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Cuento de pequeños investigadores 11/12 años Lectura 17 min.

El Club del Pasillo y el trofeo invisible

Un grupo de amigos, formado por Lucía, Hugo, Sara y Leo, se embarca en una emocionante búsqueda para resolver el misterio de un trofeo desaparecido en su escuela, siguiendo pistas creativas y desafiantes que les llevan a descubrir secretos inesperados. A medida que avanzan, aprenden sobre la importancia de la cooperación y el poder de la imaginación.

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Hay 4 niños: - Lucía: una niña de 10 años, con cabello largo y castaño recogido en una coleta, usa gafas redondas y una camiseta amarilla con un dibujo de gato. Sostiene un cuaderno y un lápiz, mirando atentamente a su alrededor. - Hugo: un niño de 11 años, con cabello corto y rubio, lleva un chaleco azul y pantalones cargo. Está sentado en una silla de ruedas, concentrado en un mapa extendido frente a él. - Sara: una niña de 10 años, con cabello rizado y negro, vestida con un vestido de lunares rojos. Está agachada, examinando el suelo con una lupa, con una expresión curiosa en su rostro. - Leo: un niño de 11 años, con cabello castaño desordenado, lleva una sudadera verde. Está de pie, señalando una nota colgada en la biblioteca, con aire pensativo. Los niños se encuentran en una biblioteca luminosa, con estanterías de madera llenas de libros coloridos. Rayos de sol entran por las grandes ventanas, iluminando rincones de lectura cómodos con cojines suaves. En el centro, una vitrina de vidrio vacía atrae su atención, rodeada de libros esparcidos y hojas de papel. La situación principal de la historia muestra a los niños en plena investigación, buscando pistas para encontrar un misterioso trofeo desaparecido. Todos están concentrados, cada uno utilizando sus talentos únicos para resolver el misterio, con una atmósfera de emoción y curiosidad palpable en el aire. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1. El trofeo que se esfumó

El primer día de la Semana de Ciencia, la vitrina de la biblioteca amaneció con un hueco brillante. Donde antes descansaba el trofeo de cristal —con su espiral grabada que parecía un remolino de estrellas— solo quedaban marcas de dedos en el polvo y una cintita azul atascada entre los libros.

—Esto… no puede ser —susurró Sara, que siempre caminaba como si estuviera en mitad de un misterio.

—Tranquilos —dije yo, Lucía, sacando el Cuaderno de Casos del Club del Pasillo. Era una libreta de tapas amarillas con esquinas mordidas—. Anotamos. Caso: El trofeo que se esfumó.

Hugo, que maniobraba su silla con precisión, se acercó a la vitrina y se inclinó todo lo que pudo sin tocar el cristal.

—No hay rastro de cerradura forzada —informó—. Mirad el reflejo. ¿Veis? Alguien lo abrió con suavidad. Como quien tiene llave… o permiso.

—O como quien no quiere romper nada y sabe lo que hace —añadió Leo, que tenía la manía de hablar en voz baja cuando estaba pensando fuerte—. Huele un poco a limón, ¿no?

Nos miramos. Olía. Un limón limpio, como el de los productos que usan para dejar las mesas relucientes.

—¿Dónde está doña Rojas? —pregunté. Doña Rojas, la bibliotecaria, era famosa por sus acertijos y por tener siempre un bolígrafo con borrador en el capuchón.

La puerta de su despacho tenía un cartel: “Vuelvo en media hora. No tocar los montones de libros (en serio).”

—Vale, Club —dije, apoyando el lápiz en la oreja—. Pistas a la vista: olor a limón, cintita azul atrapada y vitrina sin forzar. ¿Lo apuntamos?

—Y mira esto —Hugo señaló una notita doblada, apenas asomando entre dos enciclopedias—. Está pegada con un trocito de cinta azul, como la de la vitrina.

La abrí. Letras redondas, tinta azul oscuro: “Si sabes mirar, verás que me fui sin salir.”

—¿Me fui sin salir? —repitió Leo—. ¿Qué significa?

—Que sigue en el cole —dijo Sara—. Obvio. Pero… ¿dónde?

Te toca: si oliera a limón, hubiera cinta azul y no se ve fuerza, ¿a qué lugar familiar irías primero? Piensa en quién usa limpiadores de limón, quién pega notas con cintas y quién anda entre libros.

—Vamos a por más —decidí—. Dividimos ojos: todos juntos, pero cada uno busca algo distinto. Hugo, suelo y ruedas. Sara, papeles y esquinas. Leo, olores y cosas raras. Yo, lo apunto todo.

Capítulo 2. Huellas de color limón

Seguimos el olor a limón como sabuesos de historieta. Nos llevó al pasillo ancho que conecta la biblioteca con el aula de plástica. Allí, en el suelo, entre la luz que entraba por los ventanales, se veía un rastro de polvo blanco mezclado con brillos.

