Capítulo 1: La vitrina vacía
El sábado por la mañana, Vega entró al centro cívico con su mochila ligera y su libreta de tapas azules. Tenía doce años, una letra pequeña y ordenada, y una imaginación que, curiosamente, siempre iba en filas como los patinadores: primero una pista, luego una pista, luego una conclusión.
En el vestíbulo, la profesora de danza, Mara, discutía en voz baja con el conserje.
—No puede ser… lo dejé aquí ayer —decía Mara, con la mano apretada en el bolso.
—¿Qué pasó? —preguntó Vega, acercándose con cuidado, como si no quisiera asustar al misterio.
Mara señaló una vitrina de cristal. Dentro había cintas, trofeos pequeños y una tarjeta con letras doradas. Pero en el centro, sobre un cojín rojo, quedaba un hueco con forma de media luna.
—Mi collar —susurró—. Un collar antiguo, de mi abuela. Lo traje para el espectáculo de invierno. Iba a ponérmelo esta noche.
El conserje, Tomás, se rascó la nuca.
—La vitrina estaba cerrada… o eso creía.
Vega miró el cristal: no estaba roto. La cerradura tampoco parecía forzada.
—¿Quién tenía llave? —preguntó ella.
—Yo… y el director. Y Mara, claro —respondió Tomás—. Pero Mara me la devolvió ayer.
Mara alzó las manos.
—Sí. A las seis. Teníamos ensayo en la patinoire… en la pista de hielo de aquí detrás.
Vega anotó: “Collar desaparecido. Vitrina intacta. Llaves: Tomás, director, Mara. Última vez: ayer 18:00”.
Luego alzó la vista.
—Si no hay cristal roto, el collar salió por la puerta… o por un descuido. Vamos a reconstruir el recorrido. Paso a paso. Como una coreografía, pero de pistas.
Tomás soltó una risa nerviosa.
—Eres como una mini detective.
—No mini. Eficiente —respondió Vega, y Mara, pese al susto, dejó escapar una sonrisa pequeñita.
Antes de moverse, Vega miró alrededor del vestíbulo. Había un grupo de niños del club de hockey con mochilas enormes. Una señora con patines colgando del hombro. Y, junto a la vitrina, un rastro casi invisible: un poco de purpurina plateada en el suelo, como una estrella que se hubiera caído.
Vega la señaló.
—¿Eso estaba antes?
Tomás parpadeó.
—No lo sé.
Mara se mordió el labio.
—En mi bolso tengo purpurina, del vestuario…
Vega anotó otra cosa: “Purpurina cerca de la vitrina (¿de Mara?)”.
Y señaló el pasillo hacia la patinoire.
—Empecemos por el hielo.
Capítulo 2: Huellas que no son huellas
El olor a frío y a metal les envolvió al entrar a la patinoire. Las luces del techo se reflejaban en la pista como si el hielo fuera un espejo imperfecto. Unos patinadores daban vueltas, y un entrenador silbaba con paciencia de reloj.
Vega se sentó en un banco, se ató los patines que había traído “por si acaso” y se levantó con una estabilidad sorprendente. No patinaba como una profesional, pero pensaba en líneas rectas. Y eso, en una pista, ayudaba.
—Ayer ensayamos aquí —dijo Mara—. Yo llevaba el collar en una bolsita. Lo saqué un momento para ver cómo brillaba con el foco. Luego lo guardé.
Vega levantó un dedo.
—Vamos con preguntas concretas. ¿Dónde estabas cuando lo sacaste?
Mara señaló la barandilla, cerca de la puerta.
—Ahí. Me apoyé, como ahora.
Vega patinó hasta ese punto. Sobre la barandilla había marcas de manos, y en el suelo, fuera del hielo, una alfombra de goma con dibujos de copos. Vega agachó la cabeza. Entre los copos, algo relucía: una lentejuela azul.
—¿Del vestuario? —preguntó Vega.
Mara negó.
—Mis lentejuelas son plateadas, no azules.
Tomás carraspeó.
—Los de hockey tienen cosas azules… ¿no?
Vega miró hacia los niños del club. Uno de ellos, alto y con gorro, hablaba con sus amigos. Un cordón azul sobresalía de su chaqueta. Pero Vega no apuntó directamente a nadie. Primero, datos.
—¿Quién más estaba aquí ayer a las seis? —preguntó.
Mara pensó.
—Los del hockey salían de entrenar. Y estaba Leo, el encargado de luces, probando los focos. También vi a una niña pequeña… creo que esperaba a su hermano.
