Cargando...
Cuento de detective 11/12 años Lectura 23 min.

La estrella del norte y el misterio de las farolas apagadas

Inés, una detective que “lee” las luces, investiga el misterioso robo de una antigua lámpara en la Plaza del Reloj, siguiendo pistas como palabras, sombras y un apagón de tres minutos que ocultan secretos y motivos personales.

Descargar este cuento en PDF

¡Ideal para compartir o imprimir este cuento!

Descargar el e-book (.epub)

Lea este cuento en su lector de libros electrónicos.

Chica detective: mujer joven de cabello castaño oscuro a la altura de la mandíbula, abrigo largo gris, mirada concentrada y decidida, sostiene una pequeña linterna encendida y examina una plataforma baja con ruedas; postura de investigadora, ligera flexión de rodilla, estilo manga claro y dinámico. Hombre sospechoso: hombre de unos 50 años con gorra gris y bufanda, rostro cansado pero tenso, manos vacías delante de él, de pie junto a las estanterías, mirada culpable y melancólica cerca de la plataforma. Testigo: mujer de unos 20 años, barista, pelo recogido, expresión preocupada, de pie junto a la puerta trasera con las manos apretadas sobre el pecho. Colega: mujer de unos 40 años, responsable del edificio, de aspecto firme, ropa de trabajo, teléfono con luz de alerta, en la entrada del pasillo lista para intervenir. Lugar: almacén oscuro y polvoriento de biblioteca con estanterías altas de madera, cajas apiladas, suelo de hormigón con marcas de ruedas y una bombilla desnuda que oscila proyectando sombras largas; polvo visible en los rayos de luz. Objetos clave: vieja lámpara de vidrio azul sobre una plataforma baja con ruedas de goma negra, llave caída en el suelo, pequeño cilindro de latón parcialmente visible, cinta adhesiva negra en la plataforma. Situación: tensa confrontación entre los pasillos, iluminación dramática de bombilla parpadeante y linterna creando reflejos y sombras, suspensión visual sin violencia, composición centrada en la detective, la plataforma y la lámpara azul. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La luz que no debía apagarse

En la Plaza del Reloj, las farolas tenían un brillo especial: no solo iluminaban, también contaban historias. Al menos, eso decía Inés Valverde, detective privada, cuando alzaba la barbilla y dejaba que la luz le dibujara sombras nítidas en la cara.

Inés era famosa por “leer” las luces: el color de un tubo fluorescente, el parpadeo de un neón, la forma en que una lámpara proyecta una línea torcida sobre el suelo. Para ella, la iluminación era un idioma.

Esa tarde, el dueño de la tienda de antigüedades, don Eusebio, la esperaba en la puerta con el delantal manchado de polvo.

—Se han llevado “La Estrella del Norte” —dijo sin rodeos.

En el escaparate, donde debería estar la vieja lámpara de aceite con un cristal azulado, solo quedaba un círculo limpio en el polvo, como si alguien hubiera borrado un recuerdo con la manga.

—¿Forzaron la cerradura? —preguntó Inés.

—Nada. La puerta estaba cerrada. La alarma, sin saltar. Y lo peor… —don Eusebio tragó saliva—. Las farolas de la plaza se apagaron justo a las nueve y trece. Solo tres minutos.

Inés miró la plaza. Tres farolas, alineadas como soldados, parecían normales. Pero ella notó algo: una de ellas tenía el halo ligeramente más frío, casi blanco.

—Las luces no mienten —murmuró.

—¿Encontrará mi lámpara?

Inés se agachó junto al umbral. En el suelo había una marca fina, como de goma arrastrada. Y en el cristal del escaparate, una huella parcial, no de dedos, sino de palma.

—La encontraré —dijo—. Pero necesitaré que recuerde cada palabra que escuchó anoche. No solo lo que pasó. Lo que se dijo.

Don Eusebio frunció el ceño.

