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Cuento de detective 11/12 años Lectura 24 min.

El misterio del sobre escondido en el portal 7

En el barrio de La Cornisa, el joven detective Leo investiga la misteriosa desaparición de la recaudación de una mercería, siguiendo pistas pequeñas y contradicciones entre los vecinos que ponen a prueba la paciencia de todos.

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Un chico, Leo, dieciséis años, rostro concentrado y sereno, delgado, pelo corto castaño, chaqueta ligera kaki y cuaderno en la mano, se arrodilla frente a un escritorio de madera para sacar con cuidado un pequeño sobre amarillo del cajón; una mujer mayor, Doña Cira, unos sesenta años, pelo gris en moño, vestido de flores pastel, manos arrugadas sujetando un paraguas, está de pie detrás de Leo con expresión aliviada y sorprendida; un hombre adulto, Bruno, de unos cincuenta, alto y corpulento, pelo corto, mono gris con un trapo en el bolsillo, se inclina a la izquierda del escritorio con gesto contrariado pero enternecido, sosteniendo un llavero; un chico más joven, Nico, unos doce años, sonrojado por la vergüenza, sudadera con capucha azul y patinete al lado, permanece algo atrás con las manos juntas y la mirada baja; el lugar es una pequeña oficina comunitaria vetusta: madera envejecida, cajones algo hundidos, polvo visible, carteles de fiesta en la pared y un tablón de anuncios rasgado, luz suave filtrada por una ventana con gotas de lluvia; la escena muestra el descubrimiento del tesoro: el sobre lleno de dinero en manos de Leo, los demás reunidos alrededor con emociones mixtas de alivio y vergüenza, composición centrada, colores cálidos y toques de acuarela con salpicaduras para sugerir la lluvia y el movimiento. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El detective del portal 7

En el barrio de La Cornisa, la gente no llamaba a la policía por cualquier cosa. A veces bastaba con bajar al portal 7 y tocar dos veces la puerta azul. Allí vivía Leo Marín, dieciséis años, mirada rápida, cuaderno gastado y fama de resolver líos antes de que se convirtieran en broncas.

Aquella tarde olía a pan tostado y lluvia vieja. Doña Cira, la dueña de la mercería, apareció con el ceño fruncido y un paraguas que goteaba sobre el felpudo.

—Leo, necesito tu cabeza fría —dijo, sin saludar—. Ha desaparecido la recaudación de la rifa del barrio. Y lo peor… hay algo que no encaja.

Leo dejó el lápiz. En su mesa había un mapa del barrio con chinchetas. Le gustaba pensar que cada calle era una línea de un rompecabezas.

—Cuéntame lo que no encaja.

Doña Cira respiró hondo.

—Ayer por la noche guardé el sobre con el dinero en el cajón de la caja registradora. Cerré con llave. Esta mañana, el cajón estaba cerrado… pero el sobre no estaba. No hay marcas, ni cajón forzado, ni nada.

—Entonces alguien tenía llave —dijo Leo.

—Eso sería lo lógico. Pero la llave la llevo siempre conmigo. —Le enseñó un llavero enorme con una campanita—. Y aun así… hoy encontré el cajón un poquito torcido, como si se hubiese cerrado con prisa.

Leo anotó: “cajón cerrado / sobre ausente / cajón torcido”. Las contradicciones eran su comida favorita.

—¿Quién estuvo en la mercería ayer, antes de cerrar?

—Marta, la repartidora de periódicos, pasó a por hilo. El señor Tomás, del bar, vino por botones. Y… el conserje, Bruno, entró a dejar un cartel de la fiesta.

Leo conocía a Bruno: grande, silencioso, siempre con un manojo de llaves colgando como si fuera un carillón.

—¿Alguien más?

—Un chaval, Nico, el del patinete. Se quedó mirando las cintas, pero no compró nada. Y yo… yo me distraía contando cupones.

Leo cerró el cuaderno con un gesto lento.

—Antes de sospechar, vamos a observar. La paciencia primero, Doña Cira.

—La paciencia está muy bien —bufó ella—, pero el sorteo es mañana.

—Entonces mejor aún: prisa por dentro, calma por fuera. Vamos a tu tienda.

Capítulo 2: Huellas en una mercería

La mercería olía a tela nueva y a lavanda. Leo se agachó frente a la caja registradora. La madera del mostrador tenía arañazos antiguos, pero el cajón, por dentro, estaba limpio.

