Capítulo 1: El cartel que desapareció
A Inés le gustaban dos cosas casi por igual: los bocadillos de tortilla y las preguntas que no tenían respuesta rápida. Tenía 12 años, mirada despierta y una libreta azul donde apuntaba “pistas” como si fueran tesoros.
Aquella mañana, al entrar al colegio, vio a media clase pegada al tablón del pasillo. Allí debía estar el gran cartel del “Festival de Invierno”, el que habían pintado entre todos para anunciar la función en la sala de fiestas del barrio. Pero el tablón estaba desnudo, como si alguien lo hubiera borrado con una goma gigante.
—¡No puede ser! —gimió Lidia—. ¡Si ayer lo dejamos perfecto!
—Con purpurina y todo… —añadió Bruno, con la cara seria como un juez.
La profe Marta levantó las manos.
—Calma. Quizá lo han guardado en conserjería para que no se estropee.
Pero Inés notó algo raro: en la esquina del tablón quedaba un puntito plateado, minúsculo, atrapado en una astilla de madera. Purpurina. Y, en el suelo, una cinta de carrocero con pintura azul.
Inés sacó su libreta.
—No se lo han llevado “para guardarlo”. Lo han arrancado con prisa.
—¿Y tú cómo lo sabes, detective? —se burló Bruno, aunque sonrió.
Inés no se ofendió. Le gustaba cuando la llamaban así.
—Porque han dejado migas. Purpurina. Cinta. Y… —se agachó— huellas de zapatillas con barro.
En el recreo, mientras el timbre aún vibraba en el aire, Inés apuntó su primer dato:
“Recreo 11:15–11:45. Tablero sin cartel. Rastro: purpurina, cinta, barro.”
Luego miró a su alrededor. El patio olía a mandarina y a balón recién pateado. Si el cartel no estaba, alguien lo había movido durante la mañana. ¿Quién? ¿Y por qué?
—Necesito un equipo —dijo.
—Yo —se ofreció Lidia, rápida, como si estuviera levantando la mano en un concurso.
—Yo también —dijo Bruno—. Pero aviso: no corro detrás de sombras misteriosas. Me canso.
—Entonces correremos detrás de pistas —respondió Inés.
Los tres se chocaron las manos, muy serios, como si acabaran de firmar un contrato secreto.
Capítulo 2: El mapa del recreo
En el recreo, Inés investigaba sin que pareciera que investigaba. Eso era lo más divertido: ser discreta mientras todo el mundo gritaba “¡pásala!” y “¡no vale!” y “¡profeeee!”.
Se sentaron en un banco cerca de la canasta. Inés abrió su libreta y dibujó un mapa rápido del patio: el árbol grande, la fuente, la puerta hacia el pasillo, el cobertizo de material deportivo.
—Primera regla —susurró—: mirar sin acusar.
—Segunda regla —dijo Bruno, en tono solemne—: si encontramos el cartel, me quedo con la parte donde salgo yo dibujado.
Lidia le dio un codazo.
—En el cartel no sales. Sales en tus sueños.
Inés sonrió y siguió.
—Vale. Lista de sospechosos… o mejor: lista de personas que pudieron pasar por el tablón.
Miraron hacia el pasillo. La puerta estaba abierta. Por allí entraban y salían algunos mayores para ir al baño. También pasaba el conserje, Don Julián, con su llavero que sonaba como una campana pequeña.
—¿Y si lo cogió Don Julián? —preguntó Lidia.
—Puede —admitió Inés—. Pero el barro no parece de la entrada. Aquí no llueve desde hace tres días. El barro tiene que venir de algún sitio húmedo.
Bruno señaló con el mentón.
—Detrás del cobertizo siempre hay un charco. Porque la manguera gotea.
Inés apuntó: “Charco detrás del cobertizo. Barro posible.”
Entonces vieron a Sara, de sexto, cruzando el patio con una bolsa negra enorme. Se le escapaba un brillo plateado por el borde.
—¿Eso…? —Lidia abrió los ojos.
