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Cuento divertido para dormir 9/10 años Lectura 12 min. Disponible en audiocuento (1)

Bruno y el bosque de las travesuras

Bruno, un oso travieso, vive una aventura inesperada cuando un dron-abeja lo invita a un circo lleno de retos cómicos y a un club secreto donde las travesuras son la norma. Junto a sus nuevos amigos, participará en divertidas competiciones que pondrán a prueba su creatividad y sentido del humor.

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Un oso marrón, peludo y alegre, con grandes ojos brillantes y una amplia sonrisa, se encuentra en el centro de la escena, haciendo malabares con pasteles coloridos. A su lado, una abeja drone con alas brillantes y ojos redondos, flotando alegremente, observa con una expresión divertida, lista para estallar en risa. Al fondo, se erige un circo colorido, con una gran carpa a rayas rojas y blancas, luces centelleantes y animales en trajes ridículos que bailan alrededor. La escena está llena de confeti volador y risas estruendosas, creando una atmósfera festiva y alegre. El oso y la abeja están rodeados de amigos animales, todos riendo juntos, mientras una tortuga con una gran sonrisa y un tutú rosa aplaude sentada sobre un montón de hojas. reportar un problema con esta imagen

La versión de audio está disponible de forma gratuita para este cuento:

DuraciĂłn del audiocuento: 12:50

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CapĂ­tulo 1: Deberes, calcetines y zumbidos misteriosos

Bruno era un oso marrón, peludo y soñador, pero sobre todo era un experto en travesuras. Esa tarde, sentado en su escritorio, intentaba hacer sus deberes de matemáticas mientras jugaba con un lápiz entre los dedos. Las sumas y restas no eran lo suyo, especialmente si afuera el sol brillaba y los pájaros cantaban canciones imposibles de ignorar.

Pero Bruno lo intentaba. De verdad. Al menos, hasta que un zumbido sospechoso empezĂł a rondar su oreja izquierda.

—¡Bzzz! —hizo el zumbido.

Bruno agitó una pata peluda en el aire, convencido de que era una abeja despistada. Pero el zumbido volvió más fuerte, casi como si tuviera altavoces en las alas.

—¡BZZZZZZZ!

Bruno se giró y, para su sorpresa, encontró un pequeño dron con forma de abeja volando justo encima de su cuaderno de deberes. Tenía antenas torcidas y ojos saltones de juguete.

—¡Guau! —exclamó Bruno—. ¡Una abeja robótica!

El dron-abeja empezĂł a girar alrededor de su cabeza, lanzando burbujas por la parte trasera.

—¿Estás haciendo los deberes o preparando un cóctel de burbujas? —preguntó una vocecita metálica desde el dron.

Bruno se frotĂł los ojos. Claramente, los deberes le estaban afectando la mente.

—¿Tú… hablas? —balbuceó.

—¡Por supuesto! Soy Buz, la dron-abeja mensajera del bosque. Y vengo a buscar al mayor experto en bromas… —dijo Buz acercándose—. ¿Tú eres Bruno?

Bruno sonriĂł de oreja a oreja, tan ancha que casi se le caen las gafas de la nariz.

—¡El mismo! —respondió, inflando el pecho—. ¿Cómo lo supiste?

—Nadie más en este bosque hace deberes con los calcetines en las orejas.

Bruno miró sus orejas y soltó una carcajada. ¡Había olvidado que se los había puesto para ver si estudiar se volvía “más divertido”!

La abeja-dron zumbó más cerca.

—¿Qué tal una aventura para despejar la mente y darle un respiro a esas terribles sumas?

Bruno no lo dudĂł. CerrĂł el cuaderno y se puso de pie, dispuesto a dejar que la diversiĂłn volara por encima de las integrales y los problemas de geometrĂ­a.

—¡Vamos, Buz! ¡Estoy listo para lo que sea!

El zumbido de la ola de burbujas les abriĂł paso por la puerta, y asĂ­ comenzaron una tarde que ninguno olvidarĂ­a.

CapĂ­tulo 2: El bosque que se convirtiĂł en circo

Bruno y Buz cruzaron el umbral y, al instante, el jardĂ­n de su casa se habĂ­a transformado. Donde antes crecĂ­an girasoles y habĂ­an arbustos de moras, ahora habĂ­a una gran carpa de circo.

—¿Quién puso un circo aquí? —preguntó Bruno, frotándose los ojos.

—¡Ups! —confesó Buz—. Creo que apreté el botón equivocado en el modo “Aventura”.

De repente, una cabra con tutĂş rosa apareciĂł en un monociclo, tocando la bocina.

