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Cuento de detective 11/12 años Lectura 32 min. (1)

El cuaderno azul y el reloj sin voz

Lía, una joven curiosa, investiga la misteriosa desaparición de un cuaderno azul de la librería del mercado siguiendo pistas entre el teatro local, un reloj antiguo y personajes del barrio; con la ayuda de Nora descubre secretos que conectan el objeto perdido con viejas heridas y actuaciones.

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Protagonista: Lía, 16 años, mirada concentrada, cabello castaño recogido en coleta baja, chaqueta kaki, se levanta de un estante sosteniendo un pequeño cuaderno abierto, rostro iluminado por una lámpara cálida. Secundaria: Nora, ~17 años, expresión sorprendida y resuelta, pelo pelirrojo en moño, con mochila, corre hacia la ventana trasera y un bolso verde en el suelo. Secundario: Rafa, ~40 años, rostro cansado y avergonzado, capucha caída, agachado junto a la ventana de la trastienda mientras guarda un cuaderno azul en un bolsillo de tela oscura. Secundario: Don Basilio, ~60 años, manos temblorosas sobre su sombrero, junto al mostrador, boca abierta, abrigo de cuadros. Secundario: Mauro, ~45 años, guardia con chaleco reflectante, postura firme bloqueando la puerta exterior, mirando a Rafa. Lugar: interior de una antigua librería con estanterías de madera oscura, lámparas colgantes de luz amarilla, reloj de péndulo en la pared, ventana de la trastienda polvorienta con manchas de barro seco. Situación: momento dramático: Rafa devuelve el cuaderno azul y toca el gran péndulo detenido; silencio tenso, Lía lista para actuar, Nora se precipita, Mauro cierra la salida; atmósfera cálida con toques de lavanda y verde, pinceladas y salpicaduras de acuarela visibles. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1

A las ocho y trece, cuando el mercado de San Telmo olía a pan tostado y a naranjas recién cortadas, Lía Romero se detuvo frente al escaparate vacío de la librería El Búho de Tinta.

El cristal no estaba roto. La cerradura tampoco. Sin embargo, el atril de madera donde solía descansar un cuaderno encuadernado en tela azul —la joya de una exposición escolar sobre historias del barrio— había quedado desnudo, con una marca clara de polvo alrededor, como un fantasma de forma rectangular.

El dueño, don Basilio, se retorcía las manos.

—Desapareció anoche. Sin ruido. Sin fuerza. Como si el cuaderno hubiera decidido escaparse —dijo, y su bigote tembló con la frase.

Lía sacó su libreta de notas. Tenía dieciséis años y una manera de mirar que hacía que la gente se explicara mejor, aunque no quisiera. No llevaba placa ni gabardina, pero sí paciencia y una lógica que se le notaba en la forma de preguntar.

—¿Quién lo vio por última vez? —preguntó.

—Yo lo puse en el atril a las siete, cuando cerré. Y… —don Basilio tragó saliva— y esta mañana, cuando abrí, ya no estaba. Solo esto.

Le enseñó un papel doblado en cuatro. Lía lo abrió con cuidado. Era una nota escrita con letras redondas:

“DEVUELVO LO QUE NO ES MÍO CUANDO EL RELOJ SE QUEDE SIN VOZ.”

Lía levantó la vista.

—¿Alguien más tiene llave?

—Solo yo y mi sobrina Nora, que me ayuda a veces. Pero ayer no vino. Y el guardia nocturno del mercado, Mauro, ronda por aquí.

Lía miró el suelo cerca del atril: polvo fino, sin huellas claras. Pero había algo: una fibra verdosa pegada a una esquina, como hilo de lana.

—Don Basilio, quiero escuchar a Nora y a Mauro. Y… ¿puedo ver el reloj?

—¿Qué reloj?

Lía señaló la pared del fondo. Un reloj antiguo, de péndulo, decorado con un búho dorado. Marcaba las ocho y trece. Tic-tac. Tic-tac. Voz perfecta.

—Ese —dijo Lía—. La nota lo menciona. Y las notas rara vez mienten: solo hablan raro.

Antes de irse, Lía se agachó junto al atril y olió el aire, como si oliera una idea. Había un perfume leve, parecido a jabón de lavanda.

En la puerta, don Basilio le agarró la manga.

—Lía… sin ese cuaderno, los chicos del instituto me van a odiar. Y yo… yo prometí cuidarlo.