—¿Puedo tocar? —preguntó.

—Toca, toca. Si me encuentras el sobre, te regalo una cinta métrica.

Leo sonrió apenas. Abrió el cajón con suavidad. Se movía bien, salvo por un pequeño roce al final, como si algo hubiese quedado atrapado y luego retirado.

—Aquí —murmuró—. Mira el borde.

Había una fibra blanca enganchada en una esquina.

—¿Algodón? —dijo Doña Cira.

Leo guardó la fibra en una bolsita.

—Podría ser de un guante o de un trapo. ¿Limpiaste la caja hoy?

—La limpié ayer, antes de cerrar.

Leo miró el suelo detrás del mostrador. El polvo guardaba historias pequeñas: una huella de zapato, una gota seca, un hilo rojo que parecía un camino.

Se incorporó y recorrió la tienda con la vista. En la pared, cerca de la puerta, colgaba un espejo ovalado.

—¿Ese espejo siempre estuvo ahí?

—Sí. Para que la gente se vea las cintas en el pelo —respondió Doña Cira—. ¿Qué tiene que ver?

Leo se acercó. En una esquina del espejo había una marca de dedo, una mancha tenue, como si alguien lo hubiese tocado al pasar, sin mirar.

—A veces, cuando alguien hace algo que no debería, busca verse. O busca comprobar si lo miran —dijo Leo—. ¿Hay cámara?

—¿Cámara? Esto es una mercería, no un banco.

Leo se giró hacia la puerta. El cartel de la fiesta del barrio estaba pegado con cinta, un poco torcido. En la parte de abajo, una esquina levantada dejaba ver… otra cinta, más nueva, superpuesta, como si alguien hubiera pegado y despegado algo.

Leo tiró con cuidado. Debajo había un papel arrugado con una lista: “SORTEO — Sobre — Guardar — 20:30”.

Doña Cira se quedó quieta.

—¿Eso es mi letra? —preguntó, dudando.

—No lo sé. Pero alguien pensó en el sobre antes de que desapareciera. Y lo escondió detrás del cartel.

Leo apuntó otra nota: “lista escondida”.

En ese momento entró Nico, el del patinete, con las mejillas rojas y el pelo pegado por la lluvia.

—Doña Cira, ¿tiene pegatinas de estrellas? —preguntó. Luego vio a Leo—. Ah, el detective.

—Hola, Nico —dijo Leo—. ¿Ayer viste algo raro aquí?

Nico abrió mucho los ojos.

—Yo solo miraba. Bueno… vi al conserje Bruno. Estaba… como contando llaves. Y miraba el cajón. Pero eso es normal, ¿no?

—Depende —respondió Leo—. ¿A qué hora?

Nico se rascó la nuca. Su mano hizo un gesto hesitante, como si quisiera señalar y no se atreviera.

—Eran… las ocho y pico. Porque yo iba a casa después de entrenar. Y… —bajó la voz— también vi a Marta. Se quedó un rato en la puerta, como si esperara a alguien.

Leo le dio una mirada tranquila.

—No pasa nada por contar lo que viste. Sirve para pensar mejor.

Nico asintió, aliviado.

—Eso. Esperaba. Y luego se fue rápido.

Doña Cira apretó el llavero.

—Marta es buena chica.

—En un caso, todos son “buena gente” hasta que los hechos dicen otra cosa —dijo Leo—. Gracias, Nico. Las estrellas las tienes allí.

Cuando Nico salió, Leo se quedó mirando la lista arrugada.

—Aquí hay una contradicción, Doña Cira. Si alguien robó el sobre con cuidado, ¿por qué dejó una lista escondida de forma tan torpe? Parece un mensaje… o un despiste.

—¿Un despiste de quién?

Leo levantó la vista hacia el espejo. En la mancha del dedo, el brillo de la calle parecía un ojo.

—Vamos a hablar con Bruno y con Marta. Y vamos a hacerlo despacio. La prisa hace que uno vea solo lo que quiere ver.

Capítulo 3: Un conserje demasiado concentrado

El edificio comunitario estaba al lado del parque, con un tablón de anuncios lleno de papeles viejos. Bruno, el conserje, estaba sentado en una silla plegable, con una caja de herramientas abierta a sus pies. Tenía la frente arrugada y una llave en la mano. Estaba tan concentrado que no levantó la cabeza cuando Leo y Doña Cira se acercaron.