Vega escribió nombres: “Hockey. Leo (luces). Niña pequeña”.
Patinó despacio cerca de la barandilla. En el hielo no se guardan huellas como en la arena, pero sí se guardan señales: rayas, pequeñas grietas, objetos olvidados. Vega giró la cabeza y vio, junto a una papelera, un ticket arrugado de la cafetería. Lo levantó con cuidado.
En el ticket, a lápiz, alguien había escrito: “para el director —llave”.
Vega frunció el ceño.
—¿Alguien dejó esto aquí?
Tomás se inclinó.
—Eso parece… una nota de recordatorio. El director a veces… bueno, pierde cosas.
Mara suspiró.
—¿Podría haber dejado la llave por ahí?
Vega no respondió. En vez de eso, miró el borde del ticket: tenía una mancha oscura, como chocolate o café. La cafetería estaba al otro lado del vestíbulo.
—Si alguien tocó una llave con manos manchadas, quizá dejó rastro —murmuró Vega.
Tomás levantó las cejas.
—¿Rastro de chocolate?
—No te rías. El chocolate es muy sincero. Siempre delata —dijo Vega.
Patinó hasta la salida y se detuvo. Justo en el marco de la puerta, pegada al metal, había otra chispa de purpurina… plateada esta vez. Y un hilo fino, casi transparente, como de bolsa de regalo.
Vega respiró hondo.
—Mara, tu bolsita… ¿era de esas con cuerda?
—Sí. De organza.
Vega sostuvo el hilo.
—Se enganchó aquí. Alguien pasó con la bolsita y se le quedó un pedacito. O tú… o alguien que la llevaba.
Mara se abrazó a sí misma.
—Yo estoy segura de haberla guardado…
—Seguro no significa imposible —dijo Vega, suave—. No te culpes. Vamos a seguir la ruta. ¿A dónde fuiste después del ensayo?
Mara miró hacia el pasillo que llevaba a los vestuarios.
—Al camerino para dejar el bolso.
Vega asintió.
—Entonces, siguiente parada: los vestuarios. Y, por favor, sin acusar a nadie. El respeto es una linterna: ayuda a ver sin quemar.
Capítulo 3: El vestuario y la risa que se esconde
El vestuario olía a laca, colonia y un poco a calcetín valiente. Había taquillas, bancos y un espejo enorme con bombillas alrededor, como en las películas.
Mara abrió su taquilla. Dentro estaba su chaqueta, una botella de agua y una caja de maquillaje.
—Aquí dejé el bolso —dijo—. Cerré la taquilla con llave.
Vega revisó la cerradura: no estaba rayada. Tampoco parecía forzada. En el banco, había una cinta roja caída. Vega la recogió y vio que tenía pegada una pequeña gota seca de… ¿chocolate?
—Tomás —llamó—. ¿La cafetería usa cacao en polvo? ¿O salsa?
Tomás rió con un sonido corto.
—Aquí todo es cacao. Hasta el café sabe a chocolate.
Vega señaló la cinta.
—Esto no debería estar aquí si nadie comió cerca.
Mara se llevó la mano a la frente.
—Ayer… sí. La niña pequeña estaba aquí un momento. Se llamaba Nerea. La vi con un vaso de chocolate caliente, de esos con nata. Dijo que tenía frío.
Vega miró alrededor.
—¿Nerea tocó tu bolso?
—No que yo viera —respondió Mara—. Solo miraba los vestidos y hacía preguntas.
Tomás cruzó los brazos.
—Una niña no va a robar un collar…
Vega levantó la libreta.
—No estamos diciendo eso. Estamos diciendo que estuvo aquí con chocolate. Y el chocolate aparece en un ticket y en una cinta. Es una pista, no una sentencia.
En ese momento, se oyó una carcajada desde el pasillo. Una risa rápida, como cuando alguien intenta no reírse pero se le escapa. Vega salió y vio a Leo, el encargado de luces, con un cable al hombro. Tenía la cara manchada de algo oscuro cerca de la comisura.
—¿Chocolate? —pensó Vega, sin decirlo.
Leo se detuvo al verlos.
—¿Todo bien? —preguntó, y su voz sonó demasiado alegre, como una campana desafinada.
Mara dio un paso.
—Leo… ha desaparecido mi collar.
La sonrisa de Leo se apagó.
—¿Tu collar? Vaya… lo siento.