—No se preocupe —respondió ella—. Los objetos no desaparecen: cambian de manos. Y las manos dejan pistas.

Si tú estuvieras con Lía, ¿qué anotarías primero: la fibra verde, el jabón de lavanda o la frase del reloj sin voz?

Capítulo 2

Nora llegó a la librería a las nueve en punto, con una mochila grande y auriculares colgando del cuello. Tenía el pelo recogido en un moño apurado y la mirada de quien ya está pensando en tres cosas a la vez.

—Yo no fui —soltó antes de que Lía pudiera saludarla—. Ni siquiera vine ayer.

Lía no sonrió. Esperó. El silencio, bien usado, es como una linterna: alumbra dentro de las personas.

—Cuéntame tu tarde —dijo.

Nora resopló.

—Vale. Salí del instituto, fui a casa, hice deberes… y a las siete y media bajé al taller de teatro de la Casa de Cultura. Ensayamos hasta las nueve. Luego me fui.

—¿Al taller de teatro? —repitió Lía, anotando.

—Sí. Montamos una obra rara. Bueno, no rara… solo… —Nora buscó la palabra— diferente. Hay telas, máscaras, música. Mucha.

Lía señaló la fibra verdosa guardada en una bolsita transparente.

—¿Te suena esto?

Nora acercó la cara.

—Eso parece lana de las capas. Tenemos una verde. Se desprende todo el tiempo.

—¿Y usáis jabón de lavanda? —preguntó Lía, sin levantar la voz.

Nora parpadeó.

—¿Qué? No… Bueno, la profe de teatro, Inés, siempre huele a lavanda. Dice que le ordena la cabeza.

Don Basilio carraspeó, incómodo.

—Inés vino hace días a comprar un libro…

Lía se giró hacia Nora.

—Necesito volver a escuchar a alguien, pero aún no sé a quién. A veces una frase cambia cuando la oyes dos veces. ¿Puedes acompañarme a ver a Mauro, el guardia del mercado?

Nora se encogió de hombros, pero se le notó el alivio de moverse, de hacer algo.

—Si sirve para demostrar que no fui yo, claro.

Encontraron a Mauro junto a la puerta trasera, con un termo de café y un chaleco reflectante. Tenía cara de sueño permanente y un silbato colgado como si fuera un diente extra.

—Robos, ¿eh? —dijo Mauro—. Últimamente, la gente se cree invisible.

Lía se presentó. Nora cruzó los brazos.

—Anoche, ¿viste algo raro por aquí? —preguntó Lía.

Mauro bebió un sorbo.

—Nada. La calle estaba tranquila. Solo… —frunció el ceño— solo escuché el reloj del Búho, como siempre. Tac, tac. Muy claro. A eso de las… no sé, las once.

—¿Estabas cerca de la librería a las once? —Lía le sostuvo la mirada.

—Di una vuelta. Pasé por delante. Vi luz en la Casa de Cultura, eso sí. Ensayan hasta tarde. Y vi a alguien con una bolsa grande, pero aquí todos llevan bolsas grandes. Es un mercado.

—¿Cómo era esa bolsa? —preguntó Nora, rápida.

Mauro se rascó la nuca.

—De tela, creo. Verde oscura.

Nora abrió la boca para protestar, pero Lía levantó un dedo.

—¿Puedes repetirlo, Mauro? Exactamente como lo recuerdas.

El guardia parpadeó, molesto.

—Que vi luz en la Casa de Cultura… y una bolsa de tela verde oscura. ¿Ya?

Lía anotó la repetición. La misma frase dos veces, sin cambios. Eso también decía algo.

Al despedirse, Lía se quedó mirando la plaza. La nota seguía en su bolsillo como un peso ligero. “Cuando el reloj se quede sin voz.”

Un reloj sin voz no hace tic-tac. Y el de la librería, según Mauro, sí sonó a las once.

Si tú fueras Lía: ¿qué hora te parece importante, las siete del cierre, las once del paseo de Mauro o las nueve del fin del ensayo?

Capítulo 3

La Casa de Cultura estaba a dos calles, con carteles de talleres pegados como escamas. Al entrar, les golpeó el olor a pintura, a tela húmeda… y sí, a lavanda.

En el escenario pequeño, alguien estaba agachado, cosiendo con una concentración tan intensa que parecía que el mundo entero era hilo y aguja. Era una mujer de unos treinta años, con gafas redondas. Su dedo índice tenía una tirita.

