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Cuento de detective 11/12 años Lectura 23 min. (1)

El misterio del faro de sal y la vitrina vacía

La detective Inés investiga la desaparición de una primera edición en una librería del barrio, reuniendo relatos contradictorios y pequeñas pistas —una cinta de puntitos azules, un "clac" metálico y una caja sospechosa— para reconstruir lo sucedido.

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Detective Inés, rostro concentrado y dulce, cabello castaño corto, abrigo beige algo grande, mira curiosa y cejas fruncidas, sostiene un pequeño trozo de celofán blanco con lunares azules entre dos dedos; librera Marta, ~40 años, recogido suelto, ojos preocupados pero aliviados, delantal a rayas, detrás del mostrador junto a una vitrina vacía; chico Nico, ~16 años, gorra roja, sudadera roja, expresión tímida y culpable, manos en los bolsillos junto a la puerta bajo lluvia ligera; anciana Irene, ~70 años, pelo gris recogido, vestido de flores, mirada apenada, sostiene una pequeña caja marrón sellada con la misma cinta de lunares, en el umbral del piso visible por la ventana; librería pequeña y acogedora: estantes de madera llenos de libros, alfombra gastada con pliegue, vitrina con placa "Vitrina: tesoros", trasfondo oscuro, luz amarilla suave; escena: Inés muestra el celofán a Marta y Nico, revelación silenciosa, ambiente húmedo con gotas en la vitrina y sonrisa tímida de Marta; paleta cálida (ocre, marrón, rojo suave) con acentos azules, iluminación de tarde lluviosa; estilo chibi kawaii, ojos grandes y brillantes, proporciones infantiles, rasgos redondeados, texturas de papel y madera visibles, detalle tierno: un gatito en una estantería. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La vitrina vacía

La tarde había caído con una llovizna fina que dejaba las farolas envueltas en un halo amarillento. Inés Valcárcel, detective privada, cruzó la plaza del barrio antiguo con el abrigo abrochado hasta el cuello. No corría; nunca corría. Prefería llegar con la cabeza fría.

La esperaba Marta, dueña de la pequeña librería “La Esquina de Papel”. Tenía los ojos muy abiertos, como si acabara de ver un fantasma.

—Inés, gracias por venir tan rápido. Me han robado —dijo, señalando una vitrina de cristal.

En el centro de la vitrina había un hueco limpio, como un diente recién caído.

—¿Qué faltaba? —preguntó Inés.

Marta tragó saliva.

—La primera edición de “El Faro de Sal”. Era de mi abuelo. No es solo dinero… es… —Se le quebró la voz.

Inés observó la cerradura: sin marcas. Ni cristal roto, ni cajones abiertos. Demasiado orden para un robo torpe.

—¿Cuándo lo viste por última vez? —preguntó.

—A las seis. Cerré la vitrina yo misma. A las siete entró gente, como siempre. A las ocho, cuando fui a apagar las luces, ya no estaba.

Inés paseó la mirada por la tienda: estanterías altas, olor a papel viejo, una alfombra gastada. En el mostrador había una libreta de firmas para un club de lectura.

—Necesito dos cosas —dijo Inés—. Que me cuentes todo, sin saltarte nada, y que no te avergüences de los detalles pequeños. Los detalles pequeños son los que hablan.

Marta asintió, nerviosa.

—Hubo dos personas raras —dijo—. Un chico con sudadera roja, que preguntó por novelas de misterio. Y un hombre mayor, con paraguas, que se quedó mirando la vitrina mucho tiempo. Luego… luego oí un golpe, como si alguien hubiera dejado caer un libro.

Inés levantó una ceja.

—¿Un golpe? ¿Dónde estabas?

—En la trastienda, buscando un pedido. Salí y vi a la señora Irene… la vecina del tercero… con un paquete. Me saludó y se fue.

Inés anotó mentalmente el nombre: Irene. “Vecina del tercero”. Discreta, según sonaba. Y el golpe… Un ruido puede ser una puerta, un libro, un paso torpe, o una excusa.

—Quiero que me repitas la escena —dijo Inés—. Exactamente como la recuerdas. Sin adornos. Como si fuera una cámara.

