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Cuento de detective 11/12 años Lectura 22 min. (1)

El misterio de la brújula de cobre en la biblioteca

Luna, una niña apodada “detective”, investiga la misteriosa desaparición de una brújula de cobre en la biblioteca siguiendo pistas como barro, purpurina y una caja sospechosa mientras conversa con los presentes.

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Una detective (Luna), rostro concentrado y sonriente, cabello castaño corto, chaqueta mostaza y pañuelo azul, sostiene delicadamente una pequeña brújula de cobre brillante; está frente a una vitrina de vidrio abierta. A la izquierda está Marta, bibliotecaria de unos 50 años, cabello gris recogido en moño, vestido verde sobrio, con la mano en la boca, aliviada y emocionada. A la derecha Tomás, conserje de unos 45 años, alto, barba corta, chaqueta de trabajo marrón, mira entre enfadado y divertido sosteniendo un manojo de llaves que brilla. Una adolescente, Vera (≈14), con trenza y suéter rojo, está arrodillada junto a una caja con cinta azul, señalando pequeñas purpurinas plateadas en el suelo. Leo (≈18), joven de pelo despeinado y camisa a cuadros, se mantiene atrás, avergonzado pero aliviado, con una bufanda brillante asomando del bolso. El gato gris Nube, pelaje esponjoso y ojos amarillos, está en el mostrador con una minúscula purpurina pegada al pelaje. Lugar: vestíbulo cálido de biblioteca con estanterías de madera oscura, alfombra gastada, vitrina con fondo de terciopelo rojo y cerradura de latón, tablón con un cartel teatral medio despegado y ventana trasera con marco blanco y barro en el umbral. Escena: momento de resolución del misterio — la detective muestra la brújula recuperada; luz dorada oblicua, reflejos metálicos y purpurinas plateadas en el suelo, huellas de barro hacia una puerta lateral; composición centrada, contrastes cálidos (ocre, rojo, madera) y fríos (azul, plata), pinceladas visibles, atmósfera reconfortante y ligeramente dramática. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La vitrina vacía

Cuando la biblioteca del barrio abría, siempre olía a papel viejo y a limpiador de limón. A Luna Ríos le gustaba ese olor: le ordenaba la cabeza. No era policía, pero todo el mundo la llamaba “detective” desde que resolvió lo del perro perdido sin levantar la voz ni una ceja.

Aquella mañana, la bibliotecaria, Marta, la recibió con las manos temblorosas.

—Luna… ha desaparecido.

—¿Qué cosa? —preguntó Luna, ya mirando sin mirar, como si sus ojos fueran linternas.

Marta señaló la vitrina del vestíbulo. Allí, donde solía estar la Brújula de Cobre —un objeto antiguo que el barrio presumía como si fuera un trofeo—, quedaba solo la sombra redonda en el terciopelo rojo.

—Estaba anoche. Cerré yo. La vitrina estaba cerrada. Nadie forzó nada —dijo Marta, tragando saliva—. Y hoy… nada.

Luna se agachó frente al cristal. No tocó. Observó. Le interesaban los gestos casi tanto como las huellas: las manos dicen verdades que la boca disimula.

—Marta, ¿quién estuvo aquí después del cierre?

—Solo… el conserje, Tomás. Se quedó revisando unas goteras. Y el profesor Julián, que vino a devolver unos libros tarde. Me pidió que le guardara una caja de cartón “un momento”. Yo… acepté.

—¿Dónde está esa caja?

—En el almacén. No la abrí, lo juro.

Luna giró la cabeza hacia el pasillo. Había tres personas cerca: Tomás, alto y con llaves tintineando; Julián, delgado, con mochila y sonrisa cortés; y Vera, una alumna voluntaria que ordenaba estanterías. Luna observó un detalle: Tomás se frotaba el pulgar contra el índice, como si todavía notara el tacto de algo. Julián mantenía los brazos pegados al cuerpo, protegiendo su mochila. Vera evitaba mirar la vitrina, pero sus pies apuntaban hacia la puerta, listos para huir.

—No vamos a acusar a nadie —dijo Luna, con calma—. Vamos a pensar. ¿Me ayudáis? Cuatro cabezas ven más que una.

Vera soltó el libro que tenía en las manos.