—Tiza y purpurina —diagnosticó Sara, tocando con la punta del dedo—. Y de la azul, como la cinta.

—Eso confirma que alguien pasó por plástica —dijo Leo—. ¿Entramos?

El aula estaba abierta. En la mesa principal había pinceles descansando en un vaso, tijeras, pegamento… y un secador de pelo del tamaño de una pistola espacial. Sobre la pizarra, un cartel dibujado a mano: “Sin arte, el mundo sería…”. Las tres últimas palabras estaban cubiertas con un folio pegado con cinta azul.

—Uy, uy, uy —canturreó Leo—. Trampa a la vista.

—No es trampa, es… pista —Hugo rodó hasta el cartel y, con cuidado de no arrancar la pintura, levantó un poquito el folio. Debajo, escrito con una línea casi invisible, había una palabra que parecía desvanecerse.

—Es tinta invisible —dije, entusiasmada—. ¿Pero cómo se hace visible?

Te lanzamos un reto: ¿recuerdas algún truco para ver mensajes con zumo de limón o similares? Pista: calor.

—El secador —dijo Sara, ya enchufándolo—. Si nos regaña alguien, diremos la verdad. O mejor: decimos que estamos evitando que el mundo sea aburrido.

El aire caliente acarició el papel. Poco a poco, letras color miel aparecieron, como si vinieran de otro tiempo: “ESTANTE DE VIAJES”.

—¿Ves? —Hugo se rió—. Me fui sin salir. Está dentro de la biblioteca.

—Pero, espera —me fijé en una esquina del folio. Había un borrón azul grisáceo, como una nube—. Este manchón… se parece a cuando borras con esos bolígrafos que se frotan.

Saqué mi estuche y de él, un bolígrafo que no era mío: uno azul con borrador de goma en el capuchón que me había prestado doña Rojas la semana pasada. Escribí “hola” en un papel y froté. La tinta desapareció dejando un rastro muy parecido.

—Apuesta: doña Rojas escribió esto con un bolígrafo borrable —dije—. Y eso significa que… es un juego. Un juego serio. Un juego de pistas.

—A mí me encantan los juegos serios —dijo Leo—. Sobre todo si terminan con algo brillante.

—Al estante de viajes —ordené—. Y no piséis la purpurina, que luego brilla hasta el martes.

Capítulo 3. Mensaje invisible, palabra visible

El estante de viajes era una selva de lomos de colores, con nombres de países que nos hacían cosquillas en la imaginación: “Marruecos”, “Uruguay”, “Suecia”, “India”, “Chile”, “Austria”.

—Un momento —dijo Hugo—. Estos seis están como escalera. Y todos torcidos del mismo lado, como cuando doña Rojas nos enseña a esconder mensajes en lo obvio.

—A ver, primeras letras —murmuró Sara, pasando el dedo sin sacar los libros—. M… U… S… I… C… A…

—¿Qué palabra ves tú? —preguntó Leo, mirando hacia el techo como si las letras fueran cometas.

Yo sonreí.

—MÚSICA. Sala de música.

—Perfecto —Hugo dio una mini palmada—. Y además encaja con lo de la cinta azul. ¿No te acuerdas de la caja de cintas de la profe Sonia? Todas ordenadas por colores: “azul para flautas, roja para tambores…”

—Y con la tiza del pasillo —añadí—. A veces en música marcan en el suelo dónde se sienta cada grupo.

—Pero… —Sara se llevó un mechón detrás de la oreja—. Antes de irnos, mirad esto.

Había otra nota pequeña, pegada al mueble con un trocito de cinta azul. “La música no solo se oye. Se ve.” Tinta azul. Y en un margen, otro borrón que, si uno lo miraba de lado, dejaba ver un trazo desaparecido: como si antes hubiera escrito otra palabra.

—Confirmado —dije, acariciando el rastro—. Bolígrafo borrable. Hipótesis en el cuaderno: doña Rojas es la autora del desafío. Se lo preguntaremos al final.

—Si llegamos al final —apretó Leo los puños—. Vamos, que el trofeo no se va a aplaudir solo.

Capítulo 4. Ritmos que guían

La sala de música olía a madera, a barniz y a algo más, como a historias guardadas en instrumentos. La profe Sonia estaba colocando unas panderetas en una caja.

—Hola —dijo, sonriendo—. ¿Qué hace mi banda favorita?

—Buscamos el ritmo de una pista —contestó Hugo—. ¿Ha visto…?

—El trofeo —Sonia se llevó un dedo a la barbilla—. He oído rumores de que ha salido a pasear sin salir. No he visto nada, pero si hay música de por medio, quizá puedo ayudar.