—¿Las palabras?

—A veces una frase es la llave que abre la puerta correcta —respondió Inés.

Capítulo 2: Una palabra bajo la lupa

Inés instaló su cuaderno sobre el mostrador. Don Eusebio se sentó frente a ella, inquieto, como si el silencio también fuera un sospechoso.

—Cuénteme desde el principio —pidió Inés—. Sin adornos. Con las frases exactas.

—Bueno… Ayer por la tarde vino una chica, Lidia, la del café “La Espuma”. Miró la lámpara, como siempre. Me dijo: “Eusebio, esa lámpara brilla como si guardara una tormenta”. Y yo me reí.

Inés levantó la mirada.

—Repítalo.

“Brilla como si guardara una tormenta.”

Inés anotó despacio. Luego señaló la frase con la punta del bolígrafo.

—¿Por qué diría “tormenta”? ¿Ha llovido últimamente?

—Nada. Sol y más sol.

—Entonces no es un comentario al azar. Es una imagen. O un mensaje.

Don Eusebio siguió.

—A las nueve menos diez entró Tomás, el electricista municipal. Vino a dejarme unas bombillas antiguas que encontró en un almacén. Estuvimos charlando. Y a las nueve y diez exactas entró un hombre con gorra. No lo había visto antes.

—¿Qué dijo? —preguntó Inés.

—Dijo… “Buenas noches. Qué lugar tan… brillante.” Lo dijo raro, como si “brillante” le pesara.

Inés se inclinó hacia delante.

—¿Y usted?

—Yo le contesté: “Brillante, sí. Pero aquí nada se vende sin historia.” Y él soltó una risita.

—¿Algo más?

Don Eusebio se rascó la barba.

—Me pidió ver la lámpara de cerca. Yo se la mostré detrás del mostrador. La tocó con cuidado, como quien prueba el agua antes de meterse. Y dijo: “Se nota que es del norte. Las cosas del norte resisten.” Después miró su reloj y se fue.

—¿Pagó algo?

—No.

—¿Cuánto tiempo estuvo?

—Dos minutos. Tres como mucho.

Inés cerró el cuaderno.

—Tres minutos. Como el apagón.

En ese instante, desde la calle, llegó un sonido: el zumbido de un transformador. Inés se asomó. La farola del halo frío parpadeó una sola vez, como un guiño.

—Voy a hacerle una pregunta importante —dijo Inés—. Cuando ese hombre habló, ¿notó algo en su voz?

Don Eusebio dudó.

—Era… demasiado tranquila. Como un promeneur… como alguien paseando, sin prisa.

Inés sonrió apenas.

—Tranquilo no siempre significa inocente.

Capítulo 3: El promeneur de la plaza

Esa noche, Inés volvió a la Plaza del Reloj con una linterna pequeña y una paciencia grande. Se colocó donde el escaparate reflejaba las farolas. A las nueve y diez, el reflejo era limpio. A las nueve y trece… aún faltaban minutos, pero Inés ya estaba alerta.

Alguien caminaba despacio por la plaza. No corría. No miraba el móvil. Solo avanzaba como si el aire le perteneciera.

Era un hombre de unos cincuenta años, con gorra gris y una bufanda aunque no hacía frío. Llevaba las manos en los bolsillos. Un promeneur tranquilo, casi elegante.

Inés se cruzó con él a propósito.

—Buenas noches —dijo ella.

Él la miró, amable.

—Buenas noches. Bonita iluminación, ¿verdad?

La palabra “iluminación” sonó ensayada. Inés lo observó: las pupilas, la forma de apoyar el pie, el leve olor a metal.

—Depende de quién la controle —respondió ella.

El hombre rió suave.

—Oh, yo solo paseo. Me relaja ver las sombras. Las sombras no piden nada.

Inés señaló la farola del halo frío.

—Esa de ahí tiene un tono distinto.