Sara se metió por la puerta lateral que llevaba al edificio antiguo, donde guardaban decorados y sillas para eventos.
—No corramos —dijo Inés, aunque su corazón ya iba corriendo solo—. Sigámosla con calma.
Caminaron como quien no quiere la cosa. Bruno intentó silbar, pero le salió un pitido triste. Lidia le tapó la boca.
Al llegar al edificio antiguo, el pasillo olía a madera vieja y a cola blanca. Desde una puerta entreabierta se oía un arrastre de cartón.
Inés asomó un ojo.
Dentro, Sara estaba sacando cosas de la bolsa: papeles de colores, una tira de purpurina… y, apoyado contra la pared, el cartel del Festival de Invierno, entero, aunque un poco doblado.
Inés respiró aliviada. Luego frunció el ceño. ¿Por qué lo tenía Sara?
Sara tarareaba como si estuviera feliz. No parecía una ladrona de carteles. Parecía alguien con un plan.
—Hablemos —susurró Inés—. Sin atacar.
Entraron.
—Hola, Sara —dijo Inés, clara—. ¿Ese cartel es el nuestro?
Sara se giró, sorprendida, y se le cayó un rollo de cinta.
—¡Ay! Yo… Sí. Pero no es lo que pensáis.
Bruno cruzó los brazos.
—Eso es exactamente lo que dice alguien que está haciendo lo que pensamos.
Sara se puso colorada.
—Lo iba a arreglar. Ayer se rompió una esquina, y la profe Marta dijo que hoy habría que reforzarlo. Yo tengo cartón en casa y… pensé que si lo dejaba en el tablón se mojaría con el viento de la puerta.
Inés miró la esquina. Había una grieta pequeña, como una sonrisa torcida.
—¿Lo arrancaste tú?
—Sí —admitió Sara—. Pero lo hice con cuidado. Y lo iba a devolver antes de la salida.
Inés miró el suelo. Allí, efectivamente, había un trocito de cartón nuevo. Y, sin embargo, algo no encajaba.
—Entonces… ¿de dónde salió el barro? —preguntó Inés, suave, como quien coloca una pieza de puzzle.
Sara parpadeó.
—¿Barro?
Lidia se agachó.
—En el tablón había huellas.
Sara negó con la cabeza.
—Yo venía por el pasillo. No pasé por el charco.
Bruno levantó una ceja.
—Entonces alguien más estuvo allí.
Inés cerró la libreta. El misterio no era “¿quién se lo llevó?” porque ya tenían una parte. El misterio era: ¿quién lo arrancó primero… o quién lo tocó después?
Y, sobre todo, ¿por qué alguien dejaría barro si el cartel estaba a salvo?
Capítulo 3: La sala de fiestas y el eco raro
Esa tarde, el grupo tenía ensayo en la sala de fiestas del barrio, un lugar que olía a cortinas guardadas y a suelo recién fregado. Había un escenario pequeño, guirnaldas a medio colgar y un eco que devolvía las risas con un segundo de retraso.
La profe Marta llegó con una carpeta.
—Traeré el cartel mañana. Sara me ha dicho que lo reforzará. Gracias, Sara.
Sara sonrió, aliviada. Inés también se alegró, pero su libreta seguía abierta por dentro, como una puerta.
Mientras montaban las sillas, Inés observó. En la sala de fiestas siempre había gente entrando y saliendo: padres, la señora de la limpieza, el encargado del local… y niños que corrían en círculos como si el suelo fuera una pista de carreras.
Bruno estaba probando el micrófono.
—Probando, probando… Inés, di algo misterioso.
Inés se acercó al escenario y dijo:
—“El ladrón de barro camina entre nosotros.”
El eco repitió: “...entre nosotros… nosotros…”
Lidia se rió.
—Da miedo y risa a la vez.
Inés bajó del escenario y se fijó en la puerta lateral, la que daba al cuarto de materiales. Estaba entreabierta. Una corriente fría salía de allí como un suspiro.
—¿Siempre está abierta? —preguntó Inés al encargado, un hombre con bigote llamado Rafa, que colocaba cables.