Vega observó sus manos. Tenían restos de cinta adhesiva negra, típica de escenario.
—Leo —preguntó Vega—, ¿ayer tocaste la vitrina del vestíbulo?
Leo parpadeó rápido.
—No… creo que no.
—¿Y el director? —insistió Vega—. ¿Lo viste con una llave?
Leo se rascó la mejilla.
—El director me pidió… eh… que le llevara unas cosas al despacho. Y sí, me dio una llave… pero era para el armario de cables.
Vega anotó: “Leo tuvo llave (armario cables). Nervioso”.
Mara apretó los labios.
—¿Estás seguro de que no fue la llave de la vitrina?
Leo se encogió.
—No… no sé cómo es la llave de la vitrina.
Vega dio un pequeño golpecito con el lápiz en su libreta.
—Entonces podemos comprobarlo. Tomás, ¿la llave de la vitrina tiene alguna marca?
Tomás asintió.
—Una etiqueta verde, para no confundirla.
Leo tragó saliva.
—La que me dio el director tenía… una etiqueta azul.
Vega levantó la mirada, rápida como un giro sobre hielo.
—¿Azul? Interesante. Antes encontramos una lentejuela azul y un cordón azul en el pasillo. Pero aún no sabemos si eso conecta o es casualidad.
Mara suspiró.
—Esto me está mareando.
Vega habló con voz clara.
—Vamos a hacer un mapa. Tres lugares: vitrina, patinoire, vestuario. Tres pistas: purpurina, chocolate, etiqueta de llave. Ahora necesitamos una cosa: horario.
Vega se giró hacia Leo.
—¿A qué hora estuviste ayer en la patinoire?
Leo levantó el cable como si fuera un escudo.
—De cinco y media a siete.
—¿Viste a alguien cerca de la vitrina antes o después? —preguntó Vega.
Leo dudó.
—Vi al director… en el vestíbulo. Y a Nerea corriendo, con su chocolate.
Tomás frunció el ceño.
—¿Nerea otra vez?
Vega hizo un gesto de calma.
—No la tratemos como culpable. Puede ser testigo. Vamos a hablar con ella. Pero con cuidado, sin asustarla.
Mara asintió, agradecida.
—Sí. Respeto.
Vega guardó la cinta con chocolate en una bolsita limpia.
—Siguiente capítulo del caso: la cafetería. Si el chocolate habla, allí es donde tiene más voz.
Capítulo 4: La cafetería de los secretos pegajosos
La cafetería olía a churros y a canela. Detrás del mostrador, la señora Pilar limpiaba una máquina con la energía de quien podría derrotar a un dragón con un trapo.
Vega se apoyó en la barra.
—Señora Pilar, buscamos información. No problemas.
Pilar levantó la vista.
—Eso suena a detectives de los que dejan el suelo lleno de huellas.
—Prometo huellas limpias —dijo Vega, y Tomás soltó una risita.
Mara explicó lo del collar. Pilar chasqueó la lengua.
—Qué disgusto. A ver… ayer, sobre las seis, vino una niña, Nerea, sí. Se le cayó el vaso de chocolate un poquito y manchó el suelo. Yo le di servilletas.
Vega miró el suelo: había una zona más clara, recién fregada.
—¿Con quién iba Nerea? —preguntó.
—Con su hermano, Iker. Del hockey. Él estaba con prisa, “que llego tarde”, decía. Y también vi al director llevando papeles… parecía buscar algo en los bolsillos.
Tomás murmuró:
—Eso suena a él.
Vega preguntó:
—¿El director pidió chocolate?
Pilar negó.
—No, solo café. Pero el café aquí… bueno, ya sabes. Sabe a chocolate.
Vega sacó el ticket arrugado.
—¿Reconoce este ticket?
Pilar lo miró.
—Sí. Es de ayer. Alguien pagó un chocolate y un bocadillo. Pero eso lo compra medio mundo.
Vega señaló la mancha.
—¿Esto podría ser de chocolate derramado?
—O de café —dijo Pilar—. O de… una mano sucia. Aquí todos vienen con guantes, patines, prisas.
Vega respiró y reorganizó su mapa mental:
1) Nerea derrama chocolate.
2) Hay chocolate en un ticket cerca de la pista.
3) Hay chocolate en una cinta en el vestuario.
4) El director busca algo en los bolsillos.
5) Leo tuvo una llave con etiqueta azul.
Vega miró a Pilar.
—¿Tiene cinta adhesiva negra? —preguntó.
