En la ciudad de Luminaria, los edificios brillaban como caramelos de colores. Había torres azules, puentes dorados y faroles que cantaban “la-la-la” al encenderse.
En lo alto de un techo, una mujer adulta miraba el cielo con ojos atentos y una sonrisa lista. Se llamaba Capitana Prisma. Llevaba un traje plateado con líneas arcoíris que se movían como luz. En su muñeca tenía un brazalete redondo, como un reloj grande, con un cristal que hacía “tlin”.
“Buenos días, Luminaria”, dijo ella, muy suave. “Hoy cuidaremos de todos.”
A su lado flotaba un pequeño dron con forma de taza. Sí, una taza. Se llamaba Taz. Tenía una pajita como antena.
“¡Bip-bip! ¡Modo héroe activado!”, dijo Taz. “¿Quieres un sorbito de valentía?”
Capitana Prisma rió. “Ya tengo, gracias. Pero me encanta tu humor.”
Abajo, en la plaza, los niños corrían detrás de burbujas gigantes. Una señora vendía pan dulce. Un gatito dormía en una caja tibia. Todo estaba tranquilo.
De pronto, sonó una alarma musical: “¡Tin-tin-tin!” No era una alarma de miedo. Era una alarma de ayuda.
Una pantalla en el aire apareció como un cómic brillante. Decía: “¡Atención! ¡Nube de Chispa Pegajosa cerca del Parque de las Estrellas!”
Capitana Prisma abrió los ojos. “Chispa Pegajosa… Eso hace que las cosas se peguen, ¿verdad?”
“¡Sip!”, dijo Taz. “Se pegan zapatos, se pegan globos, se pega… mi taza. Y yo no quiero ser taza pegada.”
Capitana Prisma dio un salto elegante. “Entonces vamos. Con calma. Con fuerza. Con una sonrisa.”
Corrió por el borde del edificio y, ¡whoosh!, se deslizó por una rampa de luz que salió de su brazalete. Era como un tobogán brillante en el aire.
En el Parque de las Estrellas, una nube rosada flotaba bajito. Hacía “pff, pff” y soltaba chispitas como confeti. Pero el confeti era pegajoso. Una cometa estaba pegada a un árbol. Unos patines estaban pegados al suelo. Un perrito tenía una hoja pegada en la cola y movía la cola como abanico.
“¡Guau!”, ladró el perrito, como diciendo: “¿Ayuda, por favor?”
Capitana Prisma aterrizó suave. “Tranquilos. Estoy aquí.”
Un niño con casco de astronauta levantó la mano. “Señora héroe… mi globo no quiere soltarme.”
El globo, redondo y verde, estaba pegado a su guante.
Capitana Prisma se agachó a su altura. “Hola, astronauta. Vamos a resolverlo juntos.”
Taz flotó alrededor de la nube. “La nube está haciendo cosquillas al parque. Pero son cosquillas pegajosas.”
Capitana Prisma miró la nube rosada. No estaba enojada. Solo estaba desordenada, como una crema batida con demasiada chispa.
“Necesitamos un plan”, dijo ella. “Un plan brillante.”
Capitana Prisma levantó su brazo. El brazalete hizo “tlin-tlin”. Una luz clara se formó en el aire.
“¡Escudo Prisma!”, dijo con voz firme y amable.
Y apareció un gran bouclier de luz, redondo, enorme, como una burbuja fuerte. Tenía colores que giraban: rojo, azul, amarillo. Era bonito y seguro.
“¡Ohhhh!”, dijeron los niños.
El escudo se puso delante de la nube. Las chispitas pegajosas chocaban contra la luz y caían al suelo como azúcar suave, sin pegarse a nada.
“Funciona”, susurró Taz. “Y además combina con tu traje.”
Capitana Prisma guiñó un ojo. “La moda también es heroica.”
Pero aún quedaba el globo pegado y la cometa pegada. Capitana Prisma respiró hondo. “Paso uno: proteger. Paso dos: limpiar. Paso tres: sonreír.”
Con una mano, movió el escudo despacito, como si barriera el aire. Empujó la nube hacia arriba, arriba, hacia el cielo abierto donde el viento era limpio.
La nube hizo “pfff” y se estiró como algodón.
“¡No queremos hacerte daño!”, dijo Capitana Prisma. “Solo queremos que juegues lejos del parque.”
La nube pareció entender. Sus chispitas se volvieron menos pegajosas, más como purpurina de fiesta.
Taz sacó un pequeño ventilador. “¡Bip! Airecito amable.”
Sopló suavemente. La cometa se soltó del árbol. “¡Fiuu!”
Capitana Prisma tocó el guante del niño con dos dedos. Su brazalete brilló y soltó una luz tibia, como sol de mañana. El globo se despegó. “Pop… no, no pop. ¡Plop!” Se soltó sin romperse.
El niño rió. “¡Mi globo vive!”
El perrito giró y, con un saltito, la hoja se cayó sola. “¡Guau-guau!” como diciendo: “¡Gracias!”
La nube rosada ya estaba alto, alto. Ahora parecía una nube normal, feliz, viajera.
Capitana Prisma bajó el escudo. La luz se guardó en su brazalete con un “tlin” pequeño.
La gente aplaudió. No fuerte, no asustador. Aplausos como lluvia suave.
“Capitana Prisma”, dijo la señora del pan dulce, “¿quieres uno?”
“Solo si Taz no lo pega a su taza”, bromeó ella.
“¡Yo no pego, yo protejo!”, dijo Taz, orgulloso. Luego miró su propia forma de taza. “Bueno… a veces también sirvo cacao.”
Capitana Prisma se sentó un momento en el banco del parque. Los niños volvieron a correr. Las burbujas volvieron a flotar. El globo verde subió y bajó, libre y contento.
Ella miró la ciudad brillante. “Ser valiente es cuidar”, dijo. “Ser responsable es estar. Y reír un poquito ayuda.”
Taz flotó cerca, haciendo un “bip” tranquilo. “Hoy ganamos, equipo.”
“Siempre ganamos cuando cuidamos juntos”, respondió Capitana Prisma.
Y en Luminaria, con el cielo limpio y las luces cantando, el día siguió suave, heroico y feliz.