—Casi nunca —dijo Rafa—. La dejo cerrada. Si está abierta, alguien ha entrado a coger cosas.
Inés se acercó al umbral. En el suelo había… barro seco, en puntitos. Y una marca de rueda pequeña, como de carrito.
Lidia se inclinó.
—Esto es barro de verdad.
Bruno olfateó.
—Huele a… campo. A tierra mojada.
Inés sintió esa emoción que era mitad cosquillas, mitad foco encendido.
—El barro no viene del colegio. Viene de aquí.
—¿Y qué tiene que ver la sala de fiestas con el cartel? —preguntó Lidia.
Inés señaló el cuarto de materiales.
—Tal vez alguien trajo algo sucio desde aquí al colegio. O alguien fue del colegio aquí… y luego al tablón.
Bruno se rascó la cabeza.
—Eso suena como una receta rara.
Inés miró la hora en el reloj de pared. Era grande y hacía “tic-tac” como si contara secretos.
—Mañana, en el recreo, debemos mirar quién va y viene del edificio antiguo. Y hoy… —bajó la voz— quiero ver qué hay en ese cuarto.
No entraron como ladrones, sino como niños con permiso. Inés pidió a Rafa:
—¿Podemos buscar cinta y tijeras? Nos faltan para las guirnaldas.
Rafa asintió.
—Mientras no desmontéis el mundo.
Dentro del cuarto, había cajas con rótulos: “SILLAS”, “CABLES”, “DECORADOS”, “NAVIDAD”. También había un carrito con ruedas pequeñas, justo como la marca del suelo. Y, encima, una lona con manchas de barro.
Lidia levantó la lona con dos dedos.
—¿Quién mancha una lona aquí dentro?
Bruno encontró un papel arrugado en una esquina. Era un folio con letras grandes: “PLAN B” y debajo, una lista:
1. “Llevar cartel”
2. “Guardar en el local”
3. “Poner nuevo en el tablón”
Inés lo leyó sin respirar.
—Esto… no es de Sara. Sara quería reforzarlo, no hacer un “Plan B”.
—¿Quién escribe “Plan B”? —preguntó Lidia.
Bruno se encogió de hombros.
—Alguien que planea. O alguien que se cree espía.
Inés guardó el folio en su libreta. El eco del salón parecía más atento.
—Mañana —dijo—, vamos a seguir el barro.
Capítulo 4: Tres pistas y una broma pesada
Al día siguiente, Inés llegó antes. Miró el tablón: seguía sin cartel. La profe Marta aún no lo había recibido de Sara. Todo estaba “en pausa”, como cuando un vídeo se queda cargando.
En cuanto sonó el timbre del recreo, Inés anotó:
“Recreo 11:15–11:45. Vigilar pasillo del edificio antiguo. Seguir barro.”
Se colocaron cerca de la puerta del pasillo, como si estuvieran simplemente descansando. Bruno tenía un balón para disimular. Lidia fingía leer un cómic al revés.
A los diez minutos, vieron a alguien salir del edificio antiguo: era Nico, un chico de quinto que siempre llevaba una gorra al revés y una sonrisa de “yo no he sido”.
Iba empujando un carrito pequeño con algo cubierto por una bolsa. En sus zapatillas había barro seco.
Inés no se lanzó como policía de película. Se acercó como amiga.
—Hola, Nico. ¿Qué llevas ahí?
Nico se paró, sorprendido.
—Nada importante.
Bruno miró el carrito.
—Parece importante. Tiene forma de… secreto con ruedas.
Nico apretó los labios.
—Es para el Festival. Para la sala de fiestas. Un… efecto especial.
Lidia bajó el cómic.
—¿Efecto especial de barro?
Nico se rió, nervioso.
—Vale. Es harina con cacao. Para hacer “nieve sucia”. Queda genial en el escenario. Pero ayer se me cayó un poco y… bueno.
Inés se agachó y tocó una mancha en la rueda. Era marrón, sí, pero no olía a tierra. Olía dulce. Cacao.