Pilar arqueó una ceja.
—Tengo celo, ¿por?
—Para una prueba —dijo Vega.
Pilar le pasó un rollo pequeño. Vega cortó un pedazo y lo pegó suavemente en su propio guante, luego lo despegó.
—Si alguien llevaba purpurina y pasó por la barandilla, un poco puede quedarse pegado en cosas… y viajar.
Tomás se rascó la barbilla.
—¿Como un polizón brillante?
—Exacto —dijo Vega—. Y los polizones brillantes dejan rutas.
Mara miró la cinta plateada del vestuario en su mente, preocupada.
—Pero yo sí llevaba purpurina…
—Y eso puede significar que la purpurina no sirve para acusar. Solo para seguir caminos —respondió Vega—. Las pruebas no son dedos señalando. Son flechas.
En ese instante, Iker, el chico de hockey, entró corriendo. Era el del gorro. Tenía la nariz roja del frío y una mochila enorme.
—Pilar, ¿me das otra botella de agua? —pidió.
Vega lo saludó con la mano.
—Hola, Iker. ¿Puedes ayudarnos un minuto?
Iker la miró, alerta.
—¿Qué pasa?
Mara respiró hondo.
—Ha desaparecido mi collar. Y tú estabas ayer con Nerea.
Iker se puso serio.
—Nerea no ha robado nada. Es pequeña.
Vega alzó las palmas.
—No estamos acusando. Solo preguntando. ¿Viste algo raro?
Iker dudó.
—Vi… al director agachado junto a la vitrina. Como si se le hubiera caído algo. Y vi a Leo cerca, con un manojo de llaves. Yo iba tarde y… me fui.
—¿Manojo de llaves? —repitió Vega.
Iker asintió.
—Sí. Y una etiqueta verde colgando. Me acuerdo porque parecía un banderín.
Tomás abrió los ojos.
—La llave de la vitrina…
Mara se llevó la mano a la boca.
Vega anotó: “Iker vio llave con etiqueta verde en mano de Leo (ayer). Director agachado junto a vitrina.”
Leo había dicho que la llave tenía etiqueta azul. Algo no encajaba. Y cuando algo no encaja, suele ser porque falta una pieza… o porque alguien la cambió de sitio.
Vega miró a Iker.
—¿Dónde estaba Nerea cuando viste eso?
—En la puerta de la patinoire, jugando con los cordones de mi chaqueta —dijo Iker—. Siempre me los desata. Es una artista del desastre.
Vega pensó en el cordón azul que había visto. Y en el hilo de organza enganchado.
—Gracias, Iker. Has sido muy útil —dijo Vega—. Y gracias por defender a tu hermana con respeto. Eso también es importante.
Iker se sonrojó un poco y agarró su botella.
—Solo… no la asusten.
—Prometido —dijo Vega.
Cuando Iker salió, Vega miró a Mara y a Tomás.
—Tenemos dos opciones: o Leo confundió etiquetas… o alguien cambió llaves. Y si alguien cambió llaves, necesitaba que nadie lo notara.
Tomás tragó saliva.
—¿Vamos al despacho del director?
Vega cerró su libreta.
—Vamos. Pero sin entrar como si fuéramos policías de película. Vamos como personas que quieren recuperar un recuerdo. Con calma.
Capítulo 5: El despacho, la llave y el truco más viejo
El despacho del director estaba lleno de papeles, tazas y calendarios. En la pared colgaba una foto antigua del edificio cuando aún no tenía pista de hielo. El director, señor Beltrán, levantó la vista al verlos.
—¿Qué ocurre?
Mara habló con voz firme, pero no agresiva.
—Señor Beltrán, ha desaparecido mi collar. Vega está ayudando a investigarlo.
El director miró a Vega como si no supiera si era niña o adulta en miniatura.
—¿Investigarlo? Vaya… espero que con discreción.
—Con respeto —dijo Vega—. Siempre.
Vega observó la mesa. Había un cuenco con caramelos, un montón de llaves y, encima de un papel, una etiqueta verde suelta, como arrancada.
Vega señaló el cuenco.
—¿Puedo? —preguntó, cogiendo un caramelo y guardándolo sin abrir en su bolsillo. No por gula, sino por una idea. Las manos se mueven mejor cuando tienen algo que hacer.
—Adelante… —dijo el director, desconfiado.
Vega fue directa.
—Ayer, ¿perdió alguna llave?
El director suspiró, derrotado por su propia fama.
