿Algún taller de vídeo?

Marisa negó.

—Hoy no.

Ada chasqueó los dedos, excitada.

—¡Ayer vino el conserje nuevo a arreglar una lámpara! Traía una bolsa grande y… algo como un trípode.

Bruno guardó el protector en el bolsillo.

—Nombre.

—Eloy —dijo Marisa—. Muy amable. O eso parecía.

Nico se encogió de hombros.

—Yo lo vi. Hablaba poco. Sonreía raro.

Tomás añadió, casi en un susurro:

—Y cuando le pregunté por el cuaderno, dijo que no sabía nada… pero lo dijo demasiado rápido.

Bruno miró a los tres.

—Ahora, una cosa: este caso no se resuelve corriendo. Se resuelve escuchando. A la gente… y a los objetos. Ada, esa frase tuya sirve: “Si lo escuchas, te habla”.

Ada sonrió, orgullosa.

—Entonces, detective… ¿qué nos está diciendo la biblioteca?

Bruno miró el suelo, el cajón, el tablón y el protector de trípode.

—Que alguien entró aquí con algo de soporte. Que había olor a naranja. Y que el sobre vacío puede ser una pista. Vamos a hacer preguntas. Pero preguntas que obliguen a contar una historia, no a decir “sí” o “no”.

Capítulo 3: El interlocutor que se escurre

Encontraron a Eloy en el pasillo del sótano, donde se guardaban cajas de libros donados. Era un hombre delgado, con manos cuidadas para ser conserje, como si hiciera otras cosas cuando nadie miraba. Al verlos, se limpió las palmas en el pantalón.

—¿Pasa algo?

Bruno habló con calma.

—Desapareció un cuaderno. El Cuaderno de Faros. Usted estuvo aquí ayer.

Eloy parpadeó demasiado.

—Yo… no. Es decir, sí, estuve, pero no vi ningún cuaderno. No sé.

La respuesta fue rápida y resbaladiza, como una anguila. Bruno lo notó: Eloy era un interlocutor evasivo. No mentía con palabras grandes, mentía con prisa.

Ada dio un paso adelante.

—Eloy, solo queremos entender. “Si lo escuchas, te habla”. Cuéntenos qué hizo ayer, desde que entró.

Eloy se rascó la nuca.

—Arreglé la lámpara del ventanal. Me subí a una escalera… luego bajé. Me fui.

—¿Trajo trípode? —preguntó Bruno.

—¿Trípode? No. Solo una escalera.

Bruno sacó el protector de goma del bolsillo y lo puso en la mano de Eloy.

—Entonces, ¿qué es esto?

Eloy se tensó. Miró a los chicos, luego al suelo.

—No sé. Habrá sido de alguien… de ustedes.

Nico se cruzó de brazos.

—Yo no tengo trípode. Lo más cercano es mi palo de selfie y ni siquiera lo traje.

Tomás habló con voz baja pero firme.

—Ayer usted llevaba una bolsa negra. Yo lo vi.

Eloy sonrió, pero la sonrisa no llegó a los ojos.

—Ah, eso. Herramientas. No tiene nada que ver.

Bruno inclinó la cabeza.

—¿Nos deja verlas?

—No las tengo aquí —dijo Eloy, demasiado rápido otra vez—. Las dejé… en casa.

Bruno no insistió con fuerza. A veces, apretar solo hace que la mentira se enrosque mejor.

—De acuerdo —dijo—. Otra cosa. En el cajón del mueble de actividades hay olor a naranja. ¿Usa algún limpiador cítrico?

Eloy soltó una risa seca.

—¿Ahora investigan olores?

Ada alzó su libreta.

—Los olores son pistas. No se ofenda.

Eloy se giró, con intención de irse.

—Yo tengo trabajo. Si necesitan algo, hablen con Marisa.

Y se escabulló por el pasillo, dejando atrás una sensación de puerta cerrada.

Nico bufó.

—Ese sí que se sabe escurrir.

Bruno lo observó alejarse.

—Cuando alguien evita una historia completa, es porque teme el final. Vamos a construir la historia sin él… por ahora.

Capítulo 4: Releer para ver lo invisible

Bruno pidió permiso para usar una sala pequeña. Cerró la puerta y extendió sobre la mesa todo lo que tenían: el protector de trípode, la hebra de lana azul, el dato del olor a naranja, y la frase repetida por Ada.

—Ahora vamos a releer los elementos —dijo, como quien vuelve a un libro en el capítulo clave—. Releer no es repetir. Es mirar con otra luz.