—Esto no es barro —dijo Inés, y levantó un dedo manchado—. Es cacao.
Bruno se relamió sin querer.
—Confirmo. Es cacao. Rico, además.
Nico se puso rojo.
—¡No te lo comas! Es del suelo…
Inés se limpió el dedo con un pañuelo.
—Entonces… ¿las huellas del tablón eran de cacao?
Nico negó rápido.
—Yo no fui al tablón. Yo fui del edificio antiguo al almacén para recoger el carrito. Ya está.
Inés recordó el puntito plateado de purpurina. Y el “Plan B”. Y la marca de ruedas en la sala de fiestas.
—Nico —dijo con calma—. Ayer encontramos un papel que decía “PLAN B: llevar cartel, guardar en el local, poner nuevo en el tablón”. ¿Sabes algo?
Nico abrió mucho los ojos.
—¡No! Yo no escribo listas. Me da sueño.
Lidia lo miró fijamente.
—¿Quién más usa el carrito?
Nico dudó.
—A veces… Dani. El primo de Rafa, el encargado. Viene a ayudar a montar cosas. Es mayor.
Bruno silbó, esta vez le salió bien.
—Ah, genial. Un “mayor”. Eso suena a villano de serie.
Inés negó con la cabeza.
—No villano. Solo alguien con una idea… quizá mala.
En ese momento, la profe Marta apareció por el pasillo con cara preocupada.
—Chicos, problema: el cartel de Sara… ha desaparecido de la sala donde lo guardó. Y hoy es el último día para colgarlo.
Inés sintió que el misterio se ponía serio, pero no peligroso; como una tormenta lejana.
—Profe —dijo—, ¿podemos ayudar a buscarlo?
La profe la miró, y vio la libreta. Suspira.
—Diez minutos. En equipo. Y sin acusar a nadie.
Inés asintió. Equipo. Exacto.
Capítulo 5: La trampa del “Plan B”
Fueron al edificio antiguo. Sara los esperaba allí, con la cara triste y las manos manchadas de pegamento.
—Yo lo dejé aquí, detrás de las cajas —dijo—. Lo juro.
Inés la creyó. Sara tenía la mirada de quien se siente culpable sin haber hecho nada malo, y eso dolía.
Bruno levantó la caja donde supuestamente estaba el cartel. Nada. Solo olor a cartón y polvo.
Lidia encontró algo en el suelo: una cuerda fina con purpurina pegada.
—Esto estaba atando el cartel.
Inés miró alrededor. En una esquina, había marcas de rueda recientes en el polvo.
—Carrito —murmuró Inés—. Alguien lo movió en un carrito.
Sara se tapó la boca.
—¡Pero el cartel es grande! ¿Dónde lo metes sin que nadie lo vea?
Inés pensó en el cuarto de materiales de la sala de fiestas. En la lona manchada. En la puerta entreabierta. Y en el papel “Plan B”.
—En un lugar donde la gente entra y sale y nadie pregunta —dijo—. La sala de fiestas.
La profe Marta dudó.
—¿Por qué alguien escondería el cartel allí?
Inés miró a sus compañeros.
—Puede ser una broma. O un intento de “mejorarlo” sin permiso. O alguien que quiere colgar otro cartel… uno nuevo… con su nombre más grande.
Bruno soltó una risa corta.
—Eso sí que es crimen: narcisismo con rotulador.
Fueron a la sala de fiestas con Rafa. Dentro, el eco parecía contener la respiración.
Rafa abrió el cuarto de materiales.
—Aquí guardamos todo. Mirad rápido.
Inés vio la lona manchada. Se acercó y, esta vez, tiró con cuidado. Debajo había un tubo de cartón enorme… y dentro, enrollado como un pergamino, estaba el cartel. Un poco arrugado, pero entero.
Sara dio un pequeño grito de alegría.
—¡Está!
La profe Marta exhaló como si hubiera estado aguantando un peso invisible.
—Gracias, gracias…
Pero Inés levantó la mano.
—Falta saber quién lo escondió. Si fue una broma, hay que pararla antes de que vuelva a pasar. Y si alguien se sintió ignorado, podemos arreglarlo hablando.