—Bruno —dijo Doña Cira, seca—. ¿Tienes un minuto?

Bruno parpadeó, como si volviera de un sitio muy lejano.

—Claro… sí. ¿Qué pasa?

Leo observó: uñas cortas, manos fuertes, un trapo blanco asomando del bolsillo trasero. Algodón.

—Ayer estuviste en la mercería —dijo Leo—. ¿Para pegar el cartel?

—Sí. El de la fiesta. —Bruno hizo un gesto hacia el tablón—. Hay que animar el barrio.

—¿A qué hora?

—Sobre las ocho y media.

Doña Cira dio un paso adelante.

—Mi sobre con la recaudación desapareció. El cajón estaba cerrado. Sin forzar. Y tú tienes llaves de medio barrio.

Bruno se puso rojo, no de culpa, sino de enfado.

—Tengo llaves del edificio, no de su caja registradora.

Leo se inclinó un poco.

—¿Tocaste el mostrador? ¿La caja?

—No.

Leo señaló el trapo blanco.

—¿Ese trapo lo usas para limpiar?

Bruno lo sacó, confundido.

—Sí. Es un trapo viejo. ¿Por?

—Porque en el cajón había una fibra blanca. Podría ser de esto… o de mil cosas más. No quiero acusarte. Quiero entender.

Bruno soltó el aire.

—Yo no robé nada. Ayer… —miró al suelo—. Ayer estaba nervioso. Perdí algo.

—¿Qué perdiste? —preguntó Leo.

Bruno dudó un segundo. Ese silencio pesaba.

—Mi monedero. El de cuero marrón. Tenía mi carné y unas monedas. Lo busqué por todas partes. Incluso… —tragó saliva— incluso volví a la mercería, porque pensé que se me había caído allí.

Doña Cira abrió la boca, sorprendida.

—¿Volviste? ¿Cuándo?

—Más tarde. Cerca de las nueve. Estaba cerrado, pero la puerta… la puerta no terminó de encajar cuando la cerró. Lo noté al pegar el cartel. Pensé que quizá se había quedado sin cerrar del todo. Empujé un poco. No entré. Solo empujé.

Leo anotó rápido. “Puerta no encajaba / 21:00 / monedero perdido”.

—¿Y dónde estabas hoy por la mañana? —preguntó Leo.

—Aquí. Arreglando la cerradura del cuarto de contadores. —Levantó la llave—. Me cuesta concentrarme cuando pierdo algo, pero hoy… hoy estoy intentando no desesperarme.

Leo lo miró con atención. Un conserje concentrado es un conserje que ve detalles. Y, además, su historia traía otra contradicción: si Bruno buscaba su monedero, su atención estaba en el suelo, no en un sobre en un cajón.

—Bruno —dijo Leo—, ¿viste a alguien cerca de la mercería cuando volviste?

Bruno frunció el ceño.

—Vi una sombra moverse rápido. Pensé que era un gato. Y… escuché ruedas. Como de carrito o… patinete.

Leo recordó a Nico. Y también a Marta, la repartidora: ella usaba un carrito para los periódicos.

—Gracias —dijo Leo—. No dejes de buscar tu monedero. A veces lo que parece perdido es la clave.

Doña Cira se cruzó de brazos mientras se alejaban.

—¿Entonces Bruno no?

—No lo sé aún —respondió Leo—. Pero hay algo claro: alguien entró o intentó entrar cuando la puerta no encajaba. Y alguien dejó una lista detrás del cartel. Eso suena a alguien que conocía el plan… pero no era experto.

—O a un niño.

Leo no contestó. Solo miró hacia el parque, donde el suelo mojado guardaba huellas durante unas horas, hasta que la ciudad las borraba.

Capítulo 4: La repartidora y la lista que no era lista

Marta repartía periódicos por la mañana y ayudaba a su tío en el kiosco por la tarde. Leo la encontró detrás de una pila de revistas, con el pelo recogido y un bolígrafo en la boca. Tenía una manera de mirar que parecía siempre medir distancias.

—Marta —saludó Leo—. Necesito hacerte unas preguntas.

Ella lo miró sin miedo, pero con prisa.

—Si es por lo de la mercería, ya lo sé. Medio barrio habla.