—Inés —susurró Nora—. La profe.

Lía caminó sin prisa hasta el borde del escenario. Esperó a que Inés levantara la cabeza por sí sola. Tardó, pero lo hizo, como quien regresa de un lugar profundo.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó Inés. Su voz era suave, pero firme.

—Busco un cuaderno azul que ha desaparecido de la librería El Búho de Tinta —dijo Lía—. Y una nota que habla de un reloj sin voz.

Inés se acomodó las gafas.

—Vaya. ¿Ahora los cuadernos escriben acertijos?

Nora bufó.

—No es gracioso.

—Lo siento —dijo Inés, y fue sincera—. Estoy… concentrada. Estrenamos pronto.

Lía miró alrededor. Sobre una silla había una capa verde oscura, con hilos sueltos en los bordes.

—¿Esa capa pierde fibras? —preguntó.

Inés la miró un segundo.

—Como si fuera un árbol en otoño.

—Y tú hueles a lavanda —añadió Lía, sin acusación, solo como quien coloca una ficha en el tablero.

Inés se tocó el cuello, sorprendida.

—Uso jabón de lavanda. ¿Eso es una prueba?

—Es una pista —corrigió Lía—. Igual que la fibra.

Inés dejó la aguja en una bandeja.

—Ayer estuve aquí hasta tarde. Sí. Pero no fui a robar nada. ¿Qué cuaderno es?

Nora respondió, más calmada:

—El cuaderno de historias del barrio. Lo hicieron alumnos. Mi tío lo iba a exhibir.

Inés se levantó, inquieta.

—Ese cuaderno… —murmuró—. Yo lo vi la semana pasada. Don Basilio me lo enseñó, orgulloso. Dijo que era “la memoria de los chicos”.

Lía ladeó la cabeza.

—¿Y por qué suena a que te importa demasiado?

Inés inspiró hondo.

—Porque… porque alguien lo necesita para algo. Y yo temo que se pierda.

Lía sacó la nota.

“Devuelvo lo que no es mío cuando el reloj se quede sin voz.” ¿Qué significa para ti?

Inés leyó despacio. Su dedo, con la tirita, siguió las palabras.

—Podría ser una amenaza… o una promesa.

—O un juego —apuntó Nora, a regañadientes—. En teatro hacemos eso todo el tiempo.

Lía miró el escenario, las cuerdas, las máscaras.

—¿Tenéis un reloj aquí?

Inés señaló una pared lateral. Había un reloj digital, moderno, con números rojos.

—Ese no tiene voz —dijo Nora—. No hace tic-tac.

Lía sintió que algo encajaba y a la vez se torcía.

—Pero la nota habla del reloj de la librería, no del vuestro. Aun así… puede que el “reloj sin voz” no sea un reloj.

El aire se tensó. De pronto, en el pasillo, sonó una música extraña, como un acorde al revés, y unas risas apagadas, como si alguien estuviera probando una risa que no le pertenecía.

El tono del momento cambió, como cuando en una película la luz se vuelve azul sin avisar.

Inés se puso pálida.

—No —susurró—. No otra vez.

—¿Otra vez qué? —preguntó Lía.

Inés tragó saliva.

—Alguien está usando el teatro para… para hacer bromas pesadas. Escondieron cosas. Cambiaron carteles. Una vez dejaron una máscara en mi armario, con una nota. Me… me asusté.

Nora bajó la voz.

—¿Qué nota?

Inés cerró los ojos un instante.

—Decía: “Lo que se guarda, se representa.”

Lía escribió rápido. Dos notas. Dos frases con ritmo. Alguien con gusto por el dramatismo.

—Quiero ver tu armario —dijo.

Si tú estuvieras ahí, ¿pensarías que el ladrón es alguien del teatro… o alguien que quiere culpar al teatro?

Capítulo 4

El armario de Inés estaba en una sala estrecha, llena de perchas y cajas etiquetadas: “Sombreros”, “Máscaras”, “Telones”. Inés abrió con una llave pequeña que llevaba en un cordón, como un talismán.

Dentro no había máscara. Solo ropa, un termo y una libreta de apuntes.

—Mira —dijo Inés, sacando la libreta—. Mis ideas para la obra.

Lía no la tocó. Miró el borde de las estanterías, el suelo, las bisagras. Había polvo normal, excepto un punto más limpio junto al fondo, como si algo grande hubiera estado apoyado allí y ya no.