Marta respiró hondo y empezó.

Capítulo 2: Dos relatos, una misma tarde

Marta habló despacio, como quien recorre una cuerda floja.

—Yo estaba en la trastienda. Oí el golpe. Salí. El chico de la sudadera roja estaba cerca del mostrador, mirando su móvil. El señor del paraguas… no lo vi. Y la señora Irene llevaba un paquete marrón, como una caja pequeña. Me dijo: “Buenas tardes” y se fue.

Inés dejó que el silencio se instalara un segundo.

—Ahora quiero otro relato —dijo—. No el tuyo. El de alguien que estuviera aquí.

Marta frunció el ceño.

—Solo estaba yo… y los clientes.

—Entonces vamos a buscarlos. El barrio es un álbum: siempre hay alguien mirando.

Inés salió a la plaza y se plantó frente a la cafetería de enfrente. A través del cristal se veían tazas, un televisor sin sonido, y un camarero secando vasos con un gesto paciente. Inés entró. El olor a café la recibió como un golpe cálido.

—Buenas —dijo al camarero—. Soy Inés. Necesito hacerte unas preguntas sobre la librería de enfrente. Es importante.

El camarero, Raúl según su placa, la miró con curiosidad.

—¿Ha pasado algo?

—Falta un libro. ¿Viste algo raro entre las seis y las ocho?

Raúl se rascó la barbilla.

—Vi al chico de la sudadera roja. Entró aquí a las siete y veinte, pidió un vaso de agua y se quedó en la mesa junto a la ventana. Miraba mucho hacia la librería.

—¿Y el señor del paraguas? —preguntó Inés.

—Ese… sí. Salió de la librería y vino directo aquí. Paraguas negro, gabardina. Me preguntó dónde estaba el baño, pero no entró. Se fue hacia la calle de los naranjos.

Inés juntó ambos relatos en su cabeza como dos piezas que no encajaban del todo. Marta no había visto al señor del paraguas cuando oyó el golpe. Raúl sí lo vio salir de la librería… pero antes o después del golpe, ¿cuándo?

—¿Qué hora era? —preguntó.

Raúl chasqueó la lengua.

—No miré el reloj, pero sonó la campana de la iglesia. La de las siete y media.

Inés anotó mentalmente: 19:30, campana. Un punto fijo.

—Gracias, Raúl. Y… una cosa más: ¿viste a una señora con un paquete marrón?

Raúl sonrió, como si le hubieran dado una pista fácil.

—La del pelo gris y moño apretado. Sí. La vi cruzar la plaza con prisa. A las ocho menos diez, quizá.

Inés salió de la cafetería con la sensación de tener un hilo, pero no saber todavía de qué color era el ovillo.

Volvió a la librería. Marta la esperaba como si la tienda se hubiera vuelto demasiado grande sin el libro robado.

—Marta, hay algo que no me cuadra —dijo Inés—. Tú dices que viste a Irene con el paquete justo después del golpe. Raúl la vio casi a las ocho menos diez. ¿Estás segura de la hora?

Marta apretó las manos.

—Yo… yo no miré el reloj. Solo sé que estaba nerviosa por el pedido.

Inés asintió. La memoria, a veces, no es una grabación; es una historia que se reescribe sin que lo notemos.

—Vamos a reconstruirlo —dijo—. Y tú, que estás leyendo esto, también puedes ayudar. Piensa: si la campana sonó a las siete y media, ¿dónde podría estar cada persona en ese momento?

Capítulo 3: El vecino discreto

Para entender un misterio, Inés solía mirar donde nadie miraba: las escaleras, los buzones, los bordes de los cuadros. El mundo dejaba huellas aunque creyera que no.

Subió al edificio de la librería. El portal olía a lejía y a humedad. En el tercer piso, un pasillo estrecho conducía a dos puertas. Una tenía felpudo nuevo; la otra, un felpudo viejo con un dibujo de gato.

Inés llamó a la puerta del felpudo del gato. Esperó. Volvió a llamar, más suave.

Se oyó un roce, como una cortina apartándose. La puerta se abrió apenas, dejando ver un ojo atento.