—¡Meeec! ¡Bienvenidos al circo de los Despistados! —gritó la cabra, que se presentó como Margarita—. ¿Van a participar en la gran competencia de bromas?

Bruno mirĂł a Buz, que asentĂ­a eufĂłrico.

—¡Por supuesto! —respondió Bruno—. ¿Qué hay que hacer?

Margarita explicó el reto: había que superar tres pruebas cómicas que el circo proponía cada tarde. Si Bruno las superaba, ganaría el premio mayor: la bufanda mágica de las cosquillas eternas.

Primera prueba: cruzar la cuerda floja, pero en vez de cuerda… ¡era una ristra de espaguetis cocidos!

—¡Adelante, Bruno! —animó Buz, soltando burbujas.

Bruno subió a la ristra de espaguetis con mucho cuidado. Sus patas resbalaban, y cada paso producía un sonido: “slurrrp, prrrrt, splaaash”. Los niños del público-animales reían a carcajadas.

—¡Oye, Bruno! ¿Sabes qué le dice un espagueti a otro? —gritó Margarita desde abajo.

—¡No tengo ni idea!

—¡Al dente te espero!

El público rugió de la risa. Bruno, entre risas, resbaló y acabó colgado de una pata, balanceándose como una piñata peluda.

Buz lo rescatĂł con una burbuja propulsora y todos aplaudieron.

—¡Punto para Bruno! —anunció la cabra.

Siguiente desafĂ­o: el concurso de chistes con el elefante HipĂłlito, un verdadero maestro del humor. HipĂłlito apareciĂł con una trompa gigante decorada con relojes colgantes.

—¿Quién empieza? —preguntó con voz grave.

—¡Empieza tú! —dijo Bruno.

—¿Por qué los elefantes nunca usan ordenador?

Bruno se rascó la cabeza. —Ni idea, ¿por qué?

—¡Porque les da miedo el ratón!

La risa del público fue tan fuerte que hasta los setos temblaron. Bruno pensó rápido y soltó:

—¿Por qué los osos llevan calcetines en las orejas?

El pĂşblico mirĂł curioso.

—¡Para no escuchar los ronquidos de Hipólito!

Todos rieron tanto que HipĂłlito se puso rojo como un tomate y le entregĂł a Bruno una pluma de color arcoĂ­ris.

CapĂ­tulo 3: El club secreto de los traviesos

Después del circo, Bruno y Buz aterrizaron en una esquina del bosque donde las ramas formaban túneles y las piedras parecían almohadas gigantes. Allí, encontraron un letrero de madera pintado con tiza roja: “CLUB DE LOS TRAVIESOS”.

—¿Tocamos? —preguntó Buz.

Bruno asintió, y una puerta oculta se abrió con un chirrido: “¡Criiiick!”

Dentro, una docena de animalillos con gafas de sol y bigotes postizos jugaban a las cartas usando hojas de árbol. La líder, una ardilla hiperactiva llamada Rita, los recibió con pompas de jabón.

—¡Bienvenidos, nuevos reclutas! Hoy es el día de la Gran Competencia de Travesuras Discretas. ¿Quién se apunta?

—¡Yo! —gritó Bruno, alzando una pata.

—¡Muy bien! Primera misión: ponerle confeti en el sombrero del búho Don Nicomedes… ¡sin que se dé cuenta!

Don Nicomedes era muy serio y nada le hacía reír. Bruno, agachado, avanzó con tiento, pero tropezó con su propia bufanda y soltó un estornudo tan fuerte que el confeti voló directo al sombrero del búho, cubriéndolo de pétalos y purpurina.

El búho ni se inmutó. Siguió leyendo su periódico como si nada. Pero Bruno notó que, al pasar la página, el búho sonrió muy, muy levemente.

—¡Misión cumplida! —susurró Rita.

Segunda misión: pintar bigotes falsos en las patitas de la tortuga Matilde, que era la tortuga más rápida del bosque… excepto cuando dormía.

Bruno esperĂł a que Matilde roncara. Justo cuando iba a pintarle las patitas, la tortuga se despertĂł, estirĂł el cuello y mirĂł a Bruno.

—¿Quieres probar mis galletas de algarroba, osito? —preguntó, guiñando un ojo.

Bruno, sorprendido, aceptó una y se le dibujó una gran sonrisa de chocolate en el hocico. ¡Nadie podía resistirse a las galletas de Matilde! Al final, Matilde pintó un bigote a Bruno, y todos rieron tanto que acabaron con barriga dolorida de tanto reír.

—¡Tienes talento para las bromas, Bruno! —le dijo Rita—. ¡Te ganaste el sombrero invisible!

