Cargando...
Cuento de pequeños investigadores 11/12 años Lectura 21 min.

El misterio de la llave grande y la caseta cerrada

Cuatro amigas investigan la misteriosa ausencia del conserje y el cierre del portón de la escuela, siguiendo pistas como una nota, un paquete brillante y huellas de purpurina que las llevan a interrogar a profesores y compañeros.

Descargar este cuento en PDF

¡Ideal para compartir o imprimir este cuento!

Descargar el e-book (.epub)

Lea este cuento en su lector de libros electrónicos.

Cuatro niñas detectives: Luna (11) de coleta castaña y chaqueta amarilla, agachada frente a la ventana baja mirando dentro con un cuaderno y bolígrafo; Inés (10) rubia con jersey rojo, de pie a la derecha con la mano en la boca, sorprendida; Mara (12) de trenzas negras y vaqueros manchados, detrás de Luna examinando el suelo junto a la puerta; Violeta (11) castaña en silla de ruedas señalando paillettes brillantes sobre el suelo. Escena en una pequeña caseta de conserjería de ladrillo rojo con puerta de madera y ventana con barrotes; por dentro taza de café volcada y una gran llave en el suelo, pasillo escolar empedrado, luz matinal suave, ambiente de misterio ligero. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El recreo sin llaves

El lunes empezó con un ruido raro: el timbre sonó, pero el portón principal del edificio de la escuela no se abrió. La gente se quedó en la entrada, haciendo fila como si esperaran un autobús que nunca llega.

—¿Qué pasa? —preguntó Inés, con su mochila colgando de un hombro.

—Que el portón está cerrado —dijo Mara, mirando por entre los barrotes—. Y el conserje no está.

Violeta, que iba en su silla de ruedas y tenía una mirada rápida como cámara, señaló la caseta del conserje al lado del portón. La persiana estaba a medias, como un ojo medio dormido.

—La loge del guardián —murmuró—. Ahí dentro suele estar Don Eusebio a esta hora.

Luna, que llevaba siempre una libreta para “ideas importantes”, sacó un bolígrafo.

—Vale. Misterio del día: ¿dónde está Don Eusebio y por qué el portón no abre?

Inés sonrió de lado.

—¿Otra de tus investigaciones?

—No es “otra”. Es “la de hoy” —respondió Luna—. Y vosotros podéis ayudar. De hecho, tenéis que ayudar.

El director apareció, con cara de “esto no estaba en mi agenda”.

—Chicas, id al patio pequeño. Vamos a entrar por la puerta lateral. Don Eusebio no contesta al teléfono.

Las cuatro se miraron. Puerta lateral. Sin conserje. Algo no encajaba.

—Si entramos por la lateral, pasaremos cerca de la caseta —susurró Mara—. Podemos mirar.

—Sin hacer lío —dijo Inés, como si fuera la jefa de seguridad… aunque se estaba mordiendo la uña, señal de nervios.

Entraron en fila por el pasillo lateral. La caseta quedaba a dos metros: una puerta de madera con un cristal opaco, una placa que decía “Conserjería” y, pegada al marco, una cinta adhesiva con polvo. Como si alguien la hubiera usado para tapar algo y luego la hubiera quitado deprisa.

Luna notó el olor: café frío.

—Vale —dijo bajito—. Esto empieza bien.

Capítulo 2: La caseta del guardián

Durante la primera hora, nadie se concentró. Los profes intentaban hacer como si fuera un lunes normal, pero el portón principal seguía cerrado y todos hablaban de lo mismo: “¿y si Don Eusebio se ha puesto malo?”. “¿y si se ha ido a por churros?”. “¿y si lo han secuestrado… por una banda de palomas?”

En el recreo, las cuatro se escabulleron hacia la caseta.

—No deberíamos entrar —dijo Inés, mirando alrededor—. Si nos pillan…

—Si nos pillan, diremos que estábamos preocupadas —contestó Mara—. Que es verdad.

Violeta se acercó al cristal opaco.

—No veo nada, pero oigo… silencio total.

Luna probó el pomo. Cerrado.

—¿Y ahora? —preguntó Mara.

Luna sacó su libreta.

—Primero, observación. Segundo, hipótesis. Tercero, comprobar.

