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Cuento de pequeños investigadores 11/12 años Lectura 23 min.

El mapa que salvó la feria

Sofía y Marcos, dos niños del Equipo Mapa, se embarcan en una emocionante aventura durante la Feria del Barrio para encontrar un sello perdido que es crucial para el sorteo final, mientras descubren el valor de la curiosidad y la cooperación. A medida que investigan, se cruzan con sorpresas y misterios que cambiarán el rumbo de la feria.

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Hay 4 personajes: Sofía, una niña de 10 años con trenzas, camiseta amarilla y pantalones cortos de mezclilla, sostiene un gran cuaderno de dibujos y un bolígrafo colorido, de pie a la izquierda con una mirada decidida. Marcos, un niño de 11 años con cabello negro desordenado y gafas redondas, está sentado en una silla de ruedas, lleva una camiseta azul y pantalones negros, sosteniendo un walkie-talkie en una mano y un lápiz en la otra, sonriendo a Sofía. Lucía, una niña de 10 años con cabello rubio y gafas en forma de corazón, lleva un vestido de flores y está estampando pasaportes con un bonito sello en forma de pluma, a la derecha de Sofía. Leo, un niño de 10 años con cabello castaño y una sonrisa traviesa, lleva una camiseta verde y pantalones cortos, sosteniendo una pluma plateada en una mano, a la derecha de Lucía. La escena tiene lugar en una hermosa y animada plaza de feria, llena de puestos coloridos, globos flotantes y guirnaldas luminosas. En el centro, un pequeño escenario de madera con cortinas rojas, rodeado de mesas donde los niños juegan e intercambian libros. Flores vibrantes decoran los bordes y una gran fuente brilla bajo el sol, añadiendo frescura al ambiente festivo. Los niños están en plena investigación, trabajando juntos para resolver el misterio de un sello perdido. Sofía dibuja planes en su cuaderno, mientras Marcos usa su walkie-talkie para comunicarse. Lucía y Leo, con expresiones concentradas, estampan pasaportes y preparan su puesto secreto, creando una atmósfera de emoción y aventura. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El mapa que lo ve todo

El sábado por la mañana, la plaza del barrio olía a palomitas y limonada. Había toldos de colores, música suave, un escenario pequeño con cortinas rojas y un montón de mesas con carteles escritos a mano. Era la Feria del Barrio, donde se vendían libros usados, se intercambiaban plantas, se hacían trucos de magia y había una gincana para conseguir sellos en un pasaporte de cartón.

Sofía y Marcos tenían una misión: dibujar el mapa oficial de la feria. La profe Almeida se los había pedido para subirlo a la web del cole y para que la gente no se perdiera. Sofía llevaba un cuaderno con hojas cuadriculadas, rotuladores y una regla transparente que olía a plástico nuevo. Marcos, con su silla de ruedas, llevaba una mochila con cinta adhesiva, chinchetas, una brújula que funcionaba más o menos y dos walkie-talkies.

—Equipo Mapa, preparado —dijo Marcos, ajustándose la gorra—. ¿Me recibes, Sofi?

—Te recibo, central —respondió Sofía, apretando el botón del walkie y poniéndose seria como si estuvieran en una película—. Objetivo: cartografiar puestos, entradas, baños y puntos peligrosos de churros calientes.

Ambos se rieron. Habían acordado dividirse la plaza en cuatro cuadrantes. Marcos haría la parte de los puestos de comida y la zona del escenario; Sofía, la de los juegos, las plantas y el mercadillo de libros. Se hablarían por el walkie cuando necesitaran coordinar detalles.

La profe Almeida apareció con una caja de sellos y una almohadilla de tinta azul. —Con esto marcamos los pasaportes de la gincana —explicó—. El sello tiene una estrella en el centro. El último sello, el más importante, se pone aquí, en el “Punto Final”, junto al escenario. A las cinco, hacemos el sorteo.

Sofía dibujó un recuadro grande en su hoja y escribió: “Escenario: Punto Final (Sello Estrella)”. Marcos pegó, con cinta, un papel en un poste con la flecha “Punto Final →”.

—Que nadie pierda el sello, ¿vale? —insistió la profe Almeida, guardando la caja detrás del telón—. Sin esto, no hay premios.