—Sí. Creí que había perdido la llave de la vitrina. La busqué por todos lados. Luego… apareció.
—¿Cómo apareció? —preguntó Vega.
—Estaba en mi bolsillo interior —admitió—. O eso creo. Fue un día con prisas.
Tomás carraspeó.
—Encontramos un ticket con una nota: “para el director —llave”.
El director se puso rojo.
—Ah… eso lo escribí yo mismo para no olvidarlo. Y luego lo perdí. Fantástico.
Mara apretó los puños, pero Vega la miró, como diciendo “tranquila”.
Vega tomó aire.
—Señor Beltrán, ¿puedo ver la llave de la vitrina?
El director abrió un cajón y sacó una llave con etiqueta verde.
—Aquí está.
Vega no la tocó. Solo la miró. La etiqueta verde tenía un borde rasgado, como si hubiera sido arrancada y vuelta a pegar. Y olía, muy levemente, a cinta adhesiva.
—Señor Beltrán —dijo Vega—, ¿tiene otra llave con etiqueta azul?
El director rebuscó.
—No que yo sepa. ¿Por qué?
Vega miró a Tomás.
—Tomás, ¿los armarios de cables tienen etiqueta azul?
Tomás asintió.
—Sí, para mantenimiento técnico.
Vega juntó las piezas: Leo dijo etiqueta azul. Iker vio etiqueta verde en el manojo de Leo. El director perdió la llave. Hay una etiqueta verde rasgada. Conclusión provisional: alguien pegó una etiqueta verde en otra llave o cambió etiquetas para confundir.
Vega habló despacio, para que el lector también pudiera seguir:
—Si Leo tuvo un manojo con etiqueta verde, pudo ser la llave real de la vitrina. Pero si Leo cree que era azul, quizá alguien cambió la etiqueta o le dio otra llave. ¿Quién puede hacer eso? Alguien que tenga acceso al llavero… o a una etiqueta.
Mara miró el cuenco de llaves como si fueran serpientes.
—¿Está diciendo que alguien…?
Vega levantó una mano.
—No digo “alguien malo”. Digo “alguien distraído” o “alguien que quiso ayudar y empeoró todo” o “alguien que escondió algo para que no lo regañaran”. En los centros cívicos pasan esas cosas. Y por eso es importante hablar, no acusar.
En ese momento, llamaron a la puerta. Era Leo. Tenía la cara tensa y una mano en el bolsillo.
—Me dijeron que me buscaban —dijo.
El director lo miró.
—Leo, ¿tú tuviste la llave de la vitrina?
Leo abrió la boca y la cerró. Luego soltó el aire.
—Yo… tuve un manojo. Sí. Pero no abrí la vitrina. Lo juro.
Vega dio un paso.
—Leo, no estamos aquí para humillarte. Pero necesitamos la verdad completa. ¿Qué pasó con las llaves?
Leo bajó la mirada.
—Ayer el director estaba nervioso porque no encontraba su llave. Me pidió que buscara en la patinoire. Yo encontré un manojo en un banco. Tenía varias llaves. Una con etiqueta verde… y otra con etiqueta azul. Pensé que eran de mantenimiento. Me las llevé al cuarto de luces para que no se perdieran. Y… —se frotó las manos— me manché con cinta y con chocolate porque… me tomé un chocolate y se me cayó un poco.
Tomás murmuró:
—El chocolate delator…
Leo se encogió.
—Luego Nerea entró al cuarto de luces. No debía, lo sé. Solo curioseaba. Le dije que saliera. Ella estaba jugando con… una bolsita transparente, como de regalo.
Mara dio un respingo.
—¡Mi bolsita!
Vega sintió una emoción fría y brillante, como una pista recién pulida.
—Leo, ¿dónde está esa bolsita?
Leo tragó saliva.
—Creí que era basura. La guardé en una caja de “objetos perdidos” que tenemos cerca de la patinoire. Iba a llevarla a recepción, pero… se me olvidó.
Mara cerró los ojos un segundo, como rezando.
—Entonces el collar…
Vega no celebró aún. Una cosa es la bolsita; otra, el collar.
—Vamos a esa caja —dijo—. Y, Leo, gracias por decirlo. Eso requiere valor.
Leo asintió, aliviado y avergonzado a la vez.
—No quería que pensaran que yo robé…
—Decir la verdad a tiempo es una forma de respeto —dijo Vega—. Hacia los demás y hacia ti.