—Entonces será rápido. Ayer estuviste allí. Nico dice que te quedaste esperando en la puerta.

Marta se quitó el bolígrafo de la boca.

—¿Nico? Siempre mirando. Sí, esperé. Esperaba a mi hermano pequeño. Habíamos quedado para volver juntos. Se entretuvo en el parque.

—¿Tu hermano? —Leo inclinó la cabeza—. ¿Cuál?

—Izan. Tiene nueve.

Doña Cira, a un lado, murmuró:

—Ese niño es un torbellino…

Marta apretó los labios.

—No se mete en líos.

Leo sacó la lista arrugada, dentro de una funda transparente.

—Encontré esto detrás del cartel de la fiesta. ¿Reconoces la letra?

Marta lo miró y negó.

—No es mía.

—¿Y la de Doña Cira?

Doña Cira la observó de cerca.

—La “G” no la hago así. Y yo no pongo guiones.

Leo guardó el papel.

—Entonces alguien la escribió para recordar el sobre. Pero la escondió detrás del cartel. Eso no es un recordatorio: es un escondite.

Marta frunció el ceño.

—¿Me estás acusando?

—Te estoy pidiendo que pienses conmigo —respondió Leo—. Si tú quisieras robar el sobre, ¿dejarías una pista detrás del cartel? Sería como gritar “aquí estoy”.

Marta soltó una risa corta.

—Eso sería muy tonto.

—Exacto. A menos que quisieras que parezca tonto. O que no supieras que eso puede ser una pista.

Doña Cira chasqueó la lengua.

—¿Insinúas que fue un niño?

Leo alzó una mano.

—Todavía no. Vamos a los hechos. Marta, ¿a qué hora te fuiste?

—Sobre las ocho y cuarenta. Luego pasé por el parque a buscar a Izan.

—¿Viste a Bruno?

—Sí, pegando el cartel. Parecía… preocupado.

Leo recordó el monedero perdido.

—¿Viste a alguien más?

Marta dudó. Por primera vez, su seguridad flaqueó.

—Vi a Nico con el patinete. Iba y venía. Como si… como si hiciera carreras solo.

Leo se quedó quieto un instante, dejando que el silencio hiciera su trabajo. La paciencia no era solo esperar: era darle espacio a la verdad para que saliera sin empujarla.

—Marta —dijo suave—. ¿Algo más?

Ella soltó el aire.

—Vi a un niño pequeño cerca de la puerta de la mercería. Con una sudadera verde. No sé quién era. Estaba agachado, como buscando algo en el suelo.

—¿Semejante a tu hermano?

—No. Más bajito. Y llevaba… —Marta buscó la palabra— una carterita, de esas de tela, colgando.

Doña Cira abrió los ojos.

—¿Una carterita?

Leo sintió que las piezas se movían. Un niño buscando algo en el suelo, una puerta que no encajaba, un conserje que perdió su monedero… y un sobre desaparecido sin forzar el cajón.

—Gracias, Marta —dijo Leo—. Has sido clara.

Cuando salieron del kiosco, Doña Cira caminaba rápido, pero Leo la frenó con una mirada.

—Sin correr —le recordó—. Si corremos, asustamos al culpable… o al que no lo es.

—¡Pero el sorteo es mañana!

—Y hoy es el día de pensar. Vamos al parque. Allí se pierden cosas… y a veces se encuentran.

Capítulo 5: Un gesto hesitante en el parque

El parque de La Cornisa tenía columpios que chirriaban y bancos con nombres tallados. El suelo estaba húmedo, lleno de hojas pegadas como monedas verdes.

Nico estaba allí, girando en círculos con el patinete. Cuando vio a Leo, frenó con un golpe de rueda.

—¿Ya lo resolviste? —preguntó, con una sonrisa nerviosa.

—Todavía. Quiero que me ayudes. ¿Ayer hiciste carreras aquí cerca de la mercería?

Nico bajó la mirada. Su pie raspó el suelo. Luego hizo ese gesto hesitante otra vez, como si su mano quisiera señalar un lugar y no se atreviera.

—No es nada…

—En los misterios, “nada” suele ser “algo pequeño” —dijo Leo—. Y lo pequeño importa.

Nico tragó saliva.