Se agachó y miró por debajo de la puerta. Había luz. Y una sombra alargada, como de una escoba caída.

—Hay alguien o algo dentro —susurró.

Violeta señaló el lateral de la caseta: una ventana pequeña, casi a ras de suelo, con barrotes anchos.

—Por ahí quizá se ve.

Mara se tumbó en el suelo, pegó la cara a la ventana.

—Veo una mesa… una taza… papeles… y una llave grande colgando… ¡Uy!

—¿Qué? —saltó Inés.

—La llave está en el suelo, debajo de la mesa. Como si se hubiera caído.

Luna dibujó un esquema rápido: un rectángulo para la caseta, la mesa, la silla, la taza, la ventana.

—Vale. Si la llave está dentro, el portón no abre. Pero ¿por qué está cerrada la caseta por fuera?

Violeta frunció el ceño.

—Si Don Eusebio estuviera dentro, gritaría. No es de quedarse callado. Y siempre lleva el manojo de llaves en el cinturón.

Mara se levantó y se sacudió el polvo.

—Además… hay otra cosa. Un papel en el suelo, cerca de la puerta. No puedo leerlo, pero parece un recibo o una nota.

—¿Y si alguien entró, dejó la caseta cerrada… y se llevó a Don Eusebio? —preguntó Inés, y se le escapó una risa nerviosa—. Ojo, que suena a película mala.

Luna cerró la libreta.

—No vamos a imaginar bandas de palomas aún. Vamos a buscar pistas fuera.

Se alejaron un poco. Junto al marco de la puerta, Luna encontró una marca en el polvo, como un semicírculo.

—Mirad esto. ¿Veis la forma?

Violeta se inclinó hacia adelante.

—Parece… la base de una maceta. O de un cubo.

—O de una caja redonda —añadió Mara—. Alguien apoyó algo aquí.

Inés señaló el suelo.

—Y ahí hay… ¿purpurina?

Eran dos puntitos brillantes, casi invisibles, pegados a una baldosa.

Luna los miró como si fueran diamantes.

—Purpurina a las ocho y media de la mañana. Interesante.

Capítulo 3: Tres sospechosos y un esquema

En la biblioteca, Luna extendió la libreta sobre la mesa. Dibujó la escuela como un mapa sencillo: portón principal, puerta lateral, caseta, patio, pasillo hacia el gimnasio.

—Ahora, pensad conmigo —dijo—. ¿Quién estuvo cerca de la caseta hoy temprano?

Mara levantó un dedo.

—Yo vi a la profe de música, la señora Ángela, cargando un altavoz enorme. Iba hacia el salón de actos.

—La profe de música odia llegar tarde —dijo Inés—. Pero no secuestra conserjes. Solo secuestra… nuestras orejas cuando cantamos mal.

Violeta señaló el mapa.

—Yo vi al señor Julián, el de mantenimiento, con un carrito de herramientas. Pasó por aquí, cerca del patio pequeño.

Luna anotó: “Julián + carrito”.

Mara añadió:

—Y también estaba Tomi, el de sexto, haciendo de mensajero. Tenía un paquete, con lazos plateados.

Inés abrió los ojos.

—¡Lazos plateados! Eso podría soltar purpurina.

Luna marcó tres nombres en su esquema y dibujó tres flechas hacia la caseta.

—Vale, equipo. Tres posibles personas cerca: Ángela, Julián y Tomi. No acusamos. Investigamos.

Violeta se quedó mirando el dibujo.

—Me gusta tu mapa. Parece un tablero de juego.

—Porque lo es —dijo Luna—. Solo que aquí, la ficha perdida es Don Eusebio.

Mara se inclinó hacia la libreta.

—¿Y qué hacemos primero?

—Regla del detective: empieza por lo fácil —respondió Luna—. Preguntar.

Fueron al salón de actos. La profe Ángela estaba conectando cables como si fueran espaguetis eléctricos.

—Señora Ángela —dijo Inés con su voz más educada—, ¿usted ha estado hoy en la conserjería?

La profe levantó una ceja.

—¿En la conserjería? No. Solo pasé por el pasillo lateral. ¿Por?

Luna señaló el altavoz.