Rafa se rascó el bigote.
—Ayer vino mi primo Dani a ayudar. Trajo el carrito. Estuvo aquí un rato solo.
Inés miró a Lidia y Bruno. Era como unir puntos.
—¿Podemos hablar con Dani? —preguntó Inés.
Rafa asintió.
—Está fuera, descargando cajas.
Salieron. Dani era un chico de unos dieciséis, con sudadera y manos llenas de polvo. Sonreía demasiado, como quien guarda un chiste en el bolsillo.
—¿Qué pasa, peque-detectives? —dijo, divertido.
Inés sostuvo el papel del “Plan B”.
—Encontramos esto. Y encontramos el cartel escondido. No vamos a gritar. Solo queremos entender.
Dani miró el papel, y su sonrisa se dobló un poco.
—Vale… Fue idea mía. Pensé que vuestro cartel era… bueno… infantil. Y quería hacer uno “más pro”. Con letras de spray. Pero la profe no me dejó tocar nada del colegio. Así que hice un plan: esconder el viejo, colgar el nuevo. Sorprender a todos.
Bruno abrió la boca.
—Eso no es “pro”. Eso es… secuestro de cartón.
Lidia añadió:
—Y asustar a Sara, que se lo curró.
Dani bajó la mirada.
—No quería asustar. Solo… quería que me aplaudieran un poco. Siempre me dicen que ayudo, pero nadie se fija.
Inés sintió una punzada de comprensión. A veces la gente hacía cosas torpes cuando quería ser vista.
—Podías haber preguntado —dijo—. En equipo. Un cartel es de todos.
La profe Marta, que había escuchado, habló firme pero tranquila:
—Dani, vas a pedir disculpas. Y si quieres ayudar, ayudarás siguiendo las reglas del grupo.
Dani asintió, tragando saliva.
—Lo siento. De verdad.
Inés guardó el “Plan B” en la libreta, como prueba final. El misterio estaba casi resuelto.
Faltaba lo mejor: arreglarlo juntos.
Capítulo 6: El caso se cierra con una foto
Esa tarde, en la sala de fiestas, el equipo trabajó como una máquina alegre. Sara reforzó la esquina del cartel con cartón nuevo. Bruno sujetó la escalera y se quejó lo justo para hacer reír. Lidia pegó las letras torcidas hasta que quedaron rectas. Dani, vigilado por Rafa y por la profe Marta, ayudó a colgar guirnaldas y a iluminar el escenario.
—¿Puedo… añadir algo? —preguntó Dani, con cuidado—. Sin cambiarlo todo. Solo una sombra azul detrás de las letras, para que se vea mejor.
Inés miró a Sara. Sara miró a Lidia y Bruno. Y Sara dijo:
—Sí. Pero conmigo al lado. En equipo.
Dani sonrió, esta vez sin misterio.
Cuando terminaron, el cartel brillaba con purpurina y con una sombra azul suave. Era el mismo cartel, pero mejorado entre todos. No había ganadores individuales. Había grupo.
La profe Marta aplaudió.
—Así se hace. Problema resuelto… y sin peleas.
Bruno levantó la libreta de Inés.
—Detective, apunta: “La cooperación vence al Plan B”.
Inés rió y escribió una última línea:
“Caso del cartel: resuelto. Pista clave: huellas (no barro, cacao). Lugar: sala de fiestas. Solución: hablar y trabajar juntos.”
Rafa sacó su móvil.
—Ahora, foto de equipo. Sonreíd.
Se juntaron delante del cartel. Sara levantó el pulgar. Lidia hizo una cara seria de “agente secreto” hasta que Bruno le hizo cosquillas en el codo. Dani se puso detrás, sosteniendo una guirnalda como si fuera una corona. Inés, en el centro, sujetó su libreta azul.
—¡Uno, dos, tres…! —dijo Rafa.
La foto capturó el momento exacto: un grupo sonriendo, el cartel brillante detrás, y un misterio convertido en recuerdo.