—¿Ah, sí? —El hombre frunció el ceño con una actuación casi perfecta—. No me había fijado.

Inés sacó su linterna y la encendió. Apuntó al suelo: el haz de luz reveló algo que de día no se veía bien. Una línea fina de polvo barrido, como si algo con ruedas hubiera pasado por allí recientemente.

—¿Suele pasear a esta hora? —preguntó Inés.

—Cuando puedo. La ciudad está más… sincera de noche.

—¿Y qué hace a la ciudad sincera?

—Que se ven las cosas importantes —dijo él.

Inés pensó: una frase bonita… demasiado bonita.

—¿Como las lámparas antiguas? —soltó ella.

El hombre parpadeó una sola vez. Un detalle mínimo. Pero Inés vivía de los detalles.

—No sé de qué me habla —dijo.

—Qué curioso —Inés guardó la linterna—. Porque ayer alguien dijo en una tienda: “Qué lugar tan… brillante.” Y lo dijo como usted, dejando la palabra al final, como si fuera un secreto.

El promeneur se encogió de hombros.

—Mucha gente dice “brillante”.

—Pero no todos apagan farolas tres minutos —replicó Inés.

El hombre dio un paso atrás, aún sonriendo, pero su sonrisa tenía ahora bordes duros.

—Detectives… —murmuró—. Siempre buscando tormentas donde hay cielo.

Inés sintió un clic interno. “Tormenta”. Otra vez esa palabra.

—¿Le gustan las tormentas? —preguntó.

—Me gustan los cambios —dijo él, y se alejó despacio, sin correr, como si no tuviera nada que temer.

Inés lo dejó ir. No siempre se atrapa a alguien persiguiéndolo. A veces se le atrapa entendiendo su ruta.

Capítulo 4: La observación justa

A la mañana siguiente, Inés visitó a Tomás, el electricista municipal. Lo encontró en el taller, rodeado de cables y cajas de fusibles. Olía a plástico caliente y café fuerte.

—¿Puedes enseñarme el registro de ayer? —preguntó Inés.

Tomás se limpió las manos con un trapo.

—¿Qué pasa ahora?

—Tres farolas se apagaron tres minutos —dijo Inés—. Y una tiene un tono más frío desde entonces.

Tomás frunció el ceño, incómodo.

—A veces hay bajones de tensión.

—A veces —repitió Inés—. Pero a las nueve y trece exactas.

Tomás abrió un cajón, sacó una libreta y la hojeara con rapidez.

—Aquí. Hubo un microcorte. Pero… —se detuvo— esto es raro: el microcorte aparece como “manual”.

—¿Manual? —Inés ladeó la cabeza.

—Como si alguien hubiera accionado el interruptor desde el armario de control de la plaza. Pero ese armario está cerrado con llave. Solo la tenemos dos personas: yo y la encargada de mantenimiento, Marta.

Inés apoyó los dedos en la mesa.

—¿Dónde estabas tú a las nueve y trece?

Tomás la miró ofendido.

—En tu tienda de antigüedades, como te dijo Eusebio. Me fui a las nueve y doce. Llegué a casa a las nueve y veinte. Vivo cerca.

—Entonces alguien más tocó el armario.

Tomás bajó la voz.

—O alguien hizo una copia.

Inés recordó el halo frío de una farola. No era solo una sensación: esa farola tenía una bombilla LED moderna, no una antigua de vapor de sodio como las demás. Eso significaba… un cambio reciente.

La observación justa cayó como una pieza de dominó: si alguien cambió la bombilla por una LED, quizá también cambió algo dentro. Una cámara pequeña, un sensor, o un cable para manipular el corte.

Inés regresó a la plaza y miró la farola de cerca. A media altura, había una pegatina nueva, mal colocada: “Revisión 03/—”. No tenía el sello del ayuntamiento. Era casera.

Inés soltó aire por la nariz.

—Aquí está el truco.