—¿En serio? ¿Podemos ayudar?

—Sí. Pero con una regla: decimos lo que vemos, no lo que imaginamos.

Marta asintió, Tomás carraspeó y Julián sonrió, aunque esa sonrisa se le quedó corta.

Luna miró la vitrina una vez más. La cerradura estaba intacta. Sin arañazos. Sin marcas. Como si la vitrina hubiera sido abierta con llave.

—Entonces —murmuró—, alguien tuvo acceso… o alguien hizo creer que lo tuvo.

Capítulo 2: Gestos que no cuadran

Luna pidió que nadie saliera del vestíbulo. No era una orden de película: era sentido común.

—Tomás, ¿me enseñas tus llaves? —preguntó.

Tomás levantó el llavero como si pesara el doble.

—Aquí está la de la vitrina. La de siempre.

Luna no tomó la llave. Solo la miró. Tomás la ofrecía con la palma hacia arriba: gesto de “no escondo nada”. Pero al hacerlo, su muñeca se dobló hacia adentro, protegiendo el llavero del ángulo de Luna. Un gesto pequeño, como cerrar un paraguas cuando empieza a soplar viento.

—¿A qué hora te quedaste anoche?

—Hasta las nueve. Revisé la ventana del baño, que no cerraba bien. Marta se fue a las ocho y media.

—¿Tocaste la vitrina?

—Ni la miré. —Y se encogió de hombros demasiado rápido.

Luna giró hacia Julián.

—Profesor, ¿qué libros devolviste?

—Unos de historia local. Los de la estantería del fondo. —Julián señaló con la barbilla. No con el dedo. Señalar con barbilla es cómodo, pero también evita dejarse ver las manos.

—¿Y la caja de cartón?

—Material para mis clases. Un mapa viejo, fotos… nada de valor.

Vera se metió en la conversación.

—Yo vi esa caja. Era… mediana. La dejó detrás del mostrador. Tenía cinta azul.

Julián parpadeó una vez, lento. La mayoría parpadea rápido cuando se pone nerviosa.

—¿Cinta azul? —repitió Luna.

—Sí —dijo Vera—. Y algo más… había como… polvo brillante en una esquina. Como purpurina, pero muy poquito.

Tomás se rascó la barba. Julián se ajustó la correa de la mochila.

Luna se acercó al suelo frente a la vitrina. Allí, entre motas de polvo normal, brilló una minúscula chispa plateada.

—Bien visto, Vera.

Marta se llevó una mano a la boca.

—Aquí nunca usamos purpurina.

—En la biblioteca no —dijo Luna—. Pero el barrio sí.

Pensó en las fiestas del fin de semana: el grupo de teatro del centro cívico ensayaba con trajes llenos de lentejuelas. También el taller de manualidades para niños pequeños. El brillo podía venir de muchas manos.

—Vamos por partes —dijo Luna—. Marta, quiero escuchar de nuevo tu relato. Igual que antes, pero más despacio. A veces, lo importante se esconde entre las frases.

Marta respiró hondo.

—Cerré la biblioteca a las ocho. Guardé la Brújula en la vitrina como siempre. La cerré con llave. La llave la guardo en el cajón. A las ocho y diez llegó el profesor Julián. Me pidió entrar “solo un minuto”. Luego me pidió lo de la caja… Yo acepté. A las ocho y media me fui. Tomás se quedó.

Mientras hablaba, Marta se tocaba el collar una y otra vez. Ese gesto era de preocupación, pero también de culpa leve, como si se reprochara algo.

—¿Qué pasa con el cajón? —preguntó Luna.

—El cajón… se atasca. Hay que darle un golpe.

—¿Le diste un golpe anoche?

—Sí.

Luna notó cómo Tomás apretaba la mandíbula cuando oyó “golpe”. Julián inclinó la cabeza, interesado. Vera frunció el ceño, como si armara un rompecabezas.

—Perfecto —dijo Luna—. Ahora necesito ver ese cajón y esa caja.

Capítulo 3: El habitante curioso

El almacén olía a cartón húmedo y a cinta adhesiva. La caja con cinta azul estaba allí, tal como Marta dijo. Luna la miró por fuera: tenía una etiqueta en blanco, sin nombre.