—Tranquila, profe —dijo Marcos—. ¡Misión controlada!

El día prometía. Ni el sol hacía demasiada guerra ni el viento se empeñaba en levantar toldos. Sofía empezó a medir pasos entre el puesto de plantas y la fuente, mientras Marcos contaba ruedas para medir la distancia entre el escenario y la churrería.

—Marcos a Sofía: puesto de churros a diez giros de rueda del escenario. Señalando: peligro de azúcar.

—Recibido. Aquí apunta lluvia de migas en el puesto de bocatas —respondió Sofía—. Y al lado, el taller de marcapáginas.

Mientras hablaban, el walkie chisporroteó y se coló una voz desconocida: —Probando, probando, uno, dos, tres… DJ Loro al mando.

Se miraron sorprendidos y se echaron a reír. —Hemos cogido la frecuencia del DJ —dijo Sofía—. Va a ser divertido.

La mañana iba ligera: flechas dibujadas, rectángulos para los puestos, un circulito para la fuente y líneas punteadas marcando los caminos. El mapa, poco a poco, lo veía todo.

Capítulo 2: Un sello menos, un problema más

A las doce, una fila de niños y niñas se formó junto al escenario con sus pasaportes de cartón en la mano. El sol hacía brillar la tinta azul del primer puesto y los ojos de un perro curioso que intentaba lamerlo.

—¡Siguiente! —llamó un monitor.

Una niña estiró el pasaporte. El monitor metió la mano detrás del telón para coger el sello y… sus cejas se juntaron.

—Profe, ¿dónde está el sello?

La profe Almeida se asomó con rapidez. —Tiene que estar… aquí.

No estaba. Miraron dentro de la caja, en la mesita auxiliar, en el suelo, entre cables. Nada. Se escuchó un murmullo en la fila. Un niño preguntó:

—¿Y ahora cómo ganamos el sorteo?

Un nudo silencioso se apretó en el aire. Sofía y Marcos se miraron. La profe, con voz tranquila, dijo:

—Nada de pánico. Haremos una pausa. Sigamos con los otros sellos y volvemos al final. Sofía, Marcos, ¿me ayudáis? Vosotros estáis mapeando todo. Si alguien puede encontrar un objeto, sois vosotros.

—Equipo Mapa a modo investigador —susurró Marcos por el walkie—. ¿Qué dices?

—Digo que el mapa necesita un misterio —respondió Sofía, encendiendo su mirada curiosa—. Y que tenemos dos horas hasta las cinco.

Se acercaron al escenario. Sofía anotó la hora: 12:05. Preguntaron:

—¿Quién fue la última persona en usar el sello?

—Yo se lo pasé a Marta, la de manualidades, para que lo probara —dijo la profe—. Me lo devolvió. Lo dejé aquí, justo detrás del telón, al lado de la caja de cables.

Sofía dibujó una pequeña estrella en su cuaderno y un reloj al lado. Marcos examinó el telón con cuidado, las grapas, el borde de la mesa. Hizo girar su silla para ver el suelo en ángulo bajo, donde otros no miraban.

—No hay huellas en la cinta de gaffer, pero… —dijo—. Mira esto.

Sofía se agachó. En la esquina de la mesa, una gotita de tinta azul, fresca, brillaba como un secreto.

—Primera pista —dijo, con una sonrisa—. La tinta camina.

—Dividimos y vencemos —propuso Marcos—. Yo registro el backstage del escenario. Tú pregunta por los puestos que están cerca: magia, limonada, libros. Si alguien vio algo raro, te lo cuentan.

—Recibido —dijo Sofía—. Y si ves algo, me avisas por radio.

—Cambio y corto.

El walkie volvió a chisporrotear. —DJ Loro anuncia: a la una, concurso de baile. Y ahora, un temazo.

Marcos puso cara de detective bailón. —Este caso tiene banda sonora —susurró.

Capítulo 3: Migas, tinta y un sombrero brillante

Sofía se lanzó a la zona de los puestos con su cuaderno. El de la limonada tenía un mantel de cuadritos y vasos con rodajas de limón flotando como lunas. La señora que atendía llevaba un delantal con estampado de patos.