Sacó una moneda, la deslizó por el borde de la tapa de registro y notó una holgura mínima. Habían abierto esa tapa recientemente. Y en el interior, pegado con cinta negra, encontró un pequeño mando temporizador.

Tres minutos. Programado.

No era un fallo eléctrico. Era un escenario.

Ahora el misterio cambiaba: ¿por qué apagar la plaza? Para que una cámara no grabe, para que alguien no vea… o para que alguien vea otra cosa.

Inés miró el escaparate de don Eusebio en su memoria. Con oscuridad total, un cristal refleja como un espejo. Con luz parcial, deja ver el interior.

—Alguien necesitaba que durante tres minutos el escaparate fuera espejo —susurró—. Para ocultarse en el reflejo.

Y entonces recordó la marca de goma arrastrada. Algo con ruedas: una maleta, un carrito, una plataforma pequeña.

La lámpara “La Estrella del Norte” no salió en brazos. Salió rodando.

Capítulo 5: Sospechosos con sonrisa y aliados con dudas

Inés reunió a tres personas en el café “La Espuma”: Lidia, la barista; Marta, la encargada de mantenimiento; y, por invitación “casual”, el promeneur de la gorra gris, que se presentó como Víctor.

—Qué coincidencia encontrarnos —dijo Víctor, sentándose como si el asiento lo hubiera estado esperando.

Lidia miró a Inés con nervios.

—¿Pasa algo con don Eusebio? Lo vi preocupado.

Marta cruzó los brazos.

—A mí me llamaron del ayuntamiento. Dicen que alguien manipuló una farola.

Inés dejó su cuaderno sobre la mesa. Su voz fue calma, pero firme.

—No voy a acusar a nadie sin pruebas. Pero sí voy a hacer preguntas. Y quiero que ustedes también piensen. La mejor investigación es la que se hace con la cabeza despierta.

Lidia tragó saliva.

—Yo solo dije lo de la tormenta porque la lámpara tiene ese cristal azul… parece que dentro hubiera nubes.

Inés la miró.

—¿Por qué dijiste “guardara una tormenta” y no “parece cielo”?

Lidia se sonrojó.

—Porque… mi abuelo decía esa frase. Era marinero. Cuando veía una luz rara en el puerto, decía: “Esa luz guarda tormenta.” Significaba que era una señal falsa.

Inés se quedó quieta un segundo. Señal falsa. Luz rara. Farola con LED.

Marta golpeó la mesa con los dedos.

—Yo no cambié ninguna bombilla. Las revisiones están programadas. Además, mi llave no ha salido de mi llavero.

Víctor bebió un sorbo de café.

—Qué dramáticos se ponen por una lámpara —comentó—. La ciudad tiene problemas mayores.

Inés no levantó la voz. Solo lo miró como se mira una sombra para saber si es árbol o persona.

—Dime, Víctor: ayer dijiste que la ciudad es más “sincera” de noche porque se ven las cosas importantes. ¿Qué cosas importantes viste tú a las nueve y trece?

Él sonrió, despacio.

—Sombras. Ya lo dije.

Inés abrió el cuaderno y escribió una palabra grande: BRILLANTE. Debajo, otra: SINCERA. Luego, otra: TORMENTA.

—Estas palabras son pistas —dijo, señalándolas—. A veces las pistas no son objetos, son elecciones. Si alguien elige una palabra, está mostrando cómo piensa.

Marta frunció el ceño.

—¿Y qué muestra “brillante”?

Inés miró a todos.

—Alguien que se fija en la luz. Como yo. O como alguien que la necesita para hacer su truco.

Víctor levantó las cejas.

—¿Me estás diciendo que yo…

—Te estoy diciendo que paseas mucho por la plaza —cortó Inés—. Y que hueles a metal, como a herramientas guardadas.