—No la abras sin permiso —advirtió Marta, apretando el collar.

—No voy a romper nada —respondió Luna—. Solo voy a observar.

En el borde inferior, pegado a una esquina, había algo como barro seco. Y, encima, la misma chispa plateada.

—Vera, ¿de dónde crees que viene ese barro?

—Del jardín de atrás. Cuando llueve se hace un charco enorme. Y se queda pegajoso.

Tomás se encogió.

—Ese charco es una pesadilla. Lo llevo diciendo meses.

Luna se dirigió al cajón del mostrador. Efectivamente, estaba atascado. Marta le dio un golpe y se abrió con un quejido. Dentro había clips, un tampón de tinta, un manojo de gomas… y la llave de la vitrina.

—¿Siempre la dejas aquí? —preguntó Luna.

—Siempre.

Luna notó algo extraño: junto a la llave había un pequeño trozo de cinta transparente arrancada, como si alguien hubiera pegado algo y lo hubiera quitado con prisa.

—¿Eso estaba ayer? —preguntó.

Marta negó.

En ese momento, un sonido suave, casi una tosecita, llegó desde debajo del mostrador. Vera se agachó, y su cara se iluminó de sorpresa.

—¡Hay alguien aquí!

De debajo salió despacio un gato gris, redondo como una nube con patas. Tenía ojos amarillos y una oreja doblada. En el collar llevaba una chapita: “NUBE”.

—¿De quién es? —preguntó Luna.

Tomás levantó las manos.

—¡No es mío! Pero… lo he visto por el patio. Se cuela cuando abren la puerta.

El gato olfateó la caja de cinta azul con un interés demasiado decidido y luego se sentó, como si esperara una explicación.

—Un habitante curioso —dijo Luna, casi sonriendo—. Nube sabe más de la biblioteca que muchos humanos.

Marta suspiró.

—Si se ha escondido aquí, pudo ver algo.

—O llevarse algo —bromeó Vera.

Nube respondió con un maullido indignado, como ofendido por la idea.

Luna se agachó a la altura del gato. Miró sus patas: tenían restos de barro seco, sí, pero también… un brillo pegado al pelo, como una lentejuela diminuta.

—Interesante —murmuró.

Entonces, Luna recordó algo: el conserje había mencionado la ventana del baño. Si el gato entraba y salía por el patio, quizá la ventana conectaba con esa zona.

—Tomás, enséñame esa ventana —dijo.

Caminaron hasta el baño del fondo. La ventana estaba cerrada, pero el marco tenía una marca nueva, como de una uña o una herramienta fina. No era un forcejeo brutal; era un ajuste.

—¿La arreglaste anoche? —preguntó Luna.

—La ajusté —dijo Tomás—. Nada más.

Luna miró el suelo bajo la ventana: barro seco, igual que el de la caja. Y una línea de polvo arrastrado, como si alguien hubiera pasado algo pesado o voluminoso.

—Aquí hay camino —dijo Luna—. Y alguien lo usó.

Vera, detrás, habló en voz baja:

—Si la vitrina no fue forzada… alguien tuvo la llave o hizo una copia.

Julián, que había seguido al grupo, se aclaró la garganta.

—O… alguien sacó la brújula antes y puso otra cosa, para que pareciera que estaba —dijo, muy seguro.

Luna lo miró. Seguro demasiado pronto. Como quien se adelanta en un juego y revela que conoce el final.

Capítulo 4: El indicio mal colocado

Luna volvió al vestíbulo y pidió a todos que se sentaran alrededor de una mesa baja. Parecía una reunión de club, pero el aire tenía un filo.

—Vamos a hacer lista —dijo—. Hechos. Uno: la vitrina no está forzada. Dos: la llave estaba en el cajón, pero el cajón se atasca y se golpea. Tres: hay purpurina o lentejuelas en la escena. Cuatro: hay barro del patio. Cinco: hay una caja con cinta azul con barro y brillo.

Marta levantó la mano como en clase.

—Seis: el gato.

—Sí —admitió Luna—. Seis: Nube.

Tomás soltó una risita nerviosa.

—¿Y ahora qué?

Luna se levantó y señaló la vitrina vacía.

—Ahora, necesitamos una pregunta clave: ¿quién sabía que la brújula estaría aquí anoche y quién podía moverse sin llamar la atención?