—¿Sí? —dijo una voz baja.

—Buenas tardes. Soy Inés Valcárcel. Investigo la desaparición de un libro en la librería de abajo. Me han dicho que usted pasó por allí hoy.

La puerta se abrió un poco más. Apareció una mujer mayor, delgada, con el pelo recogido y una mirada de quien escucha antes de hablar. Irene.

—No me gusta meterme en líos —dijo.

—A mí tampoco —respondió Inés—. Por eso prefiero aclararlos.

Irene dudó. Luego abrió del todo y dejó a Inés entrar a un recibidor lleno de plantas. Había silencio, pero un silencio de casa habitada: un reloj de pared, un gato que observaba desde una silla, una radio apagada.

—Sí, pasé —admitió Irene—. Fui a dejar un paquete en la librería. Para enviar por correo. Marta me hace el favor porque a mí me cuesta bajar hasta la oficina.

—¿A qué hora? —preguntó Inés.

Irene frunció el ceño, como si buscara una moneda en el fondo de un bolsillo.

—No lo sé… entre las siete y media y las ocho. Oí la campana, seguro.

—¿La de las siete y media? —Inés inclinó la cabeza.

—Sí. Estaba en el portal cuando sonó. Luego entré en la librería.

Inés tomó nota mental. Eso colocaba a Irene después de las 19:30, no “justo después del golpe” sin más.

—¿Vio al chico de la sudadera roja? ¿O al señor del paraguas? —preguntó.

Irene se quedó inmóvil un segundo.

—Vi al chico, sí. No me miró. Y vi a un hombre… con paraguas, pero no dentro. Lo vi en la plaza, de espaldas.

Inés sintió que el aire se volvía más denso.

—¿Y el paquete? —preguntó—. ¿Era una caja pequeña marrón?

Irene abrió un cajón y sacó un rollo de cuerda.

—Era este —dijo, mostrándole una etiqueta de envío pegada a una caja idéntica—. Tengo otra igual. Son cajas para porcelana. El paquete que llevé iba bien cerrado. No pesaba mucho.

Inés miró la etiqueta. No le interesaba la dirección, sino algo más simple: el tipo de cinta. Era transparente, con pequeños puntitos azules.

—Gracias por su paciencia —dijo Inés.

Irene bajó la voz aún más.

—¿Cree que me están echando la culpa?

Inés la miró a los ojos.

—No culpo a nadie. Escucho. Y comparo relatos. Eso es todo.

Cuando Inés salió al pasillo, notó algo: un olor leve, casi dulce, como cáscara de naranja. Venía del rellano. Y en el suelo, cerca del felpudo del gato, había un puntito de papel brillante, como de envoltorio.

Lo recogió con cuidado. Era un pedacito de celofán con puntitos azules.

La misma cinta.

Capítulo 4: El recuerdo confuso

De vuelta en la librería, Inés pidió a Marta que cerrara por un momento. Bajaron la persiana a medias, dejando entrar una luz rayada. La tienda pareció transformarse en un escenario listo para una prueba.

—Marta, quiero que lo volvamos a hacer —dijo Inés—. Pero esta vez sin prisa. Cierra los ojos si hace falta.

Marta obedeció. Inés hablaba como quien guía un paseo por un lugar oscuro.

—Estás en la trastienda. ¿Qué oyes antes del golpe?

Marta frunció la frente.

—Páginas… alguien hojeando. Y… una tos. Como un carraspeo.

—¿De quién? —preguntó Inés.

—No lo sé.

—Sigue. Oyes el golpe. Sales. ¿Qué ves primero?

—La alfombra… un borde levantado. —Marta abrió los ojos de golpe—. ¡La alfombra estaba un poco arrugada! No le di importancia.

Inés miró la alfombra. En una esquina, efectivamente, había un pliegue. Se agachó y levantó la tela. Debajo, el suelo tenía marcas finas, como si algo pesado hubiera sido arrastrado.

—¿Has movido la vitrina últimamente? —preguntó.

—No —dijo Marta—. Está donde siempre.

Inés se incorporó.

—Tu recuerdo del paquete puede estar mezclándose con otra cosa —dijo—. A veces la mente pega dos escenas para que tengan sentido.