La sala estaba llena de pequeñas cosas raras. En la pizarra, cinco líneas del pentagrama, pero en vez de notas, pegatinas con imágenes: un sol, un libro, una nota, una pelota, una maleta. Debajo, números escritos con tiza: 2—4—1—3—5.

—¡Otra lista! —celebró Leo—. ¿Esto qué ordena?

—Piensa con nosotros —dije—. Si el libro es biblioteca, la pelota es gimnasio, la maleta could be viajes, la nota es música y el sol… ¿patio? Con los números, ¿qué orden se forma?

Sara enumeró, tocándose la frente con la tiza y dejando un puntito blanco:

—2: música. 4: gimnasio. 1: biblioteca. 3: patio. 5: viajes. ¿Pero ya estuvimos en biblioteca y viajes?

—Quizá dice el camino que ya hicimos —dijo Hugo—: Música —aquí estamos—; Gimnasio —siguiente—; Biblioteca —origen—; Patio —lo del sol—; Viajes —el estante. Tiene lógica si doña Rojas quería que comprobáramos que miramos a nuestro alrededor.

—Pues al gimnasio —determinó Sonia—. Pero llevad esto. —Nos tendió una caja pequeña, forrada con papel de notas musicales—. La encontré debajo del piano. Pone “Para quienes aplauden con el cerebro y con las manos”.

En la tapa, escrita de lado, había una secuencia: 3–1–4–1–5. Y, debajo, una pregunta: “¿Qué soy?”

—Esto me suena a algo —dijo Leo, entornando los ojos—. Tres, uno, cuatro, uno, cinco… ¿A quién le suena a algo?

Yo no pude evitar reír.

—A pi. Tres coma catorce quince.

—¿Pi… sta? —bromeó Sara—. Es literalmente una “pista”.

—Doña Rojas y sus chistes —Hugo giró la rueda con gracia—. Vámonos al gimnasio antes de que el trofeo se canse de estar quieto.

Capítulo 5. El eco del balón

El gimnasio estaba en silencio, salvo por el eco de nuestras zapatillas contra el suelo. Lineas blancas y amarillas dibujaban caminos imaginarios. En el centro, como esperándonos, había una caja grande con un candado sencillo y un letrero: “Abrid con ritmo. No con fuerza.”

—A ver ese numerito —Leo encajó la cajita de música con la secuencia en sus manos, como si fuera un talismán—. 3–1–4–1–5.

—Antes escuchad —Hugo señaló la pared. Había pegadas cinco hojas con palabras en mayúscula: LIBRO, SOL, NOTA, PELOTA, MALETA. Cada palabra tenía un círculo alrededor de una letra distinta. En LIBRO, la M no existía, claro. El círculo estaba en la primera letra. En SOL, estaba en la tercera. En NOTA, en la cuarta. En PELOTA, en la primera. En MALETA, en la quinta.

—Si tomamos las posiciones 1, 3, 4, 1, 5 de estas palabras —dijo Sara, mirando a la vez que contaba con los dedos—, nos salen las letras L, L, A, P, T… No, espera. Volvamos a empezar con calma.

Te lo proponemos: letras en orden 3–1–4–1–5 tomando como referencia las palabras SOL (S O L), LIBRO (L I B R O), NOTA (N O T A), LIBRO otra vez y MALETA (M A L E T A). ¿Qué letras cogerías en cada palabra?

—De SOL, la tercera: L —contó Leo—. De LIBRO, la primera: L. De NOTA, la cuarta: A. De LIBRO, otra vez la primera: L. De MALETA, la quinta: T.

—L L A L T… —repetí—. ¿Y si nos confundimos de orden?

—En la pizarra de música los números estaban debajo, en ese orden —dijo Hugo—. Pero quizá hay que leer del modo en que se aplaude: tres golpes, pausa, uno… —Se quedó callado, luego sonrió—. O quizá hay que pensar en “alta”. ¿Has visto que la cuarta de NOTA es A, y la quinta de MALETA es T? A L T A… ¡ALTA! Si cambiamos el primer LIBRO por la cuarta letra, no. Vale, esto se está enredando.

Sara nos salvó.

—Mirad la misma caja pequeña —dijo, señalando la tapa de notas—. En la esquina hay una palabra escrita muy flojito con bolígrafo borrable. —Al frotarla con el dedo, se raspó un poco y se leyeron unas letras fantasma—: “NOTA ALTA”.

—¡Eso era! —me eché a reír—. Doña Rojas estaba intentando llevarnos a la idea de “nota alta”. ¿Y dónde hay notas altas? Cerca del piano, en el armario del sonido, donde están las flautas dulces.

—¿Y el candado? —preguntó Leo, agachándose—. Vale, probemos 3–1–4–1–5. —Giró la rueda. Sonó un clic sencillo. La tapa se levantó.