—Hola —saludó Sofía—. Soy del Equipo Mapa. ¿Vio a alguien pasar con algo de madera, como un sello, por aquí?

La señora pensó un momento. —Vi a un niño con un sombrero de copa que casi tira mi jarra. Llevaba los dedos azules. Dijo que iba de prisa, que tenía que colocar algo importante. Olía a menta.

—¿A menta?

—Sí, como a chicle.

Sofía anotó: “Dedos azules, olor a menta, sombrero de copa”.

En el puesto de magia, un señor con bigote fino y capa con destellos organizaba cartas. Tenía un sombrero brillante en la mesa. Sofía le preguntó:

—¿Vio a un niño con sombrero de copa y tinta azul?

—Mmm —dijo el mago, alisando su bigote—. Sombreros de copa, aquí hay muchos. Pero tinta azul… Ayer manché un pañuelo con tinta haciendo un truco. Hoy—y aquí sacó un pañuelo reluciente—, estoy impoluto. Sin embargo, hace media hora una personita metió la mano en mi caja de adornos, se llevó una pluma plateada y salió corriendo. Dejaron brillitos en el suelo.

Sofía siguió las migas brillantes, pequeñísimas, como polvo de estrella. Una brisa se las llevaba hacia el pasillo lateral que conectaba los puestos con la parte de atrás del escenario. Cerca, en el mercadillo de libros, una abuela con gafas redondas y un perro pequeño la detuvo.

—Niña, ¿buscas algo?

—Un sello —admitió Sofía—. Azul, de madera, con una estrella.

—Ay, qué cosa. Vi a dos criaturas muy nerviosas antes, cerca del teatrillo de títeres —señaló—. Llevaban un walkie como el tuyo y hablaban bajito. “Puesto secreto”, dijeron. Una idea traviesa, supongo.

Sofía sintió un cosquilleo en la mente. ¿Puesto secreto? Apuntó una flecha hacia el teatrillo. Pensó en el olor a menta, en el polvo brillante, en los dedos azules y en el sombrero−no−sombrero: quizá el sombrero era del mago, pero los niños jugaron con él.

El walkie vibró. La voz de Marcos sonó bajita: —Sofi, encontrado rastro en backstage. Cinta adhesiva con mancha azul pegada a una caja de folletos. También hay huellas pequeñas de suela con dibujo de estrellas. ¿Te suena alguien con zapatillas así?

—Creo que estoy cerca —respondió Sofía—. Pistas apuntan al teatrillo. Y… —miró a la abuela y al perro, que bostezó— también a un puesto secreto.

—Nos vemos allí. Voy por el lado de las cajas.

Capítulo 4: El pasillo de las cajas

Detrás del escenario, el mundo era otro. Había cajas de cartón con etiquetas: “FOLLETOS”, “CABLES”, “TELAS”. El suelo estaba marcado con cintas para que nadie tropezara. Marcos avanzó con cuidado, empujando una caja ligera para hacerse paso. Su silla rechinó un poquito y el walkie crujió.

—Marcos a Sofía: veo una pluma plateada atrapada en cinta. Confirmo la pista del mago.

—Recibido. Desde aquí veo el teatrillo. Cortinas pequeñas a rayas. No hay nadie dentro… creo.

Marcos dejó la caja en un lado y se asomó por una rendija del telón grande. Vio a la profe Almeida hablando con el DJ, que llevaba una gorra con un loro bordado.

—¿Algo? —preguntó la profe, cuando vio a Marcos.

—Pistas interesantes. Permiso para inspeccionar el teatrillo.

—Concedido. Pero con cuidado.

Marcos volvió a su misión. En el pasillo de cajas, el olor a cartón y a pintura le cosquilleaba la nariz. Se fijó en el suelo: pequeñas huellas de zapatilla con estrellas, como las que había descrito. Una de las cajas tenía una esquina húmeda, azul.

—Sofi, más tinta —avisó—. Y un pedazo de pegatina que dice “Puesto… 0?”. El resto se ha roto.

—¿Puesto cero? —repitió Sofía—. Este misterio quiere jugar con nosotros.

—Eso me gusta —dijo Marcos, sonriendo.