Bruno se lo puso y todos fingían no verlo, chocando con él a propósito y jugando a las escondidas.

Capítulo 4: La carrera más ridícula del mundo

Justo cuando Bruno pensó que la tarde no podía ser más loca, apareció Buz con un megáfono de juguete.

—¡Atención, atención! —anunció—. ¡Comienza la carrera más ridícula del bosque!

Deben formar equipos y recorrer el bosque saltando… ¡con un pie atado a una sandía! El primero en llegar al gran roble gana el derecho a decorar el tronco con pegatinas de colores.

Bruno se emparejĂł con Margarita, la cabra del tutĂş.

Ambos ataron una pata a una sandía y comenzaron el recorrido. ¡Era imposible no resbalar!

—¡Vamos, Bruno! —gritaba Margarita—. ¡Salta como las cabras, no como los osos!

Cada salto era una mezcla de rebote, giro y caĂ­da. En una vuelta, Bruno terminĂł con la sandĂ­a en la cabeza y Margarita usando el tutĂş como paracaĂ­das.

En el camino, se cruzaron con Hipólito, que en vez de correr, rodaba como una gran pelota gris, y con Rita, que ataba patines a todos los árboles para confundir a sus rivales.

—¡Cuidado con los caracoles veloces! —advirtió Buz mientras un grupo de caracoles con cascos de papel adelantaba a todos a una velocidad sorprendente (bueno, sorprendente para caracoles).

Bruno y Margarita, riendo a carcajadas, finalmente cruzaron la meta rodando juntos y aterrizando en una enorme montaña de hojas secas. Las hojas volaron por todas partes y cubrieron a todos los competidores. Cuando el polvo (o las hojas) se despejó, Bruno se dio cuenta de que llevaba una corona de zanahorias.

—¡Ganadores! —anunció Buz, aunque no quedó claro si era por su llegada o por lo gracioso de la escena.

Bruno decoró el roble con pegatinas y dibujos ridículos: un pato con bigote, una nube haciendo muecas y un sol con gafas de sol que guiñaba el ojo.

CapĂ­tulo 5: La noche de la risa y el gran premio

El sol empezó a esconderse, pintando el bosque de tonos naranjas y morados. Los animalitos encendieron pequeñas luces de colores y, alrededor del gran roble, organizaron una fiesta de despedida.

Bruno se sentĂł junto a Buz, Margarita, HipĂłlito, Rita y Matilde. Todos compartieron historias cĂłmicas, chistes malos y recuerdos de bromas pasadas.

—Bruno —dijo Buz—, por tu creatividad, tu risa contagiosa y tus ideas locas, has ganado la bufanda mágica de las cosquillas eternas.

Bruno se la puso y, de inmediato, sintió unas pequeñas cosquillas en las patas que le hicieron reír sin parar. Todos lo imitaron, y enseguida el bosque entero era un coro de carcajadas bajo la luz de la luna.

Antes de volver a casa, don Nicomedes el bĂşho se acercĂł a Bruno y le susurrĂł:

—Muchas gracias por el confeti. Necesitaba un poco de color para mis noches largas. No dejes nunca de hacer bromas.

Bruno abrazĂł a sus nuevos amigos y se despidiĂł con grandes zancadas.

—¡Hasta la próxima travesura! —gritó Rita desde lo alto de un árbol.

Buz lo acompañó hasta la puerta de su casa. Al cruzarla, Bruno comprobó que el escritorio y los deberes seguían allí, como si nada hubiera pasado.

Se sentó, todavía con la bufanda mágica y una gran sonrisa en la cara. Miró el cuaderno, ahora lleno de dibujos de sandías, caracoles veloces y gafas disparatadas.

—Quizás las matemáticas sean difíciles… —susurró—, pero las travesuras son mucho más divertidas.

Bostezó, se tumbó en la cama y, con la bufanda mágica de cosquillas eternas, se dejó envolver por sueños llenos de cabras con tutú, elefantes bromistas y osos con calcetines en las orejas. Porque, al fin y al cabo, para dormir bien… ¡nada mejor que reír antes de soñar!

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Despistadas
Persona que se distrae fácilmente o que no presta atención a lo que sucede a su alrededor.
Calcetines
Prenda de vestir que se usa para cubrir los pies.
Zumbido
Sonido continuo y monĂłtono que hacen algunos insectos, como las abejas.
Confeti
Pequeños trozos de papel de colores que se lanzan en fiestas y celebraciones.
Bufanda
Prenda larga que se usa alrededor del cuello para abrigarse.
Travesuras
Acciones divertidas o bromas que suelen hacer los niños.

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