Vera se mordió el labio.

—Todos lo sabíamos. Está anunciada en un cartel.

Luna asintió. El cartel. Miró hacia la entrada. Allí había un cartel nuevo pegado con cinta: “Exposición: Brújula de Cobre. Solo esta semana”.

Pero algo llamó su atención: el cartel estaba ligeramente torcido, y la cinta superior derecha tenía la misma textura que el trocito encontrado en el cajón. Como si hubieran salido del mismo rollo… o como si alguien hubiera usado cinta del mostrador para pegar el cartel.

—¿Quién pegó ese cartel? —preguntó Luna.

Marta levantó la mano, pero dudó.

—Yo… creo. O quizá Vera me ayudó.

Vera negó.

—Yo no. Lo vi ya pegado el lunes.

Julián intervino:

—Yo lo pegué. Para ayudar. Marta estaba ocupada.

Marta abrió la boca, sorprendida.

—No lo sabía.

Luna se acercó al cartel. Tocó con la uña la cinta y notó algo: un grano de barro, mínimo, atrapado en el pegamento.

De pronto, Julián dio un paso hacia adelante.

—Ese barro no significa nada. El viento lo trae.

Y, sin querer, al hablar, su mochila se deslizó y chocó contra la mesa. Se abrió un poco la cremallera y asomó una esquina de tela brillante, plateada.

Vera lo vio también. Sus ojos se agrandaron.

—¿Eso es… un disfraz?

Julián se apresuró a cerrar la mochila.

—Es… de mi hija. Ensaya teatro.

Tomás se rió, esta vez con un punto de burla.

—Claro, el teatro. Siempre el teatro.

La tensión subió. Luna se obligó a no dejarse arrastrar. Un indicio brillante puede deslumbrar, pero también engañar.

—Quietos —dijo Luna—. Nadie acusa. Se investiga.

Entonces ocurrió el giro que Luna no esperaba: Marta se levantó, fue a la vitrina y, con manos temblorosas, señaló una esquina del marco.

—¡Aquí! ¡Una marca! ¡Eso prueba que la forzaron!

Luna se acercó. Era una marca, sí… pero estaba demasiado alta para una herramienta normal y demasiado limpia. Además, el polvo alrededor no estaba movido.

—Marta… —dijo Luna despacio—. Esa marca… parece reciente, pero no coincide con el resto. Es un indicio mal colocado.

Marta se puso pálida.

—¿Me estás diciendo que… alguien la hizo a propósito?

Luna miró al grupo. Alguien quería que todos miraran la vitrina, que pensaran en fuerza y robo clásico. Mientras tanto, el verdadero camino quizás estaba en el patio, el baño… y la caja.

—Exacto —dijo Luna—. Alguien quiso dirigirnos.

Vera, rápida, chasqueó los dedos.

—¡Como en los juegos de lógica! Pones una pista falsa para que el otro se equivoque.

Luna sonrió apenas.

—Justo. Y ahora, lectores… —pensó, como si el misterio tuviera público—, toca decidir qué pista es sólida y cuál brilla para engañar.

Capítulo 5: Volver a escuchar

Luna pidió hablar a solas con Marta, en la sala de lectura silenciosa. Las mesas estaban vacías, y el reloj hacía “tic-tac” como un detective impaciente.

—Marta, te voy a pedir algo difícil —dijo Luna—. Quiero escucharte otra vez. Pero esta vez, dime exactamente qué pasó con la caja. Palabra por palabra.

Marta apretó el collar, luego soltó la mano, como si decidiera dejar de esconderse detrás de ese gesto.

—Julián entró. Se disculpó. Dijo: “Necesito dejar una caja un momento. Es para una sorpresa”. Yo dije que sí. Él la dejó detrás del mostrador. Yo… fui a por el sello de devolución. El cajón se atascó, le di un golpe. Entonces… escuché un “clac” pequeño, como si algo se soltara. No le di importancia. Luego Julián dijo: “Ya vuelvo”. Se fue al fondo. Tardó… no sé, cinco minutos. Volvió. Se llevó la mochila, no la caja. Y se fue.

Luna sintió que las piezas encajaban con un clic más real que el de Marta.