Lidia intervino, temblorosa:

—Yo… vi algo ayer. Desde la barra, a las nueve y cuarto. Una persona con gorra empujaba una maleta con ruedas, pero… no sonaba. Como si tuviera ruedas de goma.

Víctor dejó la taza en el plato con un sonido más fuerte de lo necesario.

—Qué imaginación —dijo.

Inés se inclinó.

—¿Y si no es imaginación? —preguntó—. Lidia, ¿hacia dónde iba?

—Hacia el callejón de la biblioteca.

Inés se incorporó.

—Allí hay una puerta trasera, ¿verdad?

Marta asintió.

—Sí, da al almacén de libros viejos. Se cierra a las nueve, pero… la cerradura es antigua.

Víctor se levantó.

—Tengo que irme.

—Claro —dijo Inés—. Los paseos tranquilos a veces se acaban cuando aparece una pregunta concreta.

Él se marchó sin correr. Pero Inés vio, por primera vez, prisa en sus hombros.

Capítulo 6: El almacén de la biblioteca y la verdad en tres minutos

Inés y Marta fueron al callejón de la biblioteca. Lidia, pese al miedo, insistió en acompañarlas.

—Si me quedo en el café, me imaginaré cosas peores —dijo, intentando bromear—. Prefiero asustarme con la realidad.

La puerta trasera tenía una cerradura que parecía salida de otra época. Inés sacó una pequeña lupa y examinó el cilindro.

—No está forzada —dijo—. Está… cansada. Como si hubieran usado una llave que encaja casi, pero no del todo.

Marta se mordió el labio.

—Eso significa copia barata.

Dentro, el almacén olía a papel húmedo. Una bombilla colgaba del techo, amarilla y floja. Inés avanzó despacio, observando cómo la luz dibujaba sombras largas entre estanterías.

En el suelo, encontró una marca: dos líneas paralelas de ruedas, con un pequeño salto, como si hubieran subido un bordillo.

—La maleta —susurró Lidia.

Al fondo, detrás de cajas, había un paño gris. Inés lo levantó con cuidado. Debajo apareció una plataforma con ruedas de goma, baja, silenciosa. Encima, un hueco circular del tamaño exacto de la base de una lámpara.

Marta soltó un bufido.

—Se la llevaron en esto.

Inés se agachó. En la plataforma había pegado un trocito de cinta negra con restos de polvo azul.

—Cristal azulado —dijo Inés—. “La Estrella del Norte” estuvo aquí.

Un sonido los congeló: la puerta del almacén se cerró. No de golpe, sino con precisión.

La bombilla del techo osciló. La sombra de alguien apareció al otro lado de las estanterías.

—No deberías seguir —dijo una voz tranquila. La voz del promeneur.

Inés no se movió. Encendió su linterna y apuntó hacia el suelo, no hacia la cara. La luz, rebotando en el cemento, iluminó lo justo para ver sin provocar.

Víctor salió de entre las estanterías. En su mano había una llave.

—Eres lista —dijo—. Demasiado.

—La inteligencia no es un insulto —respondió Inés—. Es una herramienta. Como esa llave.

Lidia apretó el brazo de Marta.

—¿Qué quieres? —preguntó Marta, intentando mantener la voz firme.

Víctor suspiró.

—La lámpara. No es una simple lámpara. Dentro del cristal hay un compartimento. Y dentro… algo pequeño. Algo que alguien escondió hace décadas.

Inés sintió un latido de emoción, pero la controló. No era momento de aventuras, sino de lógica.

—Entonces no robaste por capricho —dijo—. Robaste por un objeto escondido. Y apagaste las farolas para sacar la lámpara rodando sin que nadie viera tu silueta… o para que, con el escaparate como espejo, pareciera que no había movimiento detrás.

Víctor apretó los labios. Era casi una confirmación.

—Yo no quería hacer daño —dijo—. Solo recuperar lo que es mío. Mi abuelo trabajó en el puerto. Hablaba de una luz que “guardaba tormenta”. Lo dijo antes de morir. Esa frase me trajo hasta aquí.