—¿Alguna vez le han prestado la llave grande del portón?

Ángela soltó una carcajada.

—Ni loca. Esa llave pesa como un ladrillo. Además, Don Eusebio la guarda como si fuera un tesoro.

—Gracias —dijo Mara—. Y… ¿usa purpurina en sus clases?

La profe las miró como si acabaran de decir “vamos a poner un elefante en el escenario”.

—Jamás. La purpurina es el herpes del manual de manualidades. Se pega para siempre.

Salieron con una pista negativa, que también era útil.

—No es Ángela —dijo Inés.

—O lo disimula muy bien —murmuró Violeta, aunque sonaba más divertida que desconfiada.

Fueron al taller de mantenimiento. El señor Julián estaba ajustando una bisagra.

—Señor Julián —dijo Luna—, necesitamos hacerle una pregunta rápida.

Julián se limpió las manos con un trapo.

—Si es sobre el portón, ya lo sé: está cerrado y yo no tengo esa llave.

Luna levantó la libreta.

—¿Pasó usted por la conserjería esta mañana?

—Pasé cerca —admitió—. Vi la persiana medio bajada, pero pensé que Don Eusebio estaba dentro. Yo iba al gimnasio.

Mara señaló el carrito.

—¿Transportó algo redondo? ¿Un cubo? ¿Una maceta?

Julián frunció el ceño, pensativo.

—Llevé una caja de pelotas… redonda no, pero sí grande. Y… un bote de pintura blanca.

—¿Con purpurina? —preguntó Inés.

Julián soltó una risa seca.

—Pintura con purpurina, qué horror. No, niña. Pintura normal.

Luna anotó: “Julián: caja pelotas + pintura”.

Cuando salieron, Violeta habló en voz baja:

—Hay algo raro. Si vio la persiana medio bajada, ¿por qué la llave está en el suelo dentro? Algo pasó después.

Luna tocó su bolígrafo contra la libreta.

—Nos falta Tomi.

Capítulo 4: El paquete con lazos plateados

Encontraron a Tomi en el patio, rodeado de dos amigos, presumiendo de algo invisible, que es el deporte favorito de algunos niños.

—Tomi —dijo Mara—, ¿puedes venir un segundo?

—Depende —dijo él, con aire importante—. ¿Es para algo serio?

—Serísimo —respondió Luna—. Investigación escolar.

La palabra “investigación” lo infló como un globo.

Se apartaron hacia el muro del huerto escolar. Tomi ajustó su sudadera.

—Yo no he hecho nada —soltó antes de que preguntaran.

Inés lo miró fijo.

—Nadie ha dicho eso. Aún.

Tomi tragó saliva.

Luna abrió su libreta en el dibujo del mapa.

—Esta mañana llevabas un paquete con lazos plateados. ¿De dónde salió?

Tomi dudó, luego habló rápido:

—Era para el director. Un… un detalle para la visita del inspector. Cosas de mayores.

—¿Y por qué lo llevabas tú? —preguntó Violeta.

—Porque yo soy responsable —dijo Tomi, y se le escapó una sonrisa—. Y porque la secretaria me dijo que lo dejara en la caseta, que Don Eusebio lo guardaría.

Mara se cruzó de brazos.

—¿Lo dejaste en la caseta?

—No. Estaba cerrada. Llamé. Nadie contestó. Y… lo dejé en una mesa del pasillo, al lado de la puerta lateral. No quería llegar tarde.

Luna subrayó en su libreta: “paquete dejado pasillo”.

—¿El paquete tenía purpurina?

—¡No! —protestó Tomi—. Era… papel brillante, de esos que sueltan un poco. No es mi culpa si brilla.

Inés suspiró.

—Entonces la purpurina podría venir de ahí. Pero eso no explica la llave en el suelo.

Violeta miró el huerto.

—¿Y si alguien vio el paquete y lo movió? ¿O lo escondió?

Tomi frunció el ceño, ofendido.

—Nadie toca mis entregas.

—Hoy parece que sí —dijo Mara.

Luna cerró la libreta.

—Necesitamos volver a la caseta, pero con un adulto. Si hay algo raro, no vamos a forzar nada.

—¿A quién se lo decimos? —preguntó Inés.