—Vi un monedero en el suelo, cerca de la puerta de la mercería. Marrón. Lo cogí para llevárselo a Bruno porque siempre se le caen cosas. Pero entonces… vi el sobre en el mostrador, cuando Doña Cira abrió el cajón para guardar el dinero. Y pensé…

—¿Qué pensaste? —preguntó Leo, sin levantar la voz.

Nico apretó el manillar.

—Pensé que si le devolvía el monedero a Bruno, él estaría contento y… y quizá me dejaría usar la sala comunitaria para practicar trucos cuando llueve. Pero si se lo llevaba a Doña Cira, igual lo guardaba y ya. Y yo… yo quería que Bruno me hiciera caso.

Doña Cira soltó un “¡Ajá!” triunfal, pero Leo levantó la mano.

—Sigue, Nico.

—Entonces hice una tontería. —Nico se frotó los ojos con el dorso de la mano—. Cogí el sobre cuando Doña Cira fue al almacén. Solo un segundo. Mi plan era esconderlo y luego “encontrarlo” para que todos dijeran: “Nico, qué atento”. Así… Bruno también me vería.

Doña Cira dio un paso hacia él.

—¡Eso es robar!

—Es… es verdad —dijo Nico, temblando—. Pero no quería quedármelo. Lo escondí detrás del cartel con una nota para acordarme. Y luego… me asusté. Porque vi a Bruno volver y empujar la puerta. Y yo pensé que me iba a pillar. Me fui con el patinete. Y después no pude volver. Cada hora que pasaba, era peor.

Leo respiró hondo. El misterio se aclaraba, pero aún quedaba la contradicción principal: el cajón cerrado.

—Nico —dijo—, si cogiste el sobre del cajón, ¿cómo quedó cerrado?

Nico parpadeó, confundido.

—Yo no lo cogí del cajón. Lo cogí de encima del mostrador. Doña Cira lo dejó ahí un momento mientras buscaba celo.

Doña Cira se llevó la mano a la frente.

—¡El celo! Fui a por celo al almacén, sí… y luego metí el sobre… —se quedó en silencio—. Creí que lo metí.

Leo asintió.

—Ahí está la contradicción: tu memoria dice “lo guardé”, pero los hechos dicen “lo dejé”. Con prisa y preocupación, el cerebro rellena huecos.

Doña Cira tragó saliva, avergonzada.

—Entonces… el cajón estaba cerrado porque yo lo cerré. Vacío.

—Y el sobre ya no estaba para entonces —concluyó Leo—. Nico lo había escondido.

Nico miró al suelo.

—Lo siento. De verdad.

Leo se agachó para estar a su altura.

—Lo importante ahora es arreglarlo. La paciencia también sirve para enfrentar las consecuencias sin escapar. ¿Dónde está el sobre?

Nico señaló, por fin sin dudar, con el dedo.

—En el tablón del edificio. Detrás del cartel. Pero… hoy por la mañana fui y ya no estaba. Solo estaba mi papel arrugado.

Doña Cira se quedó helada.

—¿Alguien lo encontró antes?

Leo se enderezó despacio. El misterio cambiaba de forma. Nico había cometido el primer error… y otra persona, el segundo.

—¿Viste a alguien cerca del tablón hoy?

Nico negó rápido.

—No. Solo… —se mordió el labio—. Solo vi a Bruno buscando algo por ahí, muy temprano. Y a un niño pequeño con sudadera verde. Pero él siempre está por el barrio.

Leo miró hacia el edificio comunitario. El aire olía a metal húmedo.

—Vamos a hablar con Bruno otra vez. Y con ese niño de sudadera verde, si lo encontramos. Sin acusar. Con paciencia.

Capítulo 6: El hallazgo del portamoneda

Bruno seguía en el edificio, revisando cajones del escritorio comunitario. Tenía la misma cara de concentración, pero ahora era una concentración cansada, como quien cuenta hasta cien para no gritar.

Cuando vio a Leo, se incorporó de golpe.

—¿Lo has encontrado? —preguntó, ansioso—. Mi monedero…

Leo levantó una mano.

—Puede que sí. Pero primero: el sobre de la rifa no desapareció como pensábamos. Nico lo escondió detrás del cartel.

Bruno miró a Nico, que se había acercado con pasos pequeños.

—¿Tú? —dijo Bruno, sin enfado, más bien sorprendido.

Nico asintió, rojo como un tomate.

—Yo… quería que usted me viera. Lo siento.

Bruno abrió la boca, la cerró, y luego soltó un suspiro largo.