—¿Guardaste algo aquí anoche? —preguntó Lía.

—Solo mi capa y… —Inés se detuvo— y una bolsa de tela verde.

Nora la miró con los ojos muy abiertos.

—¡La bolsa que vio Mauro!

Inés levantó las manos.

—Esa bolsa es del vestuario. La usamos para transportar telas. Está aquí.

Sacó la bolsa. Vacía. Lía se agachó y olió el interior: a lavanda, sí, pero también a papel viejo.

—¿Puedo preguntarte algo raro? —dijo Lía—. ¿Qué sonido hace el reloj del Búho cuando… no hace sonido?

Don Basilio, que había insistido en acompañarlas, frunció el ceño.

—¿Cómo va a…?

Lía lo interrumpió con suavidad.

—Don Basilio, ¿ese reloj tiene cuerda?

—Claro. Cada dos días hay que darle cuerda. Si no, se para.

Lía sintió un cosquilleo de lógica.

—Si se para… se queda sin voz. Y entonces, según la nota, el cuaderno vuelve.

Nora miró a Lía, desconfiada.

—¿Estás diciendo que el ladrón lo va a devolver… cuando el reloj se pare?

—O que ya lo devolvió cuando se paró, y nadie lo vio —dijo Lía—. O que lo escondió en un lugar relacionado con “pararse”, “silencio”, “sin voz”.

Inés se llevó una mano a la frente.

—Ayer, durante el ensayo… se fue la luz unos minutos. El reloj digital se apagó. Sin números. Negro. Sin voz, supongo.

Nora soltó una risa corta, nerviosa.

—Ahora resulta que todo es “sin voz”.

Lía la miró.

—En las notas, las palabras importan. Pero también importan las costumbres. Don Basilio, ¿a qué hora le das cuerda al reloj?

—Por la mañana, al abrir —respondió él—. Siempre.

Lía anotó: “siempre por la mañana”. Eso significaba que, si el ladrón quería que el reloj se quedara sin voz, tendría que impedir que don Basilio le diera cuerda… o esperar dos días.

—¿Cuándo le diste cuerda por última vez? —preguntó Lía.

Don Basilio se rascó la mejilla.

—Ayer por la mañana. ¿Por qué?

Lía calculó mentalmente.

—Entonces anoche no se habría parado. A menos que alguien… lo tocara.

El silencio cayó como una cortina.

—¿Alguien pudo entrar y tocar el reloj sin llevarse nada más? —preguntó Nora.

Don Basilio abrió la boca y la cerró.

—La puerta estaba cerrada. Pero… —miró a su sobrina— la ventana del almacén queda entornada a veces, para ventilar.

Lía levantó la vista. Una entrada pequeña. Para alguien ágil. O para una mano con intención.

—Volvamos a la librería —dijo—. Quiero ver esa ventana. Y quiero escuchar otra vez a Mauro. Con calma. A veces, la tercera vez aparece una palabra que antes faltaba.

Si tú fueras detective, ¿qué revisarías primero al volver: el reloj, la ventana del almacén o la lista de llaves?

Capítulo 5

La librería olía a papel y a promesas viejas. Lía fue directa al fondo, donde una puerta llevaba al almacén. La ventana era alta, pero no imposible. Tenía una rendija abierta.

En el alféizar había una mancha de barro seco… y, pegado a una esquina, un brillo diminuto: purpurina plateada.

Nora la vio y se puso roja.

—En teatro usamos purpurina para maquillaje. La odio. Aparece en todas partes.

—Eso no prueba nada —dijo Lía, guardando una pizca en un sobre.

Se giró hacia el reloj del búho. Don Basilio abrió la puertecita inferior. El péndulo oscilaba.

—¿Se puede parar? —preguntó Lía.

—Claro. Si frenas el péndulo… se detiene.

—¿Y se puede volver a poner en marcha sin dejar marcas? —preguntó Nora.

—Sí. Solo empujas un poco y ya.

Lía miró la caja del reloj: madera pulida. Nadie la había forzado. Pararlo era fácil si estabas dentro.

—Entonces el “reloj sin voz” podría ser una condición creada por el ladrón —murmuró Lía—. Paro el reloj, escondo el cuaderno, dejo una nota, y cuando vuelva a sonar… todos piensan que fue magia.

Nora chasqueó la lengua.

—Qué ganas de drama.