Dentro no había el trofeo. Había… una goma blanca con un aro azul, como las de los bolígrafos borrables, y una nota pegada con cinta azul: “No hace falta forzar lo que se puede pensar. Volved a ver la música, no a oírla. Armario del sonido.”

“La música no solo se oye. Se ve.” —repitió Hugo, citando la nota de la biblioteca—. Eso encaja del todo.

—¡A la sala de música otra vez! —gritó Leo, y su voz rebotó como una pelota bien lanzada.

Capítulo 6. El armario del sonido

Sonia nos abrió la sala de música con gesto cómplice, como si ella también estuviera jugando.

—Armario del sonido —dijo, señalando una puerta estrecha con un cartel donde alguien había dibujado ondas—. Adelante, detectives.

El armario olía a madera y a flautas guardadas demasiadas veces. Estanterías con cajas etiquetadas: “Panderetas”, “Flautas”, “Maracas”, “Cables”. En la balda superior, casi escondida tras una caja de cables, brillaba una esquina de cristal.

—Ahí —susurró Sara.

—Yo os doy impulso —Hugo levantó los frenos de la silla, ajustó su posición y se colocó justo junto a la estantería para que yo me apoyara en el respaldo con cuidado—. Sin escaladas imposibles. Seguridad ante todo.

—Con permiso —dije, apoyándome suave. Leo sujetó la estantería para que no se moviera; Sara vigiló que no hubiera nada que cayera. Entre los tres, con un esfuerzo de equipo, logré agarrar la caja.

Era la caja del trofeo. La bajé despacio. Dentro, el trofeo relucía tímido, envuelto en papel de seda. Había una tarjeta.

“Querido Club del Pasillo:

‘Me fui sin salir' porque necesitaba un paseo por vuestro cerebro. He querido que la Semana de Ciencia empiece con preguntas y ojos despiertos. Habéis seguido pistas visibles e invisibles, habéis olido, tocado, sonreído. Habéis colaborado. Ese es el mejor trofeo.

PD: Sí, usé mi bolígrafo borrable. No lo contéis a nadie… o contadlo, pero con risa.

Firmado: R.”

—R de Rojas —dijo Hugo, como quien resuelve el último número de un crucigrama.

Sonia aplaudió suave, como quien aplaude a gente que ya está aplaudida por dentro.

—Lo sabéis, ¿no? —sonrió—. Si queréis, colocamos el trofeo ahora mismo. Yo hago foto. Y luego vais a contárselo a quien queráis.

—Y a escribirlo —añadí—. Hay que escribirlo. Todo caso merece su cierre.

De vuelta en la biblioteca, entre libros que se sentían más compañeros que nunca, colocamos el trofeo en su sitio. Quedó perfecto, como si nunca se hubiera ido, como si todo hubiese sido una excursión mental. Doña Rojas apareció por la puerta, con una cesta de marcadores de colores y su sonrisa de cosquillas.

—Vaya, vaya —dijo—. Mi equipo favorito ha hecho exactamente lo que esperaba. Bueno, y un poco más.

—¿Por lo de decodificar tus chistes malos? —bromeó Leo.

—Por lo de cuidaros entre vosotros —respondió ella—. Eso sí que es nota alta.

Nos sentamos en la mesa de siempre. Hugo dejó las ruedas quietas. Sara puso en el centro la goma con aro azul como si fuera una medalla. Leo llenó tres vasos de agua de la fuente, porque los detectives también tienen sed. Yo abrí el Cuaderno de Casos por la última página escrita y añadí:

“Conclusión: El trofeo no fue robado. Fue prestado por la imaginación. Pistas usadas: olor a limón (plástica y limpieza), cinta azul (conexión música-biblioteca), tinta invisible (limón + calor), bolígrafo borrable (doña Rojas), acrostico de países (MÚSICA), números-pi (pista), letras ocultas (‘NOTA ALTA'), armario del sonido. Equipo: Lucía, Hugo, Sara, Leo. Valor aprendido: Cooperar es ver más lejos. Nota al lector: Tú también lo resolviste.”

Respiré hondo. Acaricié el borde de las páginas, que ya olían a historias resueltas. Y, con un gesto que siempre nos gustaba porque significaba que un misterio se había vuelto un recuerdo, cerré el cuaderno.

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Vitrina
Mueble de vidrio donde se exhiben objetos.
Tinta invisible
Tinta que no se puede ver a simple vista, pero puede aparecer con calor o luz especial.
Acrostico
Palabra o frase formada por las letras iniciales de otras palabras.
Bolígrafo borrable
Utensilio de escritura que permite borrar lo escrito.
Cajita
Pequeña caja, generalmente de forma rectangular o cuadrada, usada para guardar objetos.
Medalla
Placa, generalmente de metal, que se otorga como premio o reconocimiento.

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