Marta se mordió el labio.

—Yo vi el paquete, Inés. Lo vi.

—No digo que no. Digo que quizá lo viste… pero no en el momento que crees.

Inés caminó hacia el mostrador. En la libreta de firmas del club de lectura, varias personas habían escrito nombres y correos. Entre ellos, uno destacaba: “R. S.” con una letra inclinada y elegante.

—¿Quién es R. S.? —preguntó Inés.

—Ramón Soria —respondió Marta—. El señor del paraguas. Vino la semana pasada. Dijo que era coleccionista.

Inés miró la vitrina vacía.

—Un coleccionista sabe abrir cerraduras sin romper nada —murmuró.

Marta se encogió.

—¿Y el chico de la sudadera?

—Se llama Nico. Viene a veces. Le gustan los enigmas. Es buen chico… creo.

Inés se permitió una sonrisa breve.

“Creo” es una palabra peligrosa. Vamos a convertirlo en “sé”.

En ese momento, alguien golpeó suavemente la persiana desde fuera. Inés la levantó lo justo para ver una cara juvenil.

—¿Marta? ¿Puedo pasar? —preguntó el chico de la sudadera roja.

Inés abrió la puerta antes de que Marta respondiera. Lo observó: manos en los bolsillos, mirada inquieta, zapatillas mojadas.

—Pasa, Nico. Y cuéntame tu versión —dijo Inés—. Sin prisa. Y sin inventar.

Nico tragó saliva.

—Yo solo miraba —dijo—. Me gusta esa vitrina. Es como un tesoro. Pero no lo toqué, lo juro.

—¿Estuviste aquí a las siete y media, cuando sonó la campana? —preguntó Inés.

Nico asintió.

—Sí. Y vi al señor del paraguas… cerca de la vitrina. Él sí la miraba raro. Como si contara segundos.

Inés cruzó los brazos.

—¿Oíste un golpe?

—Sí —dijo Nico—. Pero no fue un libro. Fue… como un “clac”, como de metal. Y luego el señor del paraguas salió rápido.

Marta abrió la boca, sorprendida.

—Yo no lo vi salir —susurró.

Inés la miró.

—Porque estabas mirando el pliegue de la alfombra sin darte cuenta —dijo, y volvió a Nico—. ¿Qué hiciste después?

Nico se encogió de hombros.

—Fui a la cafetería a pedir agua. Me… me puse nervioso.

Inés lo observó unos segundos. Nervioso, sí. Pero no olía a culpabilidad; olía a miedo de que lo acusaran.

—Bien —dijo—. Gracias por decirlo. Escuchar la verdad a medias no sirve. Escucharla entera, aunque dé vergüenza, ayuda.

Ahora Inés tenía algo claro: el “clac” metálico, el pliegue de la alfombra, el coleccionista que “contaba segundos”, y una vecina con cinta de puntitos azules en casa.

Solo faltaba una pieza: ¿cómo salió el libro de la vitrina sin que nadie lo viera?

Piensa tú también: si un objeto desaparece en una sala llena de gente, ¿qué caminos tiene? ¿Bolsillo? ¿Bolsa? ¿Bajo la ropa? ¿O… otro camino más lento?

Capítulo 5: La pista de los puntitos azules

Inés pidió permiso a Marta para revisar el lugar con calma. No revolvió nada como en las películas; se movió despacio, con respeto. La tienda no era un campo de batalla, era una conversación.

Se agachó junto a la vitrina. La cerradura estaba intacta. En el borde inferior del cristal, casi invisible, había una sombra de pegamento.

Inés sacó de su bolsillo el pedacito de celofán con puntitos azules y lo comparó. El patrón coincidía.

—Marta —dijo—, ¿usas esa cinta para algo?

—No. Yo uso cinta marrón de papel. Esa de puntitos… es de Irene, creo. La he visto en sus paquetes.

Inés miró hacia la trastienda.

—¿Dónde guardas los paquetes que te dejan los vecinos? —preguntó.

—En una estantería, al fondo.