—O de justicia —dijo Lía, recordando las palabras: “devuelvo lo que no es mío”.

Salieron a buscar a Mauro. Lo encontraron junto al puesto de flores, discutiendo con un vendedor por el precio de un ramo, como si fuera un caso de estado.

—Mauro —dijo Lía—, necesito que me cuentes otra vez tu ronda de anoche. Despacio. Como si dibujaras el camino con palabras.

Mauro suspiró, pero lo hizo.

—Vale. Empecé a las diez. Pasé por la entrada principal, revisé los candados de los puestos. A las diez y media fui al muelle de carga. A las once volví por la plaza… pasé por delante de la librería. Escuché el reloj. Vi la luz en la Casa de Cultura. Vi a alguien con bolsa verde. Y luego… luego fui a por café.

Lía levantó la vista.

—¿Dónde tomaste el café?

—En la máquina del pasillo —respondió Mauro.

—¿El pasillo que da a…? —preguntó Lía.

Mauro se quedó quieto.

—Al almacén de la librería también, sí. Pero la puerta estaba cerrada.

Lía apretó el bolígrafo.

—Cuando pasaste por delante de la librería a las once… ¿desde dónde escuchaste el reloj?

—Desde la plaza. La puerta principal.

—¿Y si el reloj estaba sonando… pero no por estar en marcha? —dijo Lía, despacio—. ¿Y si alguien hizo sonar algo parecido para engañarte?

Mauro frunció el ceño.

—¿Cómo va a…?

Nora abrió los ojos.

—¡En teatro tenemos un metrónomo! Hace “tic-tac” para ensayar entradas. Suena igual de pesado que un reloj.

Inés, que había venido con ellas, se llevó una mano a la boca.

—Y ayer… alguien lo encendió en el pasillo para molestar. Lo apagué yo misma.

El tono se volvió aún más raro, como si la realidad tuviera doble fondo: un tic-tac falso, una nota teatral, un robo sin forzar.

Lía miró a Nora.

—¿A qué hora lo apagaste?

Inés respondió, pensando.

—Serían… las once y poco. Porque luego seguí cosiendo y me quedé sola.

Lía juntó las piezas:

1) Alguien quería que Mauro “oyera el reloj”.

2) Ese “reloj” podía ser el metrónomo.

3) Mientras tanto, el verdadero reloj podía estar parado.

—Mauro —dijo Lía—, ¿viste a la persona de la bolsa de frente?

—No. De espaldas. Iba rápido.

—¿Era alta o baja? —preguntó Nora, con un hilo de esperanza.

—Más bien baja. Y llevaba una capucha.

Lía miró el alféizar en su mente: barro seco, purpurina, lana verde. Todo olía a teatro. Pero eso podía ser precisamente el disfraz perfecto.

—Necesito una lista —dijo Lía—. ¿Quién estuvo anoche en la Casa de Cultura después de las nueve, además de Inés y el grupo?

Nora tragó saliva.

—Yo me fui a las nueve. Pero… se quedó Leo, el encargado de sonido. Siempre se queda trasteando con cables. Y también Dana, la de maquillaje, porque busca… purpurina, claro.

Lía anotó dos nombres. Dos posibles manos. Dos posibles motivos.

—Vamos a hablar con ellos —dijo—. Y, Nora… quiero que me ayudes. No para acusar, sino para observar. Mejor que nadie sabes qué es normal allí.

Nora asintió, seria.

—Cooperación, ¿no? Vale. Pero si esto termina con purpurina en mi cara, te lo advierto.

Capítulo 6

Leo estaba en la cabina de sonido, rodeado de botones y cables como serpientes dormidas. Tenía ojeras de pantalla y una concentración parecida a la de Inés, pero más inquieta, como si escuchara un ruido que nadie más oía.

—No toqué ningún cuaderno —dijo antes de que Lía terminara de presentarse—. Si es por la bolsa verde, la usan todos.

Lía se apoyó en la barandilla.

—No vengo a acusar. Vengo a entender. ¿Encendiste el metrónomo anoche?

Leo se encogió de hombros.

—Sí. Para probar una entrada. Lo dejé en el pasillo un rato.

—¿Quién lo apagó? —preguntó Lía.

—Inés, supongo. Me lo dijo luego: “Leo, eso cansa”. Tiene razón.

Lía lo miró fijo.

—¿Saliste de la Casa de Cultura en algún momento entre las diez y media y las once y media?

