Era Nochebuena y la nieve caía suave, como azúcar en polvo. En el bosque, las luces de colores colgaban entre las ramas. Olía a galletas y a chocolate calentito.
Roco, el zorro, movió su cola esponjosa. “Hoy voy a preparar la mesa”, dijo. Quería que todo quedara bonito y brillante, como un abrazo.
En su casita había una mesa redonda de madera. Roco puso un mantel rojo con estrellitas. “Rojo como una manzana”, murmuró. Luego trajo platos blancos. Uno, dos, tres… “¡Plin, plin!”, hicieron al tocar la mesa.
También puso vasos de cristal. Brillaban como carámbanos. Y colocó servilletas verdes, dobladas como arbolitos. “Verde como el pino”, dijo contento.
Entonces vio una cajita de bombones. Era la sorpresa para la cena. Roco olió. “Mmm… huele a fiesta”. Su barriga hizo “glu-glu”.
Roco tomó un bombón. Lo miró. Lo giró. “Solo uno”, pensó. Pero el bombón parecía guiñarle un ojo, muy travieso. Roco lo dejó de nuevo… y luego lo volvió a tomar. Su hocico se acercó.
En ese momento entró Abuela Búho con una campanita. “¡Tin-tin! ¿Cómo va esa mesa?”, preguntó.
Roco se quedó quieto, con el bombón en la pata. Sus orejas se calentaron. Podía esconderlo rápido. Podía decir “no pasa nada”. Pero su corazón hizo “toc-toc”, como diciendo: sé sincero.
Roco respiró y dijo: “Abuela, iba a comerme un bombón. Me dio mucha ganas. Pero es para todos. Lo siento”.
Abuela Búho lo miró con ojos grandes y suaves. Sonrió. “Gracias por decir la verdad, Roco. La honestidad es un regalo que brilla más que cualquier luz”.
Roco bajó la pata. “¿Entonces… no estás enfadada?”
“Enfadada no”, dijo Abuela Búho. “Solo necesito una cosa: que me ayudes a poner la última sorpresa”.
Sacó una velita pequeña con forma de estrella. La encendieron. La llama tembló, feliz. La luz dorada bailó en los vasos y en los platos.
Llegaron los amigos: Coneja, Ardilla y Topo. “¡Qué mesa tan bonita!”, dijeron.
Roco sonrió. “La hice con mis patas… y con la verdad”, dijo.
Luego, Abuela Búho abrió la cajita. “Ahora sí”, anunció. “Un bombón para cada uno. Y uno extra… para el zorro valiente”.
Roco mordió el suyo despacito. Afuera, la nieve seguía cayendo. Adentro, todo era cálido, dulce y brillante, como la Navidad.