Fueron. En la estantería había dos cajas pequeñas, una bolsa de tela y un sobre acolchado. Inés examinó las cajas: una tenía cinta marrón de papel; otra, cinta transparente con puntitos azules.

—¿Esta caja es la que dejó Irene? —preguntó Inés.

Marta asintió.

—Sí, esa.

Inés levantó la caja con cuidado. Pesaba poco, tal como Irene había dicho. Pero al girarla, Inés notó algo: el fondo tenía una ligera separación, como si fuera doble.

—Marta, ¿has abierto esto? —preguntó.

—No, nunca —dijo, alarmada—. ¡No debo!

Inés respiró hondo. No quería acusar a Irene sin más. Irene había sido precisa, tranquila. Pero una caja con doble fondo era una idea demasiado perfecta para un ladrón paciente.

—Necesito hablar otra vez con Irene —dijo Inés—. Y con Ramón Soria.

En la calle, la llovizna había parado. La plaza estaba húmeda y olía a tierra. Inés llamó al timbre de Irene. Tardó. Esta vez, la puerta se abrió más rápido, pero el rostro de Irene estaba tenso.

—He encontrado cinta como la suya en la vitrina —dijo Inés sin rodeos—. Y una caja con su cinta que parece tener doble fondo.

Irene se quedó pálida, como si le hubieran apagado una luz por dentro.

—Yo… yo solo la compré porque era barata —susurró—. Esa cinta. Y las cajas… las compré en un bazar.

Inés la observó con atención.

—¿Recuerda el bazar? —preguntó.

Irene asintió, despacio.

—En la calle de los naranjos.

La misma calle hacia donde Raúl había visto ir al señor del paraguas.

Inés sintió que la red empezaba a tensarse.

—Quiero que me diga una cosa, Irene —dijo Inés—. ¿Alguien le pidió que llevara una caja a Marta? ¿Alguien le dejó una caja ya cerrada?

Irene cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, había vergüenza.

—El señor Ramón —admitió—. Me dijo que era un regalo para su nieta y que no podía cargar con él. Me pidió que lo dejara en la librería, que Marta se lo guardaría hasta el día siguiente. Sonaba… normal. Y yo… yo no pregunto mucho.

Inés bajó la voz.

—No es un crimen ser discreta. Pero a veces, por ayudar, uno se vuelve parte del plan de otro sin querer.

Irene se llevó una mano al pecho.

—¿Entonces… usó mi cinta? ¿Mis cajas?

—Eso parece —dijo Inés—. Y necesito que me ayude a arreglarlo.

Capítulo 6: La verdad en voz baja

Inés localizó a Ramón Soria sin dramatismos: estaba en la calle de los naranjos, bajo el toldo de un bazar, discutiendo con el vendedor sobre el precio de una lupa. Paraguas cerrado, gabardina impecable, sonrisa de quien cree que el mundo le debe favores.

Inés se acercó con paso tranquilo.

—Señor Soria —dijo—. Soy Inés Valcárcel. Hablemos del “Faro de Sal”.

La sonrisa de Ramón se congeló como mantequilla en nevera.

—No sé de qué habla.

—Sí lo sabe. —Inés sacó de su bolsillo el pedacito de celofán con puntitos azules—. Su caja, su cinta, su idea.

Ramón soltó una risa corta, casi ofendida.

—¿Me acusa por un trozo de cinta?

Inés no alzó la voz. No hacía falta.

—Usted firmó la libreta del club de lectura. Usted estuvo cerca de la vitrina a las siete y media. Nico oyó un “clac” metálico: probablemente una pequeña herramienta para la cerradura. Después, usted necesitaba sacar el libro sin que nadie notara un bulto. ¿Solución? No llevárselo encima en ese instante. Guardarlo en una caja con doble fondo y hacer que otra persona la transporte sin sospechar. Irene. Discreta, educada, servicial.

Ramón miró alrededor. La gente pasaba sin prestar atención: bolsas, bicicletas, conversaciones. En un barrio, los secretos se esconden a plena vista.

—No puede probarlo —murmuró.

—La caja con doble fondo está en la librería —dijo Inés—. Y si está vacía ahora, también es una prueba: alguien tuvo que volver a por ella. ¿Volvió usted?