Leo dudó un segundo.

—Fui al baño… y salí a tirar la basura. Nada más.

Nora intervino, rápida:

—¿Basura por dónde? ¿Por la puerta trasera, la que da al pasillo del mercado?

Leo la miró, sorprendido.

—Sí. Es la más cerca.

Lía anotó. Luego sacó la bolsita con la fibra verde.

—¿Te suena?

Leo se rió.

—Eso se pega hasta en el alma.

No era una respuesta útil. O lo era demasiado.

Encontraron a Dana en un aula, frente a un espejo, ordenando botes de maquillaje por colores como si fueran piezas de ajedrez. Tenía las manos manchadas de plata.

—Si han robado algo, yo no —dijo, con voz cantarina—. Yo solo transformo caras.

Lía señaló sus dedos.

—¿Purpurina?

Dana los agitó.

—La purpurina nunca se va. Es como un secreto brillante.

Lía mantuvo el tono sobrio.

—Anoche se encontró purpurina en la ventana del almacén de la librería. También barro seco.

Dana se quedó quieta.

—¿Barro? Yo no piso barro. Me arruina los zapatos.

Nora se inclinó hacia Lía y susurró:

—Dana siempre entra por delante. Odia el patio trasero porque hay charcos.

Lía asintió. Un detalle pequeño, pero sólido.

—Dana —dijo Lía—, ¿viste a alguien con una bolsa verde oscura anoche, después del ensayo?

Dana frunció los labios, pensando.

—Vi a alguien con capucha, sí. Pensé que era Leo haciendo el interesante. Salió por atrás.

Leo protestó desde la puerta, que había aparecido sin hacer ruido:

—¿Yo? Ni de broma. Yo estaba con cables. Además, no uso capucha.

Inés se masajeó la sien.

—Alguien está jugando con nosotros.

Lía dio un paso adelante.

—¿Y si no es un “alguien” del teatro? ¿Y si alguien está usando el teatro para moverse sin llamar la atención?

Don Basilio, que escuchaba, murmuró:

—Como un escenario… con puertas por detrás.

Lía miró el pasillo que conectaba la Casa de Cultura con el mercado. Olía a humedad. En una esquina, había un charco seco: una media luna de barro.

Se agachó. Entre el barro, un trocito de papel húmedo, casi deshecho, con tinta azul.

Lo tomó con pinzas. Se veía una palabra incompleta: “…barrio”.

—Es del cuaderno —dijo Nora, con un nudo en la garganta.

Lía cerró los ojos un segundo. Ya no era un juego. Alguien había arrancado una página, quizá por prisa, quizá por rabia.

El tono se volvió inusual de verdad: no era solo misterio; era tristeza, como si el cuaderno hubiera gritado sin voz.

Lía abrió los ojos.

—Quien lo tiene no lo cuida. Lo usa.

Inés apretó los labios.

—Entonces hay que recuperarlo hoy.

Lía miró el reloj digital del aula: 12:07.

—Hay algo más. La nota dice “Devuelvo lo que no es mío”. Eso suena a conciencia. A alguien que se siente… justiciero.

Nora apretó los puños.

—¿Quién se cree justiciero?

Lía pensó en una persona: alguien que patrulla, que se cree guardián, que sabe rutas, puertas, pasillos. Alguien que podría oír y crear “tic-tacs” sin levantar sospechas.

Miró a Mauro, que estaba al fondo del pasillo, como si hubiera seguido el caso por curiosidad.

Mauro sostuvo la mirada, serio.

—¿Qué?

Lía habló despacio.

—Mauro, ¿podemos ver las grabaciones de seguridad del pasillo del mercado?

Mauro parpadeó.

—La cámara de ese pasillo… está rota desde hace meses.

—¿Y el registro de rondas? —preguntó Lía.

—Eso sí lo tengo.

Lía respiró hondo.

—Entonces lo veremos. Y vamos a hacer una cosa más: esta tarde, nadie le dará cuerda al reloj del Búho.

Don Basilio abrió los ojos.

—¡Pero…!

—Solo hoy —dijo Lía—. Si el ladrón prometió devolverlo cuando el reloj se quede sin voz… vamos a darle la oportunidad de cumplir. Pero con nosotros mirando.

Nora tragó saliva.

—¿Una trampa?

—Un escenario —corrigió Lía, mirando a Inés—. De los que revelan la verdad.