Inés miró a Lidia, que abrió los ojos.

—¡Mi abuelo también! —dijo ella—. Pero él decía que era una señal falsa, una trampa para barcos.

Víctor se tensó.

—¡Mentira!

Inés alzó una mano.

—No. Puede ser verdad y a la vez no ser lo que tú crees —dijo—. El pensamiento crítico es eso: aceptar que una pista puede tener varias lecturas. Tú elegiste la que más te convenía.

Un crujido sonó en el techo. La vieja bombilla parpadeó.

—Esto es peligroso —murmuró Marta—. Ese cable…

Inés vio el cable pelado, rozando una viga metálica. La bombilla oscilaba más.

Y entonces entendió el final del plan de Víctor: si todo iba mal, podría provocar un apagón total, confusión, escape.

—¡Atrás! —ordenó Inés.

Pero Lidia, asustada, dio un paso torpe y chocó con una caja. La caja cayó y golpeó la plataforma con ruedas, que se movió. El cable tiró. La bombilla hizo un chispazo.

Durante una fracción de segundo, el almacén se llenó de una luz blanca, dura, como un relámpago.

Inés reaccionó: lanzó su linterna al suelo para que siguiera iluminando y agarró del brazo a Lidia.

—¡Al pasillo! ¡Lejos del cable!

Marta tiró de Lidia hacia un espacio despejado.

Víctor, sorprendido, se quedó mirando el chispazo, como si por fin viera su “tormenta”.

Inés aprovechó el instante.

—Víctor, escucha —dijo con voz firme—. Si hay algo escondido en esa lámpara, no lo sacarás quemando un almacén. Si de verdad respetas la historia de tu abuelo, no la conviertas en desastre.

Él respiró agitado. Sus ojos saltaron del cable a Inés.

—No quería… —balbuceó.

—Lo sé. Pero tus actos dicen otra cosa —respondió ella—. Suelta la llave. Ahora.

Víctor dudó. Afuera se oyó una sirena lejana: Marta había enviado un mensaje al guardia de la biblioteca antes de entrar.

La duda ganó. Víctor dejó caer la llave al suelo.

—Está bien —murmuró—. Está bien.

Capítulo 7: La lámpara, la tormenta y el miedo que se calma

La policía llegó rápido, y con ella don Eusebio, que no paraba de frotarse las manos.

—Mi lámpara… —decía, casi llorando.

Víctor, sentado en una silla, miraba al suelo. Ya no era un promeneur tranquilo; era un hombre cansado de sus propias ideas.

Inés acompañó a todos de vuelta a la tienda de antigüedades. La lámpara apareció dentro de un compartimento del almacén, envuelta con cuidado. No estaba dañada.

En el taller de la trastienda, con guantes y bajo una luz constante (Inés detestaba las sombras cuando se trataba de precisión), buscaron el supuesto compartimento. Don Eusebio, temblando, señaló una línea casi invisible en la base del cristal.

—Nunca lo vi —susurró.

Inés giró la lámpara con delicadeza y encontró una rosca escondida. La abrió. Dentro había un cilindro de latón, del tamaño de un dedo, sellado.

Lidia aguantó el aliento.

—¿Es un tesoro? —preguntó, con una mezcla de miedo y curiosidad.

—Puede ser una pista —dijo Inés—. O una mentira bien guardada.

Abrieron el cilindro. Dentro había un papel doblado y una pequeña placa metálica con números.

El papel era una nota antigua: “Esta luz guarda tormenta. No la sigas, estúdiala.”

Inés sonrió por primera vez con verdadera calma.

—No era una orden para correr —dijo—. Era una advertencia para pensar.

La placa metálica resultó ser un viejo código de identificación de un barco. Nada de joyas, nada de oro. Pero sí historia: un registro de contrabando que, en su época, había servido para acusar a un capitán corrupto. La lámpara era una prueba escondida.