Llegaron cada uno por su lado al teatrillo de títeres. Era una estructura de madera con una ventanita con cortinas a rayas. Tenía una escalera estrecha por detrás y un letrero de cartón que leía: “Funciones a las 13:00”. Eran las 12:40.

—Plan —propuso Sofía—: tú vigilas por detrás. Yo pregunto delante. Si salta alguien, lo hablamos sin sustos.

—Plan perfecto.

Sofía se acercó al frente y dijo en voz normal, sin acusar: —Hola, teatrillo. Si hay alguien dentro, venimos en son de paz. Buscamos un sello perdido. Prometemos no delatar a nadie si fue un accidente.

Hubo un silencio que duró dos segundos y medio. Luego, un susurro.

—¿Y si no fue accidente? —susurró otra voz.

Marcos se inclinó un poco para mirar por detrás. Vio dos zapatillas con estrellas, un par de rodillas inquietas y un walkie pequeño con una pegatina de calavera sonriente.

—No queremos problemas —dijo Marcos, calmado—. Sólo que la feria funcione. Si hay una idea buena por aquí, quizá podamos añadirla al mapa.

Las cortinillas se abrieron un poquito y aparecieron dos caras conocidas: Lucía y Leo, los gemelos del curso de al lado. Tenían la nariz pintada con puntitos de purpurina. Lucía sostenía una pluma plateada; Leo, un chicle de menta.

—Vale, lo confesamos —dijo Lucía, antes de que Sofía preguntara—. El sello está aquí. Pero no lo robamos para malo, lo prometemos. ¡Queríamos hacerlo más divertido!

—¿Más divertido cómo? —preguntó Sofía, inclinando la cabeza.

—Creamos el Puesto Cero —explicó Leo, emocionado pero algo culpable—. Un puesto secreto, antes del primero. Para que la gincana empiece con sorpresa. Teníamos pegatinas y una plantilla, pero la mitad se nos rompió. Entonces vimos el sello del final y pensamos… bueno, sólo era por un rato. Íbamos a devolverlo antes de la una.

—Pero la fila ya espera el sello final —dijo Marcos—. La gente se pone nerviosa si no entiende lo que pasa.

Lucía bajó los ojos. —No queríamos líos. Además, se nos manchó todo de tinta y ahora… —mostró sus dedos azules— no sabemos ni cómo se quita.

—Con limón sale —dijo Sofía, mirando el puesto de limonada—. Y con agua y jabón.

—Prometemos devolverlo ya —dijo Leo—. ¿Nos vais a delatar?

Marcos y Sofía se miraron. El walkie en la mano de Marcos estaba caliente de tanto usarlo. Tenían una oportunidad de convertir un problema en un plan.

—Tengo una idea —dijo Marcos—. Y necesitamos vuestro “puesto secreto”.

Capítulo 5: El puesto cero

Marcos habló por el walkie con voz de narrador: —Equipo Mapa a Profe Almeida: localizamos el sello. Requiere coordinación y un pequeño ajuste al recorrido. ¿Nos da permiso?

Hubo un silencio. Luego, la voz de la profe, curiosa y confiada: —Adelante, Equipo Mapa. ¿Qué proponéis?

Sofía desplegó su cuaderno. Con rotulador verde, dibujó un círculo nuevo cerca del teatrillo y escribió “Puesto 0: Secreto (Bienvenida)”. Explicó por el walkie:

—Hay una idea chula por aquí. Un puesto de bienvenida para entregar una pista inicial y un primer sello simbólico. No será el sello final. El sello estrella vuelve a su sitio ya mismo para evitar confusiones. El Puesto 0 tendrá un sello diferente: una pluma plateada que Lucía y Leo han hecho. Y un reto corto: encontrar la flecha escondida bajo el sombrero del mago. ¿Aceptamos?

La profe Almeida respondió con alivio: —Aceptamos, si devolvéis el sello estrella ahora y si explicamos por megafonía el cambio. Mejor si lo marcáis en el mapa.

—Lo marco ahora mismo —dijo Sofía, escribiendo rápido.

Marcos miró a los gemelos. —Entonces, ¿qué decís? ¿Listos para ser parte oficial del recorrido?