Tomás enumeró, metódico:

—1) Ayer el cuaderno estaba en la mesa del ventanal. 2) Lo guardaron en el cajón con llave. 3) Hoy no está. 4) No hay signos de fuerza. 5) Eloy estuvo ayer, arreglando la lámpara. 6) Apareció un protector de trípode cerca del tablón. 7) Olor a naranja en el cajón. 8) Hebra de lana azul en la mesa.

Ada añadió:

—Y Eloy es evasivo. Y dijo “no sé” muchas veces.

Nico se inclinó.

—¿Y si no lo robó? ¿Y si lo escondió por… no sé… para “protegerlo”? Los adultos hacen cosas raras.

Bruno tamborileó con un dedo.

—Buena hipótesis. Pero necesitamos una razón.

Marisa entró con una bandeja de vasos de agua. Tenía ojeras.

—No entiendo cómo pudo pasar. Yo no perdería ese cuaderno.

Bruno la miró sin acusación.

—¿Quién sabía que el cuaderno era importante, además del club?

Marisa pensó.

—El director, claro. Y… el Ayuntamiento pidió un informe sobre actividades juveniles. Teníamos que mostrar proyectos.

Ada se iluminó.

—¡El cuaderno tenía nuestras ideas para el festival del barrio! Lo de la ruta de faros, los juegos de pistas…

Tomás se puso pálido.

—También tenía la lista de miembros del club. Con teléfonos de padres. Eso es privado.

Bruno asintió. Su mirada se afiló.

—Entonces el cuaderno vale por dos cosas: creatividad y datos. Una de las dos atrae a alguien.

Nico levantó la mano.

—¿Quién haría algo con eso?

Bruno no respondió. En vez de eso, preguntó:

—¿Qué objeto puede llevarse sin forzar un cajón?

Ada contestó rápido.

—La llave.

—¿Quién podría haber tocado la llave? —siguió Bruno.

Marisa apretó su cordón.

—La llevé puesta todo el tiempo…

Tomás miró el cordón con atención.

—Marisa, ¿ese cordón es el mismo de ayer?

Ella dudó un segundo.

—Sí… creo que sí.

Bruno señaló el nudo del cordón. Había una mancha minúscula, pegajosa.

—¿Qué es esto?

Nico olfateó el aire cerca.

—Huele… a naranja.

Silencio.

Ada susurró, como si leyera una frase importante:

—Si lo escuchas, te habla.

Bruno se inclinó hacia Marisa.

—No creo que usted lo haya hecho. Pero alguien pudo haber pegado chicle de naranja al cordón para sacar un molde rápido de la llave, o incluso para que se quedara pegada un instante en una mesa mientras usted miraba a otro lado. Necesitamos recordar: ayer, ¿hubo un momento de confusión?

Marisa cerró los ojos, buscando en su memoria.

—Ayer… cuando Eloy arreglaba la lámpara, sonó la alarma de la puerta trasera. Fui corriendo a ver. Era solo un libro mal colocado que bloqueaba el sensor. Me distraje.

Bruno se incorporó.

—Ahí está el hueco en la historia.

Capítulo 5: La trampa del tablón

Volvieron al vestíbulo. Bruno se acercó al tablón de anuncios. Había carteles de clases, conciertos, y un aviso del Ayuntamiento sobre “Evaluación de actividades”. El tablón estaba cubierto por una lámina transparente, sujeta con cuatro tornillos.

—¿Quién toca esto? —preguntó Bruno.

—A veces Eloy lo abre para cambiar carteles —dijo Marisa.

Bruno examinó los tornillos: uno tenía marcas recientes, como si lo hubieran apretado con prisa. Debajo de la lámina había un cartel nuevo, aún torcido, sobre el festival del barrio. Y en la esquina inferior, apenas visible, una línea escrita a lápiz: “E”.

Ada abrió mucho los ojos.

—¿“E” de Eloy?

Tomás negó.

—También puede ser “E” de “Entrada”. No nos precipitemos.

Bruno sonrió apenas. Le gustaba esa prudencia.

—Tomás tiene razón. La lógica es un freno útil.

Bruno aflojó el tornillo marcado. La lámina se separó lo suficiente para deslizar una mano. Con cuidado, palpó detrás de los carteles. Sus dedos tocaron papel grueso, encuadernado.

—Aquí hay algo.

Sacó el Cuaderno de Faros.

Nico exhaló como si hubiera estado conteniendo el aire todo el día.

—¡Lo escondieron ahí!

Ada lo tomó con delicadeza, como si fuera un animal asustado.

—Está… un poco húmedo.

Bruno olió el borde: naranja otra vez.

—El chicle o un limpiador. Y el protector de trípode… quizá de un foco pequeño para ver detrás del tablón sin llamar la atención.

Marisa se llevó una mano a la boca.

—¿Entonces Eloy…?