—El golpe al cajón pudo mover algo —murmuró—. ¿Qué había encima del cajón?

Marta frunció el ceño.

—Un rollo de cinta… y el cartel, que aún no estaba pegado. Y… la llave, en el cajón.

—Si al golpear, el cajón se abre un poco de más, la llave puede saltar o quedar medio fuera —dijo Luna—. Y alguien atento puede verla.

Marta tragó saliva.

—¿Julián?

—No lo sé. Pero alguien con buena vista y paciencia.

Luna volvió con los demás. Encontró a Tomás agachado, intentando atraer a Nube con un trozo de galleta. El gato lo ignoraba con elegancia.

—Nube coopera cuando quiere —comentó Vera.

—Como algunos humanos —dijo Luna, mirando a todos.

Luna pidió algo simple:

—Vera, ¿puedes dibujar un mapa rápido de la biblioteca y el patio? Tomás, tú conoces las puertas y ventanas: marca por dónde se puede entrar. Marta, lista quién estuvo aquí ayer a última hora, aunque sea dos minutos.

La cooperación cambió el ambiente. Ya no era un juicio; era un equipo.

Vera dibujó rápido: vestíbulo, mostrador, pasillo, baño con ventana, puerta al patio, almacén. Tomás señaló que la puerta del patio a veces quedaba mal cerrada. Marta añadió un nombre inesperado:

—Ayer pasó también Leo, el chico del centro cívico. El de luces del teatro. Vino a preguntar si podía colgar un aviso.

—¿Leo? —repitió Vera—. Tiene un abrigo lleno de lentejuelas pegadas. Siempre está arreglando cosas.

Luna sintió que el brillo volvía a tener sentido. No era solo teatro: era alguien que manejaba herramientas, ventanas, cerraduras.

—¿Y Leo se fue…? —preguntó.

—Dijo que volvería hoy —respondió Marta—. Pero no ha vuelto.

Tomás chasqueó la lengua.

—Ese chico sabe abrir cualquier cosa. “Por trabajo”, dice.

Luna levantó un dedo.

—Sin saltar a conclusiones. Vamos a buscar una cosa: ¿qué falta además de la brújula? ¿Hay algún papel, algún registro, algo movido?

Marta revisó el cuaderno de inventario. Se quedó quieta.

—Falta una hoja. La página donde apunté el número de serie de la brújula.

Eso era demasiado específico para un ladrón improvisado.

Luna miró la caja de cinta azul. Hasta entonces, todos la habían tratado como posible escondite. Pero quizá era un transporte.

—Vamos al patio —dijo Luna—. Y seguimos el barro.

Capítulo 6: La brújula y la risa

En el patio, el charco era una mancha oscura en la tierra. Había huellas de zapatillas, de botas… y pequeñas marcas de patas de gato.

Vera se agachó.

—Aquí hay arrastre —dijo, señalando una línea en el barro—. Como si alguien hubiera movido una caja.

Tomás siguió la línea hasta una puerta lateral del centro cívico, que daba al callejón.

—Esa puerta debería estar cerrada —murmuró, probando el pomo.

Estaba cerrada. Pero la cerradura tenía una señal: un rasguño fino, como el de la ventana del baño. Ajuste, no fuerza.

Luna respiró hondo. No necesitaba entrar para deducir. Necesitaba conectar.

—Leo trabaja en el teatro —dijo—. Tiene acceso a esta puerta. Tiene lentejuelas. Sabe de cerraduras. Y sabía que el número de serie estaba en el cuaderno.

Marta frunció el ceño.

—Pero… ¿para qué quiere una brújula?

—Tal vez no la quiere —respondió Luna—. Tal vez la necesitaba “prestada”.

Luna tuvo una idea y volvió corriendo al vestíbulo. Allí, en el tablón de anuncios, vio un póster medio tapado: “Obra: El Navegante Perdido. Estreno mañana”. En el póster, un actor sostenía… una brújula idéntica.

—Vera, ¿quién hace de Navegante? —preguntó Luna.

—Leo. —Vera se quedó boquiabierta—. No… no puede ser tan tonto.

Luna se permitió una sonrisa breve.

—A veces la gente no es tonta. Solo se convence de que “solo será un momento”.