Capítulo 7

A las seis y cincuenta, la librería estaba en silencio. Don Basilio apagó las luces del escaparate, dejando solo una lámpara pequeña encendida al fondo. Lía, Nora e Inés se escondieron detrás de una estantería alta, donde los lomos de los libros parecían una multitud mirando sin parpadear.

Mauro se colocó fuera, junto a la puerta, fingiendo revisar su móvil. Cooperación: todos tenían un papel, aunque no todos confiaran del todo.

—Recuerda —susurró Lía a Nora—: mira, escucha, no interpretes demasiado pronto.

Nora rodó los ojos, pero obedeció. Inés se mordía la uña, nerviosa.

El reloj del búho marcaba las seis y cincuenta y ocho. Tic-tac. Tic-tac. La voz del tiempo.

A las siete en punto, Lía vio algo: una sombra que cruzó por la rendija de la ventana del almacén, como un pez en un acuario oscuro. Luego, un roce leve, tela contra madera.

Nora abrió la boca, pero Lía le apretó la muñeca para pedir silencio.

La ventana se abrió un poco más. Una mano enguantada asomó. El guante estaba manchado de plata.

“Purpurina”, pensó Lía, pero no saltó.

La mano dejó algo en el suelo: el cuaderno azul, envuelto en una bolsa verde oscura.

Luego, la mano buscó dentro, palpó… y tocó el péndulo del reloj.

El tic-tac se detuvo.

El silencio cayó de golpe, como si el aire se hubiera apagado.

Y entonces, desde el pasillo, se oyó un “tic-tac” falso, más rápido, como una imitación. Un metrónomo. Alguien intentaba que, incluso sin voz, el reloj “sonara”.

Lía se levantó de un salto.

—¡Ahora!

Nora salió disparada hacia el almacén. Inés la siguió. Lía fue detrás, directa a la ventana.

La persona intentó retirarse, pero Mauro apareció fuera como una pared.

—Alto —dijo, y por primera vez su voz sonó despierta.

La capucha cayó un poco. No era Leo. No era Dana. Era alguien más mayor, con mandíbula tensa y ojos cansados.

—¿Rafa? —soltó don Basilio, que había salido del fondo sin que nadie lo notara. Se quedó helado—. ¿Pero tú…?

Rafa era el ayudante del mercado, encargado de mantenimiento. Siempre llevaba herramientas, siempre sabía qué puerta chirriaba.

Rafa apretó los labios.

—No quería hacer daño.

Lía recogió el cuaderno, comprobó que estaba entero salvo por una esquina húmeda. Se giró hacia Rafa.

—Arrancaste una página.

Rafa bajó la mirada.

—Se rompió. No la arranqué por gusto. Se me cayó en el charco del pasillo. Quise secarla… se deshizo.

Nora apretó el cuaderno contra el pecho.

—¡Es trabajo de chicos! No es un juguete.

Rafa levantó la vista, herido.

—Precisamente por eso.

Lía esperó. Escuchar era su herramienta principal.

Rafa habló, con palabras torpes:

—Mi hermano pequeño escribía historias. Nadie las leía. Se reían. Un día las tiró. Yo… yo pensé que si ese cuaderno se exhibía, la gente lo tomaría en serio. Pero luego oí a unos señores diciendo que era “cosa de críos”, que ocuparía espacio en el escaparate… —apretó las manos—. Me enfadé. Quise… dar una lección. Asustar un poco. Que lo valoraran.

Inés soltó el aire, mezclando enfado y compasión.

—¿Con notas dramáticas?

Rafa se encogió.

—Trabajo aquí. Veo teatro. Me pareció… efectivo.

Nora miró a Lía, buscando qué hacer con esa mezcla de rabia y pena.

Lía mantuvo la voz firme.

—Robar nunca enseña a valorar. Solo asusta. Y el miedo es mal maestro.

Mauro cruzó los brazos.

—¿Y mi ronda? ¿Me engañaste con el metrónomo?

Rafa asintió.

—Lo encendí para que creyeras que todo estaba normal. Paré el reloj del búho para cumplir la nota. Pensé devolverlo cuando se quedara sin voz. Hoy.

Don Basilio se llevó una mano al pecho.

—Rafa… podrías haberme hablado.

Rafa tragó saliva.

—No sabía cómo.

Lía miró a todos: la sobrina, el guardia, la profesora, el dueño, el hombre que se creyó justiciero.