Lucía y Leo respingaron, sorprendidos. —¿De verdad?

—De verdad —asintió Sofía—. Curiosidad y juego sí, líos y enfados no. Devolved el sello final conmigo y Marcos. Luego os damos un sello único. Tengo cartulina y la pluma plateada será vuestro símbolo.

—¡Sí! —gritaron los dos al mismo tiempo.

El teatrillo se convirtió en un taller de emergencia. Sofía dibujó una plumita en la cartulina y pegó con cinta un trocito de esponja en un tapón para improvisar un sello. Leo probó con tinta plateada del mago (que, al entender la situación, prestó una almohadilla brillante con una reverencia dramática). Lucía limpió sus manos con limonada y una servilleta gigante. El DJ puso una base suave de música de misterio.

—Marcos, ¿me acompañas a devolver el sello estrella? —pidió Sofía.

—A tu lado —dijo él.

Lucía sacó de una caja el sello estrella, que estaba envuelto en un pañuelo para que no se manchara más. Se lo entregó a Sofía con respeto. Juntos cruzaron la plaza. Marcos abría camino, junto a una señora con un carrito que sonrió al verlos.

En el escenario, la profe Almeida respiró hondo al ver el sello. —Menos mal —susurró—. Gracias.

—Tenemos un plan —explicó Sofía—. Lo voy a dibujar también en grande y pegarlo junto al escenario. El Puesto 0 será bienvenida, con una plumita. El sello estrella quedará para el final. Así todos sabrán por dónde empezar.

—Maravilloso —dijo la profe, contenta—. ¡Sois geniales!

Marcos habló por el walkie: —DJ Loro, ¿nos ayudas con un anuncio?

El DJ sonrió y acercó el micrófono. —Atención, exploradores y exploradoras de la feria —anunció—. Tenemos una novedad brillante. El recorrido empieza ahora en el Puesto Cero, junto al teatrillo de títeres, con un sello de pluma plateada. El sello estrella os esperará al final, como siempre. Seguimos jugando. Y ahora… ¡a por pistas!

La gente aplaudió. La fila se movió con una nueva energía, y varios niños corrieron hacia el teatrillo.

Sofía pegó con cinta un póster que dibujó en cinco minutos, con flechas claras y recuadros. Marcos fijó con chinchetas el papel junto al escenario. Su mapa, ahora, tenía un añadido especial.

—La feria late otra vez —dijo Marcos, contento.

—Y el mapa también —sonrió Sofía.

Capítulo 6: Un mapa, un sello y una foto

La tarde siguió como un río. Los niños pasaban por el Puesto Cero, recibían su sello de pluma y una pista: “Busca el limón que no es limón”. Eso los llevaba al puesto de limonada donde, escondida bajo una servilleta, una flecha de cartón indicaba el camino al mercadillo de libros. El mapa de Sofía y Marcos estaba pegado en varios puntos, con copia plastificada para la profe. El recorrido tenía sentido. Y el sello estrella, en el escenario, esperaba con brillo y paciencia.

Marcos y Sofía, con los walkies, coordinaban pequeños detalles.

—Atención, Sofi —dijo Marcos—. Se forma embudo entre plantas y marcapáginas. Propongo una línea de puntos por el lateral para desviar flujo.

—Hecho —respondió ella, dibujando en el mapa una línea punteada que esquivaba una mesa—. Señalizado con flechas verdes.

—Información a DJ Loro —añadió Marcos—. Pon música tranquila en la zona de lectura. Hay concentración.

—Recibido —contestó el DJ, contento de formar parte del equipo—. Canción de lluvia suave, activada.

Lucía y Leo, ahora “encargados del Puesto Cero”, trabajaban con cuidado. —¿Ves? Era mejor pedir permiso —murmuró Lucía, mientras estampaba una pluma en un pasaporte.

—Lo sé —admitió Leo, sonriendo con labios mentolados—. Y el limón quitó la tinta. Bueno, casi.

A las cinco menos cinco, los pasaportes estaban llenos de sellos. La fila final frente al escenario era larga pero rápida. La profe Almeida estampaba estrellas azules con ritmo de tambor. El perro de la abuela llevaba un lacito con una plumita, cortesía de los gemelos. El mago hacía aparecer un limón de detrás de la oreja de un niño, que gritaba de risa.