Se quedaron calladas un segundo. Decirlo al director significaba “fin de la investigación”. Decírselo a un profe significaba “preguntas incómodas”.

Violeta levantó una mano.

—A la orientadora, la señora Clara. Es tranquila y no grita.

—Buena idea —dijo Luna—. Vamos.

La orientadora las escuchó sin interrumpir, con una cara de “esto podría ser un problema… o una historia divertida”.

—Habéis hecho bien en venir —dijo al final—. Vamos a la conserjería. Pero vosotras, detrás de mí.

Caminaron juntas hacia la caseta. La señora Clara probó el pomo. Cerrado. Sacó su móvil y llamó.

—Don Eusebio, soy Clara. Si estás ahí, responde.

Nada.

Entonces Clara miró la ventana baja.

—¿Podéis ver algo?

Mara se agachó otra vez.

—La llave sigue en el suelo. Y la taza en la mesa. Y… espere. Hay un móvil en el suelo también. Detrás de la papelera.

Luna sintió un cosquilleo en la nuca.

—¿Un móvil? ¿De quién?

Violeta apretó los labios.

—De Don Eusebio. Siempre tiene una funda azul con un pez.

—¿Y si se le cayó y…? —empezó Inés.

Clara respiró hondo.

—No vamos a sacar conclusiones. Voy a llamar al director y a mantenimiento. Esto se abre con la llave de emergencia.

Luna, mientras tanto, dibujó un nuevo esquema: añadió el paquete en el pasillo, la marca redonda en el polvo, el móvil en el suelo. Uniendo puntos con líneas.

—Hay un patrón —susurró.

—¿Cuál? —preguntó Mara.

—Que todo parece… un accidente. Pero alguien intentó ordenar las cosas rápido.

Capítulo 5: Una pista que huele a café

El señor Julián llegó con una llave especial. El director también, con cara de “ya sabía yo que hoy no iba a ser normal”.

Abrieron la caseta. El olor a café frío se hizo más fuerte. Dentro, todo era pequeño y familiar: una silla, un perchero con una chaqueta, un tablero con horarios, una radio vieja.

Y, en el suelo, la llave grande. Y el móvil con funda azul de pez, justo detrás de la papelera, como había dicho Mara.

—Don Eusebio no está —dijo el director, serio.

Clara miró alrededor.

—No hay señales de pelea. Solo… desorden.

Luna se fijó en la taza. Tenía un borde de espuma seca y, al lado, un sobre abierto con letras grandes: “URGENTE”.

—¿Puedo…? —preguntó Luna.

El director la miró, dudó, y luego asintió.

Luna cogió el sobre con cuidado. Dentro había una nota escrita con bolígrafo:

“Eusebio: por favor, ven a la sala de calderas. Hay una fuga pequeña. Trae la llave grande y el teléfono. —J.”

—¿Julián? —dijo Inés, girándose hacia él.

Julián abrió mucho los ojos.

—¿Yo? ¡Yo no he escrito eso! Mi letra es más… fea.

Mara señaló el tablero de horarios.

—¿Quién más puede escribir una nota aquí?

Clara habló con calma.

—Cualquiera que entre.

Violeta señaló el suelo.

—Pero la caseta estaba cerrada por fuera. ¿Quién la cerró?

Silencio.

Luna miró su esquema mental: la marca redonda de algo apoyado, el paquete brillante, la nota urgente, la llave en el suelo. Y algo más: la persiana a medias.

—La persiana —dijo—. ¿Por qué está a medias? Don Eusebio la sube del todo cuando llega.

Julián se rascó la cabeza.

—O la baja si le da el sol en la cara. Pero hoy no hacía sol.

El director se impacientó.

—Lo importante es encontrarlo.

Luna levantó la mano, como en clase.

—¿Puedo hacer una pregunta? ¿Dónde está la sala de calderas?

Julián señaló el edificio antiguo, detrás del gimnasio.

—En el sótano. Pero está cerrada con candado.

Luna sintió que el rompecabezas encajaba.

—Entonces… si alguien puso una nota para que Don Eusebio fuera allí, necesitaba que él llevara la llave grande. O quería alejarlo.

Inés tragó saliva.