Bruno no respondió todavía. Abrió el cuaderno por la mitad. Entre dos páginas había un papel doblado: una lista impresa con nombres y teléfonos. No era del club. Era una lista de contactos del personal de la biblioteca.

Tomás frunció el ceño.

—Eso no lo hizo el club. Eso es… de administración.

Bruno pasó páginas. Varias tenían marcas nuevas: pequeñas cruces al lado de ideas del festival. Como si alguien hubiera seleccionado cosas.

Ada apretó los labios.

—¿Para qué querría alguien nuestras ideas?

Bruno miró el cartel del Ayuntamiento.

—Para presentar un proyecto como propio. O para venderlo. O para ganar puntos. Y la lista del personal… para saber a quién llamar, a quién presionar.

Nico se indignó.

—¡Qué rastrero!

Bruno lo calmó con una mano en el aire.

—Todavía falta algo. El cuaderno estaba escondido, no destruido. Eso significa que quien lo escondió pensaba volver por él.

Ada tragó saliva.

—Entonces… ¿podemos atraparlo?

Bruno asintió.

—Con una trampa simple. Y con algo que ustedes ya están practicando: escuchar.

Capítulo 6: La palabra repetida y la verdad

Bruno habló con Marisa en voz baja. Luego llamó a los chicos.

—Vamos a devolver el cuaderno al cajón, como si nunca lo hubiéramos encontrado. Pero vamos a poner dentro una hoja nueva, en blanco, con una frase en grande. Ada, tu frase.

Ada escribió con rotulador: “SI LO ESCUCHAS, TE HABLA”.

—Y añadimos otra línea —dijo Bruno—: “Vuelve a leer”.

Tomás levantó la mirada.

—Es un mensaje para el ladrón. Si vuelve, lo verá.

—Exacto —dijo Bruno—. Y nosotros estaremos cerca.

Esa tarde, la biblioteca siguió su rutina: páginas que pasaban, teclas suaves de ordenador, susurros. Bruno se sentó con un libro abierto, como cualquier lector. Ada, Nico y Tomás fingieron estudiar en la mesa del ventanal. Marisa atendía el mostrador, más rígida de lo normal.

A las seis y diez, Eloy apareció. Caminó como quien no quiere ser visto… pero quiere ver. Se acercó al tablón, miró un cartel, luego otro. Después, como si recordara algo, fue hacia el mueble de actividades.

Bruno no se movió. Solo observó. La perseverancia también es esto: esperar sin aburrirse, como un gato en un alféizar.

Eloy sacó algo del bolsillo: un pequeño llavero de metal con una llave lisa, recién hecha. Intentó abrir el cajón. La llave entró, giró… y se atascó.

Eloy murmuró:

—No puede ser.

Dentro, Bruno había puesto una tira finísima de papel para trabar el mecanismo. No dañaba nada. Solo ralentizaba.

Eloy miró alrededor. Sus ojos pasaron por Marisa, por los chicos, por Bruno. Luego, con gesto rápido, logró abrir el cajón.

Sacó el cuaderno. Lo abrió. Leyó: “SI LO ESCUCHAS, TE HABLA. Vuelve a leer”.

Eloy se quedó quieto, como si la frase lo hubiera golpeado.

Bruno se levantó y se acercó despacio.

—Eloy. Ahora sí, cuénteme la historia completa.

Eloy cerró el cuaderno con fuerza.

—No es lo que parece.

Nico susurró a Ada:

—Siempre dicen eso.

Ada le respondió bajito:

—Escucha.

Bruno mantuvo la voz serena.

—Usted escondió el cuaderno detrás del tablón. Hizo una copia de la llave usando chicle de naranja para tomar forma. Trajo un soporte, quizá un foco con trípode, y perdió un protector. Volvió hoy porque pensaba llevarse el cuaderno cuando hubiera menos gente. ¿Qué parte estoy escuchando mal?

Eloy apretó la mandíbula. Luego, su espalda cayó un poco, como si se rindiera al peso de su propia prisa.

—Yo… necesito ese trabajo. Antes trabajaba en eventos. El Ayuntamiento abre una plaza fija… y piden propuestas “innovadoras”. Vi sus ideas… la ruta de faros, el juego de pistas… pensé que si las presentaba como mías, me escogerían. Solo iba a copiar… no a hacer daño.

Tomás dio un paso adelante.

—Copiar nuestras ideas sí es hacer daño.

Eloy lo miró, avergonzado.

—Lo sé. Pero cuando empecé… no supe parar. Me dije: “solo un momento”. Luego escondí el cuaderno y me prometí devolverlo. Y cada vez que lo pensaba, me repetía… “no pasa nada”.

Bruno señaló la hoja con la frase de Ada.