Cuando dieron las cinco, el sorteo se hizo sin problemas. Ganó un libro de aventuras una niña con trenzas y una planta de lavanda un señor con camiseta de rayas. Todos aplaudieron. El sol se inclinaba y dejaba la plaza en un dorado amable.

—Equipo Mapa —dijo la profe Almeida—. Venid un momento.

Se reunieron junto al escenario: Sofía con su cuaderno lleno de flechas y notas; Marcos con la gorra ladeada y un poco de confeti sobre las ruedas; Lucía y Leo con los dedos ya casi sin tinta y la pluma plateada guardada como tesoro. El DJ se acercó con algo en la mano: una cámara instantánea.

—Propongo una foto recuerdo —dijo la profe—. Para el mural del cole. Y para que, cuando alguien pregunte “¿quién dibuja los mapas de nuestra feria?”, sepamos señalar.

—Y para recordar que preguntar y escuchar resuelve más que esconder cosas —añadió Marcos, con humor suave.

—Y que la curiosidad, si se comparte, hace aventuras —dijo Sofía.

Se colocaron frente al mapa grande, que ahora tenía escritos en pequeño los nombres de los puestos, una leyenda de símbolos y una pequeña nota al pie: “Puesto 0, idea de Lucía y Leo”. A su lado, la mesa del sello estrella parecía un altar de madera. El DJ contó: —Tres, dos, uno… ¡queso!

El flash hizo un “clic” y un “bzz”. La foto salió poco a poco, gris primero, luego clara, luego nítida: cuatro caras sonrientes, un mapa lleno de vida, un sello azul a punto de estamparse y, detrás, la plaza entera como un mosaico amable.

La pegaron con cinta en el borde del mapa. Bajo la foto, Sofía escribió con rotulador: “La feria que encontramos, entre todos”. Marcos añadió una flecha pequeña que señalaba a la cámara y un “Hola, futuro”.

El DJ, con voz de radio, hizo el último anuncio: —La feria cierra en diez minutos. Gracias por jugar, ayudar y mirar con ojos curiosos. Equipo Mapa, mis héroes de papel.

Sofía y Marcos se miraron, cansados y felices. Los walkies descansaban por fin, boca abajo, como dos tortuguitas negras. La profe Almeida les guiñó un ojo.

—¿Vamos por un chocolate? —preguntó Marcos.

—Con churros, pero lejos del mapa —rió Sofía—. No quiero estrellas con azúcar.

Caminaron —o rodaron— juntos hacia la churrería, atravesando la plaza ya tranquila. A su paso, veían su mapa pegado en las paredes, las flechas verdes señalando atajos, el teatrillo con la pluma guardada, el escenario con la estrella en su sitio. Todo parecía encajar, como si su dibujo hubiera cosido la feria con hilos invisibles.

—¿Sabes? —dijo Sofía—. Me gusta que el mapa no sea sólo un dibujo. Es casi una historia.

—Una historia con voz —apuntó Marcos, levantando el walkie y apretando el botón una última vez—. Aquí Equipo Mapa. Caso cerrado. Curiosidad intacta. Cambio y corto.

El walkie respondió con un chasquido suave, como un suspiro satisfecho. Y mientras el sol se escondía detrás de la biblioteca, la foto-souvenir brilló un instante y quedó para siempre allí, en el borde del mapa, para recordar que una plaza común puede convertirse en una aventura si la miras con ganas de entenderla.

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Mapa
Representación gráfica de un lugar, que muestra caminos, edificios y otros elementos importantes.
Gincana
Juego en el que los participantes deben completar diferentes pruebas o desafíos para avanzar.
Churros
Dulce frito en forma de masa alargada, que se espolvorea con azúcar y a menudo se sirve con chocolate.
Cinta adhesiva
Material en rollo que es pegajoso por un lado y se usa para unir cosas.
Plumita
Pequeña pluma, generalmente utilizada para escribir o como objeto decorativo.
Póster
Cartel grande que se usa para mostrar información o imágenes y es pegado en una pared.

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