Los ojos de Ramón brillaron un segundo. Rabia, o miedo. Tal vez ambas.

—Solo quería ese libro —dijo, casi escupiendo las palabras—. Es una joya. Marta no lo valora.

Inés se inclinó un poco, como quien escucha una confesión triste.

—Valorar no es lo mismo que poseer —dijo—. Y la verdad no se compra en un bazar.

Ramón apretó los labios. Luego, con un gesto brusco, metió la mano dentro de su gabardina. Inés tensó el cuerpo, preparada. Pero Ramón solo sacó un libro envuelto en papel marrón. La primera edición. El lomo tenía una pequeña marca, como una herida.

—Tome —dijo, con desprecio—. Si tanto le importa.

Inés no lo agarró de inmediato. Lo miró, como si el libro pudiera hablar.

—Lo que importa es aprender —dijo—. Y reparar.

Inés llamó a la policía para que gestionara el asunto. No lo hizo con triunfalismo, sino con la calma de quien cierra una puerta para que el viento no vuelva a entrar. Irene, a su lado, lloraba en silencio, más por haber sido utilizada que por otra cosa.

Inés le puso una mano en el hombro.

—Gracias por decir la verdad —dijo—. A tiempo.

Irene asintió.

—Debí preguntar —susurró.

—Y yo debí escuchar tu silencio antes —respondió Inés—. A veces también se investiga lo que la gente no dice.

Capítulo 7: Un paseo para ordenar el mundo

Al día siguiente, Marta colocó “El Faro de Sal” de nuevo en la vitrina. Esta vez, cambió la cerradura y puso una pequeña placa: “No todo tesoro se lleva. Algunos se cuidan”.

Nico pasó por la tarde y se quedó mirando el libro con respeto, como si hubiera envejecido un poco en una noche.

—¿Ya está todo bien? —preguntó.

—Está mejor —dijo Inés—. Lo importante es que todos hablaron. Incluso cuando era incómodo.

Marta miró a Irene, que había bajado con un paquete nuevo, esta vez abierto, para que se viera que solo era porcelana envuelta en papel de burbujas.

—Perdón por desconfiar —dijo Marta.

Irene negó con la cabeza.

—Yo también aprendí. Ser discreta no significa ser ciega.

Inés se despidió con un gesto y salió a la plaza. El cielo estaba limpio, y los charcos reflejaban las fachadas como espejos rotos que, aun así, devolvían la luz.

Caminó sin prisa por la calle de los naranjos. Las hojas brillaban, recién lavadas por la lluvia. Pensó en los dos relatos de Marta y Raúl, en el recuerdo confuso y en cómo la verdad se había escondido entre minutos mal colocados. Pensó en Nico, que había hablado a pesar del miedo. Pensó en Irene, que había callado por costumbre y luego había encontrado valor para admitirlo.

La ciudad, cuando uno la escucha, habla en pasos, campanas y pequeños “clac” metálicos.

Inés cruzó el puente del canal y siguió por un sendero de tierra junto al agua. Un pato chapoteó, indignado por nada importante. Inés sonrió, por fin.

El paseo era tranquilo, como una frase corta al final de un caso largo. Respiró hondo y dejó que el ruido del barrio quedara atrás. Había misterios que daban miedo. Y había otros, como este, que recordaban algo simple: escuchar bien puede ser la llave más eficaz de todas.

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Llovizna
Lluvia muy fina y ligera que cae sin fuerza.
Halo
Anillo de luz suave que rodea una fuente de luz, como una farola.
Vitrina
Mueble con cristal donde se muestran objetos para verlos sin tocarlos.
Trastienda
Parte de atrás de una tienda, donde se guardan cosas y se trabaja.
Cerradura
Parte de la puerta que se cierra con llave para asegurarla.
Coleccionista
Persona que reúne y cuida objetos valiosos o raros.
Discreta
Que actúa con cuidado para no llamar la atención o molestar.
Celofán
Material transparente y brillante que sirve para envolver regalos.
Doble fondo
Espacio oculto dentro de una caja o maleta con dos capas.
Gabardina
Abrigo largo impermeable que se usa para protegerse de la lluvia.

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