Fueron al centro cívico. En la sala de ensayo, detrás del telón, encontraron a Leo con un foco en la mano y cara de susto, como si el foco pudiera protegerlo.

—¡No he robado! —soltó antes de que nadie hablara—. Bueno… sí, pero… ¡era para la obra! La brújula se ve perfecta desde el público. La de utilería parecía una tapa de bote.

Luna lo miró sin enfado, solo con firmeza.

—¿Cómo la sacaste?

Leo bajó la mirada.

—Vi la llave cuando Marta golpeó el cajón. La… copié con una masilla. Solo una copia rápida. Luego entré por la ventana del baño, porque Tomás la estaba arreglando y quedaba un hueco. Metí la brújula en la caja con cinta azul para llevarla sin que se notara. Iba a devolverla hoy antes de abrir la biblioteca. Lo juro.

Tomás exhaló, entre irritado y aliviado.

—¿Y la hoja del cuaderno?

—La cogí porque… pensé que así nadie podría denunciarme con pruebas. Fue una tontería.

Marta cruzó los brazos, pero su voz salió más triste que furiosa.

—Leo, podrías haberlo pedido.

Vera añadió:

—En vez de eso montaste un misterio de primera.

Leo se rascó la nuca.

—Quería que pareciera un robo “de verdad”. Puse la marca en la vitrina con un destornillador… para que pensaran en ladrones y no en… mí. Supongo que fui demasiado creativo.

Luna recuperó la Brújula de Cobre. Estaba envuelta en tela brillante plateada, la misma que asomó de la mochila de Julián: ahora todo encajaba. Julián no era culpable; simplemente llevaba vestuario para su hija. El brillo era un mar de posibilidades, pero el barro y los accesos contaban una historia más precisa.

De vuelta en la biblioteca, Marta guardó la brújula en la vitrina, esta vez con Tomás mirando la cerradura como si fuera su enemigo personal.

—Cooperar es más rápido que desconfiar —dijo Luna—. Y menos agotador.

Leo se disculpó, prometió hacer una réplica de utilería y ayudar a limpiar el patio durante un mes. Tomás añadió “y arreglar la ventana del baño de verdad”.

Cuando todo volvió a su sitio, Vera miró a Luna.

—¿Cómo supiste lo del indicio mal colocado?

—Porque los indicios reales suelen ser torpes —respondió Luna—. Los falsos intentan ser perfectos.

En ese momento, Nube saltó al mostrador con una dignidad de reina. Empujó, sin querer, un bote de tinta que rodó hasta el borde. Tomás se lanzó a atraparlo… y resbaló un poco. No cayó, pero hizo un baile raro, como si luchara contra un pulpo invisible.

Vera soltó una carcajada. Marta se tapó la boca, riendo también. Incluso Leo, rojo como un tomate, se rió.

Luna se apoyó en el mostrador, dejando que el aire se hiciera ligero al fin.

—Caso cerrado —dijo.

Nube maulló, como si firmara el informe.

Y las risas, pequeñas y sinceras, se quedaron flotando entre los libros, como una última pista: la de que, juntos, todo pesa menos.

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Vitrina
Caja de vidrio con puerta para mostrar objetos seguros y visibles.
Terciopelo
Tela suave y con pelo corto, usada en decoraciones y ropa fina.
Brújula
Objeto que señala direcciones, usado para orientarse en mapas.
Conserje
Persona que cuida y mantiene un edificio o lugar público.
Purpurina
Polvo brillante y pequeño que se usa para decorar y dar brillo.
Lentejuelas
Pequeñas piezas brillantes que se cosen en ropa o trajes.
Almacén
Lugar donde se guardan cajas y materiales para usar después.
Atascado
Estado de algo que no puede moverse o abrirse con facilidad.
Cajón
Compartimento que se desliza dentro de un mueble para guardar cosas.
Manojo
Conjunto de cosas pequeñas sujetas o agrupadas con la mano.
Tampón de tinta
Esponja o almohadilla empapada en tinta para estampar sellos.
Etiqueta
Pieza de papel o material con información pegada a un objeto.
Charco
Acumulación de agua en el suelo, formada tras llover o por barro.
Ajuste
Pequeño cambio para que algo encaje mejor o funcione bien.
Chapita
Pequeña placa metálica, como la que se pone en el collar de un animal.

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