Víctor levantó la vista, derrotado.

—Mi abuelo… quería justicia —murmuró—. Yo solo escuché “recupera” y no escuché “estudia”.

Inés se acercó lo justo para que su voz no sonara como un golpe.

—La perseverancia es útil cuando va de la mano con la lógica —dijo—. Si no, es solo terquedad.

Don Eusebio, todavía pálido, acarició la base de la lámpara.

—Me asusté tanto anoche… —confesó—. Pensé que me habían quitado algo irremplazable.

Inés miró la plaza por la ventana. Las farolas brillaban todas con el mismo tono, reparadas.

—El miedo es como una sombra —dijo—. Si lo observas con una luz clara, se hace más pequeño.

Lidia soltó una risa nerviosa.

—Pues hoy quiero una luz clarísima. Y un chocolate caliente.

Marta asintió.

—Y que nadie toque mis farolas.

Inés guardó su cuaderno. El misterio estaba resuelto, no por fuerza, sino por preguntas: por analizar una palabra, por leer una luz, por notar un parpadeo fuera de lugar. Afuera, la noche parecía menos amenazante. La plaza seguía siendo la misma, pero ahora todos sabían algo más: las cosas importantes no se ven mejor en la oscuridad, sino en la atención.

Don Eusebio exhaló por fin, como si devolviera al aire los tres minutos que le habían robado.

—Gracias, Inés.

Ella se ajustó el abrigo.

—De nada. Y recuerde: si una luz “guarda tormenta”, no corra. Piense. La tormenta más peligrosa es la que uno se inventa sin comprobar.

Sin publicidad 3€ por mes

¿Desea una lectura sin interrupciones? Apoye a Oh My Tales, elimine todos los anuncios y disfrute de otras ventajas incluidas desde 3€ al mes.

Ver los planes y tarifas
Compartir

reportar un problema con este cuento

¿Qué pensaste de este cuento?

Dén su opinión asignando una nota a este cuento según lo que usted y/o su hijo piensan al respecto. ¡Gracias de antemano!

¡Gracias! ¡Su calificación ha sido tomada en cuenta!

El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Antigüedades
Objetos viejos que tienen valor por su historia o su edad.
Alarma
Aparato que avisa con sonido cuando hay un problema o intrusión.
Parpadeó
Se encendió y se apagó muy rápido, como un ojo que guiña.
Halo
Anillo de luz suave que rodea una lámpara o una fuente de luz.
Fluorescente
Tipo de luz que viene de una lámpara que brilla con gas dentro.
Neón
Luz de color que usan los letreros, hecha con gases dentro de un tubo.
Vapor de sodio
Tipo de lámpara que da luz amarilla y se usa en calles antiguas.
LED
Pequeña luz moderna que consume poco y dura mucho tiempo.
Temporizador
Dispositivo que permite encender o apagar algo pasado un tiempo.
Compartimento
Espacio cerrado dentro de un objeto para guardar algo.
Contrabando
Actividad de mover objetos de forma ilegal, escondidos o sin permiso.

¡Crea un cuento mágico y único para su hijo!

Cree una aventura personalizada en solo unos minutos donde su hijo se convierte en el héroe. ¡Con nuestra herramienta exclusiva, es fácil, gratuito y divertido!

Crear un cuento

Descargue este cuento:

Descargar este cuento en PDF Descargar el e-book (.epub)

¡Recibe nuevos cuentos cada domingo por la noche!

Reciba 7 cuentos emocionantes y cautivadores, adaptados a la edad y gustos de su hijo, cada domingo a las 17h*. ¡Es gratis y garantizado sin spam!
*Correo enviado a las 17h, hora de Europa Central (CET).
No nos gusta tampoco el spam. Así que solo le enviaremos cuentos. Podrá darse de baja cuando lo desee.