—Eso suena ya muy… de verdad.

Clara puso una mano en el hombro de Inés.

—Puede ser un malentendido. Vamos paso a paso.

Violeta levantó la barbilla.

—Vamos a la sala de calderas. Pero con adultos.

El director asintió.

—Todos juntos.

Capítulo 6: La “fuga” y el malentendido

Bajaron al sótano por una escalera que olía a piedra húmeda. Julián iba delante con una linterna. El director detrás, murmurando cosas sobre “protocolos”.

Al llegar a la puerta de la sala de calderas, se oía un sonido: tac-tac… tac-tac… como gotas.

—¿Una fuga? —susurró Mara.

Julián puso la oreja.

—No suena a tubería rota. Suena a… goteo de un grifo.

Abrió el candado con su llave. La puerta chirrió y el aire estaba más frío. La linterna iluminó una esquina.

—¡Ahí! —dijo Inés.

Don Eusebio estaba sentado en un banco, con una caja de herramientas abierta, un trapo en la mano y cara de “me he metido en un lío sin querer”.

—¡Don Eusebio! —exclamó Clara—. ¿Está bien?

—Estoy bien, estoy bien —dijo él, levantándose—. Solo… me resbalé un poco.

Se tocó la rodilla, pero sonrió.

El director soltó el aire como si llevara una mochila llena de piedras.

—¿Por qué no contestaba al teléfono?

Don Eusebio sacó del bolsillo… un mando a distancia.

—Porque dejé el móvil en la caseta. Y aquí abajo no se oye nada. Vine por la nota.

Luna se adelantó.

—¿Qué nota?

Don Eusebio frunció el ceño.

—Una que decía que había una fuga. Con una J.

Julián levantó las manos.

—¡Que no fui yo!

Don Eusebio los miró, confundido.

—Pues… yo pensé que sí. Vine rápido, con la llave del portón. Quise bajar la persiana para que no se viera la caseta abierta… y en ese momento tropecé con… con una caja redonda que alguien dejó en la puerta.

Luna se giró de golpe.

—¡La marca en el polvo!

Don Eusebio asintió.

—Una caja de decoraciones, creo. Se me cayó la llave, se me cayó el manojo… y cerré la caseta por fuera sin querer al tirar de la puerta. Luego, como me dolía la rodilla, bajé despacio al sótano. Y aquí el grifo goteaba, pero no era grave. He estado buscando de dónde venía.

Mara se tapó la boca.

—Entonces nadie lo secuestró.

Inés se rio, floja.

—Menos mal. Ya me imaginaba a las palomas con pasamontañas.

Violeta señaló el sonido.

—¿Y el tac-tac?

Julián apuntó con la linterna al grifo de limpieza. Una gota caía con paciencia infinita.

—Eso —dijo—. Un grifo mal cerrado.

El director se cruzó de brazos.

—¿Y la nota falsa?

Don Eusebio se rascó la barba.

—¿Falsa? ¿Cómo que falsa?

Luna miró a Tomi, que había bajado con ellos y parecía cada vez más pequeño.

—Tomi… el paquete con lazos plateados. ¿Qué era exactamente?

Tomi tragó saliva.

—Era una caja de… de decoración para la visita del inspector. Un centro de mesa. Con… brillo. Y una tarjeta.

—¿Tarjeta? —preguntó Clara.

Tomi se puso rojo.

—Sí. Decía “J” porque era de… Julia. Mi hermana mayor. Me dijo que lo entregara y que pusiera “J” para que supieran que venía de ella. Y… también escribió una nota para Don Eusebio, pero no decía nada de fugas. Decía: “Eusebio, por favor, ven a la sala de calderas un momento. Necesito medir algo para la decoración. —J”.

Luna parpadeó.

—¿Medir?

Tomi asintió rápido.

—Mi hermana está preparando una sorpresa: quería colgar unas luces sin molestar a nadie. Pero… creo que alguien leyó la nota deprisa y entendió “fuga”. O la palabra se manchó con café. No sé.

Don Eusebio soltó una carcajada, y luego hizo una mueca por la rodilla.

—¡Ah! ¡Eso explica todo! Yo vi “fuga” porque… —señaló su ojo— …sin gafas, leo lo que me conviene para sentirme útil.