—Se repetía una frase para no escuchar lo que estaba haciendo. Ada se repite otra, para escuchar mejor. Esa es la diferencia.

Marisa se acercó, con los ojos brillantes.

—Eloy… si necesitabas ayuda, podrías haberlo dicho. Aquí… hablamos.

Eloy apretó el cuaderno contra el pecho, como si se protegiera.

—No creí que me escucharían.

Bruno extendió la mano, sin brusquedad.

—Devuelva el cuaderno, Eloy. Y diga la verdad al director. Lo acompañaré. La consecuencia existe, pero también la oportunidad de arreglarlo.

Eloy respiró hondo y entregó el cuaderno. Sus dedos temblaban.

Ada lo miró con una mezcla rara de enfado y pena.

—Si lo escuchas, te habla —repitió, más suave—. La biblioteca te habría hablado antes… si tú la hubieras escuchado.

Capítulo 7: Faros encendidos

La reunión con el director fue tensa, pero clara. Eloy confesó. El director, serio como una puerta de hierro, decidió no llamar a la policía porque no hubo venta ni daño permanente, pero sí notificó al Ayuntamiento y canceló cualquier opción de plaza para Eloy por un tiempo. También le impuso trabajo comunitario en la misma biblioteca, supervisado, y un curso de ética laboral.

Cuando todo terminó, la lluvia había parado. El cielo estaba limpio, como si alguien hubiera borrado una pizarra.

En la sala del club, Ada abrió el Cuaderno de Faros. Nico pegó, con exagerada ceremonia, una pegatina de un faro en la página donde habían escrito la trampa.

Tomás escribió con letra ordenada:

“Caso 12: El cuaderno escondido.

Pistas: hebra azul, olor a naranja, protector de trípode, llave sospechosa.

Método: releer, escuchar, esperar.”

Marisa los observaba desde la puerta.

—No sé cómo agradecerles.

Bruno guardó su libreta en el bolsillo.

—Ustedes hicieron la mitad del trabajo. Y aprendieron algo importante.

Nico levantó la mano como en clase.

—¿Que los chicles sirven para delinquir?

Bruno soltó una risa breve.

—También. Pero sobre todo: escuchar. Escuchar no es solo oír sonidos. Es dejar que la gente termine frases. Es notar cuando alguien se escurre. Es releer una escena.

Ada miró a Bruno.

—¿Y usted? ¿Siempre escucha?

Bruno se quedó un segundo en silencio. Luego asintió, honesto.

—A veces tengo que recordármelo. Por eso me ayuda trabajar con ustedes.

Tomás se sonrojó un poco, como si no supiera dónde poner las manos.

—¿Volverá si hay otro caso?

Bruno miró el cuaderno, las caras expectantes, la biblioteca con su calma recuperada.

—Si me llaman, sí.

Marisa sonrió, aliviada.

—Entonces el club tiene… un detective.

Nico corrigió:

—No. Tiene un amigo detective.

Ada cerró el cuaderno con suavidad.

—Y nosotros tenemos un faro más. Uno que se enciende cuando escuchas.

Bruno salió al pasillo con ellos. No era una despedida fría, de esas que terminan con una puerta que se cierra. Era el inicio de algo más firme: una amistad reforzada, hecha de confianza, de preguntas bien hechas y de la certeza de que, juntos, podían mirar un misterio sin bajar la vista.

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Estanterías
Muebles con varias tablas donde se ponen libros u objetos ordenados.
Detective privado
Persona que busca pruebas o información por trabajo, sin ser policía.
Trípode
Soporte con tres patas que mantiene estable una cámara o luz.
Conserje
Persona que cuida y arregla cosas en un edificio o escuela.
Hebra de lana azul
Trozito fino de hilo de lana de color azul, como el de los suéteres.
Rotulador
Bolígrafo grueso que pinta con tinta para escribir o marcar.
Migas de goma de borrar
Pequeños restos que quedan al borrar con una goma.
Pegamento
Sustancia que une dos cosas y las hace quedarse juntas.
Releer
Volver a leer un texto otra vez para entender mejor.
Metódico
Persona que hace las cosas con orden y paso por paso.
Cajón
Compartimento que se desliza en un mueble para guardar cosas.
Tablón de anuncios
Tablero donde se ponen notas o mensajes para todos ver.
Ventanal
Ventana grande que deja entrar mucha luz en una habitación.
Pegajosa
Cosa que se queda pegada al tocarla, como el chicle.
Protector de goma
Parte de goma que evita que algo resbale o se dañe.
Sobre vacío
Bolsa o envoltorio sin nada dentro, completamente vacío.
Evasivo
Manera de hablar que evita dar respuestas claras o directas.

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