Capítulo 6: La caja de objetos perdidos y el brillo final
La caja de objetos perdidos estaba en un rincón junto a la entrada de la patinoire, detrás de un cartel que decía “Ponte casco”. Era una caja grande, llena de guantes solitarios, bufandas que habían perdido a su dueño y una gorra con orejas de oso.
Vega se arrodilló y empezó a revisar con método: primero la capa de arriba, luego a un lado, luego al otro. Como si ordenara el caos en estanterías invisibles.
—Busco una bolsita de organza —dijo—. Transparente, con cuerda.
Mara estaba pálida. Tomás sostenía la caja para que no se volcara. Leo se mordía las uñas.
Entre una bufanda verde y un protector de rodillas, Vega encontró el hilo transparente que ya había visto… y, debajo, la bolsita. Estaba aplastada, pero intacta.
—Aquí —dijo Vega, y se la mostró a Mara.
Mara la tomó con cuidado, como si fuera un pájaro herido. Metió los dedos… y su cara cambió: de miedo a esperanza, de esperanza a alivio.
Del interior salió un collar delicado, con una piedra pequeña que parecía atrapar la luz. No era exagerado ni ostentoso. Era bonito por lo que significaba.
Mara soltó un sonido entre risa y llanto.
—¡Está!
Tomás se llevó una mano al pecho.
—Madre mía…
Leo exhaló fuerte, como si hubiera estado conteniendo el aire desde ayer.
—Yo no lo vi ahí. Lo juro.
Vega levantó la vista.
—No tienes por qué jurarlo. Ya entendimos el camino: Mara lo sacó en la barandilla. La bolsita se enganchó en la puerta. Nerea la vio, la recogió por curiosidad y la llevó al cuarto de luces. Tú la quitaste de su mano y la guardaste sin mirar bien. Y terminó en la caja.
Mara abrazó el collar contra su pecho.
—Nerea… solo quería ayudar o jugar.
Vega asintió.
—Curiosidad. A veces la curiosidad se disfraza de problema.
En ese momento, Nerea apareció asomando la cabeza por la puerta. Tenía el pelo revuelto y la nariz manchada de chocolate seco.
—¿Mara? —preguntó con voz pequeña—. Yo… encontré una bolsita brillante ayer. Pensé que era un tesoro. Se la di a Leo… y luego me dio vergüenza contarlo.
Mara se agachó para quedar a su altura.
—Gracias por decirlo ahora. Pero la próxima vez, si encuentras algo, lo llevas a recepción o preguntas. ¿De acuerdo?
Nerea asintió, mirándose las zapatillas.
—Lo siento.
Vega intervino, suave:
—Pedir perdón es valiente. Y aprender también.
Iker apareció detrás de su hermana, con cara de “te lo dije”.
—¿Está el collar? —preguntó.
Mara sonrió.
—Sí. Y gracias por cuidar de Nerea.
Iker se encogió, pero se le notaba el alivio.
—Ella es un torbellino.
Nerea levantó la barbilla.
—¡Soy un torbellino respetuoso!
Tomás soltó una carcajada.
—Eso sí que es nuevo.
Vega cerró su libreta con un clic.
—Caso resuelto. Collar recuperado. Y lección: las cosas importantes viajan rápido cuando hay prisas… pero vuelven cuando hay cooperación.
Mara se puso el collar y la piedra brilló como un copo bajo un foco.
—Vega, no sé cómo agradecerte.
Vega se encogió de hombros, intentando parecer casual, aunque por dentro le gustaba que el mundo encajara.
—Solo hice preguntas en el orden correcto. Como patinar: si miras al frente, no te caes tanto.
Leo se acercó a Nerea.
—Oye… siento haberte hablado brusco ayer. Me asusté.
Nerea lo miró y luego sonrió.
—Si me das un chocolate, te perdono.
Leo miró a Pilar, que estaba cerca, y levantó las manos.
—Con servilletas. Muchas servilletas.
Todos rieron. El hielo seguía frío, pero el ambiente ya no.
Vega miró la pista. Un patinador se tambaleó y recuperó el equilibrio justo a tiempo. Vega pensó que eso también era una forma de investigar: perder el equilibrio, buscar la verdad y volver a ponerse en pie sin empujar a nadie.
Y mientras Mara se alejaba hacia el ensayo, con el collar al cuello y el corazón más ligero, Vega guardó su lápiz. Ya estaba lista para el próximo misterio cotidiano que decidiera esconderse, quizás, detrás de una simple chispa de purpurina.