Clara sonrió.

—Entonces el misterio es un malentendido con un toque de torpeza.

Inés miró a Luna.

—¿Y la purpurina?

Tomi levantó la caja, que estaba apoyada en la pared: tenía un lazo plateado y soltaba brillitos como si estornudara estrellas.

—Culpable.

Luna cerró su libreta. Su esquema, de pronto, parecía más gracioso que peligroso.

—Caso resuelto —dijo—. Y sin palomas criminales.

Don Eusebio miró a Julián.

—Perdona, Julián. Te he echado la culpa en mi cabeza.

Julián se encogió de hombros.

—Yo también pensé que la nota era tuya, Eusebio. Así que estamos a mano.

El director carraspeó.

—Lo importante es que estamos todos bien. Pero la próxima vez, notas claras. Y gafas.

Don Eusebio asintió, serio como un juez.

—Y yo invito a churros para compensar el susto.

Las cuatro amigas se miraron. Mara habló en nombre de todas:

—Aceptamos… por la paz mundial.

Subieron las escaleras. En el pasillo, la luz parecía más amable. Luna guardó la libreta en su mochila.

Violeta la miró de reojo.

—Tu mapa ha servido.

—Sí —dijo Luna—. Pero hoy hemos aprendido otra cosa: antes de pensar lo peor, hay que comprobar.

Inés empujó suavemente la silla de Violeta para ayudarla a girar.

—Y que la purpurina debería estar prohibida por ley.

Mara se rio.

—No digas eso, que la purpurina te escucha y vuelve.

Cuando el portón principal por fin se abrió, el sonido metálico no daba miedo. Sonaba como el final de un capítulo y el comienzo de otro. Y, por un día, la escuela entera fue una escena de detectives… con reconciliación, churros prometidos y un grifo que, al fin, dejó de hacer “tac-tac”.

Sin publicidad 3€ por mes

¿Desea una lectura sin interrupciones? Apoye a Oh My Tales, elimine todos los anuncios y disfrute de otras ventajas incluidas desde 3€ al mes.

Ver los planes y tarifas
Compartir

reportar un problema con este cuento

¿Qué pensaste de este cuento?

Dén su opinión asignando una nota a este cuento según lo que usted y/o su hijo piensan al respecto. ¡Gracias de antemano!

¡Gracias! ¡Su calificación ha sido tomada en cuenta!

El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Portón
Puerta grande que suele cerrar la entrada de un edificio o escuela.
Conserjería
Lugar donde trabaja el conserje y guarda cosas de la escuela.
Conserje
Persona que cuida el edificio y arregla cosas pequeñas.
Persiana
Tela o lámina que se baja en una ventana para tapar la luz.
Persiana a medias
Cuando la persiana está bajada solo hasta la mitad.
Caseta
Pequeña habitación o casilla, normalmente junto a la entrada.
Recreo
Tiempo libre en la escuela para jugar y descansar entre clases.
Manojo de llaves
Conjunto de llaves sujetas por un anillo o argolla.
Purpurina
Partículas brillantes y pequeñas que se usan para decorar.
Mantenimiento
Trabajos para arreglar y cuidar las instalaciones.
Sala de calderas
Habitación donde están las máquinas que dan calor al edificio.
Sótano
Parte del edificio que está abajo, bajo el nivel del suelo.
Goteo
Caída lenta y repetida de pequeñas gotas de agua.

¡Crea un cuento mágico y único para su hijo!

Cree una aventura personalizada en solo unos minutos donde su hijo se convierte en el héroe. ¡Con nuestra herramienta exclusiva, es fácil, gratuito y divertido!

Crear un cuento

Descargue este cuento:

Descargar este cuento en PDF Descargar el e-book (.epub)

¡Recibe nuevos cuentos cada domingo por la noche!

Reciba 7 cuentos emocionantes y cautivadores, adaptados a la edad y gustos de su hijo, cada domingo a las 17h*. ¡Es gratis y garantizado sin spam!
*Correo enviado a las 17h, hora de Europa Central (CET).
No nos gusta tampoco el spam. Así que solo le enviaremos cuentos. Podrá darse de baja cuando lo desee.