—Ahora toca arreglarlo juntos —dijo—. Eso sí es una lección.

Capítulo 8

Dos días después, en la plaza del mercado, colocaron una mesa larga frente a la librería. Encima, el cuaderno azul, abierto por una página restaurada con cinta especial. La esquina dañada seguía un poco arrugada, como una cicatriz.

Nora había pasado la tarde anterior copiando, con ayuda de Lía, la palabra que se había borrado en el trocito rescatado del barro. Inés aportó papel parecido para reconstruir la página perdida, y Leo diseñó una pequeña grabación con el sonido real del reloj del búho, para acompañar la exposición. Sin trucos: solo para que quien pasara escuchara el tic-tac como un corazón.

Rafa no apareció al principio. Don Basilio dijo que estaba hablando con la administración del mercado, asumiendo consecuencias. No era un final con aplausos fáciles. Pero sí con responsabilidad.

Cuando el mercado se llenó, Lía se colocó al lado del atril. Nora se puso a su derecha, con los brazos menos cruzados que antes.

Una niña pequeña se acercó al cuaderno y leyó en voz alta una frase sencilla sobre un perro perdido que encontraba su casa por el olor de las galletas. Se rió. Su madre también.

Nora miró a Lía de reojo.

—Vale… esto sí importa.

Lía asintió.

—Las historias son mapas. Si alguien las rompe, nos perdemos un poco.

Rafa apareció entonces, con una caja en las manos. Se veía nervioso, pero no huyó. Se acercó a don Basilio y le tendió la caja.

—Es… para reparar la ventana —dijo—. Y… —miró a Nora— lo siento. De verdad.

Nora apretó los labios. Luego respiró, como si estuviera aprendiendo a ser mayor justo en ese segundo.

—Estoy enfadada —dijo—. Pero prefiero que ayudes a que nadie vuelva a decir que esto es “cosa de críos”.

Rafa asintió, agradecido y avergonzado a la vez.

Inés se acercó con una carpeta.

—Y yo propongo algo —dijo—. En la obra, en lugar de una escena de sustos, haremos una escena donde los personajes escuchan de verdad. Sin notas misteriosas. Con diálogo.

Leo levantó la mano, divertido.

—Y prometo usar el metrónomo solo para música. No para engañar guardias.

Mauro soltó una risa corta.

—Gracias. Mi corazón también ensaya, pero no tanto.

Don Basilio miró a Lía, emocionado.

—No sé cómo agradecerte.

Lía guardó su libreta.

—Escuchando. Eso basta.

Nora tocó el borde del cuaderno con cuidado.

—Oye, Lía… —dijo más bajo—. ¿Puedo… ayudarte en el próximo caso? No como sospechosa, sino como… socia.

Lía la miró, y por primera vez dejó que una sonrisa pequeña se le escapara.

—Me vendrá bien alguien que conozca el escenario. Y que odie la purpurina.

Nora soltó una risa, ya sin nervios.

—Trato hecho.

El reloj del búho siguió sonando. Tic-tac. Tic-tac. Y esta vez, nadie quiso callarlo. Porque el misterio se había resuelto con lógica, sí, pero también con algo más fuerte: la cooperación de quienes decidieron arreglar, en vez de romper.

Y entre Lía y Nora, la amistad quedó más firme, como un libro bien encuadernado que, pase lo que pase, sigue abierto para la próxima historia.

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Escaparate
La parte de la tienda con cristal donde se muestran objetos para ver.
Atril
Soporte de madera o metal donde se coloca un libro o cuaderno para leer.
Encuadernado
Forma de unir las páginas de un libro para que queden juntas y seguras.
Péndulo
Objeto que cuelga y se mueve de un lado a otro para marcar tiempo.
Rendija
Abertura estrecha en una ventana o puerta por donde entra aire o luz.
Purpurina
Polvo o pequeños brillos que se usan en maquillaje o manualidades.
Metrónomo
Aparato que marca un ritmo con sonidos para ayudar en la música.
Almacén
Lugar donde se guardan cajas, objetos o cosas que no están a la venta.
Estantería
Mueble con baldas para colocar libros, cajas o materiales ordenados.
Talismán
Objeto pequeño que se cree trae suerte o protege a quien lo lleva.
Tic-tac
Sonido corto y repetido que hace un reloj al moverse su péndulo.
Darle cuerda
Acción de girar la llave o rueda de un reloj para que funcione.

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