—Chaval… eso no se hace. Pero gracias por decirlo.

Doña Cira golpeó el suelo con el paraguas.

—¡Y el sobre ya no está!

Leo miró el tablón. El cartel de la fiesta seguía allí, con la esquina inferior pegada otra vez. Alguien había pasado por ahí y lo había dejado “bonito”.

—¿Quién lo repuso? —preguntó Leo.

Bruno levantó la mano, despacio.

—Yo. Esta mañana. Estaba despegado y… con la lluvia… —Se detuvo—. Lo repuse con cinta nueva. Estaba concentrado en eso y en mi monedero.

Leo se acercó al tablón.

—Bruno, cuando lo repusiste, ¿viste un sobre?

Bruno frunció el ceño, buscando en su cabeza.

—Vi un bulto detrás. Pensé que era… mi monedero. —Su cara cambió—. Pensé que por fin… —Se llevó la mano al bolsillo—. Lo saqué rápido, sin mirar bien. Fue un gesto… torpe. Con prisa.

Doña Cira dio un paso.

—¿Lo tienes?

Bruno negó, confundido.

—No. Lo abrí y… no era mi monedero. Era un sobre con dinero. Me quedé helado. Y entonces oí que alguien venía por el pasillo. Me asusté. No quería que pensaran que yo… —Se pasó la mano por la nuca—. Así que lo guardé en el primer sitio que se me ocurrió: dentro del cajón del escritorio comunitario. Iba a buscar a Leo después, para explicarlo. Pero cuando volví… el sobre ya no estaba.

Nico soltó un gemido.

—¡Otra vez!

Leo no se movió. Solo miró el escritorio comunitario, viejo, con cajones que a veces se atascaban. Se agachó y examinó el suelo. Allí, cerca de una pata, había algo marrón, medio escondido entre polvo y una hoja seca.

Leo lo recogió con dos dedos.

Era un portamoneda de cuero marrón, gastado en las esquinas.

Bruno se quedó sin aire.

—Mi… monedero.

—Se te cayó aquí —dijo Leo—. Probablemente cuando sacaste el sobre con prisa y lo metiste en el cajón. Tu mente buscaba tu monedero, y tus manos hicieron lo demás. Luego, al notar que te faltaba otra vez, empezaste a revolver y… quizá abriste el cajón con fuerza.

Leo tiró del cajón inferior. Estaba ligeramente torcido. Igual que el de la mercería. Con un tirón suave, se abrió.

Dentro, aplastado en una esquina, había un sobre amarillo.

Doña Cira lo agarró como si fuera un pájaro que se escapa. Lo abrió, contó rápido, y sus hombros bajaron al fin.

—Está todo.

Nico soltó el aire que llevaba guardando desde hacía horas. Bruno se llevó el monedero al pecho como si fuera un tesoro.

Leo los miró a los tres.

—La solución no fue correr —dijo—. Fue mirar, escuchar y esperar a que cada pieza encontrara su lugar. La paciencia es como una linterna: alumbra despacio, pero alumbra bien.

Doña Cira carraspeó, avergonzada y aliviada a la vez.

—Nico, mañana ayudarás a montar el puesto de la rifa. Sin patinete. Y con cara de persona responsable.

Nico asintió con fuerza.

—Sí, señora.

Bruno miró a Nico.

—Y si quieres usar la sala comunitaria cuando llueve… me lo pides. Sin misterios.

Nico sonrió, pequeñito.

Leo guardó su cuaderno. Al salir, la lluvia por fin se había rendido. En el suelo, el brillo de los charcos parecía decir que incluso los días confusos pueden reflejar una salida, si uno se toma el tiempo de buscarla.

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El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Recaudación
Dinero que se reúne para una causa o actividad, como una rifa o venta.
Mercería
Tienda donde se venden hilos, botones, cintas y cosas para coser.
Chinchetas
Pequeñas piezas con punta para sujetar papeles en un tablero.
Contradicción
Cuando dos hechos o ideas no coinciden entre sí.
Llavero
Objeto donde se juntan y llevan las llaves, a veces con adornos.
Manojo
Conjunto de cosas pequeñas que se sostienen juntas, por ejemplo llaves.
Carillón
Conjunto de campanillas que suenan juntas, como adorno que hace ruido.
Conserje
Persona que cuida un edificio y hace tareas de mantenimiento.

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